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01 May 2018 / 13:40 pm

Por Piedad Bonnett*


La metáfora que el poeta Juan Manuel Roca ha encontrado para titular esta antología, que hoy felizmente reedita el Taller de Edición Rocca, no podría ser más exacta ni más poderosa. Colombia, este país al que Jorge Gaitán Durán invoca en un poema llamándola “Violenta patria mía”, es una casa sin sosiego donde todo connato de paz pareciera ser tan sólo una tregua para que la violencia, como un atroz animal mitológico, cambie de faz y engendre otras violencias. De este desasosiego, que ha terminado por minar nuestra fe y por ensombrecer nuestra alegría, da cuenta necesariamente la poesía, llamada desde siempre a hundir el dedo en la llaga, pero también a crear memoria, a convertir el dolor en estremecimiento, en rayo de luz capaz de iluminar las zonas más oscuras de la realidad.

Esta violencia nos ha acompañado siempre, desde la Conquista de América. Pero la prueba de que en el siglo XX y lo que llevamos del XXI la hemos vivido todos los colombianos, sin excepción, la tenemos en este libro, en el que están representadas todas las generaciones, desde las primeras, representadas por Aurelio Arturo, Emilia Ayarza, Fernando Charry Lara, Jorge Gaitán Durán, Oscar Hernández y Héctor Rojas Herazo, hasta la última, a la que pertenecen dos jóvenes poetas nacidos en los años 80, Norman Paba y Jenny Bernal. Gracias, pues, a la sensibilidad y capacidad crítica de Juan Manuel, a su pesquisa de lector insaciable, podemos los lectores acercarnos a las más diversas formas de abordar este tema, tan lleno de trampas y dificultades. Aquí está presente la ironía amarga, en versos como los de Nicolás Suescún:

¡Qué bueno vivir aquí
donde los policías juegan a la ruleta rusa
no apuntando el revólver
hacia su propia cabeza
sino hacia la cabeza de los adolescentes…”

pero también el esguince kafkiano, que evita cualquier truculencia, como en el poema de Mery Yolanda Sánchez:

Anoche
mientras comía metáforas
un mirage
rondaba mi casa.

Esta mañana no pude salir
el ala del mirage
estorbaba en mi puerta

o la palabra abigarrada, surreal, de Álvaro Miranda:

Yo he visto crecer en mi país una tormenta,
La negra cabellera de los relámpagos
Que caen sobre las mujeres muertas

O la escueta, estremecedora, que nos acerca delicadamente a los hechos, como en este comienzo del poema de Horacio Benavides:

Había comprado estos zapatos blancos
esta ropa para ir a la fiesta
y la sangre de mi hermano
ha salpicado la manga de mi pantalón.

Estos poemas están cargados de cadáveres, de sobrevivientes, de rastros de sangre, de noticias de periódico, de hombres que van a morir en unas horas o que van a matar en unas horas, de madres y padres y sueños rotos, y de miedo, de mucho miedo. Y de palabras que buscan nombrar lo innombrable, lo que seguimos sin explicarnos del todo, lo que nos pesa cotidianamente, lo que querríamos desterrar de nuestros poemas. Palabras que son nuestro acto de fe, nuestra vela encendida, otra forma de recordarnos que en esta casa en ruinas, para usar la imagen de María Mercedes Carranza, en esta casa sin sosiego, es todavía posible el milagro.

***

*Texto leído por la escritora colombiana en la presentación a la segunda edición de La casa sin sosiego en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá - 2018.


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