7. Erasmo Rodríguez Barreto. El plumaje del cóndor
Como parte de las acciones del Circuito literario ¨El Plumaje del cóndor¨, que adelanta la Red Departamental de Escritores de Cundinamarca y en apoyo a la difusión de las voces literarias de este territorio colombiano, la revista La Raíz Invertida publica una autora o autor cundinamarqués, cada semana. Este circuito literario que recorre el departamento de Cundinamarca (Tierra de cóndor) desde abril hasta octubre de 2026, culminará en el mes de noviembre en el municipio de Cota con la instalación del Segundo Encuentro Departamental de Escritores. Continuamos esta muestra con una selección de poemas de Erasmo Rodríguez:
ERASMO RODRIGUEZ BARRETO (Roldanillo, Valle del Cauca, Colombia, 1953) Reside en Anolaima Cundinamarca. Escritor desde los once años. Ha publicado diversos libros de eco poesía y otros temas, ensayos filosóficos y educativos. Educador en el sector oficial durante treinta y dos años. Coorganizador del concierto internacional de versos y pinceles ecológicos que se realiza anualmente en Roldanillo, Valle del Cauca, Colombia.Galardonado en Colombia y el extranjero. Ganador del concurso de poemas eróticos convocado por el Gremio poético Colombiano. 2025. Incluido en varias antologías latinoamericanas. Participante en diversos festivales literarios nacionales e internacionales. Promotor cultural. Magister en educación. Comprometido con la defensa de la vida y la conservación ambiental.
Me preguntarán
Cuánto brillo quiero en la caja helada de mi no existencia; cuál tarifa de oraciones pido; para cuántos dioses será mi plata, y yo estaré mudo diciéndoles: no digo.
Me preguntarán: qué estrato quiero en el cielo para que les giren el cheque, tal vez con muchos ceros…o si no, me convendría el infierno.
Me preguntarán: si deseo flores llorando y cirios con la luz traída de lo eterno, y si un desfile con todas las trompetas me estremecería el orgullo, para que le aporte al negocio de los vivos con los muertos.
También me preguntarán: si pido maquillaje de aurora, de atardecer o de día y medio, porque así mismo, será la factura que pagarán mis deudos.
Me preguntarán con cierto disimulo si prefiero llamas o gusanos, osario o cenicero porque hay una tabla de valores, en dinero, para saciarle la sed a la industria del difunto eterno.
El valor del cuerpo
Vendo mis ojos para ver el sabor de la gran ansia, de la insensatez, que hace de la vida un costal con dinero.
Vendo mis oídos para saber si escucho el sonar de las monedas que en turbulenta danza se aproximan ofreciendo flores para las penas.
Vendo mis pasos, mi sombra, mi nombre, mis pies o los cambio por agua, por aire, por un plato de comida, por un gesto de ternura, por un suspiro saludable, por paz viva.
Cambio el hígado por euros, el estómago por dólar, los pulmones por libras esterlinas, las manos por una lentejuela.
Vendo ideas, la consciencia, lo que sea.
Es la subasta del cuerpo lo que importa, los glúteos valen torta, los senos un ají, la piel aguja de un tatuaje y el cabello largo y el ombligo y la garganta se dan de ñapa en la fiesta de la plata.
Orinada
Nada se le escapa, nada, al círculo ensordecedor de los negocios. Asan la foto de unos pollos y empieza a oler a almuerzo. Nada se le escapa, nada, al delirio de la compra venta. Buen producto es un suspiro agripado, entre un frasco acompañado de receta: sirve para purificar caminos, ablandar piedras, hacerse invisible en los peligros y el más ágil bailarín sin tener piernas. Nada se le escapa, nada, a la loca borrachera de los negocios: una orinada cuesta y qué no decir si se trata de sólidos en emergencia.
Carcajada
Si de tu pincel escurre un elefante que come letras y hace llorar la guitarra; si de tu lápiz salta un poema que anida en la boca de las ranas; si de tu flauta u otro instrumento caen gotas de música con olor a pino; si tu cuerpo se diluye en la pared; si tu canto se torna en sonrisa de pájaros, estás listo para que te paguen con una carcajada.
La vida es una fuerza
La vida es una fuerza,
un intento,
mil encantos,
una burbuja potente,
casi un rayo;
surgimiento,
ímpetu,
esencia,
sentimiento y canto
¡tanto, tanto!
como hojas,
ojos,
ajos,
hijos,
semillas,
huesos,
sexos,
raíces,
ramas,
un oxígeno y dos hidrógenos.
La vida
es expresión de lo posible,
idea,
lucha,
afirmación,
sentido,
clorofila,
movimiento,
insistencia,
delicadeza,
perfección,
conciencia y pensamiento
¡tanto, tanto!
como dolor y gozo,
células,
virus y bacterias,
amistad,
indiferencia,
proteínas,
parásitos,
colores,
máquinas-descubrimientos,
evolución,
formas,
reposo…
lentitud,
velocidad,
ganancia,
economía,
sencillez,
complejidad y cambio,
con un gran interrogante:
¿hasta cuándo y hacia dónde vamos?
Gracias sol
Por tu fuerza luminosa, casi eterna, por el calor de tu mirada extensa y el fuego que escapa en la distancia.
Estrella de vida, rey del espacio profundo que no alcanzo a mirar desde mis hombros. Me despierta tu toque silencioso en la ventana.
Eres grande por tu hoguera de hidrógeno y helio, por tu juego con el planeta agua, por regalarme el tiempo entre noche y día, por la mandarina, por hacer las nubes y germinar semillas.
Gracias sol por el oriente que me guía y el atardecer que invita al descanso, por ser el centro de mi sistema planetario con lunas, asteroides, cometas y esta consciencia que hoy le canta.
Cosas que pasan
Algunos pollos muertos giran huyéndole al calor para evitar que los asen.
Hay perros que estiran su vejez en los andenes haciendo ver cuerpos casi muertos.
El difunto se despide con tañido de campanas y los pollos y los perros hacen lo suyo mientras tanto.
Unos niños montan bicicleta en el parque, el féretro avanza entre vestidos negros.
Los carros muerden andén en la plaza parecido a ratones comiendo galleta.
Un camión con gaseosas estaciona frente a la panadería y el humo del motor estalla en el sabor del trigo.
El altavoz del chatarrero se mezcla con el lamento de las campanas y envuelve funeral, plaza, carros y señora que lleva en brazos a su hijo enfermo.
Corchito
A corchito le son indiferentes las motos pero le interesan los buñuelos.
A nadie saluda. Todos lo miran, disimulan que lo ignoran.
En el pueblo lo conocen pero no saben por qué se amarra un trapo en la cabeza y encima coloca el sombrero.
Ignoran lo que lleva en el morral y el significado de sus escasas barbas.
A veces lo acompaña un micrófono que no habla porque es un frasco amarrado en el palo de una escoba.
Con un zoco de lápiz dibuja en la libreta el último suspiro del féretro que pasa por el atrio.
Se niega a recibir monedas, anda en la nave de su libertad y vaga como tantos ocupados.
Nada le interesa el nombre de los días, la lucidez del mantel y la corbata. Tampoco si los muertos ya acabaron con la guerra, si el humo del tabaco sube, si en la tierra ya no hay hombres, si el dinero vale más que la bandera, si la bicicleta es un invento o apenas dos ruedas.
Mi casa
Mi casa era de astilla enclavada en el lento caminar de la montaña, donde los pájaros juegan y las hormigas hablan.
Tenía tablas verticales y balcón de donde veía pasar aviones diminutos como puntas de aguja que cosían las nubes.
Mi gata corría por el zarzo tratando de alcanzar a los ratones. Yo escuchaba sus batallas. Luego de la noche, ronroneaba en mi canto.
El techo de astillas derretidas por el tiempo dejaba pasar los aguaceros y era necesario colocar ollas, bacinilla y el cuenco de las manos.
La hornilla era el infierno de donde salía la ceniza de los árboles secos. Las ollas heredaban el tizne que la cocción del sancocho dejaba.
Mi cuarto tenía una puerta de dos naves. Yo dormía entre el sueño de mis padres. En la noche se escuchaba la lección del búho entre el vocerío de los perros y el viento helado.
La casa bebía del agua que la lentitud de unas guaduas traía por entre el café y la caña.
Una escalera de tres gradas daba el paso del fogón a la mesa de cedro sin mantel pero con gracia. Era una casa tierna, una humilde casa.