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24 Mar 2020 / 07:37 am

 

Compartimos el trabajo del poeta Luis Esteban Rodríguez Romero (Turrialba, Costa Rica 1979). Es cuidador editorial de Nueva York Poetry Press. Poemas de su autoría aparecen en la antología Voces del viento (Nueva York Poetry Press, 2018) y la revista Cartago Mío.

 

 

 

 

LA PARTIDA

Una a una
el río lava las voces
que se adhieren a sus piedras,
llevándolas por una ruta lejana
al agua de la que nacieron.

Con la corriente
me convierto en un fantasma
que es la morada de sus muertos,
y el ardor del agua
golpea mi rostro;
ahora soy un canto que proviene
de donde el río encuentra su creación
en la danza de los truenos
y los árboles.

 

 

 



CANTO DE CURACIÓN

Dos aves cruzan el cielo
y dibujan espirales plateadas
en un lienzo manchado de sal
que es su campo de batalla.

Somos notas inconclusas
en la canción al trueno
y a la montaña que lleva tu nombre,
cada gota de sudor discurre por la roca viva
hasta el mar.

Hacia ti dirijo
la música de mis ríos,
pero me pregunto si al beberla
se agotará su armonía
en una quemada deglución.
En el torrente,
la piedra se toma el agua
el aire, el manglar y los peces,
luego los deja pasar
con un poco de sí misma
como regalo para el viaje
                                  que no termina.

 

 

 

 



LA VOZ DE LA PIEDRA

La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios.
El despertar – ALEJANDRA PIZARNIK


Mi sia’ está partida, mi sia’ más querida,
el guijarro nacido de la corriente
en su lejano vientre de arena y algas,
un pececillo curioso
que acudió a mi
el día que aprendí los cantos sagrados,
como lo hizo mi maestro
y el suyo antes que él,
de los propios labios morenos de Sibú;
nunca falté al agasajo
ni los mandatos de Dios,
pero aun así se ha quebrado.

Ahora escribe mi epitafio sobre el suelo
con los dedos empapados
en su sangre de piedra;
es pacífica amenaza, fría también,
una voz que recuerda al barro seco
en los pies de los niños
después de jugar en la laguna.
Tarde, muy tarde,
estiré las ramas de mi mente
hasta abrir los cielos,
viejo, muy viejo,
la sia’ habló a mi oído
la sia’ habló en el sueño,
del día que predijo Sibú,
muerte y sal, habló,
sikuas con piel sin miedo a la lanza,
vienen de atrás del sol
con sus barbas de fuego,
tarde, muy tarde,
han despertado mis vidas
desde el amanecer hasta la noche.

¡Ay! Sabedlo, es tarde,
la vida se eleva,
será zopilote que vuela a Sulá,
el saber llega cuando el cuerpo desiste
y la Palabra calla la respuesta.

 

 

 

 

 


EL MENSAJE DEL USÉKAR


Dios se puso a enseñar a los usékölpa casi toda la noche.
Ya en la madrugada se puso a enseñar a los sukias.
Salió el sol y Dios tuvo que irse.
Por eso los usékares eran más poderosos.
Tradición oral Cabécar / Bribri
Oí decir del Usékar – MARÍA EUGENIA BOZZOLI

Si al final de esta vida
fuera un simple pájaro,
remontaría la distancia sobre la montaña
hasta los murallones donde el viento cae herido,
para entrar a la cavernosa imaginación
de su morada.

Allí estará el Uséköl,
rodeado de sus perros sagrados,
con plumas de garza en la frente
y el lujo de unos anillos pulidos por el mar,
tan celestial
que los diablos no sostienen su mirada.

Bañaré mi corazón
en las oscuras aguas de Dios,
para postrarme frente a él a llorar;
rogaré por la salvación de nuestra gente
a la virtud de las piedras,
y él me levantará el rostro para decir:
contra este futuro
                              nada nos puede defender.

 

 

 

 


ÁRBOL

Anoche soñé que era un árbol
y por más que lo intentaba,
no podía moverme.

Mi rostro daba la espalda al sol de la mañana
llenándose de musgo
mientras el cuello se me quemaba
desprotegido de mis ramas,
brazos que, de pesados, no podían obedecer.
Las raíces que había echado
me sujetaban infranqueables al suelo,
así que las tuve que convertir en pies.

Cientos de años pasaron
mientras esta metamorfosis se creaba
hasta que mis dedos se pudieron mover.

Entre la tierra húmeda,
las semillas de mis frutos
encontraron bienvenido asidero,
llevadas por el aire y las aves aquí y allá
todo un bosque crecía a mi alrededor.

Al dar el primer paso,
descubrí que ya estaba en todas partes.
Quisiera no despertar.

 

 

 

 



JAGUAR QUE SUEÑA CON LA POESÍA

En mi cabeza tuve pájaros,
sobre mis piernas un jaguar.
El canto del Usumacinta – CARLOS PELLICER


I
En un rincón del bosque tropical,
oculto entre el alto dosel,
debe estar durmiendo un gran jaguar.
Lo arrulla el gorgoteo de la lluvia mañanera
y un coro de croares en éxtasis.

Sobre las ramas,
danzan los esqueletos de quienes fueron sus presas
rindiendo tributo al Señor de las Sombras,
última cosa que vieron en vida.
Hacen ronda en torno a su cama de hojas
dejando escapar un tintineo de huesos que chocan,
desnudados ya de carne por las hormigas y los escarabajos
volverán a su tumba vegetal
cuando la penumbra regrese y el cazador despierte.

El jaguar es un fantasma entre los bejucos,
un relámpago de tiniebla,
sin ruido ni huellas
solo una promesa de muerte que avanza y acecha.


II
Dicen que cuando el jaguar duerme
sueña con un poeta que corre por la selva
con la misma gracia que él lo haría.
El poeta lleva en su pelo
parvadas de pájaros que echan a volar
cuando abre la boca y lanza
estrellas nacidas de su palabra,
que crea y llena de espesura al sotobosque
y de hojas húmedas al suelo,
donde rondan las culebras y crecen los hongos;
palabras que oxigenan las aguas del río esmeralda
en el cual se alimentan los peces
del liquen que crece en las piedras ahogadas.
Un día conocerán la barriga del jaguar
para unirse a su compañía de esqueletos.


III
Y yo te veo a ti Creadora,
con tu cabellera llena de pirangas
mientras que al hacer palabra
destruyes y renuevas el tiempo,
derribas la montaña para alzarla más alta,
y no caminas, sino que vuelas sin poner tus pies en el fango
ni tropezar con la tarántula o quebrar el balance,
traes la tormenta que rejuvenece las raíces
enterradas muy profundo en la tierra
y las inútiles cuentas que hacen los siglos.

Y si así te sueño, Creadora,
debe ser, por tanto,
que yo he de ser ese jaguar
que quizás duerme
llenando sus manchas de madrugada.

 

 

 

 

 


LA AUSENCIA

De las siete especies de tortugas marinas en el planeta,
seis habitan las aguas de América Latina y el Caribe.
Todas enfrentan el drástico impacto del cambio climático.
Organización World Wild Life
Tortugas Marinas: amenazas y soluciones

Por cien millones de años,
desde antes de que el hombre
imaginara a sus primeros dioses
y los demonios que asustan su memoria,
la tortuga ha venido a esta playa
a encontrarse con la luna y las tempestades.
Es una fruta que emerge de las olas,
para sembrar en la arena negra
las semillas de sí misma,
en los surcos labrados con su sal.
Y el jaguar, que es un invitado tardío,
ha comulgado junto a la tortuga
con sangrienta puntualidad
desde el amanecer de su clase,
despidiendo a las viejas y moribundas
con el respetuoso filo de sus colmillos.

Un hambre nacida de todos sus ancestros
le ha guiado hasta el mar para retar su inmensidad.
En su saliva reconoce la cita
a la que desde la espuma,

asistirá el manjar que acumula en sus arrugas
la sabiduría de las rutas oceánicas
y los pozos que no admiten la luz.
Por cien millones de años, quizás más.
Pero este día la tortuga no ha venido
y el jaguar, solitario, es una pincelada
de nostalgia sobre la playa,
un huérfano en el viaje hacia el futuro
que es la bocaza negra de la humanidad.

En algún lugar del océano,
la última tortuga
                       se ahogó entre mi pecho y el olvido.

 

 

 

 


ANTE LA MUERTE DE UN GATO

Para P.

La rabia es un sensor roto
que lanza falsas alarmas,
así como las bocinas
en una carretera congestionada
son voces que no consiguen formar un coro
de inminentes malas noticias.
Hoy solo he necesitado una
para darme contra la pared
y romper mi cráneo contra el asfalto.
                                          Mi gato va a morir.

 

 

 



EL ECO DE LA LLUVIA

Al volante,
la lluvia es un tamborcillo.
Golpetea el techo con tal belleza
que me obliga a apagar la música,
y su eco es tan pacífico
mientras estoy solo.
Ojalá nunca dejara de llover.

 

 

 


PERRO NEGRO

Para A y Z.

No estabas en la calle,
no te vi entre el hambre de la lluvia
aquella noche mientras regresaba.
Conduje cerca de los callejones
esperando que formaras parte de una acuarela,
pero no te encontré allí.

Dormías en una cama calientita,
soñando con tu hermano
a quién te adelantaste.

 

 

 

 

 

DEVORADOR

Como tributo a la soledad
un día Helios
se comerá a la poesía.
Y tras este acto de glotonería
se convertirá
                     en el dios del silencio.

 

 

 

 



Luis Esteban Rodríguez Romero (Turrialba, Costa Rica 1979). Poeta, novelista fotógrafo y gestor cultural. Realizó estudios en ingeniería de sistemas en la Universidad de Costa Rica y la ULACIT.
Actualmente labora para el Ministerio de Educación Pública dentro del Programa de Innovaciones Tecnológicas, en el Colegio Ambientalista de Pejibaye como analista de sistemas, y es piloto de RPAS certificado por la Dirección General de Aviación Civil desde el año 2019. Del 2013 al 2015 participó en la agrupación Teatro Signos de Turrialba, actuando en obras como Sueño de una noche de verano, Prohibido suicidarse en primavera y Bodas de Sangre. Publica su trabajo en fotografía de retrato bajo la cuenta “Luis Rodríguez Fotografía” en Instagram.
Forma parte del equipo de gestión cultural de Turrialba Literaria como facilitador de talleres literarios y productor de recitales y festivales poéticos, y cuidador editorial de Nueva York Poetry Press. Poemas de su autoría aparecen en la antología Voces del viento (Proyecto Palitachi, Nueva York Poetry Press, 2018), y la revista Cartago Mío.

 

 


Fundación La Raíz Invertida
Derechos Reservados Fundación La Raíz Invertida 2015

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