El nadador nocturno
Sobre El nadador nocturno, antología literaria de Guillermo Martínez González
Escarabajo Editorial, Colombia, septiembre de 2026.
Guillermo Martínez González se nos presenta aquí como el nadador nocturno: “Yo nado en vuestros sueños, soy el humo que se deshace en el aire”. Hoy conmemoramos diez años de su partida con esta antología literaria que incluye algunas palabras sobre su vida y obra, selección de textos correspondientes a sus cuatro libros de poesía publicados en vida, a sus libros de prosa Mitos del Alto Magdalena y El ermitaño de los lotos verdes, y cierra con poemas escritos por otros autores a la obra, enseñanzas y memoria de este trascendental maestro, librero, editor y poeta que ahora nada en la noche de nuestros sueños. El nombre de la presente colección “Puentes de niebla”, es el título del segundo libro de poemas de Martínez González; por eso, tanto la colección como nuestra manera contemplativa y laboriosa de asumir la poesía, van dedicadas a él.
ALEJANDRO CORTÉS GONZÁLEZ
Poeta y director de la colección
El nadador nocturno
He conocido a muchos poetas, pero ninguno tan elemental y sencillo como Guillermo Martínez González. Nació en La Plata, un pueblito huilense iluminado por la luna en 1952 y murió en Bogotá el 26 de septiembre de 2016.
Desde cuando éramos estudiantes de Filología e Idiomas en una universidad de Santafé, no hacíamos más que hablar de poesía, libros y escritores que nos llamaban la atención. Estas charlas se prolongaban hasta muy altas horas de la noche, cuando nos despedíamos en la misma esquina de siempre y él se iba, con una luna de algodón en los bolsillos oyendo la música del viento. Su vida era la de un Ulises de nuestro tiempo, al estilo del Ulises de Joyce, navegando por las calles de la ciudad.
Cansado de navegar
de andar por extrañas y lejanas ciudades
en oscuros mundos de sueños y muertos
heme aquí de nuevo
protegido en los brazos de Penélope
con el recuento de la aventura
con el canto de la memoria y la fábula.
Los años setenta fueron maravillosos, llenos de recuerdos y vivencias, pero también cargados de miedo y de presagios, tanto que, a Luis Vidales —y a muchos más—, se lo llevaron para las caballerizas de Usaquén, no para que los generales oyeran sus versos sino para que, vestido de presidiario, les “cantara” los versos que no sabía. “En aquel tiempo la violencia se paseaba con su tambor de medianoche por las aldeas”. Hoy en día los poetas pueden decir una cantidad de barbaridades con tal de quedar bien en los cócteles y nadie les dice nada. En los años setenta no. Nos acechaba el miedo, la muerte en la calle, los carros fantasmas, los allanamientos, las caballerizas y todo porque los poetas de entonces eran contestatarios, rebeldes y geniales. No era para menos. Mientras todo esto sucedía, Guillermo no dejaba de escribir con la misma devoción del que está haciendo el mundo, poniendo su empeño en cada verso para que la alegría no le faltara a nadie.
Breve retorno al paraíso
Gracias
manzana
por estar en mi mano
Por enseñarme de nuevo
el paraíso,
gracias.
Cuando leí sus primeros poemas me pareció que eran de otro Guillermo, capaz de esclarecerlo todo con una carcajada maliciosa y feliz. Lenguaje decantado, preciso, cristalino, sutil, hondamente humano. Inicialmente lo emparenté con poetas de las estepas rusas, con Esenin, con Whitman cantando como un loco en las praderas de Manhattan, con Vallejo. Nada de eso era cierto. Como todo buen poeta, venía del campo, de la aldea perdida entre la cordillera. Se dejaba empapar por la lluvia y el viento, por los semáforos y las bombas de gasolina, sorprendido ante el mundo.
Guillermo publicó sus primeros poemas en Puesto de Combate y luego su primer libro, que casi no sale porque le tenía miedo a la lengua de los poetas, pero lo animé para que no se quedara tan en silencio porque tenía mucho que decir y, finalmente, publiqué su poemario Declaración de amor a las ventanas, 1980: un libro que muchos poetas hubieran querido escribir. Luego vendrían otros libros importantes en el panorama poético del país, que han pasado desapercibidos por diferentes antólogos y compiladores de poesía: Diario de medianoche y otros textos, 1984; Marx y los poetas, 1986; Puentes de niebla, 1987; El bosque de los bambúes (traducciones de poetas chinos), 1988; Lu Xun. Poemas, 1990; Mitos del Alto Magdalena, 1990; El árbol puro del río, 1994; El vuelo diabólico (Selección y notas), 1999; El ermitaño de los lotos verdes, 2005; y Terraza para pisar el vacío, 2015.
Al igual que los grandes poetas, Guillermo tuvo que hacer muchos oficios para dedicarse a la poesía y a los libros en su Librería Trilce. Entre otros oficios, fue secretario de aduanas, director del Instituto Huilense de Cultura, asesor de la revista China Hoy en Beijing, China Popular, profesor de literatura hispanoamericana, miembro del comité editorial de las revistas Puesto de Combate y Ulrika. Ensayista, traductor, crítico de sus contemporáneos, editor, becario, lector infatigable, experto en poesía china, etc. Todos esos oficios le permitieron ser tan elemental como el pasajero que mira llover desde la ventanilla de un tren detenido en mitad del paisaje.
Detestaba los horarios, la rutina, el ruido, la ciudad con la misma pasión con que asumía la poesía. Lástima grande que haya muerto cuando empezábamos a creer en nosotros mismos, pero Guillermo lo dijo a tiempo:
No es ningún privilegio ser poeta.
Es estar en lo hondo
y sentir miedo de no alcanzar nada.
Milcíades Arévalo
Bogotá, noviembre 16 de 2016
De Declaración de amor a las ventanas
(Poesía - 1980)
Ese niño
El niño aquel
todo entrega ante el mundo
y todo jinete del viento
el niño aquel
todo conversación de mariposas
todo ilusión de pájaros
y asombro ante la muchacha
que se peina por siempre ante el espejo
mientras canta una canción
no quiero que se vaya de mi lado
no quiero que se pierda de mis sueños
no quiero que se muera
con los oficios del hombre.
De Puentes de niebla
(Poesía - 1987)
Padezco de un sueño
Dejar de gritar
De oponer un vuelo de aves
Al lívido atardecer de los acantilados
Eso deseo
Como los gorriones quisiera
Volverme hierba
Naranjo puro
En una pagoda de aire
Pero padezco de murallas
Y un sueño apedreado por los muertos.
De Mitos del Alto Magdalena
(Relatos y leyendas - 1990)
El Mohán
Antes, mucho antes de trasladarse a vivir a su palacio subterráneo a orillas del Magdalena, el Mohán fue un hechicero que convocó tormentas y eclipses. Conocía los secretos de las almas, curaba enfermedades y todos temían sus ojos de azabache cuando en los ritos atraía la lluvia y las cosechas o se transformaba en jaguar que recorría las landas del río para ahuyentar los malos espíritus.
Él supo en una noche premonitoria, en una noche de borrascas e inundaciones, de la llegada de los españoles. Vio también la humillación y los despojos de la Conquista. Por eso, tal vez queriendo perpetuar la memoria de los antepasados, se marchó con todos los tesoros al palacio del río. Allí permanece, taciturno y remoto entre las piedras, lejos del tiempo, mientras le crecen los cabellos y las uñas y sus ojos desploman la noche.
Junto a los monólogos, a los paseos nocturnos sobre el oleaje de las aguas, el Mohán ama la música. Toca la guitarra en las noches de plenilunio y algunos lo han visto aterrorizados descender en balsa mientras ensaya en la quena una canción desconocida.
Embaucador, pajarero pintado de negro y con dientes de oro, el Mohán es un libertino que puede cambiar de apariencia y aprovechar las brisas del río para la serenata y el vagabundeo por los mercados de los pueblos, en donde compra tabaco y aguardiente y conquista a las muchachas.
Brujo del agua, el Mohán ejerce una feroz tutela del río. Regula las crecientes y complica las atarrayas y en algunas ocasiones su celo llega a ser perverso: voltea las canoas y sumerge a las víctimas en el fondo de las aguas.
Los viejos pescadores saben todo aquello, por eso le temen. Llevan en la mochila tabaco y están pendientes de cualquier indignación de las olas. Saben que el regreso, que su destino, depende del Mohán.
De El árbol puro del río
(Poesía - 1994)
El camión olvidado
Casi nadie reconocía el camino, pero nosotros sabíamos encontrarte, viejo camión olvidado, vieja carcasa entre los matorrales y las hormigas.
Nido de pájaros, óxido negro bajo la lluvia, todos te habían abandonado, pero nosotros te buscábamos, viejo juguete pobre de nuestra infancia, ruinoso compañero de nuestro viaje por el silencio y la música de las hojas.
De El ermitaño de los lotos verdes
(Notas y reseñas literarias - 2005)
¿Traducttore, traditore?
Uno de los géneros más riesgosos en el ejercicio de la traducción es el de la poesía. Ésta, por su ambigüedad, por la compleja relación de palabras, sonidos y sentidos que establecen según las particularidades de cada lengua, sería intraducible o, por lo menos, plantea profundas imposibilidades.
La dificultad mayor estriba en el uso que la poesía hace del lenguaje. Una experiencia en la que el poeta violenta las posibilidades extremas de una lengua a fin de subvertirla. Una aventura que intenta aproximarse a las zonas inéditas y más transparentes de una lengua a fin de encontrar lo originario y revelador. ¿Cómo trasladar eso de una lengua a otra, teniendo en cuenta que lo que se transmite está implicado no solo en el poder semántico o ideológico de la palabra sino también por los sonidos, el ritmo, el silencio, el juego y la especial asociación de todos estos hechos que cada autor logra?
La otra dificultad estaría en el contenido, en el orden psicológico de la creación poética. Cuando un poeta escribe no se limita a las experiencias visibles o comprobables. Su viaje es una inmersión en las áreas más profundas de la conciencia y del espíritu y lo que se transmite es un magma en donde cuenta tanto la intuición y el sueño como la razón. La emoción como lo objetivo. ¿Cómo trasladar esto que produce y sólo se puede expresar con un tipo especial de pensamiento, una forma de pensamiento que es propia de la lengua que lo origina?
Vistas las cosas así, una traducción literal del poema sería, además de imposible, necia. Lo importante será entonces atender a la totalidad del texto y a lo que transmite en su conjunto, más que a las partes y los detalles. La fidelidad de una traducción no puede ser encontrada tanto en la literalidad como en las adecuadas equivalencias de una lengua a otra, sugiere Wilhelm von Humboldt, uno de los más sobresalientes teóricos sobre el arte de la traducción.
Pretender que todas las lenguas tengan una misma esencia no deja de ser una ingenuidad. Es como pretender también que todas las culturas sean iguales y carezcan de una particularidad. La antropología, la sociología, la ciencia, a cada momento nos subrayan las diferencias, aún en el interior de un mismo grupo social o de una misma cultura. El hombre es uno y diverso y la idea que de él tenemos sólo es posible si aceptamos su pluralidad.
Traducir sería entonces no sólo aceptar las afinidades, sino también y de manera esencial, las diferencias. Saber que cada lengua tiene sus propias abstracciones, y que el proceso de la traducción es reproducir esas particularidades con unos instrumentos diferentes. Un proceso dialéctico y enriquecedor en el que las dos lenguas en confrontación ganan la una de la otra mediante la síntesis, la comparación y el vacío.
En otras palabras, lo que existe en una traducción de poesía es un proceso de reescritura en el que se impone el peso del original; un proceso de creación en el que el resultado es un texto equivalente al poema que lo originó.
Y como en todo acto de creación interesa no sólo el conocimiento profundo y técnico de los lenguajes que se operan. También son necesarias la intuición, la esfera emotiva. Hay en la traducción un trámite similar al de la lectura (toda lectura es una traducción): no podemos acceder a ellas sin una cierta empatía, sin un sobresalto que nos arroje fuera de nosotros mismos. Mediante este trasunto penetramos en lo otro y somos a la vez. Pretender que la traducción sea únicamente acto científico, racional o erudito llevaría a traducciones muertas, académicas. A negar lo literario del fenómeno.
No se puede olvidar en la traducción de un poema que la poesía lo trasciende. Es decir, que la poesía está en la realidad y que el poema es apenas una forma, un orden que pretende aprehenderla. Esto equivale a decir también que no podemos olvidar que el poema se logra mediante una forma, mediante un sistema verbal, pero lo que el poema dice va más allá y se inscribe en la totalidad de la vida. Es esta experiencia vital, la del autor y el traductor, la que permite el primer paso de la comprensión. Es allí donde se inicia todo un proceso que culmina en las partes, en la visibilidad de todos los elementos.
La subjetividad tendría su presencia no sólo por las implicaciones del concepto vital, sino también porque es una opción que debe tomar cada traductor ante problemas del lenguaje y la imagen. Una palabra, para mencionar un caso elemental, puede tener al mismo tiempo varios significados, entre los cuales el traductor tiene que escoger el que le parezca más preciso. Allí intervienen el conocimiento, pero también la sutileza y el propio sentimiento del lenguaje. Esto es lo que permite distintas lecturas de un texto. Esto es lo que hace que distintos autores traduzcan de distinta manera un mismo original: cuenta la experiencia del lenguaje traducido, pero también el nivel estético, el desarrollo personal que cada traductor tenga del lenguaje poético y sus complejidades.
De Terraza para pisar el vacío
(Poesía - 2015)
Estás aquí
Estás aquí
Para alumbrar lo muerto
Para llenar los ojos
Del que se cree en el milagro.
No sabrías volar
Si no supieras de pájaros
Si no conocieras el aire
Para erguirte como el árbol.
Soñadora: penetras en los
Huesos del pobre
Del que deambula solitario
Por las calles del mundo.
Tienes la luz de la estrella
Pero tu poder
Está en el silencio
Del hombre que se desangra.
Guillermo Martínez González
La Plata, Huila, 1952 - Bogotá, 2016. Licenciado en Filosofía y Letras, vivió en Bogotá por muchos años y allí ejerció como librero y editor (Trilce Editores). Publicó los libros de poemas: Declaración de amor a las ventanas (1980), Puentes de niebla (1987), El árbol puro del río (1994), Si ese viento fuera mío - Antología poética (2013), Terraza para pisar el vacío (2015); así como los libros de notas: Diario de medianoche (1984) y El ermitaño de los lotos verdes (2005). Ha sido incluido en numerosas antologías de poesía colombiana en el país y el exterior y existen traducciones de su poesía en inglés, francés y portugués. Durante muchos años tuvo por pasión la poesía china y publicó versiones de sus poetas clásicos. Fue director del Instituto Huilense de Cultura y Experto de la Revista China Hoy en Beijing. En 1993 obtuvo la Beca de Creación Individual en Poesía del Instituto Colombiano de Cultura. Falleció el 26 de septiembre de 2016.
Publicaciones de poesía
Declaración de amor a las ventanas (1980)
Puentes de niebla (1987)
El árbol puro del río (1994)
Si ese viento fuera mío - Antología poética (2013)
Terraza para pisar el vacío (2015)
Publicaciones de antologías, notas literarias y traducciones
La poesía de Matilde Espinosa (Selección, prólogo y notas, 1980)
Diario de medianoche y otros textos (Notas de poesía, 1984)
Marx y los poetas (Selección, prólogo y notas, 1986)
El bosque de los bambúes (Versiones de poesía china, 1988)
Mitos del Alto Magdalena (Relatos y leyendas, 1990)
El solitario de la Montaña Vacía (Versiones de Wang Wei, 1996)
El vuelo diabólico - Poemas de vampiros y murciélagos (Selección, prólogo y notas, 1999)
El ermitaño de los lotos verdes (Notas y reseñas literarias, 2005)