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03 Sep 2019 / 09:06 am

Dos reseñas sobre El Atajo de Mery Yolanda Sánchez

 

 “El Atajo”

Por María Clemencia Sánchez

Publicada en 2019 por la editorial bogotana Himpar, El atajo es la primera novela de Mery Yolanda Sánchez, la consagrada poeta, que obtuvo el segundo lugar en el Premio Nacional de Novela de la Pontificia Universidad Javeriana en 2012. Siete años después de este reconocimiento, la novela de Mery Yolanda Sánchez ve la luz de una segunda publicación con una editorial marginal y con los fragmentos de unas cartas que le escribió Samuel Vásquez a la autora apropósito de la novela El atajo. Esta es la primera carta:

 

6 de mayo de 2014

“Querida Mery Yolanda:

Acabo de leer tu novela-poema-testimonio, El atajo.
Me ha golpeado, gustado, chocado, admirado, dolido.
Es una pedrada en la mitad de los ojos en plena oscuridad.
Qué dureza, qué exactitud. No hay literatura, todo ese esencial.
Recibe mi abrazo, mi dolor, mi alegría”.

 

Creo que las palabras de Samuel recogen perfectamente la idea que le queda a uno como lector luego de la lectura de esta enigmática novela. La novela está estructurada como un diario de viaje y el tema es el manido tema de la violencia en Colombia. No obstante, es el lenguaje elegido por Mery Yolanda Sánchez quien impide que leamos esta novela, como una novela más de violencia. Justamente, el lenguaje que sostiene discursivamente a El atajo es el de la poesía. Pero no la poesía neo-romántica que agobia y asfixia a La vorágine, verbi gracia, la novela de nuestra violencia, por antonomasia. Tampoco es el lenguaje comprometidamente realista a la manera de novelas canónicas de esta estirpe como Siervo sin tierra y El Cristo de espaldas de Eduardo Caballero Calderón. El atajo de Mery Yolanda Sánchez tampoco se repliega en la fácil y pegajosa estrategia de la sicaresca, ese subgénero urbano que explotó la más precaria condición humana en un contexto esencialmente antioqueño, pre, durante y pos Pablo Escobar.

El atajo de Mery Yolanda Sánchez es una novela de la violencia en Colombia, sí, pero no continúa ni revive la tradición en la que se ha escrito esa violencia secular nuestra. El atajo explora la forma del testimonio en primera persona por medio de un falso diario de viaje que no registra ni fechas ni horas. Es una voz interior que va haciendo un registro poético de los eventos descomunales de la Colombia rural, marginal, marginada que vive aún en un tiempo mítico, por fuera de los imperativos del tiempo de la globalización.

La voz interior conduce el diario del viaje en primera persona y en letras itálicas, pero es una voz lírica con marcas de una estética de estirpe claramente surrealista. Por su parte, el narrador de la novela se configura a partir de capítulos indicados con nombres de pueblos, veredas o aldeas que bordean lo imaginario: El Charco, Palmira, Magüi-Payán, Mosquera, San Andrés de Tumaco, Barbacoas, etc. Una geografía dispersa, un país fragmentado, una patria que siempre está al otro lado del río, llegar a él es cuestión de encontrar quien conduzca la lancha, la canoa que une y desune la luz y la sombra.

No es el realismo mágico, no se trata de una novela que reencauche anacrónicamente las estrategias discursivas del autor de Cien años de soledad. El atajo va en otro sentido: construye un lenguaje de función poética y tiene la fuerza que ya le conocíamos a Mery Yolanda, la poeta. La enorme poeta que ha narrado nuestra más reciente violencia sin asomarse a los panfletos. Sin arrodillar el lenguaje a la denuncia social. Verbi gracias, estos fragmentos:

 

Y ya no olía a miedo, era pomarrosa, madre. Ser desde la boca hasta los pies. (p. 31)

Huelo a ellos, a hedor de territorio nacional, a raza muerta. (34)

Un oboe de dos segmentos y sus razones enfermas. (p. 53)

Ese comprender la respiración atropellada del victimario se acumula en mi oído nuevo. (p. 68)

Aun el sabor a patacón en mi boca y los ojos tristes de la mujer que frita el mal tiempo de los uniformados. (p. 86)

Después de un silencio, que duró la noche más negra del cielo nacional, nos permiten continuar. (p. 87)

 

Medellín, 13 de septiembre de 2019

 

 

  

 

“Algunas palabras sobre El Atajo, de Mery Yolanda Sánchez”

 

Por Luis Arturo Restrepo

El título del libro “El atajo” ya impone, de entrada, una disposición especial. Y lo confirmamos además por el nombre de su autora. Y lo que ella representa para la poesía colombiana contemporánea. La obra de Mery Yolanda Sánchez se ha convertido, desde la penumbra, buscada por ella misma, en una luz opaca que nos lleva por los recovecos de una nación que ha hecho su elección de vivir en medio de las cicatrices, viejas y nuevas. Con apetito voraz de un coloso sin escrúpulos.     

Tras la primera página aparece el epígrafe, escrito por la propia autora y esa elección pone de manifiesto que lo que viene es también propio. Es decir, sin artilugios ni artificios. Tampoco con las acostumbradas concesiones y decoros con que por estos días se disfrazan nuestros poetas, para hablar bajo el velo de la belleza, en una voz y en un dolor no suyos. Varias líneas nos advierten a la entrada del libro: “Muchas sombras pesan. La sangre tirada / en las calles habla y toma forma de país. / Las detonaciones que nadie escucha / siguen conmigo y, en el comedor, / bocas abiertas reciben el eco de la confusión. / Me tomo el derecho de tener memoria”. Y esta última palabra marca una larga brecha por recorrer. La contradicción está servida desde el inicio: para la memoria no hay atajos. Es nuestro el derecho a tener memoria, mas lo que se nos impone es el azar obligado de no poder mirar para otro lado en un país que lleva años desmoronándose.           

Tras la primera página nos damos cuenta que el escenario no escogido, sino impuesto para la narración, es el de la costa colombiana del pacífico nariñense. Y digo impuesto, porque más allá de los géneros literarios y de las encerronas academicistas para tratar de desenredar el imposible nudo humano que somos, estas páginas responden a una experiencia vital en la que la autora es al mismo tiempo el personaje y sus fantasmas, los miembros amputados, las úlceras que sangran y las sombras de los niños que se arrastran sin cuerpo por la maleza que los devora. El atajo puede ser crónica, diario de viaje o novela corta (como fue reconocido en 2014 con el Premio de la Universidad Pontificia Javeriana), pero sobre todo es poesía. Un largo poema que se sostiene en 15 pequeñas partes y 97 páginas manchadas en tinta o, mejor aún, en el lento padecer de los 21 días que dura la travesía por el litoral.       

Nada es gratuito en la narración. La voz que narra en primera persona nos cuenta de un periplo obligado. Ante la inclemencia del desempleo, la narradora se ve sin más opción, obligada a recorrer 10 poblaciones apartadas entre sí, en medio de la selva, los grandes ríos “las guerrillas, los paramilitares y la malaria”. El motivo del viaje: hacer talleres de promoción de lectura en las bibliotecas públicas de estos lugares. Así, dos condiciones a manera de metáforas se imponen: el viaje y la promoción de lectura. El viaje permite dimensionar el país, la monótona geografía del desarraigo, de la pobreza y el abandono. La promoción de lectura o, para adentrarnos en un tema más grueso que nos es imposible evadir como lectores de este libro, el papel de la literatura, su función ante la ignorancia sistemática a la que se ven reducidos nuestros pueblos más olvidados. 

El libro se divide, como se dijo anteriormente, en 15 pequeños capítulos que sirven para ir desgranando un tortuoso recorrido en medio de la fauna local: alcaldes incompetentes, presidentes de juntas anónimas, cantineros ebrios, bibliotecarios analfabetas, choferes sin rumbo. Y como parte del paisaje común: uniformes, botas, fusiles, requisas, granadas, muertos y más muertos. La travesía por el libro también propone, de entrada, un impacto visual: párrafos que se intercalan de manera arbitraria entre la letra cursiva y la letra redonda atraviesan todo el libro. Lo que viene en ellos también nos atraviesa. La letra redonda sigue el hilo de la historia, lo que acontece en el recorrido, la minucia de lo real, la aceptación del viaje, la negación de lo inevitable. En la letra cursiva va la pesadilla, el monólogo interno de quien delira viviendo la misma realidad que su cuerpo experimenta pero siendo otra. Aquí se aguzan los sentidos, los miembros pesan en demasía, los órganos laten y apestan, secretan bilis y sangre, y como en las pinturas negras de Goya, los fantasmas danzan con las brujas, a los niños los devoran sus padres y procesiones de locos, enfermos y ciegos, cantan en coro el horror de la vida que los abraza. 

Y a todo esto y como telón de fondo, una espesa neblina lleva el eco presente de la palabra del inicio: la memoria. Y algo me trae a la poeta rusa Anna Ajmátova, en su pequeño prólogo al poema Réquiem, escrito en Leningrado entre 1935 y 1940, en donde narra los meses a las afueras de la cárcel en donde, como medida para callarla a ella, habían encerrado a su hijo junto a miles de inocentes, el prólogo dice: 

 

-Y usted puede dar cuenta de todo esto?
yo le dije:
-Puedo.
y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro.


Mery Yolanda Sánchez, no sé si en el impulso necesario de dar cuenta o en su imposibilidad de entender su experiencia sin acudir a la escritura, nos ha dado este bello y al mismo tiempo, terrible libro. Un puñado páginas por donde desfilan paisajes hermosos bajo el manto de la degradación y la violencia, algarabías de niños que turnan su risa por llantos en donde el hambre y el miedo avanzan a plena luz del día; seres amputados, víctimas de la gangrena y la paranoia. Y avanza también Mery Yolanda con todo esto a cuestas y dispone de su cuerpo para contarnos lo que pasó, lo que sigue pasando. Un libro que se abisma en lo sensorial, en los sentidos que se avivan y revientan para decir de la realidad no sólo lo inmediato y lo anecdótico, sino lo que va más allá y cala en la piel y rotula la escritura. Un libro personal y valiente, sincero, y que celebro en medio del espectáculo oportunista de quienes asumen el dolor ajeno como un espacio más para colgar su ego. 

 

Medellín, 15 de agosto de 2019

 


Fundación La Raíz Invertida
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