Revista Latinoamericana de Poesía

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Joseph Brodsky Marcado por el agua



Tumba de Joseph Brodsky en la isla San Michele, Venecia. 

 

 

JOSEPH BRODSKY MARCADO POR EL AGUA

 

 

Por Carlos Fajardo Fajardo

 

 

“Si el mundo constituye un género, su principal recurso estilístico sería sin duda el agua (…) El agua es igual al tiempo y proporciona doble belleza (…) Al rozar el agua, esta ciudad mejora la imagen del tiempo, embellece el futuro”, escribe el poeta Joseph Brodsky en su hermoso libro Marca de agua, donde cifra sus vivencias en Venecia, esa “ciudad de agua” que tanto lo sedujo y hechizó hasta desear permanecer en ella por la eternidad de su corto tiempo humano.

Fue precisamente la lectura de ese maravilloso libro, y el saber que en Isla de San Michele –aquella “Isla de los Muertos”- y ronda su espíritu, lo que me hizo viajar a la ciudad de los canales, a esa “obra de arte, la mayor que ha producido nuestra especie” como lo afirma el poeta ruso.

Fue hacia 1981 cuando por primera vez leí algunos de sus poemas en un suplemento dominical de mi ciudad, Cali. Eran poemas de su primer libro publicado. Qué alegría sentí al descubrir que aquella voz cantaba al unísono con mis preocupaciones vitales y con mis tonos poéticos, como un hermano espiritual lejano que lanzaba, desde sus orillas, mensajes siempre presentidos, como nunca esperados. Desde entonces busqué poemas del que una noche a principios de los ochenta me susurró en el oído estos versos, en los cuales, alguien, serenamente sitiado, con su asumida y profunda soledad dice con dubitativa lucidez:

Vuelves a casa.

¿Habrá alguien que aún te necesite,

que quiera todavía tener como amigo?

Estás en casa, has comprado vino dulce

para beber en la cena

y, poco a poco, casi desde la ventana

vas viendo cómo eres el único culpable,

el único. Está bien. Gracias Dios mío.

O debería decir quizás: gracias por los favores recibidos.

 

Está bien que no haya otro a quien culpar,

está bien que estés libre de todo vínculo,

está bien que en este mundo no haya

nadie que se sienta obligado a amarte.

 

Está bien que nunca se te tome del brazo

y te vean en la puerta en una tarde oscura,

está bien caminar, solo, en este vasto mundo

hacia casa, desde la tumultuosa estación del Metro.

 

Está bien que te esculques

mientras corres a casa

murmurando una frase algo menos que cándida;

enterándote, de repente, que tu alma

es muy lenta para saber

lo que ha estado pasando.

                                           (“Vuelta a casa”)

 

Así que, impregnado de su poesía, lleno de sus tonos y atmósferas, vine a dar a Venecia en busca de su “marca de agua”, indagando por su caudal ahora retenido en la “Isla de los Muertos”. Él había escrito que en aquella isla reposaría para que otros paseantes lo buscaran entre aquellos eternos silencios.

Una tarde de octubre tomé el vaporetto, ese transporte colectivo acuático repleto de turistas y de locales, itinerante por el Gran Canal y la Laguna con sus múltiples islas. Desembarcado en San Michele busqué con ansiedad su tumba situada en el campo denominado “Evangélico” y, ¡oh sorpresa! allí estaba rodeada de vivas y coloridas flores, poblada de recordatorios, cigarrillos, monedas, muñecos, cruces, exvotos y fetiches de otros lectores que, como yo, le agradecían su presencia en este mundo. También dejé mi gratitud a este poeta de San Petersburgo fallecido en nueva York el martes 28 de enero de 1986 a sus 55 años. Había nacido el 24 de mayo de 1940 en la ciudad de Pedro el Grande, aunque murió en Estados Unidos, había solicitado que sus restos fueran enviados a la isla de San Michele.

 A su alrededor una pareja rusa leía solemnemente sus versos y escuchaban canciones de sus poemas quizás musicalizados.

Allí estaba el que fuera considerado hacia 1964 por el régimen soviético un poeta intimista y parásito, acusado de “tener una visión del mundo dañina para el Estado”; el que fuera internado en hospitales psiquiátricos, obligado a tomar tranquilizantes y torturado en la noche con baños helados. El enviado a la prisión del pequeño pueblo de Norenskaya, cerca del círculo polar ártico, donde lo obligaron a varios trabajos forzados como limpiar establos, palear estiércol, picar piedras, cortar leña. Allí se encontraba el amigo de Anna Ajmátova; el que, por sugerencia e “invitación” de las autoridades soviéticas, abandonó la URSS en 1974; el ganador del Premio Nobel de Literatura en 1987, perpetuo exiliado y amador de Venecia, esa “ciudad surgida del agua”.

A unos pasos me topé con la discreta, casi invisible tumba de Ezra Pound, el poeta de los Cantos. Aquí, pensé, reposa la memoria de la gran poesía del siglo XX, hacedores de palabras escritas en el viento de su época, palabras que perduran con su gravedad terrestre. También, en el campo ortodoxo griego encontré la tumba de Igor Stravinsky, junto a la de su esposa Vera, y la de Serguei Diáguilev, el empresario fundador de los ballets rusos y que puso en escena El pájaro de fuego, Petrusca y La consagración de la primera, de Stravinsky, como también obras de Rimski-Kórsakov, Debussy, Ravel, Prokófiev, Manuel de Falla. Algunas de ellas con decorados, escenografías y vestuarios realizados por Picasso, Matisse, Braque, Juan Gris, Joan Miró. Su tumba es un pedestal con una cruz griega, rosas y zapatillas de ballet que los visitantes han puesto durante años.

Salí de allí para tomar de nuevo el vaporetto que me condujo hacia aquella ciudad de iglesias, columnatas, puentes, altas casas de ladrillos rojos sobre su “cuerpo de agua”, como lo menciona Brodsky. Él la vivió, la amó y la describió en los inviernos con todas sus cúpulas de zinc “que parecen teteras o tazas a las que se hubiera dado la vuelta, y con el perfil inclinado de los campaniles, que tintinean como cucharas abandonadas fundiéndose en el cielo”. Se juró a los 26 años que, si alguna vez conseguía escapar del Báltico, la primera cosa que haría sería venir a Venecia. Seducido por la imagen del agua, que es “la imagen del tiempo”, escribió sobre estos laberintos de “calles estrechas y sinuosas como anguilas, que finalmente te conducen al encuentro de un campo con una catedral en medio, recubierta de santos y orgullosa de sus cúpulas en forma de medusa. No importa por qué motivo saliste de casa, terminarás por perderte en esos largos callejones y pasajes en forma de espiral que te hechizan y te obligan a seguirlos hasta su elusivo final, que habitualmente es el agua”.

También yo me extravié en sus laberínticas callejuelas, deambulé por ellas buscando alguna salida y también, como lo describió el poeta, “en cuanto más te empeñas en encontrar un camino, más perdido estarás”. Perdido, a pesar de las flechas que se encuentran en sus esquinas y cruces, las cuales te llevan aún más a tu extravío, pude apreciarla en su dimensión de ciudad museo, con su carga histórica, medieval, renacentista, su pasado monárquico que pesa en cada sitio a medida que se busca alguna ayuda entre sus nativos habitantes. Mágica y poética es esta ciudad visible e invisible como las de Ítalo Calvino, ciudad red, sin norte, ni sur, sin este ni oeste. “La única dirección que sirve son sus flancos”, recomienda Brodsky.

Venecia, la del antiguo poderío marítimo comercial por el mediterráneo. Venecia y las invasiones napoleónicas y austriacas. La remota República Serenissima. Venecia la de Antonio Vivaldi, Gentile Bellini, Tintoretto, Canaletto,  Giovanni  Bellini, Tiziano,  Giacomo Casanova, Marco Polo. Venecia la de las pestes medievales y la cólera; la de la “Escuela veneciana”, fundamental para el nacimiento de la pintura barroca. Venecia la de los carnavales con sus hermosas máscaras y trajes coloridos venecianos del siglo XVII. Venecia y su famosa bienal que desde 1895 realiza la Exposición Internacional de Arte, y la del Festival Internacional de Cine desde 1932. Venecia de plazas con leones alados como tótems; de vaporettos y costosos paseos en góndolas para cautivados turistas. Venecia la de la Piazza San Marcos y su majestuosa basílica; la de hermosos puentes, de fachadas góticas, barrocas, renacentistas; ciudad en la que, según Brodsky, mientras avanzas por sus laberintos “nunca sabes si persigues alguna meta o huyes de ti mismo, si eres cazador o presa”; Venecia, la que se hunde cada año y guarda el temor que desaparezca bajo las aguas.

Y de nuevo el poeta ruso: “yo no venía aquí por motivos románticos sino para trabajar, para terminar una obra, para traducir, para escribir un par de poemas, si tenía esa suerte; simplemente para estar (…) De manera que trabajaba”.

Una mañana emprendí viaje buscando otros soles, recordando las frases del poeta: “Al rozar el agua, esta ciudad mejora la imagen del tiempo, embellece el futuro”.

 

 

 

Carlos Fajardo Fajardo, Santiago de Cali, Colombia, 1957. Poeta y ensayista. Magister y Doctor en Literatura. Cofundador de la Corporación “Si mañana despierto”, dedicada a la investigación y creación artística y literaria.

Ha publicado varias obras de poesía, en ellas: Origen de silencios, 1981; Serenidad sitiada, 1990; Veraneras, 1995; Atlas de callejerías, 1997; Tierra de Sol, 2003; Navíos de Caronte, 2009; La ciudad del poeta, 2013; Ínsula del viento, 2016; Bajo extraños soles, 2017 y Las espadas de Dios, 2018.

Entre sus libros de ensayos se encuentran Estética y sensibilidades posmodernas, 2005; El Arte en tiempos de globalización: Nuevas preguntas, otras fronteras, 2006; Rostros del autoritarismo, 2010; La ciudad poema, la ciudad en la poesía colombiana del siglo XX, 2011; El bazar de lo efímero, 2014; La democracia global y otros escritos, 2017; La brevedad de la línea de tu mano. La poesía de Tomás Quintero, 2018; La poesía a la intemperie, 2019, La sal en la taza de café, 2022; Adoctrinamiento exquisito y controles digitales, 2024 y La balada. Educación sentimental de una época, 2025.



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