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18 May 2018 / 09:57 am

 

CONVERSACIÓN CON EL INSPECTOR FISCAL SOBRE POESÍA


Ciudadano inspector, perdone la molestia.
Gracias, no se preocupe, me quedaré de pie.
Quiero tratar un asunto bastante delicado:
qué sitio ha de ocupar el poeta
en las filas obreras.
Igual que los que tienen tiendas y terrenos
también yo debo pagar impuestos.
Usted me pide quinientos al semestre
más veinticinco por no declarar a tiempo.
Mi trabajo es igual a cualquier otro.
Mire cuántas pérdidas,
cuántos gastos invierto en materiales.
Usted sabe naturalmente
eso que llaman rima.
Si la primera línea termina en "ajo"
entonces, la tercera, repitiendo las sílabas
debe poner algo así como "cascajo".
Si utilizo su lenguaje la rima es un cheque,
hay que cobrarlo alternando los versos
y buscas con detalle sufijos y prefijos
en el cofre vacío de las declinaciones,
de las conjugaciones.
Coges una palabra
y quieres meterla en la estrofa
pero si no entra y aprietas, se rompe.
Ciudadano inspector: le juro
que el poeta paga caras las palabras.
Hablando mi lenguaje
la rima es un barril de dinamita,
y la estrofa es la mecha.
La estrofa se consume,
y estalla la rima, y por el aire y la ciudad
la estrofa vuela.
¿Dónde hallar,
y a qué precio, rimas que estallen
y de golpe maten?
Quizá sólo sean cinco las rimas increíbles
y sin estrenar, perdidas más allá
de Venezuela.
Me voy a buscarlas,
haga frío, haga calor,
atado por anticipos, préstamos y deudas.
Ciudadano, tenga en cuenta
el pago de los viajes.
La poesía toda
es un viaje a lo desconocido.
La poesía es como la extracción del radio
-Un año de trabajo para sacar un gramo.
Sacar una sola palabra
entre miles de toneladas
de materia prima verbal.
Pero ¡qué ardiente el calor de estas palabras
comparado con la humeante
palabra bruta!
Esas palabras mueven millares de años,
millares de corazones.
Claro que hay poetas
de distinta calidad.
Muchos de hábil mano, como prestidigitador,
sueltan estrofas de la boca, suyas y de otros.
Y para qué hablar de los castrados líricos.
Meten un verso ajeno y están felices.
Eso es robo y despilfarro
uno más entre los que azotan el país.
Esos versos y odas aplaudidos
hasta la saciedad
entrarán en la historia
como gastos accesorios de lo hecho
por dos o tres buenos versos de nosotros.
Muchos kilos de sal habrás de comer
como suele decirse,
y fumar cien cigarrillos hasta
sacar la palabra preciosa
de las honduras artesianas
de la humanidad.
Rebaje por eso los impuestos,
quítele una rueda a los ceros.
Uno noventa cuestan cien cigarrillos.
Uno sesenta la arroba de sal.
Demasiadas preguntas
su formulario tiene:
Ha viajado o no ha viajado?
Y si le respondo que en estos quince años
he reventado decenas de Pegasos,
¿qué?
Póngase usted en mi sitio,
piense en el servicio y propiedades.
¿Qué ha de contestarme si le digo que soy
caudillo popular y al mismo tiempo
trabajo a su servicio?
La clase obrera vibra en nuestras palabras,
somos proletarios motores de la pluma.
La máquina del alma se gasta con los años.
Dicen entonces: estás gastado, fuera.
Cada vez amas menos, te arriesgas menos
y mi frente desgastada
por el tiempo no arremete.
Entonces llega el desgaste mayor,
el desgaste del alma, del corazón.
Y cuando este sol, grande y redondo
se alce en el futuro sin lisiados ni tullidos,
ya me habré podrido, muerto en una cuneta
junto a decenas de mis colegas.
Hago mi balance final. Afirmo,
y no miento: entre los vividores
y actuales fulleros seré el único
con deudas impagables.
Nuestra deuda es aullar
como sirenas de bronce,
entre la niebla filistea y el fragor de la tormenta.
El poeta siempre adeuda al universo,
paga con su dolor las multas, los impuestos.
Adeudo las calles de Broadway,
los cielos de Bagdad, el ejército rojo,
los jardines de cerezos del Japón,
todo aquello sobre lo que aún no pude cantar.
Al fin y al cabo ¿para qué tanto jaleo?
¿Para disparar rimas y atronar con el ritmo?
La palabra del poeta es su resurrección,
su inmortalidad, ciudadano inspector.
Dentro de cien años, en un pliego de papel
cogerán una estrofa y resucitarán este tiempo
Y ese día surgirá con fulgor de asombros,
y olor a tinta le envolverá en su vaho,
señor inspector.
Usted, habitante convencido
del día de hoy
saque en el Comisariado de Caminos
un pasaje para la eternidad,
calcule el efecto de mis versos,
divida mi salario en trescientos años.
Mas la fuerza del poeta no estriba
en que le recuerden a usted en el futuro
y se asusten.
No.
Hoy la rima del poeta es caricia también,
consigna, látigo, bayoneta.
Ciudadano inspector, pagaré cinco
quitando los ceros que van detrás.
Por derecho yo reclamo un hueco
entre las filas de los obreros
y campesinos más pobres.
Y si usted piensa que todo consiste
en saber utilizar palabras ajenas,
entonces, camaradas, aquí tienen mi pluma,
y escriban ustedes cuanto quieran.

Vladimir Maiakovski


Fundación La Raíz Invertida
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