Revista Latinoamericana de Poesía

Revista Latinoamericana de Poesía

post

9. Jonathan Herrera Ortega. El plumaje del cóndor



Como parte de las acciones del Circuito literario ¨El Plumaje del cóndor¨, que adelanta la Red Departamental de Escritores de Cundinamarca y en apoyo a la difusión de las voces literarias de este territorio colombiano, la revista literaria La Raíz Invertida publica una autora o autor cundinamarqués, cada semana. Este circuito literario que recorre el departamento de Cundinamarca (Tierra del cóndor) desde abril hasta octubre de 2026, culminará en el mes de noviembre en el municipio de Cota con la instalación del Segundo Encuentro Departamental de Escritores. Continuamos esta muestra con un cuento de Jonathan Herrera Ortega, de Mosquera Cundinamarca.

Jonathan Herrera Ortega (1986) Escritor bogotano, residente en Mosquera Cundinamarca. Licenciado en Humanidades y Lengua Castellana de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Especialista en Creación Narrativa de la Universidad Central. Magíster en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana. Candidato a Doctor en Educación de la Universidad Santo Tomás, Bogotá. Primer puesto en el Concurso universitario de Cuento 2004, Universidad Distrital. Primer puesto en el concurso de Talentos Docentes 2011 de la Localidad de Bosa. Primer puesto en Concurso “Mosquera, Tierra de Superhéroes 2021”. Primer puesto en el XVI Concurso Leer y Escribir “3021: contemos las historias que salvaron el planeta”. Ha publicado en la revista virtual Histori-k, en “Depredación, antología inusual de cuento colombiano contemporáneo”, editorial Séshat, 2017 y en la Revista chilena de literatura “Mal de ojo”. Ponente en el “III Seminario Internacional de autor: Tres días con J.M. Coetzee” de la Universidad Central, 2016. Asistente al Taller de Escrituras creativas de Idartes, Engativá, 2016.

 

 

 

El jardín de los poetas

 

Siempre he creído que las historias nunca se terminan, que por más que uno quiera poner un punto final, es imposible hacerlo, es como si una historia nunca se cerrara, como si se resistiera a morir. Pienso que esta es una historia de esas en las que uno trata de encontrar el final, pero por más que uno lo intenta, por más que uno insiste en ver con anterioridad el desenlace de lo que quiere contar, no logra encontrarlo, no logra verlo con claridad. En este punto es cuando una persona que quiere contarles algo, que por mucho algunos pueden tratar de irreal, no solo intenta, sino que comienza a hacerlo, así que sin más ni más, ahí les va.  

Esta es la historia de la desaparición de Hugo. Nuestro amigo creador. Me cuesta aún trabajo entender que ya no esté con nosotros y más al saber que no puedo dar una idea clara de qué fue lo que ocurrió con él. Sus padres no quisieron creer lo que les dijimos ese día, aunque no recuerdo haber hecho nunca ningún relato tan cercano a la verdad. Así de clarito, pocas veces no he dicho mentiras en mi vida; el día en que le expliqué a la mamá de Hugo qué fue lo que pasó con él, fue uno de esos días. No piensen que fue extraordinario lo que ocurrió, porque Hugo simplemente desapareció. Entonces tal vez debo corregir un poco el rumbo de mi narración, no se trata de la desaparición de Hugo, desaparición que por lo demás, nunca se aclaró. Este relato trata más bien sobre lo que pasó después de que Hugo desapareció.

Para que su mamá me pudiera creer, opté por no ocultarle nada, incluso lo de la marihuana. Éramos muy jóvenes en ese tiempo, muchachos de universidad. Quisimos probar. No había sentido nunca el demonio en mi vida hasta que el vaho maldito me empezó a inundar. Desde ahí supe y no me quedó ninguna duda de que existía el más allá. Las autoridades que escucharon nuestro testimonio cuando la mamá de Hugo llevó todo ante el tribunal, asumieron que lo que dijimos fue producto del efecto de la hierba, tal vez por eso, y por un poco de lástima que les inspiraron unos pobres marihuaneros que lo único que hacían era delirar, decidieron dejarnos en libertad a pesar de que nada se pudo averiguar sobre el paradero de los restos físicos de Hugo ni tampoco se sabía si los iban a encontrar, mucho menos de lo que en verdad le pudo pasar.

Lo cierto es que prendíamos el quinto o sexto porro ya, cuando empezamos a pensar en la simultaneidad del espacio y del tiempo, en la complejidad de las acciones humanas, en la irrealidad de las cosas que ocurrían en la ciudad. Nos dijimos si acaso éramos conscientes de cuántas personas en este momento estaban viviendo experiencias diferentes, por ejemplo, se nos dio por pensar cuántas jovencitas estaban perdiendo su virginidad todo por la demora de los papás al llegar tarde de trabajar. Nos las imaginamos temerosas, algunas con cierta ansiedad de que pasara lo que tenía que pasar. Hasta llegamos a escuchar ese gemido breve y pequeño, como cuando cruje una cáscara o se quiebra el cáliz de una flor. De igual manera, tratamos de ser conscientes de cuántas muertes podían ocurrir en ese instante, de cuántas lágrimas caían porque alguien se iba, o porque nunca regresó, porque no se sabía nada de él, ni de qué le pasó. En alguna parte un papá dejó un papel pegado en la pared con el rostro de su princesa perdida, quien huyó de casa porque su novio la convenció de que allá no la querían. En algún lugar sin ninguna duda, dije, alguien debe estar cometiendo una infidelidad, o descubriéndola, ¿por qué no?, es algo que perfectamente puede pasar.  

Pensábamos en eso y en otras cosas, cualquiera que fuera el pensamiento que pudiera tener una persona que fumara hierba seguido, como era el caso de Miller; que hace tiempo no la fumara, como me pasaba a mí; o que no la hubiera fumado nunca, como era el caso de Hugo. Comenzó a levitar. Yo quería pensar que todo lo que veía era producto de mi hipersensibilidad, de mi casi cercana alucinación producto de la toxicidad; sin duda la marihuana que fumamos era de una calidad diferente, me hizo sentir bastante especial. Ver a Hugo caminar como volando sobre uno de los balcones de la universidad me causó una gracia infinita y estallé en un ataque de risa que no pude controlar.

—Cállese, marica, que me va a hacer tirar.

En ese momento esa sola idea de que Hugo pudiera resbalar y caer desde la altura de un quinto piso no me pareció peligrosa, todo lo contrario, lo único que hizo fue aumentar el sentimiento de mi hilaridad. Hugo se veía expuesto en su total naturalidad. Lo que pasó después, algunos lo pueden creer, otros no. Hugo nos preguntó:

—¿Me quieren ver volar?

—Marica, usted no es capaz —recuerdo que le dije. Si lo tuviera de nuevo al frente mío le diría que dejara de molestar y que pensara en lo que podía ocurrir después de haber compartido seis cigarrillos de marihuana con tres personas más.

Hugo en el borde del palco, antes de saltar, un instante después, simplemente ya no está. Un segundo, tal vez un poco más, nos demoramos en arrojarnos sobre el borde del vacío en el que estábamos, buscando atrapar lo que hubiera quedado de Hugo, buscando verlo golpearse con las escaleras o con la estructura del edificio principal, que era donde nos encontrábamos. Lo que yo alcancé a ver, ninguno más lo pudo constatar, se demoraron dos o tres billonésimas de segundo en llegar hasta el lugar del balcón desde donde miraba yo, pero sé muy bien lo que vi, sé que a pesar de que me había fumado todo lo que me fumé y de que la gente puede pensar que es la ilusión falsa de un enmarihuanado, digo que vi a Hugo saltar y digo que lo vi hundirse en la tierra, como si cayera desde un trampolín de cinco pisos de altura en una fosa viscosa y se sumergiera. Hugo no volvió a salir. No tengo ninguna razón para mentir. Fue la última vez que lo vi.

Eso fue lo que ocurrió con Hugo, pero como les dije desde el principio, esta es una historia a la que no le he podido encontrar el final, cada vez que veo una hebra y pienso que por ahí puede ser el tema, desenhebro y me encuentro con que se desmadeja una maraña entretejida. Trataré de limitarme a los hechos puntuales porque a veces siento, cuando estoy pensando justo en esta historia, que los acontecimientos propiamente dichos se me tienden a confundir en la cabeza, como que se desordenan, se desorganizan y no veo la sucesión ni percibo algún orden lógico. Después de explicar, una y otra vez, qué estábamos haciendo, qué drogas sintéticas consumimos, después de que las autoridades, tanto de la universidad como civiles, nos permitieron partir para nuestras casas, pudimos reunirnos para conversar sobre lo ocurrido. Coincidimos en que lo más difícil fue hablar con los padres de Hugo, su mamá estaba destrozada, no supimos qué más decirle, era todo lo que yo sabía de él. Cuando llegamos a esa parte, Matías se atrevió a hablarme:

—Huevón, usted estaba muy trabado, ¿cómo así que se hundió en la tierra? Ese cuento marica no se lo cree nadie.

—Pero entonces, dígame, ¿qué hijueputas pasó con ese man?

—No sé, parce, no sé, yo no vi lo mismo que dice que vio usted.

Había un problema entre la versión de los hechos que entregaban mis amigos y la que entregaba yo. El meollo del asunto es que solo en mi relato, Hugo caía desde el balcón en el quinto piso y se hundía mágicamente en la tierra. Si bien mi hipótesis en circunstancias normales podría parecer traída de los pelos, lo que sugerían los policías que hicimos con Hugo me parecía tan fantasioso o más de lo que había contado yo hasta ese momento. Según los oficiales, habríamos utilizado arsénico para deshacer los restos. Cuando escuché esta idea no supe si pensar en lo trágico o en lo poético. En efecto, no era una idea original, Dorian Gray deshizo a su amigo Basil Hallward, en esencia, con el mismo procedimiento. Descarté muy pronto la idea que el policía que planteó la hipótesis pudiera haber leído antes a Oscar Wilde, así que su sugerencia devenía de su propia perversión. Entonces, no era por imaginación que debían descartar mi versión de lo que ocurrió. El siguiente argumento que presenté fue que nosotros no manejábamos ninguna clase de químicos, al fin y al cabo, el arsénico no era de los elementos que hicieran parte de los insumos de la carrera de artes, la profesión que decidimos estudiar.

Hasta este punto la situación era demasiado exótica como para pasar desapercibida en el resto de la universidad. Lo que ocurrió justo ocho días después de que Hugo desapareciera -no hablo de su muerte porque no la constaté- fue incluso para algunos todavía más perturbador de lo que pudo haber sido su propia desaparición. Como decía, ocurrió el viernes de la semana siguiente a su hundimiento. Nos encontramos en el Planetario una hora antes de la primera clase, queríamos subir juntos y hacer una especie de homenaje simbólico en nombre de quien había sido, sin duda, una de las personas más importantes para nosotros, por su amistad, por su trato amable y por su inconfundible capacidad creativa, Hugo era un narrador muy hábil.

Con esa firme convicción comenzamos el ascenso desde la carrera séptima hasta la sede de la universidad, cuesta arriba, sin ánimo de especular más sobre lo que pasó, era simple, debíamos aceptar que él ya no estaba con nosotros, sólo nos quedaba esperar a ver si algún día decidía volver. Pensábamos en esto cuando entramos en la universidad. Desde el ingreso noté que algo estaba pasando, las cosas no funcionaban con perfecta normalidad. Las personas se quedaban mirándonos con asombro, con sensacionalismo, con intensidad. Matías dijo que era sencillo, todos recordaban que justo una semana atrás fue cuando Hugo se hundió en la tierra, por eso, éramos el centro de atracción, los demás querían saber qué íbamos a hacer de especial el día de hoy. Conforme fuimos avanzando nos dimos cuenta de que definitivamente no, otra cosa había ocurrido, el número de personas fuera del edificio de la facultad a esa hora era inusual. Mientras caminábamos hacia el lugar donde Hugo se hundió, en determinado momento no pudimos avanzar, era tal el número de curiosos y de personas que se aglomeraban en aquel lugar que no tuvimos otra opción más que parar. Durante ese instante, esto lo digo desde mi más profunda intimidad, por un segundo nada más, creí que Hugo había regresado y que era su cuerpo tendido sobre el pasto verde el que nos íbamos a encontrar.  

En medio de los gestos y las reacciones de estupefacción nos pudimos acercar y comprobaron con sus propios ojos lo que yo decía: no podrían decir que no era algo irreal; justo en el lugar donde yo vi a Hugo sumergirse en medio de la tierra, surgió como de la nada, de un día para otro, un árbol frondoso que alzaba sus fauces siniestras en medio de ese lugar. Miramos en rededor hacia el cielo y vimos los palcos llenos de personas que trataban de entender qué era lo que había pasado. Algunas chicas de otras carreras me comenzaron a saludar, a preguntarme y a decirme que era muy bonito, muy poético -creo que finalmente lo dijeron- lo que hicimos, aunque se morían de las ganas por saber cómo fue que pudimos sembrar el árbol justo en ese lugar y cómo logramos que quedara perfecto, es decir, parecía que el árbol había estado allí desde el principio de los tiempos, que la universidad se hubiera construido a su alrededor, y no parecía ni mucho menos el trabajo burdo del hortelano que deja sobre la hierba las huellas de su imperfección.  

Al igual que la desaparición de Hugo, el surgimiento de este árbol en medio de la universidad y justo en el lugar donde yo lo vi desvanecerse entre la tierra, se iba a quedar sin una explicación que pudiera satisfacer a una mente racional, por ahora, lo único que puedo decir es que Hugo se había ido, no estaba, y en su lugar estaba ahora un árbol fuerte, de hojas verdes y con el tronco radiante de frondosidad.

Aunque no podíamos creer lo que nos estaba pasando, sí tratamos de encontrar alguna razón que nos permitiera comprender en cierta medida, qué tipo de maleficio cayó sobre nuestras cabezas y el porqué de esa repentina y extraña aparición. Fue muy difícil evitar que las cosas se salieran de control. Volvimos a la marihuana, pero esta vez la mezcla con anfetaminas resultó desfavorable para nuestra afectada percepción. Angélica, la novia de Hugo, desesperada ya, después de más de una semana de saberlo hundido, creyó que el árbol era una nueva forma que había asumido su amado para regresar a poseerla, así que se instruyó en el pansexualismo y sin que tuviéramos la fuerza para evitarlo, comenzó a incrustarse en su vulva y en su ano, las ramas más delgadas que encontraba del frondoso árbol. Lo hizo con total disimulo, es más, algunos hasta creían que era muy arriesgada al atreverse a hacer del cuerpo al lado del árbol como si fuera un baño. Cuando Mireya, una amiga en común que teníamos nos contó lo que había pasado con Angélica, dije en medio de mi consternación y ya bastante aterrado:

—¿Y si el árbol dejó a Angélica en embarazo?

Muchos desestimaron mi hipótesis por considerarla inapropiada, pero a mí me parecía bastante posible y muy probable, en medio de la cadena fortuita de acontecimientos que venía presenciando, ahora que una de nuestras amigas sostenía relaciones sexuales incluso con las plantas porque pensaba que una de ellas era una persona reencarnada, era muy posible también que el árbol, del cual ninguno de nosotros pudo explicar la manera fortuita en que fue sembrado, llegase a germinar en el vientre de una mujer una semilla para que naciera el niño árbol o para que viniera el hijo de la naturaleza y salvara la tierra de nuestras manos. No podía negar el carácter profético que tenía la presencia del árbol y el hundimiento de Hugo en la tierra como dos hechos lo bastante mágicos para comprender que cualquier cosa podría llegar a pasarnos.

Aunque lo que finalmente ocurrió es algo que en verdad nosotros no nos esperábamos. Es decir, si es que lo que estoy contando puede considerarse como lo que cualquier persona pudo haber esperado en un día ordinario. Se trataba de Miller. Tal vez el más callado. Cuando me lo dijeron tuve que verlo con mis propios ojos para creerlo, necesitaba constatarlo. Había utilizado la misma bufanda que le regalé en su cumpleaños. Escogió la rama principal del árbol. Escogió una hora, las cuatro, el momento en el que siempre nos encontrábamos. Escogió mirar hacia una dirección, el balcón desde el cual Hugo se había lanzado. Sus manos estaban frías cuando me acerqué, quería tocarlo. Ya las personas de la Fiscalía y del CTI tenían acordonado el sitio, no querían ningún entrometido muchacho. Les dije que era mi amigo, que quería abrazarlo, que quería saber si estaba bien, les dije que no tenía un zapato, allí estaba tirado y ese era su mayor miedo, me lo había contado, tuvo un sueño donde le escondíamos los zapatos y tenía que caminar por toda la universidad así, descalzo, me lo recomendó muchísimo, me dijo esa vez, Marica, no me vaya a dejar morir descalzo. Le pedí varias veces a la policía que le pusieran sus zapatos porque el único miedo que tenía Miller en toda su vida era morir descalzo, pero ellos no quisieron, ni siquiera me escucharon.

De esto hace ya varios años. Sólo quedamos Matías y yo. Nosotros dos nos graduamos, aunque no estuvimos sentados en la misma fila, ni siquiera en el mismo banco.

Hizo nuevos amigos, simplemente no quería que pensaran que él también estaba delirando. La última vez que nos vimos me dijo que yo tenía el cerebro tostado, que de tanta mierda que me había metido me inventé toda esa historia sobre Hugo y sobre Miller que nadie podía creer y que el único que repetía era yo. Me dijo que a Hugo y a Miller los encontraron desangrándose producto de un infarto cerebral que les indujo la sobredosis que yo les había facilitado:

—¿Y entonces el árbol que apareció en la universidad?

—Juancho huevón, reaccione marica, ¿cuál árbol? No ha habido nunca ningún árbol.

—Si no me quiere creer no me crea.  

Como les he venido diciendo, yo sé muy bien lo que yo vi, yo sé muy bien cómo pasaron las cosas, son ustedes los que tiene que decidir si me creen o no a mí. Estuve buscando, como les dije desde el principio, un final para esta historia y no lo había intuido, no pude comprender muy bien su desenlace porque no entendía si lo que quería contar era la historia del hundimiento de Hugo, o de lo que pasó después, tal vez lo que quería contar era el suicidio de Miller, o tal vez la verdadera historia sea esta: cuando un hombre joven amarra una bufanda en la rama de un árbol y la coloca en su cuello, al caer deja sus sueños colgados. Su sacrificio es necesario, solo así cualquier poeta puede contar que lo vio hundirse y allí mismo vio al instante nacer un árbol.



Nuestras Redes