Revista Latinoemerica de Poesía

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Brayan Cifuentes



Presentamos un conjunto de poemas de Brayan Cifuentes (Cabrera Cundinamarca, Colombia, 1989). Licenciado en Ciencias Sociales, docente, poeta y escritor. Ha sido galardonado con diferentes premios y convocatorias y sus textos han sido publicados en varias antologías. Es autor de los siguientes títulos: Cuentos del Sumapaz (2020), Poemas Conjurados (2021) PERLARIO, XX Historias de amor y otras minificciones (2022), y La Ciudad de la niebla. Novela (2022)

 

 

 


BALADA TAYRONA

 


Playa, noche, montaña, cielo,

pájaros y estoy ciego y estoy ebrio


ante la desnudez de la luna.

 


Serankua camina con pies de espuma y

mira con sus escarchados párpados,

la noche de lejos y sus huéspedes, los pájaros.

 


Una marmita visita el fuego


de la hoguera de los tártaros,


apátridas y libres, igual que los pájaros.

 


Abocados por la calle Macondo,


por una senda que es también destino, por

 

los ríos de arena, en las calles de Palomino.

 


Playa, noche, montaña, cielo, pájaros,

los mamos, las mujeres que tejen y bailan


y un canto desde la Sierra Nevada de Santa Marta.

 


La que hila hila y el que canta canta


y los rezos de los mamos con el poporo,

 

se los llevan los pájaros de Santa Marta.

 

 

 

MIGAS DE ESTRELLAS

 


Me emparento con la hierba


que me visita con su alma humeante.


Soy familiar de los perros


que vigilan la siesta de la casa,


reposada en lozana arena y cobijada por la estepa verde.


Ya me acostumbré a las sombras,


a cuyos cantos obscenos


ladran en vano los perros,


pues la espesura los engulle como una noche sin sueño,


inadvertida, como pasos de serpiente


y estrepitosos, como el insomnio suicida de las polillas.


Ya me acostumbré a confundir la respiración de las aves


con el asma de los árboles.


Vivo en medio de las flores que se abren por dentro,


mis pies están hechos del barro que piso


y mi pecho cimbra en las paredes


enjabelgadas con cal y placenta.

 

Tanto husmear en una cerúlea llama


que aparece cada vez que se invoca,


o insospechadamente llueven hojas secas


que se consumen sobre mi silencio.

Por eso, busco en la madrugada a la espalda íntima del día,


penetrar el sueño letárgico de la piedra, y evocar su remoto vuelo


de lágrimas fósiles, hecatombe saliva de dioses,


escupidas a palabrazos.

Soy pariente de la lluvia


y el abrazo de sus murmullos.


Soy pariente del frío que me entrega entre tu brazos,


y de los amaneceres de rosados dedos


que celebran el nacimiento de los pájaros.

 

 

 


ELEGÍA DE FURATENA

 

 

Ya no será


mi primer amor


un árbol con nidos y termitas,

 


no tendrá un corredor viejo,


donde husmee la lluvia


de abril y de noviembre.

 


Las ventanas de la cocina


no serán visitadas por los vientos alisios,

 

ni el saliente iluminará la entrada.

 


El despertador ya no será


una horda de guacharacas,


que anuncia el día de repente.

 


El rocío no será un beso de la noche,


ni el desorden una hojarasca


donde bailan las serpientes.

 


Ya no será nuestra casa,


serán cuatro paredes


sin posibilidad de canto.

 


Los perros serán confinados,


acuartelados al viento


para prevenir sus crímenes perfectos.

 


Los vecinos me verán sacar


la basura en calzoncillos o fumarme


las estrellas en un balcón estrecho.

 


Haremos el amor con silenciador


o con el televisor prendido.


Ya no habrá persianas de humo.

 


Y al estirar la mano en el patio,


ya no veremos caer las mandarinas ni los mangos,

y aún así, mi alma se llenará de musgo.

 

 

 

VIVE TU DOLOR

 


El dolor te hace patético,


mejor arrópalo con tu piel,


ocúltalo en las vísceras palpitantes


o bajo el sombrero.


No hagas muecas que delaten


las úlceras del corazón;


no tiembles ante la blandura de los huesos.


Trata de no tocar la espina dormida en el nervio.

No levantes recuerdos de su tumba.


El dolor te hace ridículo.


No lo comentes con nadie,


anúdalo en la bufanda.


El dolor ciego que tala la carne,


con manos de gasa.


Cierra la boca,


no dejes que se escape,


aunque el dolor sea caro,


no lo rebajes con pastas,


ni con quejas, ni con lágrimas.


Te acompañará en los momentos más febriles,

 

aunque no te deje dormir,


ni morir tampoco;


porque está vivo y no lo aplasta


ni siquiera el peso de la noche.


Deja que te abrace,


pon ambas mejillas ante las bofetadas del destino.

 

Deja que te purifique,


que te rasgue el alma.


Vive tu dolor, discretamente.


Aprende a recoger con disimulo


los pedazos que caen de ti,


en cada mirada perdida,


y sigue firme,


a cada paso.

 

 

 


PÓTHOS

 


Bebo, degusto un café amargo,


recalentado como mis zapatos,


lamidos por una lluvia de perros.


Una abeja se posa


en mi vaso de cartón


endulzando una ilusión sin azúcar.


Tener el cuerpo tibio


y los zapatos mojados en la orilla


de una tarde borrosa, me sirve de escampadero;


me hace sentir un poco miserable,

un poco afortunado. Con el placer de vivir,


pero con el dolor de estar vivo.


—La felicidad no puede ser completa —me digo—,

mientras veo los transeúntes pasar:


un hombre pudiente, al que se le asoma un cáncer.


Una mujer con el culo perfecto,


con un movimiento de cadera mesmerizante,

 

pero con una cara poco agraciada.


Un habitante de calle me sonríe; le invito un café, me da ánimo, y lo abrazo

 

como la esperanza de un náufrago.


Le digo que me siento desafortunado, le narro mis penas


y le leo unos versos:


«Por lo menos no pasó por mi lado ninguna deuda conocida,


ningún ojo vacilante o temible.


Ningún saludo negado en la intemperie,

ninguna cara vuelta al contrario,

ningún disimulado amor imposible».

 

Se ríe y me dice:«me parece increíble que esta poesía enaltezca un culo

y se burle de un pudiente moribundo.


habla de un poeta que se deja atrapar por la nostalgia vana


de una mirada frívola,


y le ofrece un café a un vagabundo que,

 

aunque no mitiga la pena ajena,

 

lo hace menos solitario y absurdo».

 

 

 

HISTORIA DE AMOR


Se cruzaban todos los días sin

verse. Cuando se vieron, no se

imaginaron que sus miradas

tejían redes ocultas. Cuando

hablaron y se habían enredado.



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