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12 May 2020 / 05:53 am

 

“UN REY QUE NO ME HABLA”: FE Y DUDA EN LA POESÍA DE EMILY DICKINSON


Escrito por: Manuel Valdivieso

 

“La fe resbala, ríe, se recobra.
Si alguien ve, se sonroja”.

(Emily Dickinson)

Llegué a Emily Dickinson motivado por la lectura del poeta José Manuel Arango. Sus versiones de los poemas de Dickinson fueron recopilados por la Editorial Universidad de Antioquia, en un libro titulado En mi flor me he escondido. El prólogo de Juan José Hoyos reúne los aspectos biográficos más relevantes de la escritora, pero deja de lado, al menos, una somera mención sobre sus temas recurrentes. Hoyos habla sobre la familia Dickinson y su papel importante en la fundación y cultura educativa en el pueblo de Amherst, un tranquilo poblado agrícola de Massachusetts habitado por puritanos calvinistas y situado a orillas del río Connecticut. Desde muy temprana edad, comenta Hoyos, la escritora sintió un apego tan grande por su familia que la llevó a rechazar invitaciones de otros allegados que vivían fuera de la región. Tiempo después estas actitudes se convertirán en una reclusión voluntaria en la habitación del padre que se extenderá hasta el día de su muerte. La poeta solo entabla comunicación con el mundo exterior por medio de sus diálogos con Lavinia -hermana que también se encargó de guardar y difundir su obra- y los cientos de cartas dirigidas a familiares y amigos. Lecturas feministas posteriores interpretarán el encerramiento en dos sentidos: el primero estará asociado a una decisión motivada por la necesidad de rechazar una sociedad que la sofoca por ser mujer y escribir, y el segundo, sugerido por Sandra Gilbert en su ensayo The Madwoman in the Attic, señalará el hermetismo como una forma de convertir la vida misma en un mito, en un texto emblemático en el que Dickinson explota lo que significa ser una mujer adulta en el siglo diecinueve para transformar esa noción y trascenderla.

Los datos más relevantes que aporta Hoyos en su prólogo para mi propia lectura de Dickinson tienen que ver con su formación. Dice: Emily comenzó a estudiar en el Colegio Amherst. Allí recibió una educación profundamente religiosa. La institución, por esa época, estaba dedicada casi por entero a preparar misioneros que iban a anunciar el evangelio en las zonas más remotas del mundo. En esta etapa conoce al profesor Leonard Humprey, que influye en su amor por la escritura e incluso la invita a participar en el club de admiradores de la obra de Shakespeare. Luego de graduarse ingresa al seminario, del que renuncia en 1848 por su conflicto con la dura ortodoxia calvinista, escribe Hoyos. Se sabe además que su reclusión voluntaria en la casa la aleja por completo de los servicios religiosos. Sin embargo, los himnos cantados en la iglesia y sus metáforas de alas y el vuelo como trascendencia, la acompañarán a lo largo de la vida como artista y seguirán presentes en su obra. Esta tensión manifestada entre la educación religiosa (y su pasión por los símbolos del cristianismo) y la renuncia al pensamiento dogmático de la misma religión se convertirán en uno de los temas nucleares de su poesía.

Carol J. Cook, en el ensayo Emily Dickinson: Poet as Pastoral Theologian, lleva a cabo una profunda investigación sobre los lectores de Dickinson que han elaborado hipótesis religiosas de su obra. Aunque mayormente leída como una poeta que se rebela contra el puritanismo, el calvinismo, el cristianismo y las corrientes evangélicas, también, los más recientes trabajos, dice Cook, la muestran como una escritora de una gran sensibilidad religiosa que camina por la difusa línea entre fe y duda. Estos autores, continúa, no la ven como una mujer de fe, pero tampoco la describen como una rebelde, hereje o naturalista. Para entender esta tensión es necesario dar una breve mirada al contexto social en el que Dickinson vive y escribe sus poemas, en especial los debates relacionados con la religión que se daban en la época: diseño inteligente versus la teoría de la evolución de Darwin, visión romántica del “yo” versus pecado original, fe racional versus fe emocional, y autoridad de las escrituras versus criticismo bíblico. Estos son algunos de los temas por los que se mueve la poeta y los que llevan a Cook a afirmar que su sistema de ideas -y también de creencias- puede ser descrito como una hermenéutica de la posibilidad. De esta forma, Dickinson celebra lo natural, cuestiona a Dios, duda como Tomás, disiente como Eva, pero nunca renuncia a la fe.

Tengo un Rey que no habla.
Y voy -perpleja- por las dóciles
horas y dejo atrás el día,
y me alborozo casi cuando llega
la noche y a través de un sueño
puedo atisbar en salas
que de día se cierran.

Y -si sucede- a la mañana es como
si cien tambores redoblaran
en torno a mi almohada y mi cielo infantil
se llenara de algarabía
y las campanas cantaran victoria
desde campanarios de mi alma.

Si no sucede, el pajarito
del huerto no se oye, ni mi rezo:
“Padre, que se haga hoy tu voluntad”,
porque mi deseo es contrario y sería perjurio.

Como se puede apreciar en este poema (103), mucha de la simbología usada por Dickinson nos recuerda los salmos o las canciones cristianas. Ese Dios que no habla llena de perplejidad al “yo”, que espera encontrar entre el sueño, la comunicación que no llega de día. Esa sola posibilidad de hallar al Rey entre las almohadas y el cielo infantil (inocencia) llena de alegría y hace que el alma retumbe como un templo. La incertidumbre de la comunicación no es señal de tristeza, ni de duda. Al contrario, el rezo sigue, la oración se entrega a Dios y a su voluntad, aunque en ocasiones se desee lo contrario. ¿De qué formas llega la comunicación con Dios entonces? En el poema 128, el Rey cambia de forma y se convierte en el tejedor que urdió la azul anchura, es el hacedor de los milagros y la belleza natural que hallamos a nuestro alrededor: Escribe cuántas notas tiene el éxtasis / del nuevo petirrojo / entre asombradas ramas, / cuántas jornadas hace la tortuga, / y cuántas copas bebe / la abeja, libertina del rocío. Ese tejedor, como dice Dickinson, también es:

Quién construyó esta casa cristalina
y cerró de tal modo las ventanas
que es incapaz de ver mi espíritu.
Y quién me sacará un día de gala
con alas para huir
que sobrepasan cualquier pompa.

Aunque es fácil encontrar señales de Dios entre lo cristalino y profundamente bello de lo natural, hay una barrera que nos impide verlo y ser vistos. El poema parece un reclamo, porque el espíritu permanece oculto, pero también hay una esperanza de que ese encuentro se concrete en la muerte. Ese otro mundo al que se llega y que solo puede ser percibido por algunos poetas -ella misma se llama en el poema 160 pálida cronista de terribles umbrales- es un escape al dolor del cuerpo que genera la incomunicación, una posibilidad para que el alma abra la ventana y sea vista. En palabras de Neil Scheurich -tomadas de su trabajo Suffering and Spirituality in the Poetry of Emily Dickinson- la brutal e inescrutable realidad de la muerte es una fuente de espiritualidad; es la puerta a través de la cual siempre estamos tratando de ver.

Pero ver a Dios, o conocer los misterios del cielo, por más deseable que parezca, no es siempre lo que llena de más regocijo. Aunque ese cielo no es capaz de guardar su secreto / y se lo cuenta a la colina que después se lo cuenta al pájaro que sobrevuela al "yo" del poema 191, ese "yo"=Dickinson reconoce que podría sobornar al ave para aprender el misterio, pero se refrena porque no saber es más delicado. Y dice: Guárdate, Padre, tu secreto. / No querría saber, aun si pudiera / lo que hacen los amigos del zafiro / en tu elegante mundo nuevo. Estos versos explican por sí mismo el concepto de hermenéutica de la posibilidad expresado por Carol J. Cook. No ver a Dios es mucho más placentero y sublime, la posibilidad de su existencia o no-existencia es ya una forma virtuosa de sobrellevar la vida. Pero ese no ver a Dios es a veces comprendido por Dickinson como una broma de mal gusto, y es en estos estados de ánimo en los que el cielo no está al alcance o es La manzana que cuelga / en el árbol, muy alta. Ese Rey con el que a veces se habla en la intimidad se convierte en el centro de los reclamos de la poeta: La púrpura huidiza de los atardeceres / es señuelo para los crédulos / enamorados del ilusionista / que nos rechazó ayer (poema 239).

La crítica de Dickinson no solo se centra en la noción de Dios, ese ilusionista que juega con nosotros y nos da la espalda. La agudeza de su sintaxis y versos se dirige también a los sistemas religiosos.

Más alla de la cerca
las fresas crecen.
Sobre la cerca,
si intentara trepar, sé que podría.
¡Son tan ricas las fresas!

Pero tal vez mi delantal se ensucie,
Dios me regañaría.
Y si Dios fuera un niño
¿no treparía, si pudiera?

La dura ortodoxia calvinista que menciona Hoyos es retratada por Dickinson en el poema anterior (251). Ese deseo, las ricas fresas, pueden ser alcanzadas por el "yo". Sin embargo, es posible que al dejarse llevar por la satisfacción de ese deseo, el delantal (¿alma?, ¿cuerpo?) se ensucie y se pierda la virtud. Lo cierto es que Dios, o el sistema de creencias cristiano, nos juzgará y señalará fuertemente. El "yo" se pregunta entonces si ese Dios no es también un alma inocente, que puede dejarse llevar por placeres tan simples como tomar unas fresas. A veces, esos representantes del Cielo en la Tierra se convierten en unos estafadores, en especial para, otra vez, aquellos ingenuos que creen que Dios les dará todo lo que pidan. Dickinson se dirige también a los creyentes que van a la iglesia esperando encontrar una respuesta o una comunicación en ese lugar (poema 324), o a esos que se visten de sobrepelliz y escuchan las campanas, sin saber que por naturaleza tenemos nuestras propias alas, y que incluso el canto que nos comunica con lo misterioso del universo se encuentra en el pájaro, al que llama nuestro pequeño sacristán que gorjea. Desde su encerramiento, Dickinson sabe que el cielo no está en otro lugar sino que, si se tiene una sensibilidad particular para apreciarlo, está en el presente, por ejemplo, en su jardín o su herbario personal.

Dios parece, a lo largo de la obra de Dickinson, una música, una energía positiva que se hace esquiva, que incluso hace guiños y burlas, como si en el juego de apariciones y desapariciones se encontrara la verdadera comunicación. Dios es incluso un antiguo vecino, el cielo prometido que se vuelve un lugar excelente cuando la tierra no puede tenerse. Es decir, la hermenéutica de la posibilidad es una consolación moral y casi terapéutica -como dirán los interpretes más religiosos de Dickinson-, contra el dolor de la vida cotidiana. Las puertas están cerradas, pero mantener la fe en Él es de por sí una alegría, aunque nos haya puesto tan alta la mesa, que en ocasiones tengamos que comer en la punta de los pies.

 


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