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17 May 2021 / 08:41 am

 

A continuación una entrevista realizada a Ricardo Montiel (Maracaibo, 1982). Obtuvo la mención de honor del Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero 2021. Ha publicado los libros Ciudad blanca sobre fondo blanco (Ediciones del Movimiento, 2015), Agonía de los días terrestres (Caleta Olivia – Rangún, 2018; El Taller Blanco Ediciones, 2020) y S, M, L (LP5 Editora, 2020). Mención de honor en el VIII Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero con El rezo de los chatarreros, libro que próximamente saldrá en Quito por El Ángel Editor. Textos suyos han aparecido en medios digitales e impresos de Argentina, Costa Rica, Estados Unidos, España, México, Colombia y Venezuela. Coeditó la revista digital Merece una reseña, y actualmente es editor de literatura de la revista Muu+ Artes y Letras. Vive en Buenos Aires desde 2007.

 

 

 

 1. ¿Cómo fue tu reacción cuando te enteraste que eras finalista y Mención de Honor en el Premio Internacional Paralelo Cero 2021?

Iba en un colectivo a toda velocidad cuando recibí la noticia. Me bajé en la parada que no era, prueba de que la felicidad repentina desorienta. Y está bien que sea así; está bien desorientarse cada tanto y descender en otro sitio. Creo que esa fue mi reacción: la de estar en un sitio distinto, en que la vida secreta deja de serlo un instante. Luego estuve sonriendo todo el día, pero nadie se enteró por el barbijo.

 
2. ¿Crees que la poesía sea una actitud o una aptitud?


Creo que es una mirada.

 

 


3. ¿Cómo te sientes en los momentos actuales con respecto a tu trabajo poético? ¿llevas la poesía como un símbolo de lucha?


Poco puede hacer la poesía ante los desmanes del mundo, salvo brindar sosiego en los momentos de calma, en los momentos en que puede leérsela y escribírsela. Si es demasiado combativa puede volverse panfletaria, y si es demasiado marginal puede volverse inerte. No sé cuál sea el punto en que se revela como símbolo de lucha. En todo caso, ¿de lucha contra qué? Primero, quizás, contra el cerrojo del lenguaje… luego contra el tedio de los días, de las obligaciones, la inevitable finitud y la evidencia de lo absurdo. Ahora bien, no tengo proyectos. Quiero decir: no suelo pensar la escritura como un espejo necesario de la actualidad. Al contrario –y esto quizás suene demasiado ambicioso–, me interesa lo que yace desfasado ​bajoel reflejo inmediato, aquello que persiste tras el paso veloz de los acontecimientos.


 



4. ¿Puedes hablarnos de la tradición poética de tu país y cómo ha influido en tu obra?


Puedo hablar de nombres y de estilos: la sabia dureza de Miyó Vestrini; la “prosa quebradiza” –como él la llama– de Luis Moreno Villamediana; la sonoridad y obsesión por la nieve de Eugenio Montejo; la prosa germinal y omnívora de Ednodio Quintero… Pero también la rareza creativa de Nuni Sarmiento, cuya obra debería alguien reeditar y esparcir ya mismo por el mundo. Podría continuar, porque la lista es larga (e incluye a Eleonor Requena y Rafael Cadenas, entre tantos otros). Aunque, más que lista, me gusta pensar en un país sin nombre en donde entran y conviven los más variados registros, que van del argentino Joaquín Giannuzzi al zuliano Hesnor Rivera, pasando por Aira, Vila-Matas y Patrizia Cavalli, Fabio Morábito, Hebe Uhart o Georges Perec. Pero las influencias no se limitan únicamente a los libros. Mi abuela que comía parada, el fútbol en la calle y los golpes en la infancia son determinantes también.

 

 

5. ¿Cómo es tu ritual a la hora de escribir poesía? ¿Tienes ciertas manías, ciertas reiteraciones al momento de crear?

Desde hace algunos años que escribo en las mañanas. Con sus altos y sus bajos, es un hábito que he podido mantener inquebrantable. Por supuesto, tiro mucho. Suelen ser más los desechos que los hallazgos al final del día. Ahora, dentro de esas sesiones no hay proceso, o no hay un proceso claro, excepto ensañarse con el cuaderno y la lapicera. Escribo en cuadernos escolares, baratos, fáciles de conseguir en bazares chinos. Y lo hago con un ritmo muy lento porque corrijo sobre la marcha, anoto en los márgenes, me doy largos respiros… Pero si se trata de poemas (o de textos o de piezas compactas), si no los escribo de un tirón (en el transcurso de una mañana, por ejemplo), directamente los condeno (y me condeno) a la basura. Parece no haber remedio: si no salen de ese modo desconfío de ellos; los doy casi por perdidos y reescribirlos días después supone asignarles una música distinta de la original. Lo cual me hace pensar que los poemas que no fallan son los que nacen ya hechos; o son la transcripción más fiel de un dictado meticuloso de un ritmo y un lenguaje. Y no me refiero a eso de dejarse llevar por la espontaneidad… Después de todo –diría Irene Gruss– “el poema es ficción. Vos podés contar la muerte de tu madre, pero no es un poema. Ficcionar no es inventar, es hacer un objeto estético con lo que te pasa o con lo que pasa en general. No es algo que te sale todos los días”.

 

 

6. ¿Cómo presentas tu libro ganador a los potenciales lectores? ¿Qué crees que tiene de especial, de nuevo, de renovador?

Quizás como un elogio al desecho. Ahora que lo pienso, podría haber usado esta línea de Chéjov como epígrafe: “solo lo inútil es placentero”. Pero no podría afirmar rotundamente que El rezo de los chatarreros sea un libro sobre lo inútil placentero… La verdad ​​no sabría de qué manera presentarlo; además de que corro el riesgo de presentarlo mal. Podría decir, sí, que siempre estuve obsesionado con las antenas de Maracaibo, porque las imaginaba como miradores ligeros e inalcanzables, o faros fantasmales apuntando hacia el extinto puerto (el puerto prepetrolero). Pero también con el lenguaje, la memoria y la extranjería. Y con la idea de que todo está perdido de antemano, y que es urgente hacer síntesis de lo que aún sobrevive. Por eso quien escribe adora recoger lo que otros han tirado: de tesoros irrelevantes va amoblando su guarida.

 

 

7. ¿Cómo ves el futuro de la poesía escrita en español en relación con tu generación y las generaciones que vienen?

Diría que no hay futuro. Pero que no se me malinterprete: lo que quiero decir es que creo que en literatura no hay tiempo; hay traslados, adaptaciones, combinatorias… lo dice Dante: “vuestro arte estriba en imitar”. O quizás el futuro sea lo que siempre ha sido: un constante regresar. Como alguien que siempre olvida algo tras girar la llave; sin importar las veces que haga el recuento, siempre olvidará algo… algo que cree esencial y entonces se da vuelta y regresa, vuelve a intentar irse y se da cuenta de que olvida otra vez. Por otro lado, hablar del futuro en literatura ​​por lo general es aventurarse a hablar de un hipotético nuevo canon y, quién sabe, quizás haya muchísimo más futuro en lo que pasa desapercibido. De modo que para tener una proyección más abarcativa del futuro tendríamos que leerlo todo en el mismo momento, y eso jamás sucederá. Bolaño solía incurrir en esos juegos predictivos. De Aira decía que era “uno de los tres o cuatro mejores escritores de hoy en lengua española”. ¿Y quiénes serían esos dos o tres que no menciona? ¿Y cuántos habría en su lista destinada a la decantación? Purísima arbitrariedad. Pero creo que en el fondo aquello era una provocación, o una burla a la crítica que suele encajar “futuro” a lo que funciona. O quizás con Aira tenía algo de razón. “Lo que el futuro tiene de ventaja en extensión, el pasado lo compensa con su peso y al final ya no cabe distinguirlos entre sí; la primera infancia se vuelve clara como el futuro y el final del futuro ya lo hemos experimentado en realidad con todos nuestros sollozos y es pasado”, anota Kafka en sus Diarios. Y aquí ejerceré mi derecho a la arbitrariedad: creo que el futuro de mi generación será el de la más amplia simultaneidad; la de países, la de lenguas, la de afectos. Futuro ornitorrinco. Doloroso y fecundo.


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