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09 Jul 2019 / 07:45 am

Escribir en la oscuridad: reseña y selección de poemas de Escrito con un nictógrafo de Arturo Carrera

 

Por Santiago Erazo

Hay un momento en “El acomodador”, el cuento de Felisberto Hernández, en el que el personaje, el acomodador de un teatro, se despierta en mitad de la noche y ve una luz. Es una luz extraña que se escabulle en su mirada, que lo persigue constantemente. Luego encuentra una sospecha: la luz la producen sus propios ojos. Entonces se pregunta: “¿Quién, en el mundo, veía con sus propios ojos en la oscuridad?”

            La pregunta estaba resuelta varias décadas antes de que Hernández escribiera el cuento, cuando Lewis Carroll, con la molestia de tener que levantarse de su cama y encender su lámpara cada vez que se le ocurría en la noche una idea o una frase, y ver cómo en el proceso de encenderla la idea se iba, creó un aparato que le permitiese escribir en la noche. Lo llamó el “nictógrafo”. El invento estaría olvidado durante muchos años hasta que el poeta argentino Arturo Carrera lo retomara conceptualmente en 1972 para escribir su primer poemario, Escrito con un nictógrafo.

            La singularidad de este libro es que, en un primer lugar, el nictógrafo de Carrera empieza a diferir del de Carroll. El aparato del poeta argentino va más allá. En este artefacto las palabras, además de ser legibles entre sombras, parecen escribirse solas. El primer verso del libro: “el escriba ha desaparecido” da cuenta de ello. Las palabras gozan de libertad absoluta. Carrera parece seguir lo que dice el poeta norteamericano Jackson Mac Low sobre su propia obra: una estética donde las palabras no son los ataúdes que cargan con las emociones y las ideas, sino simplemente son.

            Así, acá hay algo más que tratar de escribir en la oscuridad para conjurar el insomnio. Sin poder ver las palabras, estas empiezan a transformarse. Y lo sensitivo en el lector aflora hacia lo diverso. En un momento “la mirada no se junta más con lo que ve”. Como en el poema de Roberto Juarroz, el ojo corta el hilo que lo unía a la mirada, y ya lo visto no es transformado o interpretado por el sujeto, es mirada pura, la ceguera de la mirada pura. Podríamos extrapolar este verso al lenguaje de Escrito con un nictógrafo y decir que aquí la palabra no se junta más con lo que se dice. El mismo Carrera lo admite: “(...)también ese espacio primario busca la exención del sentido”. Leído a oscuras, en la noche que invade las páginas del libro (negras con letras blancas), las palabras buscan otros desagües estéticos. Y se quedan, sobre todo, con el ritmo y la sonoridad.  
            El poemario de Carrera parece haberse construido así, con el oído más que con la vista. La imagen en una gran número de veces se forja a partir de relaciones homofónicas. Así, por ejemplo:

 

“huesos-huecos”
“inapresable/y sable/ izable”
“voy desapareciendo de a poco/voy desapareciendo de opaco”
“el centro extraviado busca otro centro/el centro ataviado va a otra fiesta”
“vertiendo de todos/invirtiendo todo”.


            Como lectores asistimos a estas palabras percibidas a tientas, que no obedecen una lógica lineal, que apuntan a ser fragmentos desperdigados, como los objetos que se le atraviesan en la marcha al que no ve.

            La oscuridad del entorno, de su fragmentariedad, se hermana con la oscuridad del lenguaje e incluso multiplica su ceguera. Por ello en el libro abunda lo tarjado; estrofas, palabras o versos tachados. Con ellos el lector percibe un nuevo obstáculo en la lectura: ante la oscuridad del hermetismo de los versos, de su fragmentariedad que no parece expresar algo en sí, aparece otra, la tachadura, que invita al ojo a ver aún menos aquello que se ha tarjado pues, usualmente, cuando vemos una tachadura procuramos omitir aquello escrito, y de esta manera el texto adquiere una doble oscuridad. Tachar: oscurecer la oscuridad.

            En este poemario —o poema-río— la noche entra paulatinamente, es semen negro que inunda la página; se introduce lentamente para poder decir: “EL POEMA SE ABRE”. Esta apertura podría ser la clave de lectura de este texto. Por un lado la apertura del lenguaje, que parece haber desarrollado una fuerza autómata (en un punto se autodenomina “UN SANTUARIO DE AUTÓMATAS”), pero también una apertura del ritmo; lo fragmentario que remite al minimalismo en la música, en esas apariciones como fogonazos que se encienden por breves segundos para ser relevados por otras chispas. Y finalmente una apertura en el significado, pues, a pesar de que es posible encontrar un tono elegíaco en el poemario, acá no hay explicaciones.  “Explicar es romper un espejo”, dice Carrera, y son estos reflejos concatenados con los que habría que sentirse observado en el poema, porque las imágenes se escriben en la noche, pero también, mientras nos observa, es la noche, con complicidad de las palabras, la que, en parte, escribe este libro.

 

   

 

Escrito con un nictógrafo (fragmentos)

 

 

 

Es la época en que la muerte entra en muda

MUDO MI CUERPO

yo me impongo en tu muerte

YO GUAREZCO TU MUDA

 

tiempo de atenuación

tiempo de purificación

tiempo de lluvias constantes

Lo insensible vibra

lo insensible soporta la noche

brota flores en mitad de la noche

en mitad de la página

sobre la panza de la muerte

 

la orfandad lleva un blanco en la frente

 

EL POEMA SE ABRE

esa es tu fuerza

 

la orfandad es fascinada

comandada, subida a la barca

invadida, hundida de muertos

 

yo en la prosa de tu libro

en el Barco de los Muertos

entre volúmenes huecos

mi cuerpo/grafía

a otro páramo

descargando letras

huesos H U E C O S

 

 

  

***

 

 

 

EN EL GRAN FRÍO

EN LO BLANCO

 

en la sucesión de teatro de sombras

donde reina la incesante aparición

la adversidad / la diversidad

el sol

 

ese sonido que cubre

cubre / es tu impresión

 

ES LA IMPRESIÓN DE LOS MUERTOS

 

el sol grande como el pie de un niño

 

llenando un cuerpo de una semejanza

que no cesa de proliferar

 

 

 

 

 

 

***

 

 

 

 

este lugar escucha

este lugar escribe

cambia la palabra

el señuelo, la trama

este lugar construye una trampa

 

AQUÍ CAEN TUS MUERTOS

 

̶—̶E̶s̶p̶e̶r̶a̶r̶t̶e̶ ̶h̶a̶c̶e̶ ̶e̶l̶ ̶i̶n̶v̶i̶e̶r̶n̶o̶

̶l̶a̶ ̶m̶e̶s̶a̶,̶ ̶l̶a̶ ̶l̶á̶m̶p̶a̶r̶a̶,̶

̶e̶l̶ ̶s̶i̶l̶e̶n̶c̶i̶o̶,̶ ̶l̶a̶ ̶v̶i̶o̶l̶e̶n̶c̶i̶a̶

 

̶—̶E̶s̶p̶e̶r̶a̶r̶t̶e̶ ̶r̶o̶d̶e̶a̶ ̶e̶l̶ ̶d̶í̶a̶

 ̶c̶o̶n̶ ̶p̶r̶e̶g̶u̶n̶t̶a̶s̶ ̶a̶c̶e̶r̶c̶a̶ ̶d̶e̶ ̶t̶u̶ ̶m̶u̶e̶r̶t̶e̶

 ̶i̶d̶e̶o̶g̶r̶a̶m̶a̶s̶,̶ ̶m̶a̶n̶t̶r̶a̶s̶

 ̶P̶a̶l̶a̶b̶r̶a̶s̶ ̶p̶a̶r̶e̶c̶i̶d̶a̶s̶ ̶a̶ ̶t̶u̶ ̶m̶u̶e̶r̶t̶e̶

 

—Hago reír a los poderosos del día

 

—Escribo como si robara

Enfrío cenizas.

Hablo

 

—Como hablaba el ventrílocuo

como Erykles bajo el viento

hablaban la muerte

la danza

el viento

 

LA MUERTE ES VENTRÍLOCUA

ESTO ES UNA EXPERIENCIA DE VENTRILOQUÍA

 

 

 

 

***

 

 

 

 

subinstantáneamente

dividido en dos

por la unidad musical

 

adonde me conducen

adonde la música me escucha

adonde estoy en la superficie

la música es mi plancton

 

la música me mueve

me espía

m/e /e s t r í a

 

—La música te arrastra hasta la baldía seguridad. Te busca un

lugar entre los muertos.

—La música te vuelve objeto.

Hazte objeto.

—El objeto de la música es saturar la muerte.

—El objeto de la muerte es moderar la música.

 

 

HASTA TOCAR EL FONDO VACÍO DEL LENGUAJE

 


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