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08 Nov 2018 / 08:37 am

 

Por Esteban Moore

 

Lawrence Ferlinghetti nació en Yonkers, estado de Nueva York, en 1919. Durante la Segunda Guerra Mundial, como oficial de una unidad antisubmarina de las fuerzas aliadas, se dedicó a entrenar en Escocia a marinos noruegos que habían logrado huir de su país, ocupado por los nazis. Finalizado el conflicto ingresó en la Universidad de Columbia y posteriormente realizó estudios en la Universidad de la Sorbona en París. En 1953 se radicó en la ciudad de San Francisco donde abrió la ahora emblemática librería y editorial City Lights y participó del Renacimiento Poético de la ciudad.

Su obra puede ser considerada un extendido proceso de reescritura, en el sentido de que todo procedimiento literario lo es si se aventura en la exploración de sus propias raíces. En este trayecto en particular nada es desechado, su discurso se halla sembrado de variadas referencias literarias y culturales, en muchos casos evidentes, en otros de una profunda oscuridad, que sin embargo, refulgen en una nueva luz. En su voz se percibe la resonancia en súbitas, repentinas imágenes, de otras voces: Byron, Matthew Arnold, Albert Camus y el Dante entre otros, y alude asimismo a elementos culturales ajenos, los apropia, entrelazándolos en la trama de un territorio multicultural que anuncia lo inevitable: Será una voz mestiza/ una voz políglota cantando/ tarde en la noche/ en las extendidas llanuras/ donde la desaparición de las luciérnagas/ señala el amanecer de una época terrible. [1]

Su mirada, “el ojo obsceno del poeta”, siempre atento al universo, expresa sus inquietudes en una modalidad poética en la que se evidencia la intención de regresar a la práctica de los bardos, la comprensión del fenómeno poético como un evento público, donde la recuperación de la perdida capacidad del poeta para difundir su noticia resulta fundamental. No se trata simplemente de una continuidad del modelo romántico (Byron, Shelley) donde el poeta se ve a sí mismo como un héroe, sucesor de Prometeo o de Hércules, que asume roles proféticos. Es su intención recrear la confianza en el poder de la inspiración, y transmitirnos su fe en la noción de que el poema, con su energía crítica, operará sobre el mundo y el espíritu de los seres humanos.

Expone su visión, la de su vida interior y de las cuestiones que lo desvelan, sin arrojar al olvido la realidad inmediata y los problemas de los tiempos en los que azarosamente le ha tocado vivir; nada ha de quedar fuera de los límites de su interés, desde la preservación del medio ambiente a las cuestiones políticas y a las sociales, nada es ajeno a esa voluntad que indaga, expandiendo el radio de acción del poema.

Al igual que Jack Kerouac, Gregory Corso y Allen Ginsberg, él pertenece a ese grupo de escritores que en la múltiple producción literaria de su época interpretan la voz, el ritmo de su tiempo, transforman su sensibilidad. Junto a Kerouac, creador del término emblemático “beat generation” (que significaba, en sus propias palabras, “lo beatifico”, “ intentar vivir un estado de beatitud, similar al de San Francisco de Asís cuando expresaba su amor por todo lo creado”), que absorbido por la oralidad y los modismos destaca la distancia y las diferencias existentes entre los escritores norteamericanos y su origen lingüístico; y de Allen Ginsberg, que refracta en su “Aullido “ whitmaneano la traumática situación de una generación que agobiada de mandatos no estaba dispuesta a repetir el comportamiento social de sus antecesores; introducen la idea de la poesía como una “performance pública”, e irrumpen en la escena desafiando las normas cristalizadas y la formalidad imperante establecida por lo que consideraban que era en ese momento la poesía académica u oficial, subvirtiendo el lenguaje institucional, logrando con su arte una cierta expansión literaria en un período de contracción de la cultura.

La escritura de los Beats emergió en una época en que la literatura norteamericana, según Paul Hoover [2], estaba caracterizada por un exceso de decoro y formalismo. Ellos encarnaron una actitud poética antiintelectual y antijerárquica, en la que la búsqueda de visiones y revelaciones no está reservada sólo a aquellos que pueden darle expresión literaria o artística, sino que debe ser compartida por todos los que rechazan el pasado y el futuro por igual, por todos los que se rebelan contra toda forma de autoridad u organización social, por todos aquellos que desean aguzar sus sentidos para enriquecer su propio diálogo con la existencia. Ellos no deseaban controlar la naturaleza, los eventos o a las personas. Sabían que vivían en un mundo que se encaminaba a su propia destrucción y que eran necesarias respuestas renovadas. En este proceso que se sucede dentro de los extendidos y difusos límites de lo que se llamó Movimiento Beat, toda forma de conocimiento que permitiera ampliar las fronteras de la percepción fue aceptada. Los beats contemplaron al mundo de una manera diferente a partir de sus lecturas de textos pertenecientes a la tradición del budismo Zen, de su creencia en que la interacción de distintas concepciones religiosas conformaría una nueva conciencia espiritual, de su reconocimiento de las culturas indígenas y de sus experiencias con alucinógenos, entre otras cosas.

Todos aquellos que formaron parte de lo que en la actualidad se reconoce como el Movimiento beat o la generación Beat (denominaciones que pertenecen al mundo de la periodización historiográfica que podrán denotar, pero nunca connotar, la profundidad de la transformación que se opera a partir de ellos en la mente contemporánea), cultivaron en sus discursos distintos grados de diversidad estética, desarrollaron poéticas reconocibles; para ellos las tendencias estéticas, como las lenguas, no se imponen unas a otras: traducen, se integran, colaboran, realizan prestámos, y en este contexto recrean la significación lingüística.

Lawrence Ferlinghetti explica este fenómeno de la siguiente manera: Si has estado leyendo acerca de la interpretación de las poéticas de los Beats hallarás en ellas que los términos ‘poético’ y ‘poéticamente’ son en realidad ‘malas palabras’, deben ser evitados. Lo concreto es lo más poético. El detalle exacto, sin bordados adicionales. De esto trata precisamente la ética de los Beats.[3] Una ética que asumiera la nueva sensibilidad ante la belleza que se estaba produciendo y que diera cuenta de ella en su percepción poética. Las palabras de Ferlinghetti son de algún modo la traducción actual de aquéllas de Ezra Pound: “El objeto en su naturalidad es siempre el símbolo adecuado.”

En La Poesía como un arte insurgente, Ferlinghetti reúne una serie de textos escritos a partir de los años 50 del siglo pasado, en ellos nos brinda una intensa reflexión acerca de su concepción estética, la poesía y el oficio de poeta. Esta es su Arte poética, sus argumentos en defensa de la poesía, y también un llamado de atención, un solitario grito de alarma ante los peligros que presenta un mundo globalizado en el que la tecnología sólo ha logrado profundizar la desigualdad.

Asimismo es un mensaje dirigido a los más jóvenes insistiendo en que la poesía no solo es crucial por lo que nos puede decir del mundo externo, sino que es fundamental en la creación de órdenes imaginarios alternativos, y para ello deberá hacer uso de todos los elementos rítmicos, fonéticos y verbales a su alcance.

 

*Prólogo al libro La poesía como un arte insurgente: Lawrence Ferlinghetti versión de Esteban Moore. 

 

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Referentes bibliográficos:


[1] Viajes por América desierta, Ediciones Unesco/Editorial Graffiti, Montevideo 1996. Versión Esteban Moore.
[2] Paul Hoover, Postmodern American Poetry, Norton &Co, New York, 1994
[3] Lawrence Ferlinghetti, carta al traductor, San Francisco, 11 de agosto, 1994

 

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