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03 Sep 2019 / 08:04 am

El cielo y sus aberturas

(Sobre el libro Una llaga en el cielo de Santiago Erazo)

 

Por Henry Alexander Gómez

La poesía colombiana contemporánea, la poesía escrita por las más recientes generaciones de poetas colombianos, viene en los últimos años marcada por un leve movimiento. Y digo “leve” porque tal vez no es un movimiento perceptible a primera vista. Como toda tradición, esta corriente que fluye se manifiesta a partir de publicaciones, revistas, festivales y otros dispositivos; pero esta tradición, ya se ha dicho bastante, está marcada por una atadura especial por la quietud y lo conservador. También lo afirmamos, el hecho de que la poesía colombiana sea conservadora no implica que no tenga grandes aciertos, así lo demuestran libros importantes y voces que se asientan rígidamente en el árbol imperecedero de la palabra. Sin embargo, llega un momento en que este río que fluye necesita una respiración novedosa, es este un torrente que busca su luz propia, una salida cuando ya no hay más para decir, cuando no se puede repetir lo ya dicho.  

He visto cómo varios de los poetas jóvenes, en su naturaleza revolucionaria, optan por una rebeldía innecesaria, por un arrebato comprensible en busca de identidad, y escriben desde poéticas que niegan o repudian la tradición. A mi parecer, y siempre lo he pensado así, es una opción equivocada que termina en el desgaste, en frustraciones cuando no se logra la madurez suficiente sobre lo que implica el oficio de la escritura. Santiago Erazo, lo decimos con fe, es de esos poetas jóvenes que logran superar rápidamente estos imaginarios inoficiosos y ha sabido leer y escribir desde una poética reflexiva de la misma poesía, ha sido consiente que la palabra se urde con algo más que la inmediatez, que todo poeta siempre es un gran lector, que la palabra se busca dentro de la propia palabra y su correspondencia con el mundo, que la poesía está marcada más por el silencio que se mira a sí mismo, y que en cada uno de nosotros pervive la voz de quienes nos preceden, dentro de una ávida transparencia.

Cuando el joven poeta es consciente de estas implicaciones, cuando se es consciente de la imposibilidad de la escritura, cuando se está en constante reflexión, los pasos son más rígidos, la huella es más profunda y los aciertos y búsquedas más abiertas. Esto está demostrado en las páginas que hoy celebramos del libro “Una llaga en el cielo”. Con un inusitado discernimiento, Santiago Erazo, ha sabido erigir un bosque especial, o, en este caso, ha sabido abrir el cielo desde otra fisura, desde un trabajo original con la imagen, desde un decir somatizado por la brevedad, desde una cavilación sincera con las herramientas que nos brinda la escritura, y ha alcanzado una trabajo particular con ciertas ascendencias que estremecen, como lo hace la verdadera poesía.

“La belleza es disciplina”, reza un verso contemporáneo, en Una llaga en el cielo nos aproximamos a un crisol de texturas que se erigen desde el cuerpo, esa llama que nos rodea y nos conecta con el afuera y el interior, el cuerpo se transforma en una especie de lienzo, el papel es una piel en blanco ávida por escribirse. Pero no es el cuerpo habitual al que ya estamos acostumbrados, acá entrevemos una mirada distinta, una exploración que va desde la casa habitada por los fantasmas de la soledad, la oscura habitación como refugio de lo íntimo, y lo íntimo en la exploración del erotismo y lo sexual. “tal vez no haya cuerpo más deseable / que la oscuridad de un cuerpo solitario”, dice uno de sus poemas, la poesía es un cuerpo vivo, se enfunda en la piel y las sensaciones, en el aislamiento y el erotismo imaginativo; sí, hay una especie de poesía erótica, de ensoñación a partir el órgano masculino, la palabra que eyacula, la esperma como escritura, una simiente que sueña con habitar o deshabitar otros cuerpos:

 

un estado intermedio entre lo sólido y lo líquido

Un río que arrastra el cadáver
de su cauce vacío
go
ta
tras
go
ta

aire sólido la carne de los cuerpos
líquida muerte su respirar

algún día
he de eyacular
esta bilis negra

 

La escritura es también un ritual de las manos, el dedo índice y el pulgar que toman la pluma para eyacular la tinta que mancha el papel, esa semilla negra con la que se ha poblado la tierra, el nacimiento del erotismo cuando se toma el instrumento para poseer ese imposible, “escarbar la noche con el sexo”, “escupir por “el” sexo un ángel tísico y apolillado”.

Vale señalar, apoyar lo ya dicho, que Santiago Erazo no es ingenuo al abordar esta inusual poética. El poema breve es decantando por el silencio, la imagen construida no es la de siempre, vemos una suerte de lenguaje que conmueve en su arquitectura, que emociona en sus andamiajes: “caben tantas mujeres en esta sola mano”, “limpio mis segundos, / mis millones de moribundos segundos con blanco papel de baño”. Es una reproducción solitaria igual al orgasmo que hace el escritor o la escritora en su intimidad con el papel y la tinta.

Festejamos que la poesía colombiana siga ese “leve” pero riguroso y ávido cauce. Acá, una vez más, ha encontrado una luz propia, es en la conversación con la tradición donde se hacen los hallazgos que la mueven, donde verdaderamente se innova. Sospecho que este cielo y sus llagas no pasará en vano. El poeta nace, eyacula y muere, pero su voz es siempre sostenida por las voces que le preceden y le suceden.

Acá una muestra de algunos poemas:

 

 

 

d

tal vez no haya cuerpo más deseable
que la oscuridad de un cuarto solitario

una carne tibia hecha de aire
aunque oprima y no deje respirar

porque los cuerpos reales son estrellas
que te calcinan al tenerlos tan cerca
y prefieres una distancia prudencial
para admirarlos

he anhelado
una transfusión de luz para mis venas

 

 

 

o

rito de manos

me habito con mis manos
hago una casa de mi cuerpo
ajada y porosa como el sol

rito de manos este hundirme en mi sangre
como en un lago incendiado
de es
car
bar la noche con mi sexo


rito de manos
cáscara amarga de mi soledad

 

 

 


a

caben tantas mujeres en esta sola mano

está cerrada
                               empuña con fuerza
                               y es como enjaular tulipanes

acaricio miles de senos con esta sola mano
tengo un mar cicatrizándome en la palma

es comprobar
cuánto duele lo bello

 

 

 

 

t

limpio mis segundos
mis millones de moribundos segundos
con blanco papel de baño

he apuñalado ese reloj
que me late entre las costillas
y los segundos no dejan de brotar

pierdo mi vida matando mis vidas
y mis dedos son agujas
que me cosen con hilo hecho de llagas

 

 

 

 


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