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14 May 2021 / 12:01 pm

 

Publicamos una selección del poeta centroamericano Fabricio Estrada (Honduras, 1974) autor, entre otros, de 33 Revoluciones para Rodríguez (2018) Osos que regresan a la radioactiva soledad de Chernobil (2019), Piedra boomerang (2019). En el 2017 ganó el Premio Nacional de Poesía de Los Confines, Honduras.

 

 

 

 

En el holoceno los huesos pesaban como culpas y los tigres nos alcanzaban de inmediato.

Y tanto que esperaba el poema
para aligerarme y hablarle con amor
a la montaña.
Imaginar que se puede echar de menos un árbol
es como dejarnos crecer ramas en los ojos.

A veces basta cerrarlos para volver a saltar ese vacío.

Leía que hace 12 mil años la Patagonia hervía de junglas
y que los más parecido a esto
es la región que ahora poblamos los monos.

La nostalgia debió movernos a un estadio superior.
Todo lo hacemos por ella.
Hubo también, un momento
en que dejamos de cargar huesos tan pesados
y la poesía aligeró nuestra médula ósea.

Antes de la poesía
pesábamos demasiado.
Y no se extrañaba ningún árbol en medio del patio,
andábamos cargando el cráneo
como auténticos e imbéciles atlas.
Los griegos creían que los dioses pesaban más que el humano
y que por ello se sabía
cuándo un dios peleaba nuestras guerras:
hundidos hasta la rodilla
seguían peleando hasta que la tierra los tragaba.

Un imbécil no puede ser dios.
De ahí que los huesos fueron haciéndose más ligeros
y la nostalgia, más humana.

Hace doce mil años que extrañaba al árbol del patio.
Y a la montaña.
Por eso puedo amarla
y mirarla toda la mañana
sin cansarme.

 

 

 

 

 

No sé qué decir cuando veo el pequeño corazón de un reptil.

Los libros que me dicen
que he existido acaban de quemarse.
También ardió la pareja que se besaba en el parque
con un corazón de helio a punto de reventar.
Mi hijo me habla de dinosaurios
sin imaginar
que llevo extinto muchas eras.
En medio del fuego
lo veo como un bello vitral
de vagas referencias sagradas.
Le explico entonces sobre quiénes somos
sin ser aquellos reptiles que no sobrevivieron
y que no lograron amar con poesía
ni tomar en fotos la caída del cielo.
Le digo que muchas cosas se enfrentan con sangre fría
y que bajo el agua
las cosas parecen sueño
hasta que algo en el tímpano se rompe
y nos avisa que debemos volver a la orilla
a secarnos para entrar a la casa que ya no existe.
Vamos –le digo-, pequeño velocirraptor,
crucemos Pangea
antes que la deriva nos vuelva irreconocibles
y que el cometa caiga sobre la pareja que se besa
en el parque más olvidado de Tegucigalpa.

 

 

 

 

 


En cada palabra encontraba un eslabón perdido.

Recuerdo la palabra cromagnon
entre tintas azules que formaban
una orla sinuosa en la página en blanco.

Cromagnon me sabía a canela
quizá por lo cercano de su sonido
a la dulce palabra cinnamon
que fue de las primeras palabras en inglés
aprendidas de mi gula insaciable
por el sabor de las palabras.
Creía ver al cromagnon
como un recolector de canela,
un recién estrenado hombre
que mordisqueaba bosques enteros
hasta quedar boca arriba, adormecido,
en la hipnosis de tanta nube hecha de espuma y café.

El cromagnon fue el momento clave
de mis primeros estudios sociales y,
cosa paradójica, no saqué buenas notas
cuando el examen me urgía esclarecer
sus relaciones evolutivas y la desolación posterior
que la tristeza del saber impuso al cerebro.

¿Qué tristezas podía tener
alguien que mascaba canela
como una salamandra feliz en lo más oculto
de una gruta en Moldavia?
El cromagnon era un obseso –el mayor obseso-
de todas las relaciones que la canela despertó en él.
el mundo era humo como la canela,
entonces,
la paz era la canela
entonces
el sexo era lamerse mutuamente
en busca de la canela
entonces
¿para qué querrían ellos evolucionar
de ese suave fondo dulce hacia el sabor a hierro
que dejaría luego el sexo entre homo sapiens?
La obsesión del cromagnon
sobrevivió en mí.
Yo sigo imaginando bosques
en los que veo tribus completas lamiendo cortezas
para luego adormecerse
lentamente
viendo las nubes pasar.

 

 

 

 

 


El Seaview.

Era como una especie de Crucero del Amor bizarro
como si el Crucero del Amor fuera el Poseidón
Como si el Poseidón fuera un círculo inverso dantesco
Como si Dante usara traje de buzo
Como si los buzos fueran ranas mutantes
Como si a las ranas les hubieran afectado las pilas atómicas
Como si las pilas atómicas se les hubieran extraviado a los norcoreanos
Como si los norcoreanos tuvieran 78 submarinos funcionando
Como si al funcionar estallaran
Como si al estallar los buzos se convirtieran en ranas
Como si éstas saltaran a las manos de Dante y Doré las dibujara
Como si lo dantesco fuera ver a Dante hecho rana entre las sombras
Como si las sombras se hubieran volcado con el Poseidón
Como si el Poseidón diera un crucero por el Caribe dado vuelta
Como si el amor estuviera al revés
Como si al revés hubiera más amor
Como si el amor anduviera en todos los misiles que se prueban
Como si al probarlos solo estallaran ellos
y mutaran.
Como si al estallar una osa regresara a parir a Chernóbil
Como si Chernóbil tuviera un puerto
Como si el puerto fuera un bunker nazi abandonado en Francia
Como si Francia lograra vender sus portaaviones
Como si los portaviones copularan
Como si copularan todos en una orgía en las playas de Guam
Como si en Guam nacieran los avioncitos
Los avioncitos de los portaaviones
Como si el cielo se llenara de avioncitos torpes
Como si los torpecillos lanzaran sus racimos de fósforo sobre Gaza
Como si Gaza fuera una tela para cubrir heridas
Como si las heridas dolieran más que la sal del mar
Como si el mar fuera el muerto
Como si los muertos flotaran y llegaran a Wyoming
Como si en Wyoming no hubiera silos nucleares
Como si los silos estuvieran llenos de sorgo
Como si el sorgo alimentara
Como si alimentar a los humanos fuera el combustible
de la razón, de la vergüenza
Como si la vergüenza hubiera existido
Como si existir era ver siempre
una serie sobre un submarino nuclear
que más parecía un crucero del amor dado vuelta
que más parecía una mantarraya deseosa
de entrarle a la fiesta de los portaviones en Guam
Como si en Guam hubiera una sola tele
Como si frente a la tele estuviera un niño
Como si el niño no supiera nada
Como si la nada llegara en una luz cegadora
Como si el niño quedara ciego y ya no pudiera ver nada

 

 

 

 

 

 

Yo también he cenado
con un sacerdote aristocrático y racista
tan blanco como Bela Lugosi
y más siniestro que Bela Lugosi
Bendecía los alimentos sin mirarme
multiplicaba parábolas sin mirarme
¿No entiendo cómo Jesucristo compartió cena
con tanto barbudo y quemado?
-pensaba Lugosi-
Y yo le preguntaba sobre su colección de chambelán de corte
¿Los marfiles? Labrados en Costa de Marfil
¿Los cristales? Soplados en Bohemia
¿Las caobas? Taladas en Honduras
¿Los relicarios? Hurtados de una tienda vaticana
¡Pero qué calor hace en el Caribe! Cerró
en una especie de eyaculación contenida a último segundo
como suelen enseñar los expertos en chakras
Luego pidió toallitas húmedas
preguntando si nos gustaba Harry Potter
Harry Potter es una alegoría sobre la vida redentora de Cristo
-dijo-
códigos para iniciados. Suelo aconsejar en el seminario
que presten atención al Prisionero de Azkabán
Engulló la cena con esmero de fino pescador,
como si Pedro hubiera recibido clases de etiqueta
Cuando partía el ala del pollo frito
era como partir la hostia
Cuando me corrigió en el uso del cubierto
fue como si el verdugo me diera a elegir cuchilla
Una sola vez se cruzó mi piel morena con su piel blanca
fue luchando por el último pan con ajo
Yo gané
Entonces él aprovechó para explicar el cómo Judas
metió la mano en el plato del Señor
Fue una cena memorable
Al final nos bendijo y yo masqué a fondo
mi pan con ajo

 

 

 

 

 

 

Démosle a lo romántico.

Está bien                         Seamos románticos
Pero una vez me paré al lado de los tomates
con un megáfono
y frente a mí un carnicero partía el hueso
Mi boca tenía 40 watts
y mis palabras eran agudas como vecina que canta mal
Quizá me escuchaba como esos avisos de aeropuerto
que nadie entiende y hacen perder todos los vuelos
Y así seguía dándole a lo romántico
Tres soldados texteando en su cel
dos inspectores de salud hurgando los filetes
un taxista cambiando aceite
madre e hijo comiendo carne asada
la dueña de los tomates aplastados
que parecían dos balazos y el carnicero
machacando vértebras
Todos escuchaban mi ruido
Palabras que nada vendían
“Qué jovencito y ya predicando el evangelio”
-dijeron-
y los precios habían subido esa mañana
y una doña                                nada poética
reclamaba por aquella lectura de poesía sobre sus filetes

 

 

 

 

 

 

Fabricio Estrada (Honduras, 1974) Ha publicado los libros Sextos de Lluvia, 1998, Poemas contra el miedo, 2001, Solares, 2004, Imposible un ángel (antología) 2005, Poemas de Onda Corta, 2009, Blancas Piranhas, 2011, Sur del mediodía, 2013 (México -Costa Rica), Houdini vuelve a casa, 2015, Blake muere en París a causa de un paparazzo (antología personal) 2018 (Puerto Rico). 33 Revoluciones para Rodríguez, 2018 (Honduras). Osos que regresan a la radioactiva soledad de Chernobil, 2019 (Uruguay), Piedra boomerang, 2019 (México). En narrativa publicó La Era Pre-Schumann (Honduras-USA) cuentos, 2021.

Sus poemas aparecen en antologías iberoamericanas e inglesas. Ha participado por Honduras en diversos festivales internacionales. Sus artículos de opinión han sido publicados en revistas impresas y on line de Iberoamérica. Integró el Taller de Poesía Casa Tomada (1993-1996) Teg.; Miembro Fundador del Colectivo de Poetas Paíspoesible, Teg. (2004-2008); Miembro Fundador de Artistas en Resistencia, Teg. (2009-2011), Primer Lugar del Premio Nacional de Poesía de Los Confines, Honduras 2017. Ha sido traducido parcialmente al inglés, sueco, árabe, portugués e italiano.

Tiene en preparación su novela Los Extras, así como crónica, Tegucigalpa, Ciudad Crónica.

 

 


Fundación La Raíz Invertida
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