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24 Jul 2020 / 12:33 pm

Consumaciones: tras el eco de la hendidura errante.[1]

 

Por Óscar López Alvarado.[2]

 

“El grito de las cizañas teje la hoja. Todo se hunde:
la temporada del viento, las líneas de la lluvia,
el retorno a la vida,
la seta entre las cenizas de los bienaventurados,
el orden de lo sensible, el retardo,
y el insulto del cielo.
Lo que debe nacer surge de la complicidad
del encantamiento”
(Siembra) Julio César Arciniegas

 

¿Qué es lo quiere decir la poesía? ¿Hacía quién se remite o cuál es el camino que emprende? Si se habla en términos de lo vedado, de aquello eludido cuando el poeta, en un trasegar interminable quiere hallar las huellas que le revelen la voz de los inicios, del primer esfuerzo que ejerció al cargar a su espalda el color del mundo, puede advertirse que su palabra ha sido más allá de lo temporal, ha sido, con obstinación, la de dejar una imagen tras las velos del silencio. Este, más que un término, es un laberinto en el cual la muerte ha forjado su expresión y junto al tiempo corrobora el sentido de la pregunta, la inquietud con la cual el poeta habrá de ser un heraldo mediante la palabra errante. Tal como René Char lo enuncia: “la angustia nombra la muerte que bordará la clave del laberinto”, la espada no será la encargada de sellar este abismo, sino que será la palabra aquella que verá cómo tras este el hombre se descubre, y a la vez estudia las cicatrices que le confirman el paso ineludible por un tiempo que interroga y se hace intensivo tras la expresión poética.

Esa expresión, testimonio del desarraigo y de una angustia que habrá de ser presagio de la creación, es el baluarte con el cual el poeta contempla lo inconcebible sin sosiego. Ese sentir, que se emparenta con la reflexión, conduce  al verbo a comunicarse frente a frente con el vértigo, el abandono, el recuerdo, el lenguaje inevitable de la pérdida, al punto de la revelación de la imagen tras la señal del fracaso que es trascendental para el poeta en su ejercicio de asumir la vida con estremecimiento, pues ante todo ello llegan los ecos de Olga Orozco, cuando en sus versos exclama: ”¿Y no he intentado acaso pronunciar hacia atrás/ todos los alfabetos de la muerte?/ ¿No era ese tu triunfo en las tinieblas, poesía?”, confirmando el grito que deambula errante al interior de la poesía, llevado en medio del oleaje del silencio.

Julio César Arciniegas bebe de este cáliz, especialmente en su libro “Consumaciones”, publicado por parte de la Universidad del Valle en el 2012, siendo un punto crucial en su creación ya que ejerce un tono definitivo, dejando a un lado el ámbito rural que se acentuaba con fuerza en el libro anterior “Abreviatura del árbol”, para concentrarse en un diálogo existencial que si bien toma referentes de su naturaleza, tiene fuerza al no repetirse puesto que constituye una suerte de autobiografía tras la imagen que evoca tiempos remotos.

El libro es confirmación de una experiencia incesante, del lenguaje ya constituido donde el autor ve su tiempo como determinante a la hora de dejar memoria y registro de un andar inevitable. La consumación que es un acto definitivo, el cual permite dar registro de la agudeza del pensamiento cuando sucesivamente se encuentra con su yo pasado, el temporal y el que ha de ser. Asimismo, el presente poemario rodeado por el silencio que le permite al lector una lectura ambigua, como al escritor jugar con una expresión resistente a lo facilista. En esa medida, Lisa Block de Behor, en su libro “Una retórica del silencio”, sostiene: “El silencio suele ser un procedimiento de anulación eficaz y, sobre todo, no deja rastro. Constituye una aceptación discreta, que no se manifiesta, destinada a neutralizar por advertencia dialéctica el discurso del otro; accede pasivamente”.

La sutileza con la que capta la atención, hace de la conjetura un acto por tantear el pensamiento, una suerte de estimulación por trabajar la palabra y dotarla de eficacia en el tiempo nulo. Este tiempo llega a ser vehemente porque no es determinado por su significado tradicional, llega con la viveza de cambiar la palabra para transfigurarla y consigo en la medida del mensaje que igualmente habrá de anular su ejercicio común, realizando en el acto poético un momento de dobles en el que el acertijo es la luz que revela las discreción de una lectura que aparenta ser pero en el fondo manifiesta rastros, laberintos, la bifurcación de la mirada anhelante por encontrarse.

De todo ese discurso en el que el leve paso proyecta un laberinto, el poeta se permite enunciar:

 

RUMOR

Como si estuviera en los engranajes del tiempo

y sus horrores,

este rumor de templos olvidados prende silencio

de la oración

las rogativas que sólo entienden las argamasas,

el nombre de la arena,

la cal, el agua y la escoria triturada.

Los que han dejado los crudos aceros en su saber,

una rosa les ha embargado de la muerte,

porque la muerte y la semilla de la flor

siempre van juntas,

desde que las hadas danzaban alrededor

de las viejas piedras,

del primer mundo, el del elixir de las fuerzas de dios,

de la labranza, cuando los arboles tenían lengua y contaban cosas sencillas. 

No sabíamos de una tierra que se devora como hostia,

ni del amor estéril, la horca y el cuchillo,

menos del eterno vencido

que cuelga su latón al cuello y aparte, su saco de lana de la peste.

Allí hurgando dentro de unos rostros

ya limpios de metal,

yacen los ancianos semblantes de hierro,

los ganchos puntiagudos del ladrón,

las señales del punto de la garlopa,

el grillete de sangra

o el clavo ardiente de la tortura,

sus huellas ocultas, anidadas por la historia.

 

Ya dentro del laberinto, el ser (a su vez poeta como lector) se anuncia mediante el abandono donde el tiempo se fija, crea tras el verbo una palabra de clamor que pliega por avanzar tras el tiempo perdido, aquel que llama tras el pensamiento y se fragmenta en el sentimiento. El autor en la medida de cada verso mira el silencio, avanzando en su galería; este hecho, la preocupación del tiempo recobrada mediante la arena y “los ganchos puntiagudos del ladrón”, dan vía a un poemario vertiginoso, de un dominio por el pensar y la clarificación de la muerte. El rostro interior mira con escepticismo el futuro incierto cuando no  piensa en la redención, en el “clavo ardiendo”, porque Julio César plantea la relevancia del verbo en el sentido de lo que fue, al hurgar, desplegarse por la tierra de su abandono.

Es en esta medida que el silencio en la poesía de Julio César es un recobrar, un viaje vinculado a la ceniza, al polvo aproximado en el viento para hacerlo diálogar entre líneas. Su figura se emparenta entre el merodeo por episodios de la vida donde transita agobiado conciliando salida. Tal tiempo se engloba y en última se vuelve morada, punto donde el escritor acentúa la afirmación de que el laberinto es una metáfora de la vida, el mismo que despierta una inquietud por la palabra para hacerla más que un oficio, un fundamento para su poesía oculta, densa en la medida de trasegar por la oscuridad. Porque en esa oscuridad se halla el murmullo del silencio afilado entre la montaña:

 

PARA SUBIR UNA MONTAÑA

Das dos pasos con antelación,

saboreas la sal negra que cuelga de lo sagrado,

no te adelantes, subimos creciendo,

todo depende de la sangradura,

del asombro del sol que mueve las escalas.

Toma el destino de arriba lo más despacio que puedas,

concéntrate en los límites,

en el balanceo de viejos rentistas.

Cuando adelantes el pie, ajústalo al dolor.

Las cumbres arrastran el mundo hacia los extremos.

 

Existe en el autor la comunión fugaz en sus huellas, con el paso de la tierra que espera inevitable como “sal negra”. Este camino confirma ese recobrar y el ascenso del abismo se hace anhelante por el valor de la sangradura. Lucha y el anhelo de infinito despierta en él un obstinado ejercicio de revelación, porque hace hablar el silencio, queriendo decir, al pasado que se transmuta en escalas. Y es acá donde resulta pertinente retomar lo planteado por Andrés Holguín, en su texto “El silencio y el pasado”, al decir:

“El pasado podría definirse como aquello que enmudece. La historia es el reino del silencio. El pasado calla con sus muertes, sus olvidos, sus voces apagadas para siempre. Y, desde ese pretérito sepulto, nos hablan, con su propia mudez, imágenes, hechos, recuerdos”.

Entonces toda esa enunciación poética es un despertar interior en la memoria de depender del pasado que late y se sostiene gracias a la experiencia creadora, esa voz se afirma, hace del instante una reinterpretación del ser por volver real cada voz apagada, el recuerdo del cual sólo tiene salida mediante la imagen, la poesía que trata de calcar ese sentir tras una memoria. Se advierte en el anterior poema la influencia de Emily Dickinson bajo el tono detallado de la caída, el diálogo por algo propio y la guía hacia algo impredecible. Específicamente en la cadencia, lleva a recordar su poema numero 997 cuando expresa:

 

“Derrumbarse no es un acto de un instante,

o una pausa fundamental;

los procesos de deterioro

son decadencias organizadas

La ruina es ceremoniosa, un trabajo

de mil demonios, consecutivo y lento.

Ningún hombre se ha desplomado en un instante;

resbalarse, es una ley de la caída”.

(Emily Dickinson)

 

Consumaciones restituye un valor imprescindible en la poética de Arciniegas: el dolor. Como si se tratara de un perpetuo devenir, su escritura sugiere una fuerte vitalidad sobre el tema en el sentido de pagar una deuda perdida y conciliar con un interior que vagando de manera continua, lo hace palpar fantasmas y atreverse a regresar a antiguas moradas, pensamientos que al tiempo no resisten el dolor de la memoria. Por lo que se recobra y llega a manera de:

 

APARICIÓN

Algo de aparición permanente en lo dicho,

algo de urgencia, de descubrimiento

o del estrago de los cianuros;

algo que se borra y se cae de las paredes

dispersa el orden de la claridad,

del vacío irrefutable, del rápido relámpago,

de la música acuñada en la destrucción,

de la dolorosa seducción del rey

y su amarga palabra.

Algo fundado entre dos orillas permanece.

 

Momento de encuentro, el creador se adelanta a testimoniar mediante la figura lo que le cae de la noche, un descubrir incesante que lo acompaña tras el tiempo y yace en el vacío que a su vez es absoluto, porque tiende al poeta hacia una necesidad de mostrar el algo que está más allá de una memoria y es una confirmación para su abandono. Este dolor de palabra lo compromete a ver las dos orillas que comprenden el agujero sin fondo en el cual el poeta vive; esos límites que yacen sobre él, le afianzan los rostros y el despertar a una realidad que inevitable lo tienta.

Ese secreto es un destino para su voz donde se funde la imaginación por desfigurar la palabra plana, por fundar a manera de fuente misma su propia vida, sin abstractos, en busca de las preguntas que huyen de respuesta. Es un adentrarse por el laberinto que se hace intenso, puesto que hay ansiedad de algo que se cree que existe pero no está, huye de la invención aún cuando devela una presencia y comunica al poeta un tiempo preciso para trazar sus versos. Aferrándose a ese dolor que confiere a su poesía un tono grave, ejerce movimientos por el tiempo, reactualizando imágenes.

Al respecto, Harold Bloom manifiesta: “Entre el dolor y el significado se sitúa el recuerdo, un recuerdo de dolor que se convierte en un significado memorable”, confirmando la certeza de que al volverse marca, realidad, el dolor es el punto definitivo con el cual el poeta configura un mundo bajo la forma en la medida de su experiencia, no un catálogo lamentable de sufrimientos o frases escurridizas sobre la lagrima, por el contrario, un transformar para que de esa desesperación haya creación, arte en referencia con el otro. Con lo anterior, Julio César se vale de esos recuerdos hambrientos por ver un mundo devorar el rincón de cada palabra; se vale de ese dolor para seguir contemplando las dos orillas en el anhelo de habitarlas y saberse concebido por ellas:

 

DOS MEMORIAS

Le pusieron alas ligeras

dos espacios abstractos, ojos abisales,

una forma de fresco abismo,

lo vistieron de abatimiento, de vientre oscuro,

de acento, de glacial y de sombra.

Le vendaron los ojos con dos noches y dos memorias,

le dieron dos espadas, el libro de los muertos,

un hábito civil, más dos yemas que juran sobre

una mujer de cansados huesos.

Le dieron ondulantes hologramas,

y de estar asistido de un doble misterio

se sabe concebido por dos vientos.

 

La actitud de este poema es honda y sin simulación representa el vigor poético de Arciniegas. Se podría intuir que capta una experiencia visceral en el término estricto de convocar la muerte y el recuerdo. Como si el dolor de una perdida se duplicara a la manera de los días para hablar desde el abatimiento y la sombra y así volver a recorrer un vientre oscuro. Dos memorias y la presencia de una mujer que en las noches vuelve una mirada hacia él para luego huir, conducen al autor a vivir en el límite que comunica vida y muerte; posición que si bien lo precipita a afianzar su mirada en el abismo, permite reconocer su cansado tránsito y el rostro frágil que se manifiesta tras cada acontecimiento. A la manera de Cesare Pavese, “el dolor hace vivir en una esfera encantada, donde las cosas cotidianas y triviales adquieren un relieve temible y sobrecogedor”, reiterando que en su forma imprecisa hay todo un espacio donde la creación toma su luz agónica para transformar y así saber, que a partir de él, el ser se sabe dueño de su palabra en referencia a no vivir en lo apacible, sino al vértigo que confiere su presencia.

Por otro lado, el maestro Gabriel Arturo castro, en su ensayo ”Soledad, tiempo y espacio” asevera: ”…El sufrimiento, la búsqueda de un segundo estado, la desavenencia, el éxtasis, el ayuno obligado, el insomnio, la locura: son todos ellos signos de desacomodo visceral para el hacedor”.

En el autor tolimense, estos elementos son fuente de su bitácora para ejercer un lenguaje inquieto. Este esfuerzo por forjarlo y a su vez proyectarlo, hace adentrar con más ímpetu por el laberinto donde el silencio ha de tejer el camino en el que halle ese segundo estado, en el cual se encuentre con un rostro vertiginoso y le muestre la hendidura con la que fue predestinado a conocer. Tal situación vinculada  con ese desacomodo de sentidos que de manera admirable comparte con el trabajo del campo, lo conduce  a una identificación clave, de ser a la par con la grieta, de que su voz poética sea un grito en medio de esa abertura estrecha que es su existencia. Porque en Julio César no hay domesticación, ese ayuno ofrendado por las lecturas y el insomnio alucinante de sus noches en su finca, contribuyeron a una directriz, a un  fuego indomable que en el devenir de cada poema afianza el asombro y la necesidad por transgredir la expresión trivial.

Es ahí que en su exilio recupere los valores del delirio de la poesía, recobrando el nomadismo del lenguaje y su lucha ante la certeza. De esa cuestión se fortalece la prolongación de los pasos por ese laberinto interminable, que el autor construye en su poema y que con obsesión alude al horizonte que con seguridad desea precisar:

 

HENDIDURAS

Encuentro la luz revelada entre las hendiduras,

bellamente construida como llave o un feudo de sol.

Todavía el fuego arde en el tronco sagrado,

un resplandor ilumina la grieta donde me escondo

y me pregunto si alguien tendrá la fuerza suficiente

para apagar, de un sólo golpe,

la ardiente lámpara de Dios…

Descubro las vallas anudadas

al equilibrio de los focos,

los ácidos estanques, las hojas selladas de la soledad,

las cuerdas desviadas de los relojes, el grifo por donde

sale la noche, la explosión del sílex

contra el tanque de acero,

las telarañas de la razón,

el fracaso de la quebrada urbe,

el canto del hombre en medio del incendio,

su alma que es sólo ceniza

y el mismo infierno que parece un asilo.

La luz de la memoria esta anegada.

 

Bajo una conciencia que presiente lo marginado y prolonga el peligro y la lucidez del abismo, el poeta se funde con el mismo para revelar el claroscuro con el cual plantea su mundo. El autor hereda el suplicio de un Prometeo para socavar nuevos caminos, un nuevo tiempo en que la luz no ciegue y se halle con la reinvención del mundo. El poeta lo sufre y se consagra a la ceniza, “canta en medio del incendio” y no duerme en la carreta que lo conduce de la cárcel al patíbulo, parafraseando a John Donne.

La imagen se emparenta entonces con el rasgo esencial del abandono, con el cual el lector advierte la gravedad de una soledad, su sombra que de alguna manera determina el lado oculto del decir poético. Arciniegas escudriña cada parte del vacío para dignificar la caída, cantarle a la iluminación escondida. Como poeta se sabe en los vórtices del silencio, clarifica la necesidad de forjarlo y se vuelve un orfebre de ese tiempo. La hendidura llega cual amuleto para referenciar su edad y la convicción de lo consumado al decirse, esto ha pasado, acontecido; acá estoy y en esto me revelo. Tal es, con todo, que el artista en su tedio existencial encuentra la manera de nombrar el cansancio y lo muestre con tal fuerza, que pese a residir en un estado nulo corrobore el asombro que se fundamenta en una pulsión interior.

Resulta sugestiva esta visión porque la hendidura ausculta la esencia del laberinto y conforma el instinto indescifrable con el que el poeta habrá de desdoblarse para ser habitante de su simbolismo. Si bien esta voluntad lo hará vivir en lo atroz, lo dotará de la capacidad de traducir y moldear su silencio a la manera de ser el único emisario que podrá penetrar por su estrecha y alargada grieta. Así, esta extrañeza se puede confirmar con lo referido por Alejandra Pizarnik en sus fragmentos “Para dominar el silencio”, cuando expresaba: “… Escucho el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo llanto florecer mi silencio gris”, trascendiendo la justificación de que es el silencio el capaz de atravesar este espacio único con sus fenómenos y parábolas, para así prevalecer en una complicidad de aguardar los presagios que han de venir más allá del tiempo y la muerte.

Es así como el presente libro logra trazar las circunstancias vivenciales que reviste a su poesía de un acento radical en el hecho de ser un grito en busca de refugio. Este lenguaje de la desesperación obra en pro de la reconciliación de lo externo en lo interno, puesto que se sabe humano y su dolor de realidad conduce al flagelo mediante la palabra, esta que forja una autonomía, es representación en el reconocimiento de Arciniegas. Como tal, “el lenguaje no es lo que piensa sino lo que da en qué pensar”, al decir de Jorge Larrosa, refiere a encontrar en el verbo las máscaras que auscultan, las realidades enfrentadas para ser leídas, e interrogar la pregunta y así develar un asombro.

Roland Barthes en su libro “Crítica y verdad” afirma:

“Porque escribir no consiste en establecer una relación fácil con un término medio de todos los lectores posibles; consiste en establecer una relación difícil con nuestro propio lenguaje: un escritor tiene más obligaciones con una palabra que es su verdad”.

Este deber ser que se aleja de lo mecánico, es un hecho de sobrevivencia entre aguas cenagosas para hallar, vislumbrar la luz que formule y sostenga el fundamento de la escritura, no un ejercicio de dominio temporal, resultado de inspiración inmediata. No. El poeta para mirar la silueta de su lenguaje, navega tras la oscuridad guardando su sustancia y así trabajar sobre ella, porque Julio César es un autor de lo oscuro y cada sombra es una idea, un sujeto revestido de fantasma fraguando un camino constante, vertiginoso. Al decidir crear bajo esta premisa, sabe que en cada verso juega su vida así como elude cualquier tipo  de salvación, porque toda escritura es pérdida, despojo y en esa medida el autor traza signos con un carácter independiente, alejado del simple hecho comunicativo. Por eso es que el lector se acerca a una sólida representación de un testimonio intenso que si bien se abraza a la oscuridad no se deja saturar por ella, al contrario, la bordea, busca forma, halla sentires y con su misma naturaleza, crea una referencia en la cual su voz describe el tono salvaje con el que la marca del lenguaje lo conduce a hacer su poesía.

Al respecto, Julio César acentúa ese tono interior estudiando su lenguaje:

 

SIGNO

Vistió de canto la siembra definitiva,

la enseñanza de la espiga, la vibración bajo los mangos.

Hizo un sol que va soltando las líneas del polvo,

las terribles manías del signo,

su puntuación su rencor inteligente.

Conoció al inventor de la zarza,

la conspiración de los cielos

en lo extenso de los cabellos,

el estéril pan que vuela cargado de sellos,

la palabra de la mujer azul

que iza el cristo de la montaña

el alma extranjera de la intimidación,

el soplo podrido al fondo de la oscuridad,

la fruta sin edad, caída y cancelada desde la dolorosa

y acongojada luz y su puntual meridiano;

el duro, agudo y amargo manguey que tiene por hojas

enormes dardos;

las invisibles cuerdas tendidas sobre las almenas,

la horca del siervo, el terrible rey de la pradera,

su mirada y su alba  severa;

las violetas de la muerte de la triste casa,

la corona de verbena, la hiedra, el cofre, la rueca

o la pieza de cosa salvaje.

Así llegó a saber que la poesía es el más peligroso

de los bienes.

 

Lugar de un lenguaje ejercitado por lo difícil, el expresar se vincula con la reflexión de la perdida. La palabra hereda y tras la poesía habita un pálpito por consuelo donde el poeta purga heridas, volviéndolas a recrear para contar, enunciar y fortalecer un lenguaje de vértigo por el ansia, el deseo que vibra y se pudre al fondo del alma. El autor afianza su oscuridad pero devela claves para el sentido, para que el “puntual meridiano” llamado silencio tire sus dardos y así dar testamento del peligro que arrastra tras de sí la voz poética, la palabra que como tal se destruye y con sus escombros crea un lenguaje; tal lo auguró Hölderlin y que con una visión desequilibrante, logró dotar al poeta, pues si bien la “poesía es el más peligroso de todos los bienes”, Julio César habita esta premisa, dotando su signo de un carácter imprevisible.

Ese mundo de “Consumaciones” es una labor obstinada que pretende contrariar la poesía en la medida de creer que algo ya es definitivo, por eso el autor demuestra una pretensión que habrá de ser regada por la creencia en la palabra que muta, crea y avanza por diferentes senderos. Aún así, esa pretensión resulta significativa al mostrar a un Julio César en un escenario místico  afianzando lo hermético, pues reniega de lo evidente, se constituye en lo complejo para trazar un ámbito de nociones propias alimentado de lo externo. Este libro, con todo, aparenta la certeza, pero puntualmente se desarrolla en lo que no tiene respuesta.

Es un desequilibrio y pareciera producto del trastorno que lleva al poeta a balancearse sobre el abismo para conocer en carne viva todo ello y no pensar en abstracto. Se traslada a un lenguaje violento que quiere enunciar al hombre violento, su complejidad y arriesgarse a leer la memoria del olvido. Es este lenguaje de Arciniegas, de perdida, postura de una peligrosa voluntad, que de acuerdo a lo que alguna vez comentó Samuel Vásquez y tomando conciencia de ello… “sabemos que en poesía el centro es múltiple y todo centro es un abismo”.

Reafirmando la visión de estos planteamientos, Julio César escribe:

 

OSCURO HABITANTE

 …Siento sobre el cuello la flor del sol,

la alucinación del rostro cuando ve mi piel cosida,

el sueño cegado por el rayo y su breve y lento color.

Mis ojos están por todos partes,

en el gemido acelerado de la niebla,

en el laurel, la ceniza y la arena creciente,

en la obra borrada y el nombre prohibido…

Dios no sólo castiga las pesadillas,

las patadas del escudero,

a quien se pone ángeles en los tobillos para conseguir

limosnas o una cama fría al otro lado de la luz.

No sabría decirlo mejor el oscuro habitante

que me aloja.

 

Hacedor de su propio camino, el poeta trasiega líneas, bordea paredes que el silencio lo habrán de llevar hacia la lámpara que le descubra el ser que es. De ahí que tantee las posibilidades de otorgar un amparo a su trayecto y sepa interpretar los símbolos de la extrañeza que articula en la imagen. Esta ya no es fugaz y en su poema se halla una distinción surrealista, y es acá donde versos a la manera de una pintura como la floración del sol colgando del cuello, un gemido transmutado en niebla, “ángeles en los tobillos” y la referencia directa con el sueño, le lleva a tener vasos comunicantes consigo mismo, alucinando la palabra, viajando por ella para conseguir el desarraigo que le permitirá poema tras poema querer decir nada pero a la vez, mediante la búsqueda de la imagen, decirlo todo.

A partir de esta imaginería vital, Julio César, en su carácter campesino, descubre y apropia lo surreal. No es en vano su hogar, su labor y el reiterado influjo de lecturas que más que estimularlo le dan bases para la construcción poética. En esa medida, es importante recordar lo dicho por André Bretón en uno de sus manifiestos al referir: “El surrealismo poético… se ha ocupado… de restablecer en su verdad absoluta el diálogo”, dando luz a lo realizado por el autor cuando al interior de cada imagen late un motivo que mediante la metáfora se desea revelar. Del mismo modo, la preocupación por sus figuras  que constituyen una fuente vital para el lector que desee encontrar cada vestigio del vacío y una visión que si bien no es literal, permite una distinción de lo que quiere enunciar. Ahí se identifica su labor ya que confirmando, Bretón reitera: “Las formas del lenguaje surrealista se adaptan todavía mejor al diálogo. En el diálogo hay dos pensamientos frente a frente, mientras uno se manifiesta, el otro se ocupa del que se manifiesta”.

De este diálogo se constata todo un viaje por la herida la cual es presagio de encuentro para sí y del mismo. La lectura que se ejerce en la obra de Julio César es evidencia de un ser arrojado a la ansiedad de lo invisible que a su vez es miedo, temor por la palabra misma. Los vasos comunicantes que se arrojan muestran líneas de referencia en la que lector halle todo el sentir y se identifique con la nostalgia, la soledad inevitable. Esto en el poeta tiene que ver con la necesidad de traducir el paso inexorable del tiempo que con desconocimiento distingue su estado temporal y la absurda fatalidad de la muerte. Volcado con interés hacia la imagen, aferrándose con una devoción desgarrada, el autor expresa:

 

VISIONES

Al fondo de todo esto duerme el sol,

más allá de las superficies heladas y de los árboles,

del revoloteo de las bondades,

del límite del ojo reteniendo las visiones,

del ciego horizonte que muere bajo los ramajes.

Al fondo de todo esto duermen los signos,

el misterioso reiterar de la niebla,

las temblorosas sombras que ciñen los sembrados

y que no admiten la posibilidad de las rosas.

Al fondo de esto duerme un inmenso hospital.

 

Sin más intercambio que lo visual, todo ejercicio de interpretación afianza una visión transformadora que vibra en cada línea como un boceto y en el cual el autor dota la sugerencia a proyectar. Lo surreal se afirma en el sentido insólito, la palabra gestora que crea una realidad más allá del ojo y el árbol que retiene un sentido. Dentro del dormir, el sueño hundido tras él revela algo, se abre algo y transfigura un todo. Esta ruptura dada, expresa el sentido que si bien desequilibra cualquier tipo de definición, hace intuir que no hay otro cuerpo que admita otra posibilidad que una memoria vista como hospital.  

Arrojado a esa levedad del verbo no se puede calcular distancias, tiempos o épocas que el poeta ha de atravesar. Laberinto interminable, la voz, este extraño organismo llamado lenguaje que se emparenta con el silencio continuo, hace que el expresar sea un punto insoportable por no sucumbir al olvido, pero más que todo al hecho de saberse plano con la cotidianidad. De aquí la urgencia verbal, ser prófugo a lo desconocido en la tentativa de dar provecho a ese sentimiento interior que agobia  y permite forjar una morada entre las tinieblas, porque el poeta construye imposibles y tras la palabra levanta el polvo de la perdida. Bien Julio César sabe eso y más en este poemario, ya que su paisajismo es hostil en la medida del estremecimiento, del develar un registro por una tierra trashumante, dotada de dolor y con sentido de niebla, de un signo que atesora un valor desconocido.

Porque tras esa orilla se logra pensar al ser, y es ese mismo pensamiento el que corrobora el éxtasis y el delirio por la palabra. Así lo pensaba Gonzalo Márquez Cristo en sus versos al decir: “Lo tenía todo hasta que llegó la palabra”, o, “mientras todos duermen escribimos”, acentuando el grado de intensidad con el cual ha de enfrentarse alguien con la poesía, aquella que muestre tras y entre líneas la angustia, el desarraigo que se clava  para hacer inevitable un sentir, un rastro llevado por el lenguaje en tinta negra. Entonces Arciniegas niega y acepta la luz que le sugiere la inutilidad de cada acto, el remordimiento que inocente busca la salvación en la palabra, para poder  verse desde un interior y hallar, con todo, que vive para alimentar una sombra. Ese tránsito incesante de pensamiento y sentir es el que configura la tensión en  la obra “Consumaciones”, porque la poesía renace, muere y rememora al mismo tiempo, se esperanza en una embriaguez de la escritura, pues tal como lo hacía saber María Zambrano:

“La poesía es lo único rebelde ante la esperanza de la razón, la poesía es embriaguez y sólo se embriaga el que está desesperado y no quiere dejar de estarlo. El que hace de la desesperación su forma de ser, su existencia”.

Así, el poeta se asume y confía en el tiempo de su palabra, la concibe con una sed emparentada con lo natural y absoluto. Un libro de falsas respuestas pero valiosas preguntas que son más que herramientas para un discurso, es, de manera precisa, una conciencia de su geografía. Referencia de ello es el siguiente poema:

 

GEOGRAFÍA

Por error de la geografía, la polilla sigue en la

mudanza del universo y la compulsión de las tiranías.

Somos los hijos del horror del tiempo,

de la desesperación, nuestra herencia es el látigo,

lo que el cielo desecha lo recogemos

con toda su crudeza y sequedad.

Ante el odio nos ofrecemos como víctimas,

pero en el intervalo del dolor la palabra

recompone  los huesos y nos resguarda

bajo cualquier dolmen y puesta de sol.

¿Sin la palabra donde viviríamos?

¿En las landas salvajes de los infortunados,

los perseguidos y los proscritos?

¿En los anfiteatros donde toda rebelión es sorda?

Sólo vivo del poniente cuando la veo enfrentarse

a los instintos.

¿Qué es el guerrero sino una conjunción del verbo?

Cuando los tanques rugen en medio

de tanta oscuridad,

a las balas ya les alcanza  la ferocidad que los eleva.

(A los cañones les nacen ojos y la noche nos brinda

un ataúd).

La palabra  sabe del esfuerzo del condenado

para ver el cielo

y escapar de la celda de piedra,

del abismo y su monotonía,

de su quemazón de gatos y máscaras,

del ambiguo olor que asusta.

La palabra sabe que el alto símbolo de espectros

encierra la sangre y su orfandad para revelar el fuego.  

 

Secreto y confirmación, es lo que se advierte a partir del poema. Todo Julio César dentro de un poema; su mirada, su aire descansando y el respiro de una realidad agobiante. La consumación lleva el vuelo de la polilla y con vértigo se acerca a la luz, recobrando con impacto la sentencia de René Char, de que “la lucidez es la herida más cercana al sol”. Su sangre es heredera del suplicio con el cual el tiempo teje sin azar. Acá ya se habla de una poética alimentada de la miseria y logra un vínculo con el fracaso, tomado con sentido creativo, de un estado constructor a partir del conflicto. Esto alude al exilio interno de una profunda voluntad por seguir el laberinto, por dar consuelo a la pregunta muda y con todo ver, con estremecimiento, que habita una época la cual no puede eludir, refugiándose en la memoria del olor, del poniente que se ve rasgado por la ferocidad del rugir de un cañón o tanque que “brinda un ataúd”. El poeta Arciniegas sabe que no puede reducir su tensión al mostrar con cercanía su pálpito de orfandad.

De tal manera, Maurice Blanchot en su texto “Hablar no es ver”, concuerda:

“La imagen es la que vela al revelar, el velo que revela velando de nuevo en la indecisión ambigua de la palabra revelar. La imagen es imagen en esta duplicidad, no el doble del objeto, sino el desdoblamiento inicial que permite a continuación a la cosa ser figurada”.

De una aparente dicotomía que no es más que una dualidad se revela el hacer poético. Acción intensa, busca lo otro en algo propio para guardar cautela, la adecuación si bien espontanea no literal, fingida, disfrazada. Quizá este sea un atributo del cual Julio César ignora ya que expone un estado adulto en la palabra y gracias a ello se permite un fluir por aspectos, temas e imágenes. Atiende con rigurosidad a ese desdoblamiento que lo figura ser personaje, lector, espectador, autor de una comedia que secuencia un yo interior y al ser otro, se revela para ser ambiguo como singular.

“Consumaciones” abre su paso por lo indómito y su palabra transita aún por el laberinto entre la niebla. El poeta habla desde “la soledad hundida en un follaje seco” para seguir “plantando plagios a lo largo del horizonte”. Ve desde sus noches “la luna que los cerdos hallaron” para luego escuchar “saciar vacíos de todos los colores”. Fija, poema por poema, las claves del reloj que “yace abatido ladera abajo” porque del mismo inicio del tiempo se supo “sin más certeza que la quemadura”, porque pese al paso, imagen o reconocimiento, Arciniegas testimonia con voz que traspasa el horizonte que “en mi aldea tendré que estar siempre,/ con sus ruindades y esplendores”.

Este espacio surtidor de evocación transformadora, corresponde a un carácter esencial por hacer de la memoria un lugar de imaginación perpetua. De ahí se llega a escuchar la palabra de Blanchot cuando en su ensayo “Olvidadiza memoria” argumenta:

“La poesía rememora lo que los hombres, los pueblos y los dioses todavía no tienen como recuerdo propio, pero bajo cuya custodia permanecen y que también es confiado a su custodia. Esa gran memoria impersonal que es el recuerdo sin recuerdo del origen y al que se acercan los poemas de genealogía, en las leyendas terroríficas donde hacen, a través del relato mismo y a partir de la fuerza narrativa, los dioses primeros, es la reserva a la que nadie en particular, poeta u oyente, nadie en su particularidad, tiene acceso. Es lo lejano. Es la memoria como abismo”.

Llegar a figurarse ese paso interminable y hacer de la poesía más que un acto, iniciativa, corresponde a tratar de palpar esa fuerza esencial que ausculta las imágenes del mito para volver el ejercicio del poeta un mover continuo en la medida de interrogar el instante, el rostro, el olor o la sensación para hallar  la revelación espiritual de aquello que se resiste a ser visto. Tal vehemencia, que al ser historia, toca, se fragua entre silencios para acercarse a un sentido inédito que el poeta con desespero anhela percibir, sucumbir al visionario deseo de ser portador de la palabra leída por el tiempo, para orecer un imaginario trascendental en el cual sienta y accede con determinación a la verdad de ser un “morador de abismos” tal como lo pensó en algún momento Juan Manuel Roca.

Consciente de ese merodeo y residencia, de ese trasegar por hallar la luz de los inicios y ese fuego prometeico que lo habría de signar con la poesía, Julio César llega a recordar sin recuerdos, transfigurando la intención de su verbo. Llega a designar un devenir, un tránsito por el que el ser se restituye y se vence a la vez. Posibilita su ruina y se dibuja con ella. Es así como Arciniegas refirma su rostro, la tinta de la palabra al interrogar: ¿Hacia quién se remite o cuál es el camino de la poesía? Comprende, con todo, que el laberinto que ha tejido con su silencio constituye la verdad huidiza, lo irrelevante de cada respuesta cuando lo importante es lo incierto, cuando corrobora que ese vacío expresa su tránsito y que cualquier rostro es azar en la estadística del tiempo; que el dolor es ese aquel al que se canta y consagra el vértigo de la palabra.

El poeta procura no pensar en la pregunta pero se hace inevitable; surge; ¿Qué es lo que quiere decir la poesía? Inmerso en su laberinto con el miedo de creerse perseguido, escucha su respiración, tras la oscuridad ve el estruendo de los rostros, de una soledad que no pisa en falso. En su delirio habla sobre el abismo y traza su origen como un cadalso y la palabra poesía llega como un muro caído que habrá de romper un jardín. Conjetura respuestas pero llegan imágenes, la introspección que le hace dibujar entre la sed una “siembra de pájaros” para diálogar con el abandono, el recuerdo ineludible que conduce al vértigo de su lenguaje aferrado a la perdida. Alrededor de sí todo es niebla, pero un olor construye un afecto que lo hace avanzar en una orfandad memorable, donde la piedra recupera la esencia ancestral y le da las claves para sentir una savia que le hará dibujar en un tronco su rostro, y tras cada hendidura el eco de una voz dialogando con el tiempo, con la pregunta que recorre incesante cada rincón, y como ruina fijar un autorretrato, entre un ramaje que se suspende en la tierra del abismo:

 

LA RUINA

Soy yo, a quien grabaron bajo el peso de los adivinos,

la que apenas conoce las pendientes y las distancias,

el reino de la sílaba, su veneno de papel blanco,

el desatino del poder, su estruendo

la desnudez del ángel caído,

la inmensidad de la piedra,

el pretexto del infierno, el umbral de los serviles.

Ni siquiera mi avaro reloj ve la oscuridad

de tanto delirio,

ni el abismo de la carne o la cicatriz

que traigo conmigo.

Desde mi origen hay menos árboles y más cadalsos,

matas oscuras y miserables mesas de lodo,

pizarras y maderas arrancadas, muros caídos,

un jardín roto y mudable,

tapiales y bancales arrasados,

venas  cortadas en tres pedazos,

veredas de sequedad, cardos,

venas de espinos enlutados,

flores mudas, piedras que merecen la sangre del tedio

y una insólita siembra de pájaros que se esparce

por la tierra santa de los caminos.

Los mendigos recorren la erosión

con la alforja all hombro,

los ancianos de la vieja alameda

pisan ásperos ramajes,

los suspendidos astros, la pesada hacha, la ceniza.

Estoy fija a la piedra, al asombro, al ocaso,

al quebranto,

conozco el lugar exacto de la corrosión 

de un cielo ya vencido.

 

[1] Ensayo correspondiente al libro El Andariego de la Savia: vida y obra de Julio César Arciniegas, premio “Ibagué capital musical de reconocimiento a la vida y obra 2019”, con prólogo de Juan Manuel Roca y epílogo de Gabriel Arturo Castro.

 [2] Licenciado en Lengua Castellana de la Universidad del Tolima. Sus ensayos, comentarios y selección de poemas de otros autores han aparecido en revistas como Confabulación, Literariedad, La Raíz Invertida, Ergoletrías.

 

 


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