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19 Oct 2012 / 17:41 pm

 

Por Jorge Valbuena

Permanecen vivos los muertos que nos deambulan. Es común verlos tendidos bajo la sombra de nuestros árboles secretos, murmurando canciones de antiguas despedidas. Es costumbre de viento dejarlos sembrar sus largas ceremonias en el silencio del patio donde aún anochece, sus nombres como pájaros sonoros se encargan de habitarnos hasta que por alguna grieta de nuestra memoria una melodía nos crece, como una rama que a fuerza de tiempo, soledad y lluvia decide dar fruto lejos de sus raíces.

Hacia Memomía se puede mirar desde todos los costados, es un catalejo que escudriña en el tiempo la razón de sus costuras. Cada palabra es una puntada que se le da al tejido, la oscuridad deforma los dardos de los días y los nudos hacen parte de su peregrinaje. Hay aquí una geografía que me es lejana pero me pertenece, imbricada entre ríos, sudor, valles, balas, cuerpos, tumbas, retenes, mangos y montañas se hace parte de su paisaje, en el ardor de la lágrima al tocar el desierto, en el rumor del machete que siega la espesura. Desde el primer poema se escuchan cabalgar lejanos potros en la memoria, se avanza hasta encontrar la polvareda en la llanura, sus cascos invaden todas las palabras, cada vez más cercanos, el trepidar del relincho se hace inagotable.

Pero no todos los días amanece en Memomía. Se entrecruzan los destellos de un río bullanguero con los gritos que se cuelan por su tempestad ruidosa. Es un paisaje heredado por el que vamos naciendo de espaldas a la muerte, las plantas que crecen son esplendorosas pero contienen el veneno del que conoce su siembra. Así el jardín por el que se corría cuando niño contiene esa nostálgica presencia, entre el aroma de la tierra que nos acompañó siendo semilla con el fungicida certero que cayó sobre la higuera al llenarse de abejorros todas las edades. Esta es la contradicción, como un río que siendo puro baja contaminado, en este poemario se exalta el universo que se habita sin negar las duras huellas que persisten en el canto:

Acércate a la orilla siente ese río bullanguero que baja de la sierra con su cruz de versos monosílabos fluyentes de la vida que tamizan las sales de la tierra y encuentra en su corriente revoltosa un carnívoro deseo de arroyuelos primicia de un sueño azul marino en la lengua explosiva de la dinamita o en la marcha pringosa del barbasco

Nada calla, nada guarda silencio. Cada espacio deshabitado aún se confunde con lo que a diario vivimos, tropezamos con los escombros que han quedado en la memoria y ni siquiera los espejos nos pueden descifrar. Los ríos llevan el aliento que guardan las sepulturas, el viento se desmorona entre la agonía de los sembrados, la piel deja de ser un refugio para convertirse en testimonio y qué decir de las palabras cuando taladran en la tempestad. Rodolfo Celis ha reunido aquí un conjunto de esas tinieblas y ha tallado en ellas una voz con luz de sombra, es la de un poeta que a menudo se cuestiona el lugar que le corresponde en el libro. Sabe que es quien escribe, pero también le reprocha a la poesía el lugar de sus apariciones, sus impertinencias, su oficio fiero de mantener vivo lo que se creía recuerdo. Y son los muertos los que se encuentran en el poema, los que se vuelven a enterrar en sus presagios y allí mueren y vuelven a vivir y se embriagan, es el poeta quien los vuelve a condenar pero es también quien los libera de su rapto:

Cuando enmudece el poeta también calla la muerte Y tú, muchacha de ojos inflamados como el cielo veraniego en mi tierra ven a salvarme del cerco fúnebre que me tiende la memoria

Es poeta también quien avanza leyendo estos versos y quien muere en el poema y el agua frondosa que ve correr su sangre por las páginas. Este libro pertenece a muchos rastros, en su escritura participa todo el paisaje, no sólo la latitud que da cuenta de nuestro paso, también las cenizas que un día fueron incendio. Del arrullo de la cigarra, la pulpa carnosa del mango, nos vamos adentrando hasta el escenario inconcluso de los fantasmas que pueblan Chimila. Nos hacemos familiares a sus codicias, a sus deseos. Algunos nombres, antes desconocidos, empiezan a cobrar forma en ese árbol genealógico que ha sido talado y hoy trata de recobrar sus nidos: José del Carmen, abuelo, Jesús Moncada, Ángel María Guerrero, Jorge Evelio, tío, Julio César Serrano, Mariela Escandón, perdida promesa, entre otros, hacen parte del pueblo que empezamos a reconstruir pedazo a pedazo en Memomía.

También es la guerra que aún puesta entre comillas en nuestra cotidianidad nos cansamos de negar que se ha ido y debemos admitir que sigue airosa. Guerra que ya no sólo retumba en las montañas y en los noticieros, guerra con que vamos vistiendo nuestra andrajosa certidumbre de estar vivos, en las venas por donde los ríos se aclaran caudalosos hasta la desembocadura donde muere la impunidad, en la mirada con que cruzamos nuestro olvido sabiendo que nada ha sido pasajero. Encontrarse con este libro es empezar a recorrer lo que tenemos escondido, el bullicio que cada tarde nos despierta en el recuerdo, lo que maquillamos de silencio aún muriendo de grito. Parecería una travesía hacia un lugar desconocido hasta que descubrimos que siempre hemos estado en el mimo sitio, que lo que nos dice este río lo hemos bebido tantas veces, a solas y en desiertos.

 

 

Memomia - Rodolfo Celis

 

RODOLFO CELIS Nació en El Copey (Cesar), en el año de 1978. Estudió Literatura en la Universidad Nacional de Colombia. Editor, cronista, crítico de cine, bloguero y poeta, fundó la revista Surgente Letras Informales, el cineclub Caldo Diojo y el blog Gusano de guayaba. Ha publicado en las revistas Rilttaura, El Ático, Yasnaia Poliana y Surgente; y ha participado de los libros colectivos León Tolstoi, la dialéctica del alma y Eric Rohmer, cineasta de una pequeñez esencial, publicados por la Universidad Nacional.


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