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21 Feb 2020 / 18:32 pm

  

Por Francisco Trejo

 

 

Uña mar (Cisnegro, 2019), de Martín Tonalmeyotl, es un libro de intensidades que, más allá del pathos persuasivo, presenta preocupaciones de carácter social a partir de la vindicación de la lengua náhuatl. De manera que este título, propuesto por el también autor de la antología Xochitlajtoli. Poesía contemporánea en lenguas originarias de México (Círculo de Poesía, 2019), cobra sentido desde la esencia de la poesía como discurso crítico y acusatorio: si el mar es la uña de agua que arremete contra la costa para remover las arenas, la poesía es la diatriba que abate las apariencias de nuestra historia inmediata. Cuando el individuo, en este caso el hablante de una lengua originaria, es silenciado por el estruendo de la violencia, utiliza la poesía como articulación que comunica las incomodidades más profundas de su ser. Y comunicar es justo la “complejidad de los mudos”, mostrar lo que es dado por verdad y ponerlo en duda, en total evidencia, del mismo modo en que la uña del mar cae de golpe sobre la playa para descubrir el cadáver de un pelícano.

La poética de este autor guerrerense, acaso uno de los más sobresalientes de nuestro tiempo, en cuestiones de estudios vinculados con las lenguas mexicanas, recuerda tanto los versos finales de “Manifiesto poético”, de Abigael Bohórquez, por lo menos en este libro: “si no viene mi verso / a decir las verdades del hombre / no me sirve. / Eso es todo”. Partiendo de esta premisa, la voz lírica en Uña mar se posiciona desde lo íntimo, lo cerrado que sólo abre la arista del verso: “Nitlajkuiloua pampa nechkokoua nojte / kampa tla xtla nikijtoua / xaka tej kimatis kampa melauak ninokokojtok” (“Escribo para relatar los dolores de mis entrañas / porque de no hacerlo / nadie más sabrá que me carcomen”), “Nikneke niteixpantilis kenejke amo kuajle nichantitok / Nikijtos kampa nikan tej xokuele kualtsin tichantis” (“He de describir mi realidad descuartizada / decir cuan injusta es la vida en este pueblo”).

Mas el acto de dolerse no sólo parte de la experiencia individual, porque, con el alarido, se pretende “tikijtosia nikneke nikintemikis tetlatemikuan” (“soñar la vida de los otros”), “tikinxayakatlapaluis niman tikinkuikatlalis tlajtoltsitsintin” (“darle rostro y voz a las palabras”), como mudos enloquecidos por la urgencia de delación. La voz lírica sabe que es preciso decir, señalar la sombra que ocupa el territorio, para no desaparecer con el mismo hongo corrosivo de la oscuridad: “xokuele nitlajtoua niman chikauak ninokokoua / ye yolik nechtlamijtij nonemojtiltsin” (“dejo de hablar y los dolores de miedo / comienzan a carcomerme poco a poco”).

¿Cómo se logra la denuncia en Uña mar? No sólo por medio de la denostación que recuerda al aculeus de los romanos, tan propio del discurso epigramático: “Xkuiteua tej on tepantle chiche tetomak / kampa ijkon noche uan tixochitlajkuilojkej / tikpiyaskej kanon tikijkuiloskej mokuitlatokayo” (“Levanta el muro perro de raza / para que los poetas tengamos donde escribir / tu mezquino epitafio”), porque también el planto de la elegía es fuente reivindicativa: Chipintok se chokaliotl uan nochimej inuaxka / se chokaliotl uan melauak chichik / se nejyamankayotl uan salijtok ipan okse xayakatl / se amo kualtsin tlanemilijle uan mitskixtsia mochan / ome ixtololojtin uan xkuelitaj mouetskalis niman kechpachkaj mopakilis” (“Hay una lágrima de tantos / una gota de amargura / una impotencia de verse en el otro / un desprecio de sí mismo en la misma casa / unos ojos que ignoran tu risa y ahogan tu alegría”). Aunque se trata de dos discursos muy apartados entre sí, el llamado a la rendición de cuentas afirma la desesperación del presente, así como la imposibilidad de hablar: “Ken se tetsintle xokuele itla nikijtoua” (“He de callarme como las piedras”). Pero, ¿no son las piedras los testigos del tiempo que alguien lanza para atravesar los vidrios de una ventana?

El libro de Tonalmeyotl no se limita a este par de discursos, la denostación y la elegía; también, a manera de murallas al principio y al final de sus páginas, ofrece textos con otra intención más descriptiva, pero que no dejan de ser parte de la preocupación central que ya se ha señalado. Como exordio, el lector encontrará una serie de poemas que comparten esencia con el haikú, pues la contemplación de la naturaleza y la captura del instante son el par de elementos distintivos. Al final de la propuesta, a manera de epílogo, Trenzas de mi pueblo es el singular apartado con seis estampas de la mujer, en sus diferentes oficios domésticos. Símbolos de resistencia, el paisaje y la figura femenina son el corazón de las culturas indígenas, núcleo de germinación del lenguaje, y el motivo para levantar la voz en medio del ruido.  

            Al advertir todo lo anterior, pueden evocarse unas palabras del poeta español Juan Carlos Mestre; si bien se trata de una cita larga, vale la pena traerla a colación, porque el texto de Tonalmeyotl cobrará mayor sentido, si se acepta la conjetura de que la lengua náhuatl, en Uña mar, es lo más importante: “La poesía es un acto […] de legítima defensa contra la soberbia obstinación del poder para mentir. Cuando una lengua empieza a corromperse en sus significados, ahí está la tarea del poeta para recordar y cumplir el viejo encargo de que las palabras han sido hechas para construir la casa de la verdad y no para destruirla, para recordar al ser humano, y recordar a las generaciones del presente, qué es lo que significó, y no debió dejar de significar, la palabra piedad o la palabra misericordia frente al sufrimiento de un otro. En la poesía, en su propia naturaleza, está la desobediencia, la desobediencia de aquel que se niega a significar lo previsto para implicarse en la alianza con los significados del porvenir”.

            Sin más, el lector de este libro de poemas bilingüe no sólo encontrará una forma de aproximarse a la lengua náhuatl, sino también una voz insumisa y osada. No extraña, en este sentido, que “Martín” sea el nombre del autor, porque su origen remite a Marte, el dios romano de la guerra y la valentía. Lo que confirma, desde Cratilo, que cada cosa en el mundo tiene un nombre naturalmente propio, o, siguiendo la precisión de Borges, que “el nombre es arquetipo de la cosa”. Martín no podría llamarse Martín, si su poesía no fuera la uña que, con todo el furor de la mudez, rasga el telón para ver más allá de las máscaras y revelar la mentira como artificio de la violencia y la injusticia.  


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