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16 Jul 2020 / 14:29 pm

 

Marisol Bohórquez nos presenta una selección de poemas de Jorge Gimeno (Madrid, 1964) es autor, entre otros, de los libros Me despierto, me despierto, me despierto (Pre-Textos, 2018), La tierra nos agobia (Pre-Textos, 2011) y Espíritu a saltos (Pre-Textos, 2003).

 

 

 

 


ECLIPSE


Hoy todas las mujeres
nos hemos levantado
con dolor de cabeza.

Sabemos que se acerca
la tormenta perfecta.

Que sólo un hombre gris,
él también muy perdido,
ha de ver nuestros ojos.

Hoy todas las mujeres
vamos a un bar vacío.
El bar se llama Eclipse.

La barra es circular
y el café es incoloro.
Y el dinero no sirve...

Hoy todas las mujeres
nos miramos el pecho
en el cristal, ahumado.

Y contamos historias
que no tienen final,
y nuestros padres dicen:
Eso no son historias.

Hoy todas las mujeres
hemos estado a punto
de dejarnos los labios
en la plaza gigante...

Y volvemos a casa
con el paso torcido
del que no vuelve a casa.

 

 

 

 



UN CHAVAL


Tiene 10 años.

Está tumbado en la cama, despierto,
de noche.

De día a veces.

Lo borra,
cierra los ojos
y borra el mundo.

Logra pensar su inexistencia,
la del mundo y la suya.

Logra ver la pequeñez de la Tierra
en el Universo.

Su verosímil
inexistencia.

Negro
en el negro.

El pleonasmo de toda psicología.

La inutilidad de su sufrimiento.

Lo contingente de su vida:
su colegio,
su familia,
las cosas que le hacen sufrir:

el cheviot materno,
la enuresis nocturna.

Un agujero que se sienta.
Un agujero que se levanta.
Un agujero que duerme y come
y cae... en un agujero.

Oscuro como un montón de uretras.

Fácilmente todo
podría no existir.

Así se aleja de la Tierra
su corazón.

Hasta no sentir
y no sentirse.

Lo hace
cuando no puede más.

Le asusta hacerlo.

Tener la fuerza de imaginar
la verdad de la nada.

Le asusta su imaginación.

Su inteligencia.

Su nulo poder real.

Acaba con el mundo
porque es un niño.

Le alivia.

 

 

 

 



EL SUBSUELO, AL AIRE LIBRE, O EL MENDIGO


O demasiado sublunar, o demasiado poco.

¡Zas! Yo era un mendigo...

Un ¡zas! es el sublime acontecer.

Sentado en la acera, me apoyo en una mano, con la otra pimplo. Tengo más clase que los dos caballeretes del Déjeuner sur l’herbe, de Manet.

(A la altura de mi visual, el mundo es ptolomeico. Detenta la belleza de unas pantuflas olvidadas.)


Me miré las manos y repuse: ¡Ajá!...

Se esfumó mi preocupación inhumana y mi humor melancólico.

(Aquí, tirado en la calle, a veces pienso: tiene color de uña vieja el aire de esta salita.)


Antes, cuando era joven, almorzaba una lata de cassoulet, marca Champion.

Ahora un take-away oriental, yo mismo lo aderezo en el suelo con dos salsas de sobre, agridulce y sésamo.

(Vive bien y piensa en el origen del mundo.)


Ese busto taxidermizado que veis estratégico, soy yo.

No soy un filósofo, en absoluto. No paso frío, charlo con colegas.

Los bulevares de París son la mejor eyaculación que he tenido, larga, ancha, espumosa de sol, nubes, cielo gris.

La melena leonada —radiante de smog, perlada de calderilla.


De noche sí que soy pobre. Mi sueño no tiene váter. Para dormir, he de hacerme cucaracha.

Duchas calientes, mercromina fría en las llagas: me gustaría.


La dicción no la he perdido.

Es que no he perdido nada...

Sólo pido un poco de socialismo.

El pato necesita su maíz. Mi hígado es patrimonio nacional.

Ayudadme en mi estilo de vida...

 

 

 

 

 


JADE


Dices que está sonando mi canción.
Pero escuchamos y no la reconocemos.
Yo no logro atrapar ninguna nota.
No sé si tengo una canción.
Y se nos va poniendo cara
de tontos.
Te miro entristecido deseando que las notas
se aclaren.
Nos cogemos las manos como diciendo:
“No importa”.
Pero la decepción hiere tus ojos.
Te arrugas y maldigo la canción
desconocida.
Tú vales más que ella.
Tus ojos son las notas que yo
necesito. Se apagan.
Pierden su verde jade
por una música desconocida.

Y todo ocurre en la calle.
En otro continente.
Bajo la sangre de los semáforos rojos.
Bajo el paraguas del cielo hecho templo de oro.

Donde los besos no se piden:
“Dame un beso”.

Y esa es la canción.
De repente la oímos.
Suena como suenan las canciones.
Con un dejo a inmortalidad
perfectamente temporal,
sin gesto y sin tiempo.

Y el jade vuelve al jade.

Como un poema triste de amor y verdad.

 

 

 

 

 

CARNICERO HERIDO


Vive encima de lo que vende.
Si se posa una mosca en la carne,
baja y la espanta.

En el escaparate de la esquina,
Hello Kitty le mira.

Hello Kitty no tiene boca
para tener su boca.
Y unas líneas aéreas.

También hay una hucha de cerdo
y un enano de Blancanieves.

Y un Pinypon que representa
la majestad pirata de las islas.

Las manitas de cerdo y las tripas de vaca
ya se hacían en China
hace siglos, en tiempos
de la mujer más bella de la historia,
Yang Kuei-fei.

Ha roto la carestía y la carestía
le ha hinchado la cara.

¿Se puede acariciar un pómulo de lichi
con dedos forenses?

Él se vuelve como caracol herido
y sube a su descanso.

De noche pierde la nariz y los ojos,
que quedan reducidos a un punto,
y renuncia al castillo.
Se afeita todo menos tres pelos
a cada lado del bigote.

Se mira en el espejo
y se da el beso final,
el beso que elimina las diferencias.

Si se posa una mosca en la carne,
baja y la espanta.

 

 

 

 

 

Jorge Gimeno (Madrid, 1964) es autor de los libros de poemas Me despierto, me despierto, me despierto (Pre-Textos, 2018), La tierra nos agobia (Pre-Textos, 2011) y Espíritu a saltos (Pre-Textos, 2003). Es autor asimismo de las antologías poéticas Noventa y nueva iluminaciones de Nasrudín (Pre-Textos, 2015) y El amor negro. Poesía del Barroco francés (Pre-Textos, 2009). Ha escrito ensayos sobre E. M. Cioran, Fernando Pessoa, Juan Ramón Jiménez y Mahmud Darwix, entre otros autores, y de sus traducciones cabe destacar las dedicadas a Rainer Maria Rilke, Wallace Stevens, Vivant Denon y Eça de Queirós. Ha sido profesor en la Universidad de Bagdad (Irak) y en los Institutos Cervantes de Fez (Marruecos) y Lisboa (Portugal). 

 


Fundación La Raíz Invertida
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