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30 Abr 2020 / 08:23 am

 

Otro futuro o nada de Rubén Darío Carrero

 

Como si fuese posible rastrear los hábitos de lectura y los hábitos de un hombre, con ese propósito me acerco a Otro futuro o nada (El Taller Blanco Ediciones, Bogotá, 2020). Su autor, Rubén Darío Carrero (Maracay, 1985), en un ejercicio de reescritura que, me consta, se extiende por más de diez años, ha llevado este libro de archivo en archivo, mostrando cada tanto los avances o las versiones de un mismo impulso. Rubén ha acumulado experiencias leídas, que se confrontan con viajes forzosos a Buenos Aires o Santiago de Chile. Realmente estos y otros espacios ya eran habituales en su escritura, zonas suficientemente frecuentadas en la intimidad de la casa y del subrayado. Carrero propone en Otro futuro o nada una estética de la individualidad, es decir, la visión de un lector y poeta que cuestiona, disfruta e ironiza, como una manera de interacción con lo que él asume como realidad. Rubén habla desde el verso libre, la prosa, desde la brevedad de una línea aforística. Si algo otorga la paciencia y la duda creativa, y en Rubén resulta evidente, es la cualidad de tener claro desde dónde se escribe, desde qué lugar podría fundarse una escritura. Rubén, en este aspecto, se mueve desde la ciudad y las dimensiones de lo cotidiano: su habitación, su cuarto de estudio, la biblioteca, los bares y las plazas y alguna que otra pizzería, por citar algunos entornos («Siempre dicen lo mismo: Un hombre sin rutina no tiene destino», nos dice). Esto le ha permitido tender un espacio sensorial, que logra matizar en sus poemas. Rubén mira y oye, especialmente. Se nota un diálogo con otros poetas, mediante citas y menciones. Si detallamos los tiempos que interactúan en este libro, se verá al niño, al adolescente y al hombre que parece retornar a una ciudad cada vez más hostil, pero que termina siendo urgente y necesaria. Una poesía que, aunque exija que decidamos entre una cosa u otra, entre un futuro o nada (con esa o disyuntiva), no deja de mostrar una opción para la esperanza.

Néstor Mendoza

 

 

 

SUPERSTICIÓN


Todo en la vida es adivinar, imitar o mirar
la terrible ausencia de las cosas
y sus tentativas.
Mejor lo explica la oscuridad y la vigilia:
Todo va a suceder, sin querer.

Es una superstición, eso de caminar
e imaginar
la permanencia, las versiones de lo visible.

Los detalles sin importancia van a triunfar.

Luego sucede, escuchas un himno,
el himno de los accidentes bajo el sol
y el sonido de reja en los pasillos del aire.

Es como un templo abandonado cerca de tu casa.
No es la primera vez que digo cosas insignificantes.
Tiempo al tiempo. Es como la vida, se intensifica con los días.

El silencio fue hecho para esto, para vivir, para caminar.
El andar lento es una manera de callar.
En ese andar, en ese olvido,
luchan el celaje y el recuerdo
confiados en su mimetismo.

Este tipo de superstición solo es un aire intranquilo.
Hablo de ese tipo de hombres que tienen amuletos.

No es igual cuando me paro a contemplar mi estado:

Si intento adivinar con la mirada
o con palabras
(por ejemplo: decir templo en vez de decir palmera)
comienzo a dudar de los días,
de las cosas, de lo habitual (de lo amuletos)
y la realidad invisible y pesada
me ataca (esta es mi superstición diaria)
y puedo ver la crisis de los hechos
arrancada de mi cuerpo.

Despierto sobresaltado de ese sueño
con las sienes enrolladas en el cuello
y mis ojos abiertos, sedientos, naturales,
increíbles,
flotando en la oscuridad preguntona de las cosas,
buscando el borde de la mesita de noche.

Todo va a suceder, sin querer.

Tanteo y busco la nada en el efecto de las pastillas rosadas.

Es como el fin del mundo,
como la lámpara, los lentes y el libro de las horas.
La luz se enciende y el vaso de agua cae
despedazado sobre la baldosa fría de la madrugada.

 

 

 

 


LOS SALTOS DEL TIEMPO

I

La locura son gestos razonables que cualquiera puede imitar.
Estoy sentado frente a estas personas (los pacientes de los días jueves),
dialogando con el presente (el pasado en mi mente) y siempre
es lo mismo:
El futuro sin habitaciones, el silencio y sus opiniones,
el instante o eso que el enemigo ciego llama «coincidencias»,
a tientas, a secas.

Escucho el sonido secreto de lo innombrable, su monotonía,
las trivialidades
y las pausas del tiempo mitad enero, mitad febrero.

El neurólogo aprieta sus labios y llama a mis pensamientos
saltos del tiempo.
¿Dónde va este recuerdo si todo lo que dice la voz sigilosa es cierto?
Mis seres amados dicen que los pensamientos son coincidencias eternas.

 

II

En el Rincón de los Toros, el edificio azul de ladrillos donde
se conocieron mis padres,
el tiempo es llano hasta el quinto piso rodeado de puertas entreabiertas.
Allí voy a curarme de esta perversa paciencia azuzada
por los recuerdos.
La gente va y viene por los pasillos incólumes y tranquilos mirando
al piso,
la puerta eléctrica funciona si el que entra o sale cuenta una historia
y los pastores de instantes en los ascensores
van y vienen buscando la bisagra de los alrededores.

El consultorio abre sus puertas al mediodía cuando llega
la recepcionista
con su vestido de flores ceñido al cuerpo interrumpiendo
con vehemencia
la incesante imperfección de la espera.

Mientras esperas se puede ver el silencio
agitado por los espejismos de la mirada fija.
Todavía trato de corregir
las consecuencias de mis fantasías.

 

III

El discurso desaforado de la memoria describe los hechos
sin los adioses al siglo XX.

«Los hechos», así llamas al miedo cuando le hablas al espejo.
Es un hecho que estoy aquí viendo mis manos
en este espejo veloz que es la realidad
y mi cuerpo espera su turno como un aplauso.

Estos son los saltos del tiempo en mis pensamientos.
Todo permanece igual en la sala de espera
y en la boda de la sombra y la persiana.

 

IV

El niño autista reparte turnos imaginarios entre los pacientes
y como islas o bocinas en el océano de la mano
aparecen, flotando, pedacitos de papel, esbozos de un mapa del tesoro,
pentagramas, segundos, el ritmo y la rima de esta historia,
inicios, garabatos, vocales, dibujos maravillosos, notas musicales,
rayas, peces, estrellas, altares.

El niño autista me mira sonriendo y habla con mis pensamientos:
«Tus gestos tiemblan como conejos».
A manera de cuento, verso o cierto tipo de terapia,
yo cambio la frase del niño para escribir (exactamente lo mismo,
con otro sonido):
«Todos somos un conejo como el color de la máquina del tiempo».

La blancura indecible y tibia es un instante
incesante
y me digo
todos esperan su turno como una metáfora.

 

V

Mi turno es el turno del recuerdo, la ambigüedad desolada,
la estática de las postergaciones, el color de la alucinación apagada.

Los acompañantes de los pacientes fingen leer revistas del revistero.

Es su turno, dice la recepcionista, y pienso en aquel patio en 1996:
Un grupo de niños persiguiendo una iguana a la hora del recreo
en una escuelita que parece la última palabra de mi vida
en mi lecho de muerte, sin piernas, en África
como el maniquí en las vitrinas de la calle Vargas
y en la realidad de mi mente, en la esquina de la panadería,
el salto elástico del león
al gato de la vecina que ronronea entre mis piernas.

Calma me aconseja el neurólogo, deja de tomar café, deja de leer,
regresa a tu cuerpo, busca a esa mujer
(la que siempre aparece en tus radiografías),
la sonrisa en la panadería, y háblale, simpático,
parroquiano, amoroso.
Al amar verás el futuro como abrir y cerrar la mano.
Será el fin de tus cielos apagados.


VI

Paradoja del lenguaje el diagnóstico del neurólogo.
Sus fantasías sobre mis fantasías: Mandarinas apiñadas.
Piensas con las palabras… Saltos del tiempo en las palabras,
dice el neurólogo.

 

VII

La observación de mi madre: el encierro y eso de hablar solo.
Madre, el encierro viene, pasa, regresa,
pero no es un círculo, es la soledad de la coherencia,
la luz en el cielo, los hechos, las cosas, el tiempo.
Así pasan los días en este siglo XIX que es mi vida.
Mi enfermedad, madre, no son frases hechas.
En todo caso, es el dictado de la casa, el ruido,
la falsificación, el seibó, algunas otras palabras.

¿Será el silencio la contradicción que necesito para curarme, madre?
«No, hijo, no es así, lo que pasa es que piensas con los recuerdos».

Mis pensamientos cesan y una pausa inverosímil abre la última escena.
Lo he visto y siempre lo he sentido: el futuro es otro recuerdo.
Las palabras finales del neurólogo viajan en el tiempo:
—Repite conmigo: Debo pensar menos.
—Debo pensar menos.
—No escucharé conversaciones ajenas.
—No escucharé conversaciones ajenas.
—Acepto el mandato de lo que sucede.
—Acepto el mandato de lo que sucede.
—No todo en el mundo es un niño cruzando la calle.
—Ese niño toma la mano de su padre.

 

 

 

 

 

CRISTAL Y NÍQUEL

En el funeral tuve una epifanía:
El asesino es el bedel del centro comercial.
Es aquel hombre delgado, pómulos y dientes ilesos,
la frente pequeña y la mirada parcial
con el miedo articulado en los huesos.

El disparo derrama la bilis dormida del corazón.
En la funeraria todos ríen porque el ataúd es pequeño.
César siempre fue el más alto en el patio del liceo.

Escucho, imagino, algunos sonidos antiguos.
¿Estoy vivo por mis plegarias de niño?

Mejor es recordar, creer y hablar con los muertos,
con sus ojos cerrados
esperando el milagro y se levanten
en el templo ridículo de la imaginación.

— ¿Recuerdas la clase de biología en el liceo Agustín Codazzi?
El sapo, la cucaracha, la lombriz
y yo, como siempre en la clase de biología,
sentado a tu lado
haciendo la tarea de castellano
copiando tus respuestas
correctas e incorrectas
como si fuera la realidad del lenguaje.

La vida, la repetición, la ironía
y el espacio de los verbos en blanco.

Aquellas preguntas son tan ingenuas como todas las imágenes.
Nadie recuerda cómo y cuándo termina la fantasía del Quijote,
el día, el futuro, la amistad, la risa.

Reímos recordando aquellos días
bebiendo cerveza después del entierro
y la mirada fija en las caderas de Diana García
y su falda cortica en la funeraria.
Todos somos culpables de tu muerte, César,
copiamos el peso atómico del cristal y el níquel
en la mano del abogado y el asesino.
Corruptos
nos llamó el profesor de química.

Demasiado jueves son todos los días.

La bala y la espera todavía te persiguen,
de madrugada, a pie, del cine hasta tu casa.
La bala, cruel, imprecisa, burlona,
persigue tu reloj de oro falso.
Veo el golpe de la bala en los ojos
arrancados en el grito del disparo.

¿César, el lenguaje existe después de la muerte?
¿Vas o vienes a tu lección de lengua muerta?
Postius eran vivus moriens tua mor ero, decía Lutero.

En el centro comercial las piscinas de pelotas están vivas como el cielo.
En la vitrina apagada de la perfumería los rostros desaparecen.
Nadie recuerda el título de aquella película y el triunfo
de los protagonistas
fue cubierto por la nieve.

«Give me your hand», le dijo la bala al cráneo.

A la mañana siguiente,
los bolsillos del pantalón de César florecen:

Su madre guarda el ticket de la entrada al cine
para siempre.
Es la vida sin el peso atómico del cristal y el níquel.

 

 

 

 

 

Rubén Darío Carrero (Maracay, Venezuela, 1987). Abogado egresado de la Universidad de Carabobo, profesor e investigador de la Universidad Central de Venezuela. Sus artículos, ensayos y crónicas han sido publicados en diversas revistas literarias dentro y fuera de su país. Sus poemas han sido traducidos al inglés, alemán e italiano. Mantiene un blog, Crónicas maracayeras, (www.rubendariocarrero.blogspot.com), que actualiza periódicamente con  textos y fotografías. Otro futuro o nada es su primer poemario.


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