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06 Dic 2019 / 06:44 am

¡VAYAN A LO NATURAL!: EL TRASCENDENTALISMO DE TOMAS TRANSTRÖMER

Por Manuel Valdivieso

 

Algo llegó hasta la ventana un día.
Se detuvo el trabajo, yo levanté la vista.
Los colores ardían. Todo se dio vuelta.
El mundo y yo dimos un salto el uno hacia el otro.

(Cara a cara, Tomas Tranströmer)

 

Desde su primer libro, 17 poemas, los críticos suecos y europeos centraron sus ojos en ese joven llamado Tomas Tranströmer, que llenaba de imágenes surrealistas las formas de la poesía clásica, en especial las estrofas sáficas y alcaicas de su primer maestro: Horacio. Además de su dominio preciso de la métrica, sobresalía "el cambio entre lo decrépito y trivial hacia lo sublime y delicado" (Visión de la memoria, 1996), recurso que también había aprendido del lírico de Venusia. El tercero de los diecisiete poemas del libro, Cinco estrofas para Thoreau (sobre este poema y su relación con el escritor norteamericano puede encontrarse en internet el ensayo True Fugitives: On Tomas Tranströmer and Thoreau de Henrik Gustafsson y Niklas Schiöler) señalaría, desde ese primer momento, uno de los grandes temas de su obra poética: la observación detallada de lo natural como encuentro con lo trascendente. Tranströmer, aunque psicólogo de profesión, cursó estudios de Literatura e Historia de las Religiones en la Universidad de Estocolmo. En cierta forma, el poeta sueco puede ser fácilmente descrito como un hombre religioso, al menos en uno de los sentidos que Mircea Eliade le otorga al concepto: "Para el hombre religioso, la Naturaleza nunca es exclusivamente natural: está cargada de un valor religioso. Y esto tiene su explicación, puesto que el Cosmos es una creación divina: salido de las manos de Dios, el Mundo queda impregnado de sacralidad" (Lo sagrado y lo profano, 1957). Por lo anterior, la poesía de Tranströmer está construida a partir de "hierifanías", o manifestaciones de lo sagrado en el contacto con lo natural.

Ya desde la infancia -esa máquina de crear momentos trascendentes-, un Tomas Tranströmer de cinco años entraba al museo de Historia Natural y quedaba asombrado con los animales disecados (mamíferos, pájaros, ballenas, fósiles e invertebrados) que se amontonaban en el polvo. Sobre estos encuentros, el poeta, en su libro autobiográfico Visión de la memoria, escribió: "Dejaban en mí una impresión colosal; después los dibujaba en un gran cuaderno". La sensación que nos transfiere a partir del recuerdo es sin duda un encuentro con lo sublime. El niño de cinco años que ni siquiera sabe muy bien quién lo acompaña, experimenta una sensación de "nulidad". Soy una simple criatura ante las especies "colosales" del museo, parece decir. A partir de esa edad, y hasta la vida adulta como escritor, el Tranströmer adulto seguirá "dibujando en un gran cuaderno" esos animales, eso natural que lo conectaba durante la niñez con el Todo. Sin embargo, su material ya no serán los lápices o las redes con las que después atrapará mariposas e insectos en sus paseos por el bosque, sino el lenguaje analógico de su obra.

En su ensayo The Recognition of Faith in the Poetry of Tomas Tranströmer, Jennifer Whiting ahonda en la visión sagrada que el poeta sueco tiene del mundo. Su tercera línea argumental desarrolla la idea de que los destellos naturales y el encuentro con los otros son sinónimo de la obra en marcha de la creación de Dios. "La fe", explica, "es la forma en que el poeta encuentra en el mundo físico, a través de los sentidos, una serie de reconocimientos que lo ponen, a él y a sus lectores, cara a cara con la Unidad, y los confrontan con el milagro de la piel, los huesos y las posibilidades" (Whiting, 2004). El yo se mueve hacia afuera, hacia el mundo natural y de los otros en busca de la unificación, y regresa de ese encuentro cambiado en las fibras de su ser. No obstante, un aspecto olvidado por Jennifer Whiting sobre la poesía trascendentalista de Tranströmer es su condición de válvula de escape en cuanto oposición al mundo profano, el de las máquinas y el trabajo. Veamos el poema titulado Llanura estival, del libro Tañidos y huellas (1966).

Uno ha visto tanto.
A uno la realidad lo ha consumido tanto:
pero al fin, ha llegado el verano:

Un gran aeropuerto -el controlador baja
carga tras carga de gente
congelada del espacio.

La hierba y las flores: aquí aterrizamos.
La hierba tiene un Jefe verde.
Yo me pongo a sus órdenes.

Al principio del poema nos encontramos alejados de lo natural. Ese mundo por fuera de lo verde que nos consume solo es restituido por el verano, una etapa de sol y vida burbujeante, de fertilidad. El "yo" del poema va hacia lo natural, pero incluso en su viaje es todavía tratado como una cosa, "una carga" manipulada por otro ser humano. Solo en "las hierbas y en las flores" se encuentra el ser a gusto. Incluso, se escucha el llamado y las órdenes de un Dios, o Jefe Verde, que invita a las personas para que aterricen. El cierre es una explosión de color, no solo afuera sino adentro. Un poema del mismo libro titulado Bajo presión es también un claro ejemplo de la liberación que el hombre moderno encuentra en lo natural.

El estrépito del motor del cielo azul es fuerte.
Estamos presentes en un tembloroso lugar de trabajo
donde de pronto puede aparecer la profundidad del mar
-zumban caracoles y teléfonos.

La belleza, uno alcanza a verla fugazmente de perfil.
El denso cereal en el sembradero, muchos colores en un torrente amarillo.
Las inquietas sombras de mi cabeza son atraídas hacia allí.
Reptando, quieren meterse en el cereal y transformarse en oro.

Resulta sencillo imaginarse a un hombre atrapado en una oficina, atribulado por las responsabilidades que crean "sombras en la cabeza". Incluso, y lastimosamente, el cielo, imagen liberadora, adquiere las características de una máquina, y parece un motor ruidoso que no da respiro. Por fortuna, la visión de la belleza es posible. El hombre moderno logra atisbar, ya sea en su memoria, o por una imagen de la realidad tangible, lo natural. Y su único deseo es "meterse en el cereal y transformarse en oro". En esa fuga hacia la planta se encuentra lo sagrado en un mundo lleno de experiencias profanas.

La liberación es, incluso, en algunas situaciones, conocimiento de uno mismo, el problema radica en saber conjugar lo de afuera (lo natural) y lo de adentro (el yo) para conocernos. Así ocurre en Preludios II del libro Visión Nocturna (1970).

Dos verdades se acercan una a otra. Una viene de adentro, una viene de afuera
y allí donde se encuentran tiene uno la oportunidad de verse a sí mismo.
Quien se da cuenta de lo que está pasando grita desesperado: "¡Alto!
Lo que sea con tal de evitar conocerme a mí mismo".

Por suerte, no siempre el encuentro con lo sagrado es tan complejo y doloroso. En el poema en prosa El Claro, del libro La barrera de la verdad (1978), el "yo" viaja a lo natural, bosque que rodea un pantano. La diferencia entre la persona de Preludios y la de El Claro, es que esta última admite estar perdida, y es esa conciencia de nuestra nulidad en el mundo la única manera de ser nutridos por lo que viene de afuera. El paseo por el bosque es oscuridad, pero a medida que vamos avanzando las revelaciones nos permiten encontrar la unidad de adentro. "Pronto, la maleza escasea y hay más luz. Los pasos se hacen más largos. Un sendero aparece sigilosamente ante mí. Estoy de vuelva en la red de comunicación". El camino que se encuentra es hacia los otros, porque si no nos encontramos primero, si no liberamos a las sombras internas, será imposible regresar a esa "red de comunicación". Lo natural es en cierta forma un aprendizaje moral y lo único que nos permite estar en comunión con las personas que nos rodean.

Los hombres y las mujeres van a lo natural para encontrarse y encontrar lo sagrado: "Vamos volando en búsqueda de Ti / a través del verano, en cinemascope". Pero a su vez, lo natural viaja hacia nosotros, el encuentro es posible porque eso otro nos corresponde y da el salto para que nos miremos a los ojos.

Camino a casa veo los hongos surgir en la gramilla.
Son dedos que piden ayuda, dedos de uno
que para sí mismo sollozó largo tiempo, en la oscuridad de abajo.
Pertenecemos a la Tierra.

Cuando entrevistaron a Tranströmer luego de recibir el Premio Nobel de Literatura en el 2011, le preguntaron por la forma en que su trabajo como psicólogo -especialmente dedicado al oficio en centros de apoyo a víctimas de las dictaduras latinoamericanas y centros penitenciarios para jóvenes- había influido en su obra poética. Tranströmer dijo que era muy curioso que nadie le hubiera preguntado cómo la poesía había transformado su trabajo. No sé si al final alguien se atrevió a hacerle esa pregunta. Pero imagino al psicólogo, sentado en su consulta o caminando por pasillos repletos de adolescentes, gritar en silencio: "Cuando sientan que la vida en este mundo no les alcanza, ¡vayan a lo natural!". 

 

MANUEL VALDIVIESO. Nació en Cúcuta y es autor de la novela Los hombres no van juntos a cine (Camm Editores, 2014).


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