Revista Latinoamericana de Poesía

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23. Wilson Amado Gamboa. El plumaje del cóndor



Como parte de las acciones del circuito literario «El plumaje del cóndor», que adelanta la Red Departamental de Escritores de Cundinamarca en apoyo a la difusión de las voces literarias de este territorio colombiano, la revista literaria La Raíz Invertida publica, cada semana, a una autora o un autor cundinamarqués.

Este circuito literario, que recorre el departamento de Cundinamarca (Tierra del Cóndor) desde abril hasta octubre de 2026, culminará en noviembre, en el municipio de Cota, con la instalación del Segundo Encuentro Departamental de Escritores, el 14 y 15 de noviembre. Continuamos esta muestra con un cuento del escritor funzano Wilson Amado.

Wilson Amado Gamboa (Funza, Cundinamarca, 1967) es poeta y narrador,  autor reconocido en el ámbito literario de su municipio, donde su trabajo ha sido celebrado por sus aportes a las letras de la región. Desde temprana edad ha dedicado su vida a la escritura poética, y su obra ha sido difundida a través de plataformas editoriales como Autores Editores. Hace parte de la Escuela de Literatura de Funza del Centro Cultural Bacatá y del taller Funza para Contar, RELATA. Integrante de la Red Departamental de Escritores y Escritoras de Cundinamarca El Plumaje del cóndor.

 

 ***

 

Pareidolia

Wilson Amado Gamboa

 

Carlos Fitzgerald Monroy, arquitecto de profesión igual que su padre y su tío, siempre fue un visionario de figuras futuristas en todas sus creaciones. Aunque su abuelo, un constructor empírico irlandés,  no ejerció como profesional la arquitectura, sí lo hizo de manera práctica logrando algunas estructuras con gusto y sabor a barroco y neoclasicismo.

Quizás porque Carlos desde pequeño vio demasiadas imágenes con ornamentación exagerada con elementos como estucos, colores, pinturas, jardines, columnas y todo lo que pudiera llenar la vista, al graduarse se dedicó a crear figuras simples con líneas rectas que formaban cuadrados, cubos, pirámides y todos los ángulos limpios y planos que le hicieran borrar sus recuerdos de lo barroco y lo neoclásico.

Llegó así a creaciones planas de geometría simple que en ocasiones eran muy similares entre ellas sin ofrecer más adelante nada acogedor o novedoso.

Una tarde, cansado de líneas largas y colores claros, tiró lejos reglas, escalímetros, lápices, papel, y decidió tomarse un descanso para tratar en lo posible, olvidarse de todo lo que tuviera que ver con su trabajo. No planeó cuánto tiempo parar, ni qué hacer mientras tanto. Pero esa misma tarde yendo para la casa, en una esquina de semáforo, vio no muy lejos una iglesia con una estructura de líneas semicurvas formando un par de pirámides alargadas sobre un rectángulo. Con curiosidad estacionó su vehículo muy cerca de la obra y la recorrió caminando alrededor. Luego de varios minutos llegó a la entrada que acababa de abrir para una de sus misas. Se asomó hacia el interior y entró mirando los techos, las paredes, las ventanas, los pisos, llenándose de curiosidad por la mezcla del minimalismo frívolo externo con el arte figurativo abstracto y llamativo aunque poco colorido del interior. “Quizás Derme o Fanjol, o algún otro francés”, pensó Carlos a la vez que observaba con detalle aquellas esculturas lisas sin rostro, sin semblantes, sin arrugas en una piel y acabadas en un solo color. De repente, se encontró de frente con un sacerdote.

Este lo miró sonriente y con un “Siéntate hijo. Todo será diferente”, Carlos simplemente obedeció y se acomodó en una de las sillas más lejanas del altar mayor, muy cerca de la puerta principal. Previendo un escape sorpresivo.

Durante la misa, hablaba el padre de renovar la mente, a no conformarse con los patrones del mundo y permitir que Dios cambie nuestra forma de pensar. Carlos analizó estas palabras y se quedó hasta el final de la misa. Fue allí cuando el cura pasó por el pasillo central rociando agua bendita sobre los feligreses y al llegar a donde estaba Carlos, le envió el agua que cabía en el aspersorio recién sacado de la calderilla y le bañó toda la cara quedando los dos, Cura y Carlos, mirándose de frente con semblante serio, pero el sacerdote casi de inmediato sonrió y le dijo, “Son cosas de Dios, hijo. Para eso del cambio.  Ya verás ”. Carlos comprendió que el cura ya había estado en unas cinco misas durante el día y en todas tomaba vino por cálices llenos, “Sabrá Dios si entre una eucaristía y otra también se los bebe y si habrá almorzado o no”, pensó. Entonces lo disculpó en silencio mientras limpiaba con dificultad el agua que le había caído en los ojos.

Apurando el paso hacia la puerta principal, miraba a los lados y las estatuas parecían mostrarse como las figuras que representaban. Vírgenes, Santos, Cristos. Salió del templo con las ropas húmedas de agua bendita y después de echarle una última mirada a la edificación, regresó a su carro y se fue para la casa.

En la noche, sentado en una silla en el balcón aún puesta su camisa bendecida y bebiendo una botella de vino, vio de pronto una nube que se atravesaba entre su mirada y la luna. En segundos el desconcierto y la curiosidad, humedecidos con vino se mezclaron en su cabeza y la nube se fue convirtiendo en el rostro de Jesucristo.

“MARTHA”, llamó en voz alta, “MARTA, VENGA”, volvió a gritar. “¿Qué pasó, qué es esa gritería”, llegó diciendo su esposa quien salió al balcón rápida y preocupada. “Mire”, dijo Carlos señalando la nube. Martha miró a la luna de un lado a otro y preguntó: “¿Qué? ¿La luna?”, “No, ¿no ve lo que la cubre?” dijo Carlos con enojo, “¿Pues qué quiere que vea? Si no me dice qué hay de raro y yo solo veo la luna y las nubes”, dijo ella enojada. “Pues eso mismo, las nubes, o mejor, la nube esa que se atravesó” volvió a decir él de mal genio. “Mire, Carlos, deje la bobada, porque sí me llamó para regañarme, mejor me hubiera quedado en la cocina” y amagó con volver adentro. “Caramba, mujer, Es el rostro de Jesucristo” dijo Carlos señalando a la luna y la nube. Ella, curiosa volvió la mirada al cielo y buscó la forma por un lado y otro, luego volvió los ojos inquisidores a su marido,  en seguida a la botella y a la copa en la mano y sin chistar más, volvió adentro.

Carlos, aún de pie, alzó la copa llena de vino, brindó poniendo su otra mano en el pecho y apretando la camisa que con agua fue bendecida en la iglesia.

«Son cosas de Dios, hijo. Para eso del cambio.  Ya verás», recordó las palabras del cura que le dejó los ojos irritados. “¿Será?”, pensó Carlos, se quitó las gafas y las limpió con el borde de la camisa, se las puso para mirar de nuevo a la nube achicharrando los ojos y volvió a sentarse en la silla sin dejar de mirar al cielo. Al rato se durmió. Martha lo despertó casi una hora después, “Vamos para adentro que está empezando a hacer mucho frío”, le dijo suavemente.

En la mañana, Carlos se sintió bastante despreocupado del trabajo al recordar que deseaba darse unos cuantos días de descanso. Se levantó temprano, ayudó a su esposa con el desayuno y uno que otro trabajo de la habitación, mientras las dos mujeres de servidumbre se encargaron de todo lo demás.

Una invitación a salir a dar una vuelta caminando por la ciudad y después a almorzar, convencieron a Martha de aceptar, pues era algo que durante años había esperado.

“¿Qué quiere almorzar hoy, querida” preguntó Carlos. “Me gustaría un buen pescado, cariño” respondió su esposa. Y después de una mañana de sol  por andenes y tiendas, en un restaurante elegante de la zona rosa, se acomodaron para disfrutar de la ocasión.

Al rato llegaron los platos con las delicias bien preparadas y servidas, vino y postres. Minutos más tarde, mientras comían entre charlas amenas, se armó la romería en la cocina. Carlos y Martha, vieron cómo un par de meseros y otras personas, afanaban el paso hacia adentro. Aunque la curiosidad ganaba su espacio en la mesa, ellos dos no le prestaron más atención, pero luego de otros tres o cuatro minutos, el comportamiento de los empleados del restaurante fue evidentemente extraño. Carlos llamó a una joven mesera y le preguntó, “¿Qué está ocurriendo niña? ¿Debemos alarmarnos?”, “No señor, es que… Bueno, verá, es algo muy de alguien allá adentro y no puedo contárselo”, “¿Pero es algo malo?”, preguntó esta vez Martha. “No señora, es que… a un chef se le apareció la Virgen”, “¿Cómo así? No entiendo”, dijo Martha mirando a Carlos, ambos sorprendidos. “¿Cómo se aparece la Virgen?” preguntó Carlos. “En una arepa” respondió la joven. “¿En una arepa?” hicieron coro Martha y Carlos volteando la mirada a la cocina. La joven, luego de sonreír con timidez, se retiró afanada.

Carlos se levantó de la mesa y fue directo a la cocina. Pasó por el medio de algunos meseros y cocineros, para llegar al punto donde tenían sobre un mesón, una arepa con visibles señas de haber sido dorada un poco más que las demás. Carlos, perplejo vio como algunas personas, las de más cerca del alimento aquel, se persignaban y oraban de rodillas. Otros miraban la arepa con cara de incredulidad. Como dudando de si era cierto o no que la imagen de la Virgen estuviera allí.

Miró de un lado, luego del otro y cuando comprendió la imagen, esta ya no se le pudo perder. “¿Será cierto?” se preguntó y llamó a su esposa. “MARTHA”, y casi de inmediato ella entró. “¿Otra vez?”, dijo su esposa en voz baja, “Si, otra vez. Mire”, le dijo Carlos señalando la arepa. Martha miró por un lado y otro y no encontró nada raro. “¿La Virgen?”, le preguntó a su marido. “SI. La Virgen. ¿La ve?”, dijo Carlos susurrando. “Yo no veo nada, hombre. Usted y sus cosas. ¿Va a seguir con eso?”, lo regañó y salió de la cocina esquivando a gente arrodillada que rezaba con ojos cerrados y las manos al aire, y a curiosos que no quitaban la vista del mesón. Carlos salió detrás.

«Mire Carlos, si va a descansar como lo dijo, y se va a alejar un poco de su trabajo, hágalo pero deje de estar bobeando con cosas que no existen. O se olvida de todo al menos por un tiempo, o se devuelve para su trabajo, pero ambas cosas no”. Le recriminó Martha y se dirigió a la salida del restaurante.

Carlos la alcanzó sin dejar de mirar por momentos hacia atrás. Ya en la calle, la tomó suave del brazo, “Está bien querida, debe ser que me la he pasado viendo muchas imágenes planas y el barroco me está llamando para que lo tenga en cuenta. Pero no vuelve a pasar. ¿Bueno? Además esto no fue a causa mía, sino de ellos”, le explicó Carlos buscando una excusa válida para ella.

El día transcurrió procurando en lo posible olvidar el hecho.

Tres días más tarde, la visita de Saul, hermano de Carlos con su esposa y su hijo Steven, de diecinueve años, les llenó de ocupaciones en la casa. Martha, con sus mucamas, prepararon el almuerzo y Carlos se ocupó de mesas, sillas y una pequeña barbacoa en el patio. A las once de la mañana, todos se encontraban ya entre risas y charlas alegres de anécdotas y recuerdos.

El porqué Carlos decidió descansar un tiempo, Saul con una incapacidad médica por estrés y su esposa Graciela en vacaciones del trabajo como rectora de un colegio femenino, fueron temas tratados y opinados por todos en la mesa entre bocados de carnes, ensaladas y bebidas.

Entonces Steven decidió ayudar a su tío con la organización de la barbacoa que ya se terminaba de apagar y alzando uno de los leños que no se había quemado del todo, se le quedó mirando por un lado y otro. “¿Qué le mira, hijo? ¿El artista encontró una inspiración?”, preguntó Carlos sonriendo. Steven se acercó un poco a la mesa con el leño a la altura de la cabeza y les dijo: “¿No se les hace parecido a Jesús en la cruz?”. Saul y Graciela, Carlos y Martha, miraron al palo y comenzaron a buscarle la forma que decía el muchacho.

“Todos los artistas encuentran formas ocultas en la realidad. Pero son solo para ellos. Cuando termines la carrera vas a comprenderlo mejor, mi amor”, dijo Martha indicando luego a las muchachas que levantaran el desorden de la mesa.

Mientras Saul y Graciela acercándose al palo en la mano de Steven, vieron al fin la figura que les indicaba el muchacho, Carlos miró a Martha como si pidiera autorización para opinar sobre la imagen, pero Martha lo miró muy seria y él decidió callar. “Usted no se acerque más al asador porque mire cómo el humo le dejó irritados los ojos”, regañó Martha.

“Parece que ahora todo el mundo ve imágenes de Dios y la Virgen y de cada Santo en todo rincón por más inaudito qué parezca. Es necesario que dejen tanto fanatismo que lo andan confundiendo con la verdadera fe”, dijo Martha desde su silla frente a Carlos en la mesa. “Nosotros llevamos doce años viviendo en Villa Azul y se han presentado tres veces estos casos de imágenes que se aparecen en los lugares más inesperados”, dijo Graciela sentándose al lado de Carlos. “Y siempre termina llegando el cura a rociar su agua bendita y a pedirle a todos que vayan a la iglesia” agregó.

Entonces Saúl se acercó a la mesa ubicando una silla para sentarse y restándole importancia al leño en la mano de Steven. Lo mismo hizo Graciela, mientras el muchacho terminó por acomodar el leño en la barbacoa sin dejar de mirarlo por ratos. “La otra vez apareció la imagen de la Virgen en una pared que había soportado una fogata durante la noche. El humo dejó la figura tan clara de la Virgen y antes del medio día se armó tal romería, que los dueños de la casa tuvieron que organizar filas y aprovecharon para vender tintos y empanadas. Además muchos se tomaban fotos con la pared de fondo.” Se sentó como si estuviera cansado y cruzó las piernas a la vez que botaba unos cuantos arroces de encima de la mesa y continuó: “Después, los que miraban las fotos, no sabían que tenían de importante. Solo se veía a alguien con cara de idiota frente a una pared ahumada”, contó Saúl mientras se servía jugo de fruta en un vaso. «Yo les resto importancia cuando veo esas cosas, porque eso es solo por el maldito estrés que me tiene jodido”, agregó.

Graciela, que había estudiado unos semestres de psicología, pero nunca terminó su carrera, dijo: “Ese fenómeno de ver imágenes donde no las hay, y relacionarlas de inmediato con algo conocido o con un tema específico que nos esté llamando la atención en esos momentos, se denomina pareidolia”. “¿Pareidolia?”, preguntó Carlos. “Sí. La pareidolia no es una enfermedad sino un tipo de… función, digámoslo así, del cerebro humano, que demuestra que está pendiente de los temas que nos atañen”, respondió Graciela y todos la escuchaban con atención. Inclusive Steven.

La tarde se despidió al lado del carro en que se marcharon Graciela, Saul y Steven.

Al rato Martha le decía a Carlos, “Sí ve, ¿No?. A usted lo tiene entre bobo y loco el tema de las imágenes del barroco y el modernismo. Ya es hora de que decida qué estilo va a trabajar de ahora en adelante antes de que vea a Diosito y él sí lo ponga en su lugar”.

“Pero mire que Steven fue el que vió a Jesus en ese leño”. recalcó Carlos. “Pero es que él está estudiando artes y como artista, ve imágenes que le llaman la atención o lo inspiran”, aclaró ella, “Pues yo también soy artista, y usted misma lo acaba de decir. Debo elegir el estilo que quiero seguir. ¿Pero sí será por eso?”. explicó Carlos. En seguida se levantó y se dirigió al lavamanos. Dos minutos después regresó con la toalla en las manos, pálido y mirando serio a su esposa le dijo, “Martha, mire esto” y extendió la toalla cuan larga era. Ella lo miró, miró la toalla y preguntó,  “¿Qué mire qué? ¿La toalla?”, “No, mujer, no la toalla. ¿No ve lo que tiene?”, preguntó preocupado. Martha se levantó de su asiento y se acercó a él rapando la toalla y estirandola de manera que él la pudiera ver completa. “¿Quiere que vea cómo la dejó Steven cuando entró al baño?, Pues llámelo y dígale que eso no se hace. Que antes de pasarse la toalla se debe lavar las manos y la cara con agua y jabón”, y se marchó para adentro. Carlos, entrando detrás de ella dijo, “Pues si la estira y la mira muy bien, va a ver el rostro de Jesucristo. Es el Sagrado Rostro, Martha”. Ella se detuvo en seco, volteó, miró la toalla y se la lanzó a Carlos por la cara. “Va a tener que ir al psicólogo, Carlos. Esto ya está pasando de castaño oscuro. Si su interés fueran las figuras barrocas y clásicas, estaría viendo columnas, ángulos, colores y mil formas de no sé qué, pero anda viendo Dioses y Santos por todas partes. ¿Quiere cambiar de religión?”, regañó Martha alzando la voz, “Pues hágalo ya”, terminó y al alejarse escucho el ruido que hizo su esposo al caer acostado en el suelo de la sala. Preocupada corrió a auxiliarlo con los ojos desorbitados y un momento después estaba sobresaltada llamando a la ambulancia.

El médico que atendió a Carlos, habló con ella afuera de la habitación. “No se preocupe. Su esposo tuvo un bajón de azúcar. Hay que estar pendientes mientras le hacemos unos exámenes y nos llegan los resultados. Esperemos a que despierte. Parece que ha tenido mucho estrés y después del desmayo el sueño lo agarró muy débil.”.

Martha entró en el cuarto y miró a su marido dormir. Suspirando pensó en que tal vez debían pasar más tiempo juntos y acompañarlo en la búsqueda de su nuevo estilo de producción arquitectónica. “Creo que debemos comenzar por ir a misa”, pensó mientras le tomaba las manos frías e intentaba calentárselas. Carlos volteó la cabeza despacio hacia su mujer y abriendo los ojos lentamente, sonrió. “¿Hace mucho rato llegaste?”, preguntó. “No tanto”, contestó ella devolviendo la sonrisa y continuó: “Pensaba en que deberíamos volver a hacer las cosas de antes, como salir a caminar los domingos después de ir a misa. Y ver todas esas figuras que siempre te llamaron la atención para tus proyectos. Tal vez aceptando el acoso de tu imaginación encuentres el nuevo rumbo. Ese que tanto deseas y necesitas”. Carlos le apretó la mano y con una sonrisa amorosa le agradeció.

El siguiente fin de semana, sábado, Martha y Carlos decidieron quedarse en cama toda la mañana. Las mucamas se encargaron de todos los quehaceres y en la tarde, cuatro en punto, una caminata para relajarse en un atardecer cálido y anaranjado. Llegaron a las cinco en punto a la iglesia formada por dos pirámides alargadas encima de un rectángulo y con un interior acompañado de imágenes simples de una religiosidad aparente. Aunque adentro el ambiente invitaba al recogimiento, Carlos buscó con la mirada, en cada rincón al sacerdote aquel que aquella ocasión le empapó la camisa y la cara con agua bendita.

Martha, de rodillas, se adentró en sus oraciones y solo un rato después y volviéndose a acomodar en la silla, le reclamó a Carlos su falta de fe en el templo. “Por lo menos rece un Padre Nuestro. ¿No que lo anda viendo en todas partes?”. Carlos, obedeciendo, se arrodilló y poniendo los codos en el espaldar de la silla del frente, rezó en silencio con los ojos cerrados.

El sacerdote entró desde la puerta principal meciendo el incensario encendido y se acercó sin ser notado por la pareja. Se detuvo un momento concentrado en el humo que salía y poniendo la mano en el hombro de Martha, saludó, “Bienvenidos. Que alegría verlos por aquí. Es una muy buena señal de los planes de Nuestro Señor. Son buenos los cambios” y se dirigió en silencio hacia el altar dejando en el camino una estela de humo aromatizado.

Martha le sonrió y Carlos no le quitó la mirada de encima al sacerdote. Luego se sentó al lado de su esposa. “¿Nos vamos?” Dijo Carlos. “Sí “, respondió Martha.

Mientras iban saliendo, el cura habló desde el altar a los pocos feligreses que dispersos ocupaban algunas sillas. “Recuerden que los planes de Dios, solo los ejecuta Él y nosotros solo somos sus recursos. Al cabo, nos premia. Todos los cambios son perfectos, cuando vienen de Él”.

El día domingo por la mañana, Martha se levantó y en la cocina preparó dos tazas de café. Las acomodó en un mismo plato y las llevó a la habitación donde Carlos esperaba mientras hablaba en voz alta, “Cariño, tengo unas ideas interesantes para nuevos proyectos. Ya verás”. Al caminar Martha, se fueron regando algunas gotas y al tomar las tazas para beber el café,  ella le dijo a Carlos mientras miraba el plato: “¿Si ve esa figura que hizo el café?” y con el dedo señalaba. Carlos volteó con curiosidad la mirada al plato y luego a los ojos de su mujer. “¿Cuál figura?”. “Ninguna”, dijo Martha y retiró el plato. Minutos después entre charlas y sorbos de café, las tazas quedaron vacías y Martha otra vez se quedó pasmada viendo el fondo de su taza. “Es la Virgen”, dijo en voz baja. “¿Es qué?”, dijo Carlos. Ella lo miró sería y preocupada, recogió las tazas y el plato y salió.

“En la tarde vamos a misa a la iglesia donde estuvimos ayer”, ordenó ella, “¿Otra vez?, pero ayer fuimos”, dijo Carlos. “Que en la tarde vamos, te dije”, y salió del cuarto.

Siendo las cuatro y media entraron en la iglesia con un poco de solemnidad y con otro de curiosidad. Adelante, ante el altar principal, se encontraron con Graciela, Saul y Steven, quienes habían llegado hacía rato como acostumbraban desde algún tiempo.

“Buenas tardes”, saludó Martha susurrando. “Hola”, respondió Graciela con una sonrisa. Igual hicieron todos intercambiando abrazos y saludos de mano. “Vinimos por petición de Martha, porque para serles sincero, a mí este padrecito no me gusta mucho” dijo Carlos, “¿Ah, no? ¿Y eso por qué?”, preguntó Saul casi en señas. “Porque me empapó con su agua bendita en una ocasión”, respondió Carlos. “¿A usted también? A nosotros nos hizo lo mismo la otra vez”, contó Saul sonriendo con picardia.

“Es agradable encontrarnos hoy con personas a las que vemos muy de vez en cuando, y que poco a poco cada día que pasa, se acercan a saludarnos y especialmente a saludar a nuestro Padre eterno”, dijo el cura desde el púlpito ya en la misa.

Terminada la bendición de la eucaristía, Martha se acercó al sacerdote haciéndole una petición personal. “Padre, ¿Podría por favor darme unos minutos a solas?”. “Por supuesto hija. ¿Deseas aquí o en el despacho? Es más privado”. “En el despacho mejor, padre”.

El sacerdote se acomodó en la silla de su inmenso escritorio, el que por encima tenía un cuadro de cuero que soportaba los documentos para leer o escribir, al rededor de este un vidrio grueso que cubría todo el resto de la superficie del mueble, a lado y lado en las esquinas descansaban varios libros y en el centro, adelante, un tintero con una pluma de faisán. En cada pared del salón cubierta en madera de pino, se exhibían dos cuadros al óleo, de figuras religiosas unos, y del papa y el cardenal otros. El techo también estaba protegido de madera de pino y el piso con baldosas grandes de mármol.

“Tiene usted un gusto bastante clásico padre”, dijo Martha mirando a cada rincón del despacho, sentada en una silla forrada en cuero frente al escritorio.

“Sí hija. Me parece muy acogedor y privado de esta forma”, respondió el clérigo. ”Pero ahora sí cuénteme cuál es el motivo de la reunión”, pidió el cura.

“Verá padre. Hace un tiempo, más o menos dos meses, mi esposo quiso tener un cambio en su forma de trabajar y de vivir y solo porque sí, comenzó a tener visiones de imágenes religiosas en todas partes. Veía a Jesús aquí, a la Virgen allá, el Santo rostro, en fín, y yo me molesté un poco por eso. Pero ahora soy yo quien las ve y eso me tiene más preocupada aún porque yo jamás fui dada al fanatismo religioso. Apenas si asistía a misa y eso en invitaciones a bautizos y matrimonios”, concluyó Martha. “Es un llamado a un cambio que te hace Dios, hija. Lo mismo que a tu esposo. ¿Qué imágenes ves y cuando las ves?”, “Imágenes religiosas y las veo a cada rato en todo lugar, padre. Ahora mismo, ahí en el techo, hay una virgen, en este piso de mármol, ahí, veo un Cristo, allá, en esa pared, en las vetas del pino, veo un ángel y si miro en otro sitio, allí veo algo, padre”. Explicó ella señalando a cada lugar donde afirmaba ver alguna imagen inexistente.

El padre se levantó de su silla y le dijo a Martha, ”Ese es el llamado de nuestro Padre, hija, y no debemos rechazarlo o dudar de él. Solo vengan más seguido y verán el cambio”, agregó. En ese momento la puerta del despacho se abrió y Carlos entró con la calderilla del agua bendita en la mano, seguido de Saul, Graciela y Steven. “Padre, olvidó esto en el templo”, y como por broma, lanzó el agua que cabía en el aspersorio hacia la humanidad del sacerdote, cayendo esta casi en su totalidad en la cara del párroco. Este se secó con la sotana pero los ojos le quedaron irritados. Carlos se sintió avergonzado y ayudó al padre a acomodarse en la silla. “No se preocupe, hijo. Son cosas que muchas veces ocurren sin intención, pero hay que medir nuestras acciones”, dijo el religioso. A su vez, Saul, Graciela y Steven, se despidieron con un tono muy bajo en son de respeto. Y salieron los cinco dejando al cura solo, por su propia petición. Al salir, Carlos solo le dijo al cura: “Quizás sea para eso del cambio, padre”.

Caminando a paso más ligero por el pasillo principal, miraron las imágenes contemporáneas que decoran las paredes a lado y lado y solo vieron, tal vez por el afán, figuras lisas sin rostro, sin arrugas, de un solo color aunque expresivas y artísticamente bellas.

Al llegar a la casa, Marta se extrañó de no haber percibido imágenes irreales en lugares insólitos. De sentirse tranquila nuevamente sin esa ansiedad de arrepentimientos por no rezar, o suspirar cada vez que la mente le decía que estaba haciendo algo malo o pecaminoso, como cuando regañaba a Carlos por “sentarse a pensar”, como él decía. Sintió esa necesidad de disfrutar una tarde de pereza y de malos pensamientos y hasta «actos prohibidos» junto a su marido, sin sentirse pecaminosa o culpable. “¿Cómo te sientes cariño?”, le preguntó a él. Carlos la miró a la cara y acercándose con un suspiro de descanso, le tomó las manos y respondió con tranquilidad: “Creo que esa de ir a misa fue la mejor idea. Me siento limpio y libre. Muy tranquilo. Como si me hubiera quitado un peso de encima. Además tengo varias ideas que me ayudarían mucho para mis nuevos proyectos. Ya te las contaré”, y le dio un beso suave en la boca.

Mientras tanto el sacerdote, salió de su despacho sin saber a qué lado mirar, pues cientos de imágenes religiosas, Vírgenes, Cristos, Santos, Divinos Niños, y hasta demonios, Papas, Cardenales, salían de los pisos, paredes y techos dando vida a las manchas de humedad de algunos rincones, vetas naturales de la madera de pino, las vetas del mármol, las manchas en su sotana por el agua bendita, el humo del incienso quemado y todo aquello que le pudiera dar la imagen de un algo, le acosaba por cada lugar del templo a donde se quisiera esconder. Finalmente la pareidolia había vuelto a la normalidad.



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