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19 May 2020 / 09:50 am

 

Color de miedo: la caída como voluntad [1]

 

 Por Óscar López Alvarado[2]

El año 2001 vería la luz un libro imprescindible en la lírica del Tolima: Color de miedo. Más allá del tema o contenido, este poemario llega a configurar una visión transformadora de lo que se venía haciendo en las letras, ya que va a contener toda la identidad de un hombre refugiado entre las hojas, en el cual el lenguaje va a ser lo principal, apoyado en la preocupación del verbo, la palabra va a trascender el consuelo para ser el testimonio de la herida. Julio César Arciniegas, sereno en la expresión de su rostro y en la modestia con la ciudad, va adjudicar un interior visceral en el que la apacibilidad será trastornada cuando el dolor tome su lugar, y el ser, más que expresar, hará de la poesía un largo viaje por la llaga. Sin más ni menos así lo expresa el autor:

 

DE REPENTE, DESDE LA ORILLA DE LA AMARGURA

De repente, desde la orilla de la amargura

Como sed de infinitos,

La distante herida la heredamos

De un falso Dios,

Del húmedo trapecio del abismo

Siempre en manos del aire.

Las cosas nos conducen a la muerte

En dolorosos acuerdos con la carne.

Como dos ayes disolviéndose en la fantasía

De las serpientes,

De repente es hundirnos en la locura.

El amor es el ascenso y la caída.

 

El poeta no responde a más que a su interior, a la evocación de un motivo que resuena, que lo induce a ser trashumante de sí mismo. Hay un ejercicio de la sed, de la vida inclemente que dibuja un rostro en la sal del recuerdo; este, al ser un elemento constante en su vida, va acentuar el color de una herida que no envejece y responde a un tiempo inconcluso. La herida es la certeza, posibilita la creación intensa para confirmar una morada, el abismo, la caída como voluntad y ver la orilla a partir del miedo con cierto anhelo a palpar tras la oscuridad y hallar una ceniza que se resiste al viento.

El libro tiende su camino a partir de un epígrafe, tomado de Alejandra Pizarnik, “Sé del miedo cuando digo mi nombre”, augurando la silueta de un hombre que habrá de delinear su voz tras cada verso en el hecho de anunciar la predestinación hacía el temor de lo incierto, o sea, su vida. Todo Arciniegas en este poemario se mostrará como rompecabezas en que el lector advierte las huellas para fijar unos pasos sobre el mapa de su escritura, reconociendo un recorrido, el pulso que no nace de la noche a la mañana sino que presenta el respiro agitado de alguien que ha atravesado la noche y ha sido acariciado por las espinas. Como tal, Julio César muestra ya el don de creador, el dominio por la palabra y una visión clara, renovada de lo que es el oficio de la poesía.

Como lo señaló alguna vez Octavio Paz: …”El poeta hace algo más que decir la verdad; crea realidades dueñas de una verdad: la de su propia realidad”, Arciniegas va a dar claridad de un proceso intenso, arduo, a la par con la siembra de su tierra, en el cual la existencia es una preocupación constante, la propia, la colectiva, pero la ansiedad de reflexionar sobre el mundo a partir del mismo lo conducirá a dejar justificación de una labor alejada de lo confesional para transformar y hacer del artefacto literario algo desplegado que visione una fuerza en el vibrar de la imagen y la metáfora sucesiva. Esa imagen, ligada a la propia realidad del autor, va tener cabida sin sosiego en su creación al decir: “El hombre sabe que su existencia es un grito/horizontal, /la muerte es el otro nombre del tiempo”. Su interpretación que si bien determina un desarraigo, va condensar una desesperación bajo el límite que colinda con lo inconcebible, aquello que palpa, siente pero huye de sí. Por eso no es dudoso afirmar que su poesía es una forma de dureza, que como tal, va a admitir un paso cruel, la irrevocable cicatriz del tiempo sobre el rostro del hombre.

Color de Miedo es la confirmación de un horizonte abierto hacía el asombro, donde el testimonio del autor es sincero, autentico en la medida de su sentir, retirado de una expresión trivial, develando la preocupación por una escritura que cuestiona y teje látigos tras de sí. Julio César sabe que el ejercicio poético es un extenso viaje por la sal de su saliva en el que la labor  ha de tener hondura por la traducción que realice de cada pálpito y cada nacimiento de llaga en su interior. Dolor, experiencia de vida, desarraigo de existencia, el poeta tiene la soledad para luchar contra el lugar común de estos temas para no ser una mimesis de lo creado, por el contrario, gestar una identidad que lo dote de vitalidad para vislumbrarse tras cada verso, en el ánimo potencial de hacer de su poética algo actual y huyendo de la expresión anacrónica, desgastada.

Parte de eso tiene que ver con la conciencia que el autor tiene de lo vivido y que presenta a modo de relieve en el siguiente poema:

 

ANCHA MÚSICA DE CEMENTERIOS

Ancha música de cementerios

Es todo lo que queda,

Las anticipadas destrucciones que llevamos,

Nos fueron dadas grandes vidas en el obsceno

Sabor de las pesadillas

Y esta sombra negada a los párpados

Son nuestras temporales ruinas,

Las ilustres orillas que falsean la desdicha.

Estamos hechos para el olvido del universo.

 

El autor se sabe dentro de los albores de la muerte. Con un tono denso va a referir, enunciar la vivencia que actúa en pro de la destrucción. Así, el dolor se torna fundamento precipitando un oleaje de recuerdos que suenan a música y que con todo lo van a determinar en un lugar. Esta posibilidad de la imagen que resuena entre la ceniza hará dibujar al mismo tiempo en ella una sombra negada a los párpados, confirmando la lucha por volver a habitar, el interminable ejercicio de la vida cuando el peligro del olvido se torne un miedo para el autor.

El autor tolimense reflexiona sobre su hacer al tomar una conciencia aguda de lo propio, evocando sentimientos para buscar lo negado, permitiéndole bordear las huellas de sangre que forjan con el paso del tiempo profundas heridas. De ahí que se entienda la fuente de la que bebe, las raíces que delinearon su paso tal como llega a ser la de un Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud y que hallan su lugar en el poemario, ya que en el libro, como si fuera una casa, el autor pone sus retratos a inicio, mitad y final a manera de vigilancia de su escritura, concediendo tributo a sus más altas influencias. Junto a ello, es innegable la herencia que recoge de César Vallejo, tras la imagen y cada asombro que genera el verso lleno de desconcierto al ver unas manos inconsolables. Es pertinente en esa medida, recordar el texto de Héctor Rojas Herazo, La palabra de Vallejo, en el que comenta: “Conoce, con inconsolable certidumbre, que el poeta es el hombre que ha escogido el fracaso. Y lo confirma con esos vocablos famélicos, acezantes, que piden de comer y beber en español”. De esa referencia se alimenta Julio César. Su concentración predestinada a esa derrota vital para construir poesía, procura crear belleza en aguas cenagosas, en ese abismo donde fue bautizado, lugar en el que se advierte una palabra sincera por el interior, y que más que recuperar el pasado procura trabajar en el padecimiento del lenguaje como única posibilidad de respiro para no sucumbir al intenso paso del olvido. Por eso el silencio, ya no el elocuente sino el que va hacer de la palabra, carne, hecho directo tras abismos donde el lector tantea pero se aleja de una verdad cierta. Este silencio en el que el poeta se resguarda es consuelo de perdida; el olor a patio antiguo en que transita su abandono, llega a invadirse de metáforas afectivas para buscar respuestas a enigmas, o a la resonancia interna de un nombre que se resiste a huir y le da los signos tras su velo fantasmal para su creación. Entonces Arciniegas dice:

 

ES HORA DE SILENCIOS

Es hora de silencios,

De vaciar los imperios del polvo,

De alguien que acaba de salir de la noche

Sin poder morder los nombres.

Es la hora disolviéndose en los caballos,

Las horas de transfigurar el dolor

De las fotografías,

De convertir la sangre del reloj,

Es la hora de recoger los silencios guardados

En el agua.

 

Silencio a partir del dolor ineludible, levitando en las noches en su finca haciendo surgir tras la niebla rostros, potros dentro del pecho al acariciar su frialdad. Es esta poesía una hora del abandono, el testimonio de una piel palpitante que llora en la orilla de la perdida, que vela por aferrarlo a la hendidura, a toda esta memoria que trabaja el polvo para hacerlo carne. Arciniegas traduce el dolor aún cuando sigue llevando su sudario intacto porque cada palabra entrega los nervios de un rostro dentro del agua que se halla al interior de un tiempo inhabitable, haciendo del verbo un procedimiento, o, según lo dicho por Samuel Vásquez en su texto “Calcado del Silencio”: …”pródiga y prodigiosa, la poesía a veces es el silencio, a veces lo inefable, a veces lo avisa. Otras veces sólo palabra, palabra desnuda, texto sin pretexto. La poesía habita sin hábito el lenguaje”.

Así, Color de Miedo revela sus indicios temáticos desde un inicio a partir de la portada, La caída del ángel de Marc Chagall, donde se advierte una angustia y no una elección al azar. El exilio que se tiene del mundo va tener un vaso comunicante entre pintor y autor; por un lado, el emprendido por Chagall debido a sus orígenes judíos, por otro, en Julio César, más descarnando al arrebatarle con muerte seres queridos con la huida de su finca a horizontes desconocidos. Por ello, la portada va a ser un canto puesto el violín del pintor vaticina la música del desasosiego y una luz sentencia el rezo de la perdida; la caída honda de la vida le va a dar vértigo a un reloj suspendido en el viento, cuando un hombre mira con sosiego el fondo de su mirada.  De esta zona reveladora donde Arciniegas encuentra su identidad, habla el siguiente poema:

 

ERIGIR UN VERSO

Erigir un verso es conducirnos al infierno.

Los poetas no tienen cielo,

Un designio fatal los arrastra,

Quieren separar la línea de la irrealidad,

Quizá no haya línea ni realidad, tampoco escritura

Y todo sea un sueño de otro sueño.

Quieren ser dignos si es que se puede ser

Digno con las palabras.

Al erigir un verso

Están soterrados en los sublimes abismos.

Para crear fue escogido entre los hombres

El poeta.

 

El hombre viaja dentro de sí en la tentativa de exaltar el abismo, ejerciendo, a su tiempo, un ejercicio de transgresión para negar el paraíso, la belleza de lo común. La antítesis permite en esa medida reconocer el grado de incierto que tiene el autor sobre la vida y la existencia, ya que esta está plagada del desarraigo en que el éxtasis halla su triunfo y aspira a doblegar los sentidos. Por eso la poesía se postula como el designio de un sueño que interroga la realidad, buscando las fuentes que permitan desnudar la certeza; y la palabra llega a ser más que la palabra, un despojo, el cadalso que delinea cada fibra para trazar las huellas de una voz, del lenguaje que se totaliza cuando la irrevocable desdicha toma su punto y hace del canto un suplicio y ya no resuena en los oídos sino que se vuelve grito anhelante, vórtice del abismo.  

El poeta afianza su tránsito y en la sucesión de cada poema trasciende su visión. Se escribe desenterrando miradas, posibilitando la incertidumbre, un destino que como tal amenaza cualquier tranquilidad interior intensificando el vértigo de la palabra. Desde ahí Julio César dice: “Recojo cielos perforados por el canto de los pájaros”, remontándose a la dureza de la luz o lo omnipotente, como recordando el verso de Charles Baudelaire en su “Flores del Mal” cuando expresa: “Cuando el cielo caído pesa como una losa”. Sentenciando tal cuestión el poeta reafirma:

 

ESTOY ATADO

Estoy atado a las ciegas dársenas,

Al agua que orean los dioses del mar

En mis dedos la forzosa agonía de los peces.

Un eco en las plegarias de la piedra,

Estoy atado a las bitácoras de los hundimientos,

Al enojoso tridente roto en los pezones

De la tormenta,

A la orilla de bellas algas signadas

De caminos azules,

Al ritmo de los dolientes remos,

Estoy oculto en las uñas poderosas

De los náufragos.

 

El poeta recupera la voz de Ulises para enunciar su exilio y con ello resignificar el sentido de la angustia de la vida en relación con la sonrisa de la muerte. Por lo cual, el poeta se abre de manera incesante a interrogar la piedra como si esta fuera motivo de su tiempo preciso, al saber que fue predestinado al hundimiento cuando sus pies reconocen invaluables las grietas de los mapas. Arciniegas se siente parte de las cosas y con incertidumbre, con el miedo que le llega a deparar el silencio de estas, habla desde esa voz. Con todo, el poeta se transfigura en la angustia del ahogo y es el tacto con la sal del olvido, para clarificar, en su imposibilidad, que él es el grito del náufrago entre las olas del tiempo.

Color de Miedo llega a presentarse como un eco en ascenso que habrá de trazar la abreviatura del árbol y afilar con suma agudeza el testimonio surgido de las hendiduras. Julio César Arciniegas apaga una luz y se interna en la oscuridad, negando en el tiempo, atravesando un abismo para construir su morada y palpando en ella los signos con los cuales bordará su obra. Advierte este poemario una voluntad inédita que procura colmar de intensidad la expresión y hacer del destierro un itinerario de sus pasos tras la niebla, tras cada espina que crece a sus pies, presagiando una atmosfera tensionante como de asombro en el lenguaje, porque como lo dijo aún día Khalil Gibran, “No se puede llegar al amanecer sino por el sendero de la noche”.

 

 

 

[1] Ensayo correspondiente al libro El Andariego de la Savia: vida y obra de Julio César Arciniegas, premio “Ibagué capital musical de reconocimiento a la vida y obra 2019”, con prólogo de Juan Manuel Roca y epílogo de Gabriel Arturo Castro.

[2] Licenciado en Lengua Castellana de la Universidad del Tolima. Sus ensayos, comentarios y selección de poemas de otros autores han aparecido en revistas como Confabulación, Literariedad, La Raíz Invertida, Ergoletrías.


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