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18 Feb 2020 / 19:09 pm

 

Nota y selección por Jenny Andrea Moreno

 

 

Entre la cotidianidad y el asombro, el joven suachuno Jonathan Caicedo Girón (1989) pinta con las palabras estas Mediaciones de la locura (2020). A través de sus poemas convoca a maravillarse con algunos elementos que, al parecer, para muchos son irrelevantes, pero en realidad retumban en la memoria emotiva de quienes vivimos entre el apego de los recuerdos y la rutina de lo que ya no está. A continuación, una muestra de su ópera prima y la invitación a acercarse a este poemario:

 

 

 

 

MI VIEJO SACO

 

«Cada cosa tiene la forma exacta de tu distancia»

Darío Jaramillo Agudelo

 

Cuando encallaste en casa,

te sujetaste al puño y a los latidos de Papá.

Mi primera postura

marcó el trasegar de mi existencia.

 

¡Mi viejo saco!

¿Recuerdas aquel número de noches?

Yo, entraba en tus pequeños brazos,

 frotando tu piel de oveja,

y nacían las luciérnagas, 

que abrasaban las noches de quimera.

 

¡Mi viejito!

Así te nombré,

 cuando al pasar los años,

mi lánguido cuerpo se extendió,

mientras tu piel se hacía cada vez más chica.

 

Te cuento, mi querido saco,

que así ahorques mis carnes,

no te voy a querer con desgana.

 

El otro día alguien apuntó:

«Pero qué brillante estaría el piso

con el saco de mi hermano».

 

Entonces, me aferré a ti, y

te escondí con los

chécheres de diciembre:

¡Prolongué tu existir!

 

Luego, llegaba ebrio,

te miraba, y sonreías.

 

¡Te falté al respeto, pequeño saco!

 

Atestiguaste el momento

cuando una mujer,

abortó mi castidad,

 y, sin embargo,

allí estabas, listo, atento,

a proteger los muslos del amor.

 

Mi viejo amigo,

viajé, y bien sabes

 que uno es del mundo.

 

Y sí, volaste conmigo…

 

 Probaste tu nivel

Contra las Tommy,

que se desemplumaban lentamente.

 

 La Piloto,

quedó ensopada en una tarde hielo:

 su diáfano cuero: ¡Pereció!

 

La rompevientos fue asesinada

por el destino:

el metro la enganchó en una puerta,

y su cadáver quedó al aire hecho jirones.

 

Estimado saco,

regresé al país con los años pesados,

y migración tampoco pudo arrebatarte.

 

Leo en la vieja biblioteca.

Eres un gato,

que se inclina en mi regazo.

La experiencia es la tintura nívea del cabello.

 

Los días han escurrido súbitamente a los años, y

¡Estoy viejo!

 ¡Muere la voluptuosidad que es mi carne!

 

Me dicen, querido saco,

que la enfermedad triunfó, y

que mi enclenque esqueleto:

¡Perdió la batalla!

 

¿Qué excusa podría inventar para llevarte hasta el infierno?

 

Aguzo el hálito de los óleos:

¡Me persigno!

 

Una lágrima humedece

tus carnes que son de hebra.

 

En mi tumba podrán hallar una fotico en blanco y negro:

La mano de mi Papá:

 obsequiándome el Viejo Saco.

 

 

LA TIZA EN EL ASFALTO

 

A la vida de los olvidados artistas callejeros que tienen su casita en los correderos de Bogotá

 

 

A cuclillas, con la cabeza gacha,

el pelo almidonado de arena.

El sol cocinando sus costillas.

 

Sus manos usadas,

negras, obscuras.

 

El asfalto, acostado, lóbrego,

y con las uñas de tierra,

espera ser transitado

por las huellas que no van

para ninguna parte.

 

El carbón

rasguña al suelo

y embelese al pavimento

con las arterias que laceran al suelo.

 

¡La calle anda herida!

 

El tiempo, observa, inmóvil, perplejo,

cómo la tiza se desliza

y se forma la «Creación».

 

El habitante de la calle

toma la forma de «Dios».

 

Los transeúntes, iluminados, rotos, espesos,

clavan sus ojos en el piso.

 

Sus obscenos dedos de moneda,

se debaten contra el bolsillo.

 

El Hacedor,

levanta sus palmas,

y un pedazo del suelo

ya es epidermis suya.

 

¡La obra está culminada!

 Brinca de

aplausos mudos.

 

El tiempo, y los transeúntes

se detienen por un momento.

 

La vida se contiene,

y germina la sensibilidad.

 

El arte, pegado al suelo,

busca levantarse para

parirse y resurgir de nuevo.

 

De la arena del asfalto,

al sentimiento impávido

de quienes contemplan

«La obra».

 

El pocillo de níquel,

se deleita al sentir

 una invasión de monedas

con forma de Ranas de Cristal

en su estómago de plata.

 

Luego de unos minutos

donde el tiempo se detuvo

ante la existencia,

el cielo obscurece.

 

El público vuelve en sí, y

el corazón se deshincha.

 

El firmamento está espeso.

 

Las gotas empiezan a caer

con su estómago

de cielo.

 

El habitante de la calle,

mueve sus manos y ve cómo

el ennegrecido de sus plantas se discurre

por la vida, por los años, por los sueños…

 

Ahora, la figura de tiza se disuelve

lentamente: como los atardeceres.

 

El viejo polvo gris,

es la metamorfosis de un charco.

 Será vomitado en la alcantarilla.

 

El artista jugó

a los dados con Dios, y perdió.

 

Recoge su costal de papas.

Asegura el vaso del menaje.

Le hace «pelos» a Tony, y se marcha.

 

Así es la vida,

se discurre y se desgasta

entre cosas que se nos graban en el alma,

que nos conmueven.

 

Luego, el tiempo

se hace obscuro,

y se nos escurre entre los dedos,

que son la huella de los años.

 

Tendremos que levantar nuestro

propio costal de papas,

y recoger el vaso

del menaje.

 

Hacerle «pelos» a la vida

y marchar lentamente.

 

 

ÁLBUM

 

¡El amor es el alma de la imagen!

Un rostro estático

para la quietud del alma.

 

Es la mueca sonrisa

donde a blanco y negro

queda inmortalizado el instante.

 

Abro suavemente el viejo librito

y las nostalgias se revientan

contra la garganta seca.

 

¡La humedad toma casita en los ojos!

 

Miro a mi padre y me veo.

La gente dice que nos parecemos.

¡Y es así!:

compartimos el mismo espíritu,

y las mismas cervezas.

 

Miro a mi madre a través del cristal

de plástico que ha perdido su pegamento,

me observo colgado de sus suaves hombros.

¡Ahora entiendo a María santísima!

 

Paso nostálgicamente la hoja:

 

Las imágenes se hacen menesteres de la nostalgia.

Veo a mi hermano mayor,

y detallo el ejemplo de cómo

se reaviva la pasión.

 

¡Gracias por enseñarme a escupir lejos!

 

Veo a mi hermana

y siento cómo mis dientes bailan.

 

¡Las muecas se escurren solas!

Dios asegurada su eternidad en ella.

 

Un fino movimiento hace que pase la hoja:

 

Veo a mi hermano: «el pequeño» 

Y siento el vidrio hecho brizna.

 

¡Qué viejos somos ahora!

Sin embargo, para la mamá

él no pierde la sonrisa de niño.

 

¡Escruto momentos!

¡Palpo alaridos!

¡Degusto chillidos!

 

Saco la huella de mi nacimiento,

me envuelvo nuevamente en el cordón

que me ayudó a respirar y

siento cómo la vieja carne quemada

y negra me oxigena de nuevo.

 

Cierro taciturnamente el álbum:

 

Guardo la añeja foto en el Simón Bolívar.

Y medito quedamente:

«Que nuevas y distantes,

son las sensibilidades de ahora»

 

 

***

 

 

JONATHAN CAICEDO GIRÓN, (Soacha, Cundinamarca, 1989) Poeta y narrador. Magíster en Estudios Literarios de la Universidad Santo Tomás y profesor de literatura en Uniminuto. Es el autor del poemario denominado: Mediaciones de la locura (2020). Ha publicado algunos poemas y cuentos en revistas colombianas y latinoamericanas. Invitado al primer Congreso Nacional de creadores literarios, celebrado en la ciudad de San Luis Potosí, en México, con el poemario inédito llamado: Más allá de las palabras (2018). Ganador del concurso de poesía: Somos palabra, (2019) organizado por la Universidad Santo Tomás. En la actualidad, se encuentra trabajando en su segundo poemario y en un libro de retratos cotidianos a manera de cuentos.


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