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13 Mar 2018 / 09:57 am

La poliforme memoria

 

Reseña sobre El Movimiento de la tierra de Santiago Espinosa

 Por Carlo Acevedo

El movimiento de la Tierra, escrito por el poeta bogotano Santiago Espinosa (1985), es la obra ganadora del prestigioso Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2016. Este año, la editorial granadina Valparaíso Ediciones publicó el libro en Colombia. El poemario galardonado no es la primera publicación de Espinosa en la editorial española. En 2014 llegó a las librerías colombianas Escribir entre la niebla, compilación de ensayos sobre autores colombianos.

En tan solo 85 páginas, El movimiento de la Tierra se divide en cinco secciones. Éstas, más que representar espacios distintos para la exploración lírica del bogotano, se entrelazan las unas con las otras y dan la impresión de formar (según el nombre de la cuarta sección) “como un caleidoscopio”. La experiencia de lectura se convierte en un acto de dinamismo, que bien complementa la frase que aparece en la portada.

Podría decirse, además, que el paso de un poema a otro representa un desplazamiento, un ir a un lugar distinto (ya sea éste físico, imaginario o simbólico). Los títulos de los textos son un recurso bien utilizado por Espinosa para reforzar este efecto en el lector. Más que ser elementos ornamentales, contrastantes o expositivos, plantean un escenario hueco que debe ser rellenado por los versos a seguir: Urapanes, Al final de la tarde, Abuelas, Cardúmenes o Central Park West, por ejemplo, son frases o palabras que solo adquieren un sentido o una identidad a partir del contenido que encabezan.

También es posible percibir desde el campo visual la idea de transitoriedad que atraviesa las páginas del libro. Hay poemas construidos con versos mínimos, frágiles, que hacen parte de estrofas delgadas y estiradas (como en el caso del ya mencionado Urapanes), otros que también se erigen a partir de líneas de escasas sílabas aunque éstas hagan parte de estrofas más achatadas (Dos lunas), o se encuentran algunos que son compactos y densos y que en pocos versos amplios y en una única estrofa se logran a sí mismos (Luz del paraíso). Incluso halló su ligar en el libro un poema en prosa (Obra reunida), escrito en honor al artista suizo Giacometti.

Tras un primer recorrido entre las páginas de El movimiento de la Tierra, es posible que el lector (quien cumple el rol de testigo de la poliforme memoria de Espinosa) se pregunte a sí mismo sobre las nociones de lo poético, lo no poético y el diálogo entre ambas. Textos como El señor de la máquina, inspirado en un vigilante encargado de cuidar una excavadora, e Interior au violin, basado en el famoso cuadro de Matisse, hacen parte de un mismo conjunto. Lo ordinario y lo comprendido por el ideal de belleza son dignos en igual manera de llamar la atención del autor. La mirada y la memoria y lo que el tiempo hace con ésta última determinan qué es qué.

Y es que el tiempo es la fuerza propulsora que detona las diversas perspectivas en el bogotano. Solo así es posible que los instantes y los fenómenos puedan ser recordados y reconocidos de múltiples maneras. Fragmentos de la realidad aparecen estáticos y a la vez catalizadores, incisivos: “los rostros de tus abuelos / amarillos / por el cáncer” (41), escribe quien además es destinatario de sus propias letras. Otros sucesos tan solo cumplen su función de estaciones transitorias en un flujo incesante de momentos: “Debieron terminar muchos paisajes / para llegar a este silencio / muchas mañanas / para volver a este lugar” (75). Sin embargo, hay un germen latente en todos los escenarios, personajes y situaciones que evoca Espinosa, un germen que acecha para modificarlos inevitablemente y, en algunos casos, incesantemente: el germen de la potencialidad.

Tal vez, por esta razón, el desplazamiento físico, a través del viaje, es tan notorio y persistente a lo largo del poemario. Un periplo, sin importar su propósito o el puerto de llegada, es un acto posibilitador, un abridor de espacios más allá del geográfico, de espacios futuros e incluso pretéritos. En El arte de secar la tierra el poeta está a punto de aterrizar en la interminable Ciudad de México, mientras piensa en sus “20 millones de personas / con sus flores de domingo / y sus cepillos de dientes” (81). Momento Barroco, escrito en La Habana, es un texto que reconstruye desde el lenguaje la isla misma y que recuerda el momento en que las voces anunciaron que  habían “descendido de la sierra / los rebeldes” (77) o la latente cercanía o lejanía “del pariente que se fue” (78).

Avanzar en las páginas del libro es detonar una leve pero identificable sensación de vértigo propio y también un continuo desplazarse por los espacios y la memoria que le han pertenecido y le pertenecen a Espinosa. El título del conjunto, poco a poco, va justificando su razón de ser. Sin embargo, y a pesar de esto, resulta revelador, ya acabado el último de los textos, el hecho de que el lector pueda identificar el porqué de la frase que se lee en la portada debajo de un globo terráqueo en rotación.

 

 

DESPUÉS DEL DOLOR

A Natalia

Ahora que escribo estas
oraciones para otra persona
—de niño hablaba solo
y ese saberse en otro-cuarto
era el poema que hablaba—
quisiera devolverme hasta
el principio donde los rostros
dormían. Lavar la mirada.

Sé de las sombras indecisas
en los techos de tu infancia.
Nuestro amor a la música
por razones tan distintas.
Sé de tu vértigo a los muros
cuando el padre se marchó
sin avisar. Cuando volvió,
ya muerto y era la lluvia
que cifraba tu forma de
desnudarte entre las cosas.

Yo para entonces escuchaba
el lado esquivo del estruendo,
tú el silencio que precede
a los disparos. Conozco
del miedo cuando cierras
los ojos hacia otra oscuridad.

Ahora que escribo estas
oraciones para otra persona
—en otras personas—, entro
y salgo de ti mirándome
como extraño: es el presente
de la luz. Rostros se despiden
en nosotros para volver a vivir,
y en cada silencio crece un árbol
sobre el agua de los muertos.

 

 

 


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