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15 Jul 2020 / 14:31 pm

 

La sal de la locura o la ambigüedad del ser humano

 

Por Laura Sofía Maldonado

 

Echar saliva por la boca, gritar obscenidades, golpearse contra las paredes. Todo lo confirma, Ariel Müller está loco. Cada casilla en el formato estandarizado del doctor lo comprueba, esta es la imagen del delirio.  

Aquellos que no son como Müller, en el resto del mundo, despiertan y salen a la calle, existen, en medio de patrones muy claros, bien definidos. Toman el bus, se comen un sándwich, vuelven a la casa. Esta es la vida de la cordura. Funciona. Pero por algún motivo Müller ha caído al otro lado, en el callejón donde el agua sucia nunca desagua por completo, donde las luces confunden los sentidos, donde los gritos y las voces acechan, en definitiva, donde caen, por esas cosas de la vida, todos los locos. El doctor no lo duda un solo instante y Müller se ve internado en el Hospital Neurosiquiátrico de J. T. Borda y empieza el acto de creación, donde se pierde, repentinamente, toda muestra de violencia. El hombre que nos habla ya no parece ser el mismo que echaba saliva por la boca y se golpeaba contra las paredes. El hombre que nos habla ahora tiene una sensibilidad insospechada para hablar de la locura. Su mirada es libre y abarca al mundo. Es la mirada de un hombre que lucha por comprender.

La verdad es que cuando se trata de la locura, ni los psicólogos, ni los médicos, ni los mismos locos tienen certezas; el mundo transcurre en una constante oscilación entre la locura y la sensatez. Una sobresale por momentos y luego le cede su lugar a la otra. La razón y el delirio se intercalan y se sobreponen. Entonces… ¿Cómo se nombra a la locura? Esta es la pregunta transversal de la obra. Y la respuesta llega de todas las maneras posibles. Puede hacerse desde las voces que se confunden en el viento, desde la madre, desde el silencio, o a partir de la nieve; quizás a través de un agujero en el pecho, o del aire, o tal vez de algo más sensible como la luz de mayo. A veces se hace gracias a la noche, otras veces por la experiencia del padre (un desaparecido más de la dictadura militar, víctima de los vuelos de la muerte), o tal vez la locura se transmite por medio de una cucaracha, o con la falta de un espejo, o puede ser por medio de los otros internos, o gracias a la lluvia y al asesinato de Dios. Quizás con una hormiga o con un amor perdido o con algo más intenso, como con un amor escrito con mierda.

Este heterónimo que Fredy Yezzed crea nos sumerge en el mundo desnudo de la mente perturbada. Llegar a comprender a Müller es una búsqueda en medio de la oscuridad. Müller intenta descifrar en el silencio su propia alma pero escucha solo el crujido de los huesos. Nosotros, los lectores, para quienes el mundo tampoco es explicado en líneas muy precisas, comprendemos entonces que la locura se expresa de a pequeñas dosis. El mismo loco busca como un detective la respuesta. Porque lo cierto, es que la “locura”, como la poesía, son términos un tanto ambiguos y un tanto subjetivos, para una experiencia que si bien se puede vivir, no puede definirse.

Müller en su sabiduría se pregunta “¿Quién asegura que la locura no es un intento más de salir de la casa hundida? (…) ¿Quién asegura que la locura no es ese deseo de acariciar los caballos, de abonar las plantas, de sentir correr agua limpia dentro del jarrón del alma?” (p. 76) ¿Cómo se sienta la locura? ¿Es acaso la locura solo el descontrol o las voces o la insensatez en el actuar? ¿Bajo qué forma se presenta la locura? ¿Qué rostro tiene? ¿A qué huele? A veces pensar la locura es escuchar a un hombre en el piano que toca esa sinfonía un poco olvidada del silencio. Otras veces la locura es sentir atracción por la madre.

Müller explica en el prólogo (en las palabras desde la cordura), que al leer las notas de la doctora Dalzotto, por unos breves momentos, puede verse a sí mismo, sentirse y recordarse. Las palabras pueden “poner en orden los días y las cosas” y de muchas formas, este es un acto poético. El loco explora su propia locura, reta a sus doctores y reflexiona sobre “el andamiaje peligroso de las teorías” (p. 28), cuestiona la existencia misma del problema, susurrando por debajo la pregunta sobre qué es la locura. Solo se va a un hospital psiquiátrico para ordenar las cosas de adentro, del corazón, del alma, o de la mente. Como si se tratara de un cajón olvidado en alguna repisa muy alta donde se ha acumulado el polvo y los recuerdos. Las palabras desenredan el hilo, explican desde las profundidades. Pero las palabras, perfectas e insuficientes por igual, deben ser halladas en una búsqueda que tiene mucho de heroico y algo de imposible.

Dice Müller, “cuando hablo, habla esa palabra desnuda que desconozco” (p. 40) es una palabra auténtica, pero que se resiste, que hay que arrancar con un cuchillo, desprenderla de la seguridad de la garganta. Escupir la palabra desnuda porque solo así sale, siempre tímida y recatada, de otra forma se ocultaría para siempre. Las palabras que no son reales, que no salen cargando con una parte del alma, son falsas y estas, claro, salen a borbotones. La mentira es un espacio seguro, cuida, protege, a un corazón tiritante. Müller se cuida de este tipo de palabras, busca siempre transmitir su experiencia con sinceridad. Pero esta decisión no facilita su tarea pues la relación que se tiene con las palabras es delicada, está llena de tensiones “la palabra que me nombre, me destruye” (p. 84).

“Las palabras, las palabras, las palabras. Las palabras no me ayudan a no querer morir” (p. 48) exclama en un momento Ariel. ¿De qué sirven las palabras? ¿Para qué las tenemos en el mundo? Suelen ser insuficientes, pero siempre, son indispensables, no podemos perderlas, no podemos existir sin ellas. “Todas las noches olvido una palabra y con ella una piel. Perder una palabra es cercenarse desde adentro (…) Me duele perder una palabra como perder un dedo. Queda una mancha negra en el alma.” (p. 82) Así las palabras no impidan la muerte, las palabras facilitan la vida. El loco se encuentra siempre entre el amparo y el desamparo de las palabras, como todos en el mundo.

Pero al final lo que queda es el silencio porque la locura es difícil de nombrar. “El silencio es todo aquello que se dice atropelladamente. Es la colisión de las heridas que fuiste con las palabras que eres.” (p. 84) Hay experiencias que parecen poseernos pero nosotros somos incapaces de tomar en las manos y exponerlas, mostrarlas al mundo. No se trata de las experiencias espirituales, de las experiencias divinas; hay otras experiencias profundamente terrenales, profundamente humanas, que resultan tan difíciles de ser explicadas que parecen escaparse a la comprensión. La dificultad del loco, es la misma dificultad que enfrenta el poeta. La dificultad de nombrar la experiencia, de usar el lenguaje a sus anchas. Por un momento, Ariel Müller habla como bardo, se lamenta “hay un terrible abismo entre palabra y palabra, cuyo fondo es lo que no puedo nombrar” (p. 56). Quizás por esto la literatura ha pensado a la locura. Porque se enfrentan al mismo problema. Porque se entienden como hermanos lejanos.

El espacio entre la cordura y la locura no resulta infranqueable. Los poemas de Yezzed nos recuerdan esto. Nos muestran a una mujer que cuya tristeza la ha llevado a la clínica, una mujer que siente la ausencia de sus hijos, que es excesivamente humana, y a quien, por esas ironías, las enfermeras no logran entender. El lector, repentinamente, empieza a sospechar que la mujer no está loca. Y entonces golpea. La experiencia que ha narrado Müller sobre la cucaracha es una experiencia compartida, la madre que camina sobre las hojas de otoño es la madre de todos. La locura entonces no resulta lejana, ajena. Se asemeja mucho a nuestra cotidianidad. Se parece a algún recuerdo de la infancia. Huele a una noche extraña. Se siente, familiar, en alguna parte de la mente.

Así como Müller piensa que las palabras son “sogas hechas a la medida de nadie, cordones que no alcanzan a atar, agua que no sacia” (p. 56), es decir, algo inasible; la locura es igualmente una soga que no está a la medida de nadie y cordones que no atan y agua que no sacia. La insatisfacción del poeta es igual a la insatisfacción del doctor y del mismo loco, por no poder llegar al fondo de lo que nombra. ¿Qué es entonces la locura? Nos enfrentamos de nuevo con las dudas, nos agobia la incertidumbre y nos preguntamos si existen las respuestas, si acaso alguna luz nos da la poesía.

Müller se refiere a la locura como la fabrica de alienados, como un vuelo eterno, como una rama frágil. Quizás la única forma de comprender la locura sea a través de las imágenes. Esas que nos pintan un mundo, esas que nos hablan desde la profundidad de las experiencias. Las imágenes que, cuando algo en el mundo no puede ser nombrado, exponen, como en un museo, lo intrínseco de la vida. He aquí lo que se ha de resaltar a la Doctora Dalzotto, la mujer que le propone a Ariel escribir “monólogos blancos”, pues ella comprende, quizás intuitivamente, que la escritura, o la poesía, o la palabra, es igual de incognoscible y quizás por compartir naturaleza, puede comunicar la locura. Quizás no hay mejor forma de hacerlo, quizás solo así se exorcizan los fantasmas de la mente. Quizás no hay notas psiquiátricas suficientemente profesionales para plasmar la experiencia de la locura como la poesía. Sea lo que sea la locura.

La vulnerabilidad de Ariel nos agobia en nuestra aparente sensatez. Él sabe que puede ser lastimado para siempre, por una astilla de madera. Y, he aquí el gran valor de la obra, nos permite sentir la misma astilla, el dolor intenso, y la presencia constante de una herida que jamás sanará. ¿Sintiendo nosotros con el heterónimo o con el alter-ego de Yezzed, no nos encontramos entonces, también, como locos en el J. T. Borda? Y si algo acerca de la locura se puede llegar a sentir en las páginas de un libro, entonces ¿qué tan lejos estamos en realidad de la locura?

Freddy Yezzed en La sal de la locura logra adentrarse en el mundo del delirio sin ceder a presupuestos o estereotipos, partiendo de una necesidad constante por obtener respuestas, en lo que es sin duda alguna, una construcción de un universo inteligente. Escritos en prosa, cada poema explora un lado distinto de un espectro que es difícil de comprender. Lo dibuja, lo expone, lo piensa. Este libro ganador del Premio Nacional de Poesía Macedonio Fernández del 2010, extirpa un tema difícil para obtener los valiosos granos de sal que son los poemas que nos presenta.

Leer este libro es pensar los matices de grises, cuestionar las etiquetas precisas y absolutas de la cordura y la locura. Navegar en las aguas inciertas que habitan ambos espacios, que los comparten. En el último poema, uno de los personajes más curiosos que nos presenta Müller/Yezzed dice: “Nadie que exista está bien”. Estas palabras pertenecen al ciclope vegetariano, un hombre que come zanahorias, ha perdido un ojo y lee filosofía. “Nadie que exista está bien”, resuena en la mente del lector. Y cabe preguntarnos… ¿existen cuerpos sanos? ¿No estamos acaso todos saltando de un callejón al otro, un poco enfermos, un poco locos? Y no digo esto para pretender que la “locura” (trastorno psicológico, demencia, delirio o esquizofrenia) no existe, o que no ha sido estudiada, o que no puede, hasta cierto punto, especificarse; sino porque vale la pena explorar la frontera en un mundo como el nuestro, en el que todo está un poco revuelto. ¿No aspiramos todos a tener un poco de agua limpia en el jarrón del alma?

¿Qué diría el formato estandarizado del doctor de nosotros, los lectores? Quizás, al revisar cada casilla, se vería comprobado que todos vivimos en un intento perpetuo de extirpar nuestros granos de sal. Quizás el formato del doctor revelaría que todos somos mineros de nuestra propia locura, escarbando entre montañas para hallarnos, después de un gran esfuerzo, frente a nuestro rostro en el espejo. 

 

Referencia bibliográfica:

Yezzed F., (2019). La sal de la locura/Le sel de la folie. Nueva York: Nueva York Poetry Press (Español-francés) Traducción Solenne Lallia

 

Laura Maldonado es estudiante de literatura en la Universidad Javeriana, ha publicado en Chile, Venezuela, México y Argentina.


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