14. Nabia Molina. El plumaje del cóndor
Como parte de las acciones del Circuito literario ¨El Plumaje del cóndor¨, que adelanta la Red Departamental de Escritores de Cundinamarca y en apoyo a la difusión de las voces literarias de este territorio colombiano, la revista literaria La Raíz Invertida publica una autora o autor cundinamarqués, cada semana. Este circuito literario que recorre el departamento de Cundinamarca (Tierra del cóndor) desde abril hasta octubre de 2026, culminará en el mes de noviembre en el municipio de Cota con la instalación del Segundo Encuentro Departamental de Escritores. Continuamos esta muestra con un cuento de Nabia Molinala, de Guayabal de Síquima, Cundinamarca.
Nabia Molina nació en Guayabal de Síquima, Cundinamarca. Se posiciona como una escritora colombiana de ficción social urbana. Su mirada nace de la observación de la ciudad, sus habitantes y las situaciones particulares que ocurren en la vida cotidiana. Su escritura mezcla realidad, sensibilidad poética y pinceladas de fantasía para revelar historias invisibles: aquellas que habitan detrás de los muros, en la noche, en los bares, en las calles y en los silencios de quienes caminan junto a nosotros. Autora de Entre muros y sombras. Historias que caminan junto a nosotros, Nabia convierte la ciudad en un personaje vivo: un territorio donde la nostalgia, el amor, la desigualdad, la resiliencia y la conexión humana encuentran una forma narrativa. Su trabajo literario incluye la participación en ocho antologías de carácter latinoamericano. Es autora de la colección de cuentos titulada "Entre muros y sombras, historias que caminan junto a nosotros". Integrante de la Red departamental de escritores de Cundinamarca.
LAS CARTAS OCULTAS
Después de haber conducido durante varias horas, Mariela Rocha regresó a su pasado: al municipio de Planadas, en el departamento del Tolima, Colombia. Volvía a la inmensa casa de sus abuelos, escondida en un rincón del pueblo. Desde lejos observó aquel lugar que tantas veces recorrió de niña, corriendo con sus hermanos, riendo, llenando de vida cada rincón. Ahora lo veía distinto.
La casa conservaba la fachada de piedra gris, cubierta de musgo verduzco como si una capa viva intentara blindar los secretos allí guardados. Se acercó a la vieja puerta de hierro, corroída por la humedad y los años. Tocó varias veces la aldaba con forma de águila; parecía una boca sellada que se negaba a hablar.
—¿Por qué nunca antes me fijé en eso? —pensó.
Le abrió una mujer anciana y desconocida: su prima Lilia, quien habitaba ahora la sombría casa. El jardín, descuidado y silencioso, parecía ocultar verdades entre las sombras. Las ventanas, como ojos vacíos, observaban el pasado. Varias mascotas —perros y gatos— acompañaban a la mujer. El lugar estaba desordenado, maloliente, muy distinto a lo que algún día fue. Aun así, era la casa paterna, el escenario de los acontecimientos más significativos de la familia Rocha.
Mariela, socióloga de profesión, siempre había creído que los secretos se esconden en los surcos de la historia, pero nunca imaginó que uno de ellos latía entre las paredes de su propia sangre.
Esa misma tarde decidió recorrer los rincones de la vieja vivienda. Hacía muchos años no entraba en la casa de don Aquilino Rocha, el hombre dueño de un gran terreno, a quien recordaba como un abuelo amable y, al mismo tiempo, enigmático. Su personalidad indescifrable provocaba en los niños una mezcla de respeto y recelo.
A pesar del calor sofocante, Mariela bajó al sótano: un espacio oscuro y cargado de misterio. Era una habitación amplia, llena de polvo y recuerdos. Los muebles antiguos, con tapizados gastados, eran testigos mudos de un pasado detenido. En las paredes colgaban retratos de los antepasados, cuyos rostros parecían juzgar a todo aquel que se atreviera a entrar. Los rayos del sol se filtraban entre las rendijas y las cortinas sucias, iluminando tenuemente los libros apilados. El aire se sentía espeso, lleno de nostalgia, como si el tiempo flotara suspendido en motas de polvo.
Mariela se sentó en el viejo diván, frente a una mesa de madera perfectamente conservada. Tomó un pequeño baúl olvidado en una esquina; una nube de polvo se elevó alrededor. Pasó su mano lentamente sobre la tapa, como si acariciara el pasado. Luego lo abrió. Dentro había fotografías descoloridas, objetos deteriorados y, al fondo, unas cartas amarillentas atadas con un cordón rojo.
Las desató. Tomó una entre las manos y sintió una inquietud que la estremeció. Reconoció la letra de su abuelo: dispareja, pero legible. Comenzó a leer en silencio. A medida que avanzaba, la atmósfera del sótano se volvía más densa. Ignoró los ladridos de los perros afuera y continuó. Cada pausa en la lectura la dejaba con la mirada perdida, evocando recuerdos o formulando teorías sobre los silencios familiares que empezaban a tener sentido.
Las cartas revelaban un pasado oscuro y doloroso. Aunque el tiempo había borrado parte de la tinta, cada palabra hablaba de sacrificios, traiciones y esperanza. Eran testimonio del miedo y la resistencia en medio de la violencia bipartidista de los años cincuenta, en el sur del Tolima. Con cada carta, Mariela comprendía mejor el origen del silencio que pesaba sobre su familia.
Al llegar a la última, sintió que el aire se volvía espeso. La tomó con cuidado: era más que una carta, era una confesión.
Por aquel entonces, la violencia política se intensificó con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948. Su muerte desencadenó una ola de odio que enfrentó a liberales y conservadores. Los ataques, asesinatos y desplazamientos sumieron al país en una crisis que transformó la vida cotidiana. La familia Rocha no fue la excepción.
El abuelo de Mariela, conocido por sus inclinaciones hacia el partido Conservador, fue obligado por sus copartidarios a participar en la persecución de sus oponentes. Formó parte de un régimen que perseguía a los disidentes políticos. Sus superiores le exigieron eliminar a los enemigos del partido, pero la verdadera batalla se libró dentro de su conciencia cuando una de esas órdenes involucró a su propio hermano: un hombre rebelde y activista, que se había convertido en blanco de los opresores.
Don Aquilino recibió amenazas que lo obligaron a mantener prisionero a su hermano. Por miedo o lealtad, lo encerró en un pequeño cuarto detrás del sótano donde se encontraba Mariela. Ella jamás supo de la existencia de aquel lugar. El cautiverio se prolongó semanas, luego meses, mientras los quejidos del prisionero resonaban tras los muros. Don Aquilino intentaba convencerse de que lo hacía para protegerlo, pero la culpa lo consumía. Una mañana, lo encontró sin vida. Desde entonces, el peso de esa tragedia lo acompañó hasta su muerte.
Casi de inmediato, Mariela cerró el baúl con un golpe seco. Los secretos parecían gritarle desde dentro. Sintió que la verdad se cernía sobre ella como una sombra implacable. Permaneció inmóvil unos segundos, observando el cofre, y comprendió que acababa de heredar no solo un apellido, sino una culpa.
Pasaron los días. Mariela, incapaz de olvidar lo leído, reflexionó sobre la decisión del abuelo: ¿había actuado por miedo o por amor? Tal vez ambas cosas. Sin embargo, el hallazgo la dejó ante un dilema imposible. ¿Debía revelar la verdad y enfrentar la vergüenza familiar, o guardar silencio y dejar que la historia siguiera sepultada entre muros y sombras?
Mientras observaba la casa desde el umbral, pensó que, tal vez, algunos secretos no buscan ser descubiertos… solo recordados.