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05 Jul 2020 / 09:36 am

 

Presentamos un conjunto de poemas de Alejandro Sánchez García (Bogotá, 1987) Filósofo de la Universidad de la Salle. Ha sido docente de filosofía y humanidades en institutos, colegios y fundaciones de Bogotá. Participó en la conformación de la revista de poesía Vitalogía, e hizo parte de su comité editorial, que recientemente dio a conocer su segundo número.

 

 

 

Tríptico para Coltrane

 

 

      (a love supreme)

 

Pierde su contorno el saxo

cae desfigurada

                toda su materia líquida.

 

Se multiplica en destellos

como ácidas y amarillas gotas

       que destila

               de algún viejo árbol de naranjas.

 

Acaso quiera indicarnos

el origen de aquel árbol

            con raíces de bronce.

 

 

        (love)

 

Caen

         insistentes

 

densas de sonido

imantadas de gravedad

 

Como lágrimas que sus manos liberan

                  entre las válvulas y las llaves

 

Se adhieren

                  a intermitentes radiaciones de sol:

 

                                     sobre su cuerpo expandido

                        histriónico

           y sobre la embriaguez secreta de su lengua.

 

 

              (interstellar space)

 

El aire pasa por entre la boquilla y rememora un distante principio.

 

La semilla del sol se alarga como espiga llena de planetas.

y sobre su cielo de telaraña negra

el génesis no separa el día de la noche.

 

Una tibia lluvia de ceniza volcánica

posa su mejilla sobre la redondez de la tierra.

 

Otras erupciones sacuden un ramaje de notas

quieren tocar con sus dedos las lunas de Júpiter

se quieren anclar en sus tormentas azules

y dejar sobre Marte una octava más elevada.

 

No hay fuego que apacigüe las entrañas

en contorción de tormenta.

 

Alarga el sonido de su cordón umbilical

muere para besar de nuevo su nacimiento.

 

 

 

Violeta Parra

 

 

Distante

como el punto sur más extremo del exilio

te escondes desdibujada de hombro a hombro

como enredadera de brazos nerviosos

debajo del signo de la tierra, entre la figuración de la estrella y el grano de arena.

 

Exaltada en la semilla de la idea

        desbaratas el esquema de manual

        y me devuelves a la raíz de sentido común.

 

Tu voz me levanta de un brinco y siento descalzo la tierra mojada

pero también el calor de medio día

y su sonido de quena solar

como tus décimas gritando la apertura del verso.

 

Doblo una carta y la dejo en el abrigo

que te cubrió del invierno de Polonia

         y de la nieve de parís

               y del frio de Santiago.

 

Atender a la sed de crear, pero no al hambre del cuerpo

atender a la sangre que nos sacude

       desde la mina hasta la pampa

             desde la pampa hasta la cordillera.

 

Saco de un telar el chumbe

donde amarrarme a la trama de tu canto,

cómo me duelen los dedos, artesana y arpillera

solo una aguja resiste la costura de tu imagen

pero no la guitarra y sus tendones

el temple de tu poesía.

 

Violeta mía, enemiga de las flores, susurro del cultrún mapuche,

          abandona para siempre al hombre que se fue una mañana

          hazlo ahora que ordenas la carpa y acomodas las sillas.

 

Ahora es el fuego de Carmen Luisa que calienta la casa común

       la hija que toma nota y calla

           la que asumió tu despedida

               la que guarda silencio cuando escucha tus pasos

       la que también canta cuando te bajas del escenario.

 

 

 

Espejos

 

(Un hombre mira el gran lago del parque central,

apoyado sobre la baranda espera un recuerdo que se le escapa

            atrapa con la mirada peces oscuros

                    que abren con su lomo la piel del agua                   

toca con su cabello las ondulaciones que regresan

            y siente sus piernas bailar con las algas que se aferran al fondo)

 

Hay un hombre apoyado en la baranda

        prisionero en un paréntesis

        entre un lago y un cielo, entre un cielo y un lago.

Un hombre que mira, confuso

        desde su propio lugar húmedo

        desde su propio hogar de peces dormidos.

 

Soy quien, acodado sobre la mesa, escribe:

“Quién podría adivinar que un lago está curvándose sobre su cabeza

 que desde arriba el cielo busca otro cielo mirándose los pies.

Soy yo ahora el que se asoma al reflejo del lago

y adivina su mirada

sobre una larga noche de espejismos”.

 

 

 

Cuarzo

 

Pones sobre mi mano un cuarzo

una luz que se filtra y que se escapa

un cristal muerto

como un solo agujero de vidrio

en el que pueda tu ojo ciego fijarse en el mío.

 

Pones del aire una luz

que aterriza

como una hoja seca en balance y caída.

 

Se acerca la luz, que busca hincarse en el reposo

quiere ser cóncava en el espacio

perecer en el asiento de un mineral

arrimarse al imposible

apenas pasar luz y mirada

 

tu mirada, dios del aire

 

como en succión por el cristal

para escapar de nuevo:

 

ese, tu juego perpetuo.

 

 

 

Elegía

 

Mi abuela tuvo que intuir el paso del tiempo, y aprender de su vejez ajustando hacia dentro la percepción del cambio, imposible de saber con solo mirar un reloj o un calendario.

Tuvo que valerse de la enfermedad, o el dolor, como único registro de los días, pues le era ajeno el transito del sol sobre nuestro cielo, así como su propio rostro frente al espejo.

Pero en su mundo, en la arquitectura propia de su mente, iluminó todo con el sol pequeño que algún dios le regaló en el sueño oscuro de sus ojos. Podría decir que imaginó una llama para demarcar el tiempo diurno, pero dudo que pueda imaginarse algo así sin el favor benigno de algún genio.

Pudo seguir en su mente la caída del sol en perfecta sincronía con el frio atardecer de esta ciudad, y concluyó el ocre, el naranja y rojizo preciso del cielo, que iba oscureciendo sus parpados hacia el reino de sí misma, en donde le concedió a todas las noches un largo tiempo lineal.

También supo dimensionar la altura precisa de los techos de su casa, y la medida de cada puerta. Caminó las distancias de punto a punto, sin importar qué tan lejos podía estar el baño de su cama, o qué tanto la cocina del comedor (Esas cosas solo importan para el ojo abierto, pero no para el pie que sabe siempre a dónde ir).

Luego, sin precisar el día, el dios silencioso dejó sobre cada párpado su beso cálido y tragó el abismo que ella navegaba, y de su saliva incierta nació de nuevo al mundo, que antes solo pudo arrimarse a sus dedos. Con ellos escribió mi primer nombre, y pude tocarlo, como el relieve completo de lo que somos, sobre el grueso papel y la piel.

 

 

 

 

El árbol de la casa colonial

 

Si todo lo que vive y crece

      lo hace levantando la mirada

Si todo se debe al sol

      y obedece ciegamente

      a la imantación de su luz

 

¿Por qué entonces se deja caer?

 

¿Por qué niega el apremio de su savia

      de su ascenso vegetal?

 

Nosotros

 estudiosos del cansancio

 y empíricos en la derrota

 hemos puesto un soporte de cemento

 donde apoyar su tronco.

 

Nosotros

 no perdonamos su tropiezo fatal

 su atracción invisible por la muerte

 su deseo por acostarse sobre la oscura tierra

 su negativa a expandirse sobre los tejados.

 

A nosotros

 que nos gusta tanto ver crecer los niños

 queremos que también los árboles

 abracen su tiempo vertical

 

y no tengamos que asistir a estas renuncias

silenciosas

más allá de las que a diario debemos soportar.

 

 

 

 

Arte poética

 

 I

Ha logrado el alquimista decantar una sustancia cobriza

(nueva materia entre la materia)

 

 - He aquí la muestra, su minúsculo sol -

 

y lo guardó en un cofre limpísimo de madera de pino.

 

No fue fácil hallar las medidas precisas en el uso de los elementos:

tuvo que contrarrestar

los engaños que se ocultan entre el azufre y el mercurio.

 

En secreto dejó la fórmula

los gramos a usar

y el fuego justo bajo la probeta.

 

II

Toda la teoría del fuego dice “no te acerques”

toda la teoría de las manos dice “domestica”

pero el fuego señala “solo el brillo, no la llama”

y ceden las manos de su afán violento.

 

III

No veremos el cofre ni su misterio

 

Inventamos la fórmula

a modo de réplica de astro.

 

Con el carboncillo trazamos

su viejo reflejo sobre el papel.

 

 

***

 

 

ALEJANDRO SÁNCHEZ GARCÍA (Bogotá, 1987) Filósofo de la Universidad de la Salle. Ha sido docente de filosofía y humanidades en institutos, colegios y fundaciones de Bogotá. Hizo parte del Taller Local de escritura creativa Barrios Unidos, a cargo de Jorge Valbuena, en el 2017; del Taller Distrital de Poesía IDARTES, a cargo de Henry Alexander Gómez, en el 2018; y del taller de poesía Ciudad de Bogotá Los impresentables, a cargo de Rodolfo Ramírez Soto, en el 2018. Participó en la conformación de la revista de poesía Vitalogía, e hizo parte de su comité editorial, que recientemente dio a conocer su segundo número. Actualmente prepara la publicación de su primer poemario.


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