20. Gloria Gálvez Osorio. El plumaje del cóndor
Como parte de las acciones del circuito literario «El plumaje del cóndor», que adelanta la Red Departamental de Escritores de Cundinamarca en apoyo a la difusión de las voces literarias de este territorio colombiano, la revista literaria La Raíz Invertida publica, cada semana, a una autora o un autor cundinamarqués.
Este circuito literario, que recorre el departamento de Cundinamarca (Tierra del Cóndor) desde abril hasta octubre de 2026, culminará en noviembre, en el municipio de Cota, con la instalación del Segundo Encuentro Departamental de Escritores. Continuamos esta muestra con una selección de poemas de Gloria Gálvez, de Facatativá.
Gloria Inés Gálvez Osorio – Kairos del alma (Manizales, 1967). Reside en Bogotá desde hace 27 años. Es ingeniera química de la Universidad Nacional y especialista en Finanzas Publicas de la ESAP- Escritora emergente y gestora cultural, ha participado en diversos talleres de escritura creativa. Actualmente hace parte del taller Gramática de los cielos, de la Red Relata - Nodo 1 (Facatativá, Cundinamarca).
En 2017 crea la agrupación Kairos, desde donde impulsa proyectos que articulan la escritura creativa con las artes visuales. Desde el 2020 lidera La pluma creativa, un laboratorio interdisciplinar dedicado a la formación en escritura creativa y artes visuales, así como a la circulación de resultado mediante tertulias culturales, clubes de lectura y podcasts literarios. Como coordinadora y antologista de Kairos, participa en la creación de las publicaciones: La pluma creativa: La pluma creativa – Antología – Barrios Unidos (2021), La pluma creativa Patrimonio Cultural – Barrios Unidos. (2022) y MEMORIA (2024).
Es autora del libro de haikus y senryus Travesía a Colores (2018, Ed, Urbana El Pretexto). Sus textos han sido incluidos en las antologías Mujer Palabra (2018) y Mujer Palabra II (2019) de la Ed. Urbana El Pretexto; Esto no es metaficción (2025) Ed. Avatares, Letras de Mujer (2026) de Casa de Poesía Silva; y Fragilidad quizás (2026) Ed. El ángel editor.
Su relato Contrastes fue seleccionada entre las cien mejores historias del concurso Bogotá en Cien Palabras (2017). Ha recibido mención honorífica por el poema Proa al sol en el Premio Distrital Letras de Mujer 2026, y por Páginas que se desprenden en el III concurso nacional de poesía ambiental “Flor de Cayena”. En 2026 fue ganadora en el XXVIII Encuentro de poesía de Tenjo, con el texto Tejido de niebla.
Proa al sol
La Victoria de Samotracia, 190 A.C.
Esculpida en mármol. Museo del Louvre, París.
Sucede que me canso de esta piel que insiste,
de este traje húmedo
que aprende a pudrirse en las esquinas.
Camino alrededor de lo que fue vuelo
y sucede que me canso,
lasitud que ruega otra forma de estar.
¿Qué queda cuando el mundo calla?
un núcleo, cal, hueso, luz sin párpados.
Y tú, piedra golpeada, no respondes:
eres La Victoria de lo que permanece.
Las telas se pegan al cuerpo,
mapas de una lenta caída.
Me detengo ante tu torso,
no hay rostro que se quiebre,
no hay manos que supliquen,
solo alas: dos heridas abiertas al mar.
¿Quién nombra el impulso
cuando no hay carne que lo diga?
Donde faltan manos, hay señales,
un cuerpo que recuerda.
Obstinada verticalidad:
un naufragio erguido
recoge los fragmentos, los nombra.
El silencio me talla.
La voluntad de ser proa en un mar seco
transforma escombros en refugio.
El muñón aún vibra
en la garganta del viento,
la sangre ya no es ruido,
sino pulso,
la diosa rota
sostiene la grieta.
Tejido de niebla
Antes que el alba
desciende la niebla
con olor a tierra despierta
Quienes crecieron
bajo la sombra de Juaica
no preguntan de dónde viene
la dejan entrar
En las cocinas
escucha el canto del agua
roza las semillas
se queda sobre el fuego
Nunca llega sola
En su hombro
una pequeña orquídea rosada
flor encendida
entre el musgo
Los colibríes se acercan
no atraviesan la neblina:
la beben
su vuelo queda suspendido
en ella
En la boca de las cuevas
la bruma se demora.
Una gota
Otra
Otra
La piedra escucha
cómo el tiempo se hace agua
En sus grietas
permanece el pulso de unas manos antiguas
huellas que la vida oculta
y la lluvia devuelve
Algo antiguo
sube por las montañas
toca las hermanas de piedra
Juaica y Majuy
frente a frente
En sus laderas
encenillos, robles y arrayanes
beben de la niebla
Desde sus cumbres,
el valle guarda
el antiguo sonido de Xua-ica
Menos trazos, más preguntas
… e intente amar las preguntas en sí mismas, como si fueran
habitaciones cerradas o libros escritos en una lengua muy extraña...
—Rainer María Rilke. Cartas a un joven poeta.
Una línea:
animal mínimo que duda.
No dibuja, tantea el mundo
como un insecto sobre la página.
Múltiples bosquejos,
el cuerpo no termina de ocurrir:
vector único: ofrece, acuna, congrega.
La silueta se inclina, se fragmenta
como si recordara otras formas.
Existe una ley sencilla
cae el cabello, las curvas ceden,
el contorno se pliega ante la gravedad,
no elige, se despoja.
Se interrumpe antes de ser.
No hay rostro: ha sido retirado,
el silencio nombra con más fuerza.
En el umbral algo persiste,
como si la línea supiera que el exceso es ruido
y la falta, en cambio, afina el oído.
¿Qué busca ese cuerpo que no se completa?
¿Qué recuerda mientras se borra?
Aparece y se disminuye,
como quien cava en seco en busca de un río oculto,
como quien habita el borde para ensayar ausencia.
Una línea que vuelve y se retrae,
se repite una y otra vez.
El cuerpo que no alcanza a ser
escucha el rumor de su propio vacío.
Balsa de palabras
Sujete el remo como quien toma un libro por el lomo;
el bote de papel avanza sobre corrientes de frases.
Cada palabra es un remolino que interroga,
cada punto, una piedra bajo el estanque del lenguaje.
Navegue entre comas, balizas de silencio,
las imágenes bordean su cuello de musgo marino,
los párrafos abren canales sinfónicos en la memoria,
las horas son oleajes y las páginas, ribera.
El niño lee, recibe del cauce islas de caracoles,
regresa al margen con los bolsillos llenos de peces.
El estudioso lee, el raudal susurra mapas cifrados
escucha el lecho del agua y anota las voces.
El viajero lee, advierte en el río mapas de luna,
el silencio erige umbrales en busca del alba.
El marinero de páginas lee, devela guijarros de luz,
las sílabas son oleajes que lamen cicatrices.
Al cerrar el libro, la orilla retiene el vaivén de las letras;
el texto se vuelve espuma… se adhiere a la piel.
La lectura no es tránsito: es la alquimia en el cruce.
Rocinante de papel
Amor de mis entrañas, viva muerte, en vano espero tu palabra escrita
—Federico García Lorca. El poeta pide a su amor que le escriba
Latido de la ínsula que habito, viva sombra y llama que guardas mi nombre. Te escribo, Dulcinea sin par, desde la ciudad templaria: la que pinta en un relato mural las peripecias de un caballero enamorado. Aquí las campanas aprenden el olvido y los corredores custodian el rumor de pasos que ya no vuelven.
En la plaza, Las Meninas cruzan en fila como un abanico de polvo y luz. En las terrazas donde arde la lunera, despiertan sombras de voces antiguas. Un Sancho de barro despliega su risa como un escudo sobre la carta: corcel de hojas que lleva en sus costillas el peso de un nombre que nadie pronuncia; galopa en pliegues, cabalga y tropieza con escalones. Así continúa su epopeya.
Hay sangre en mis frases, no de duelo sino de raíz antigua, que rasga el silencio para reclamar un nombre. Bajo el escombro del tiempo brotan letras perfumadas de azucenas.
La ciudad se deshace en mapas. La lluvia esculpe su eco en las grietas y nadie lo borra. La locura se arrodilla en el coro del teatro vacío y conversa con poetas, que entre inciensos escriben versos para mi Dulcinea.
Bienamada Señora, responde la plegaria de tinta. Mi desvelo se rinde a tu palabra. Tu silencio me deja preso en la soledad monacal, noche serena donde la ausencia enciende una lámpara que me nombra.
Páginas que se desprenden
Una biblioteca respira bajo la corteza del mundo:
estanterías de cordilleras, lomos de océano encuadernados en sal.
Los árboles son volúmenes que olvidaron su índice,
sus hojas, fichas sueltas que el viento ordena en alfabetos nuevos.
En los pasillos los ríos olvidan la gramática de las corrientes;
a la vera, los humedales anotan en lápiz la historia de las mareas,
y las montañas cosen relieves con hilo de roca.
En la ciudad, los transeúntes doblan esquinas como páginas,
arrancan párrafos, alimentan vertederos que desdibujan mapas,
encienden correctores mecánicos que tachan nombres con humo.
Cada fábrica es una goma que borra palabras, cada tala una frase rota.
El hombre abre el libro con manos de saqueador,
arranca prólogos para venderlos al progreso,
pule la lenta perfección de la ruina,
y desecha renglones con olor a lluvia.
Las especies que se apagan son notas al pie que nadie leyó,
nombres que se desvanecen en la tipografía del olvido.
La extinción no es un accidente: es la caligrafía del abuso;
firma reiterada de quien desconoce el diccionario de la naturaleza.
La biblioteca se quedará sin prólogos, sin índices, sin lectores.
Mientras usted lee este poema, en alguna parte …
un bosque desaparece,
un manantial se vuelve garganta de polvo,
un mar escupe esqueletos de coral,
una montaña deja la piel del mundo a la intemperie,
un glaciar se deprende de sí mismo,
un humedal se viste de cemento.
¡No son metáforas!
Entre el aguijón vegetal se escribe la ternura como una nota marginal:
un deseo insalvable de vida que resiste la estética de lo hostil.
Levante la mano con la que hojea y sienta el latido del papel;
no silencie la escritura de la Tierra con la inercia de la indiferencia.
En cada línea que recorre se forja el destino del planeta.
¡El eco de sus acciones puede cambiar el relato de la vida!
Mujer Grande
Cuando vuelvo al patio
de mi casa
recuerdo que de niña
fui alfarera
fabriqué juguetes para imaginarme
mamá
maestra
y mujer grande
Ha pasado el tiempo y
me pregunto
¿Dónde están mis juguetes?
¿Qué he logrado?
¿Qué ha pasado conmigo?
Mujer grande
todavía tengo arcilla
Ojalá pudiera regresar
a ser niña
Sus pisos
Papá los llamaba mis pisos
los pulía
hasta volverlos espejos
reflejando hacia la tierra
el fulgor de su mirada
Ahora que él estrena zapatos
en otras galaxias
repito el ritual de embolar
sus pisos
en el brillo
una estrella
¿Planeta Azul?
I
Áridas rocas esperan
lluvia
en las grietas
un hilo de polvo.
II
Casa sin dueño se desploma
brasa muda
entre las piedras
una taza
III
Gnomos sin noche
entre urbes de concreto.
Bajo el asfalto
una puerta
Cartografía del retorno
El observador habita en la intemperie de su cuerpo como quien se pierde en una biblioteca sin catálogo; su latido, una herida abierta, le sirve de mapa e índice en la búsqueda de su propio centro. ¿Cómo interpretar la pedagogía del bibliotecario ante el meteoro simbólico de recuerdos?
En el horizonte avanza un objeto con la lentitud de lo cotidiano: un automóvil que parece una anotación marginal. La pestilencia del aire y la espuma en la mirada lo obligan a encender la radio interior. Siente que cada parte del cuerpo funciona como un estante donde se guarda una historia medio contada. Enfrentar la materia virgen del recuerdo le hizo hervir la memoria. Regresa, múltiples imágenes invaden su mente. Una pantalla terminal lo transporta a la clínica donde estuvo internado: En silencio observa el cuadro del salón central.
¿Qué había pasado con ese mamotreto de fórmulas prescritas, terapias para conectar el corazón? Un ritual mínimo que cruza la frontera entre lo público y lo secreto: ejercicios de atención corporal. Se imagina a sí mismo como un mono que, tras un sacudón, escapa de las garras del león que sostienen la esfinge en el cuadro que tantas veces observó. La escena es recreo para la mente, un maridaje imposible entre el sexo y la delicia, entre el dolor y el placer, entre la cura y la fatalidad.
Con el dedito señala el abismo de su propia biblioteca. Descubre que no hay una verdad absoluta, sino una multiplicidad de versiones de sí mismo. Todo converge en un texto único: clínica, automóvil, desierto, meteoro. La señal, antes simple símbolo, se transforma en un hito. El objeto que se acerca es una página suelta del mamotreto, un folio que contiene la descripción exacta para salir de su extravío.