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11 Jul 2018 / 11:10 am

 

“Siempre es de noche cuando el hombre muere”

(Prólogo del libro “Sobre la palma del tiempo” de Luis Luján)

 

Por Henry Alexander Gómez

En una constante reflexión sobre el lenguaje y la poesía, asistimos al nacimiento del libro Sobre la palma del tiempo del poeta argentino Luis Luján. Y esta búsqueda es, a su vez, una revelación sustancial de la palabra. Como “formas caídas del silencio”, sus poemas atizan el mundo, lo remueven, lo incendian y lo llevan a su origen, a su estado más primitivo, para encontrar allí aquello que se esconde pero que intenta definirnos. Es decir, como quién observa a contraluz, todo lo que nos rodea se transforma en una página en blanco, casi transparente, por donde mira el poeta y traduce y escribe sus formas:

 

“Leo la tierra como un libro sagrado / Descifro la marca que el viento ha dejado en la piedra / Indago en los árboles mi herencia / la eternidad dormida /la matriz inicial”.

 

La palabra es un espacio donde se cuestiona la realidad, y donde se define, a partir de una incógnita, un “algo” cercano al corazón del hombre. Sobre la palabra del tiempo es un libro que puede asociarse a la poesía del pensamiento, a ese orden metafísico del silencio, ese lugar que hay entre la indagación, la emoción y las ideas. El poeta, —más acertado es decir “el hombre”—, se define como lenguaje, que es a su vez un algo indefinido, una exploración, una premisa inconclusa.

Y, desde luego, esa ascendencia existencial está ligada al tiempo que es otra forma de lenguaje:

 

“El silencio es la sangre del tiempo / Mi sangre es tiempo detenido / un río circular que no me lleva /una forma de entender lo callado / lo que siempre estuvo /lo que nunca se dijo”

 

En el trabajo de Luis Luján el tiempo es silencio y resonancia, el tiempo es expresión, por lo tanto, el tiempo también es poesía. Es allí donde se mueven los elementos, es él quien resignifica las cosas. “En el vaivén de las hamacas”, en el pájaro que muere, en el árbol que crece, y en los ojos que lo contemplan.

Pero esta contemplación es doble, no se puede ver afuera sin mirar adentro. Como los expresionistas, lo que se observa también está distorsionado por el fuego interior, de allí que esta búsqueda sea un particular que desemboca en una poesía unitaria que tiene un logrado equilibrio entre emoción y pensamiento. Con un ejercicio consiente de la poesía, con una urdimbre concreta del verso, Luján, nos lleva por un camino luminoso con focos de oscuridad, lleno de aciertos poéticos:

 

“Siempre es de noche cuando el hombre muere / cuando la distancia le golpea el oído / y es tierra en vez de sangre / lo que va por sus venas/ Cuando llevan al muerto en procesión callada / las flores sucumben a su paso / mueren tanto de verlo con su quieta sonrisa / y es inútil al muerto su entereza”

 

Morir es nacer afuera ha dicho el poeta, también argentino, Hugo Mujica. Cuando aprendemos a ver, cuando la poesía nos mueve la tierra, asistimos también a un nacimiento. El hombre, o el poeta, no puede volver a ser el mismo. Inicia una incertidumbre que también es una conciencia de las cosas, el “barro final”, “un árbol desvelado que madura el día”:

 

BARRO FINAL

La tierra está quieta en el espacio
lo que gira es el árbol

Una boca mineral y oscura
muerde su raíz

El espinillo resiste en el tiempo
barro final en que morirse

Un árbol desvelado que madura el día
arrastra en su fragancia al planeta vencido

 


Con gran destreza, Luis Luján nos señala el misterio del mundo y los secretos que encierra la poesía. Celebramos entonces este arder de la palabra, esta procesión de formas que palpitan en esta extraña y bella palma del tiempo.

 

Acá, algunos poemas del libro: 

 

 

 

 

ETERNIDAD

Leo la tierra como un libro sagrado
Descifro la marca que el viento ha dejado en la piedra
Indago en los árboles mi herencia
la eternidad dormida
la matriz inicial

Mis manos salen de la tierra
alzan cierto fulgor de pasto creciente
cierto brillo de mujer cuando sueña

Busco en la huella de los siglos
el empecinamiento de girar para siempre

El polvo cubrió la mirada del hombre
y en el humus dejó palabras olvidadas

He perdido el alfabeto y la distancia
no sé mi nombre
no he nacido ni he muerto
soy tierra adentro de la tierra

 

 

 

 

DEVENIR

Estoy hecho de aire
lo evidente en mí es una lágrima
abajo
río de sal traslúcido

Un devenir lento
La costumbre de girar en la tierra
los siglos que la han hecho
el índice que empareja el sueño
los días de la gloria
y el fracaso

Estoy hecho de agua y tiempo
y el ojo de Dios es tan intenso
un látigo el iris incisivo
no se ve cuando pega
pero duele

Milenios de mirar infinito
de girar cabeza abajo
las raíces del cielo
la madurez completa del silencio
y un fulgor de hacha que cae

 

 

 

 

PLAZA

La plaza es el centro del mundo
desde aquí todo se contempla

En el vaivén de las hamacas la vida resiste
lo que sube sube
lo que baja queda

Nadie toque el árbol que es sagrado
El que mata un pájaro entristece

En esta plaza el universo es posible
Una estatua mira desde la muerte
y más allá
un niño come tierra

 

 

 


TROFEOS DE LUZ

Para que nunca muera
dejaré sobre un papel su forma escrita
su mirada de otoños repetidos
y esa manera de ordenar los sueños
como trofeos de luz en la sombra

Para que no esté triste
iré por las palabras
que aún no ha pronunciado
y besaré por dentro su alegría

Para que nunca muera retendré su voz
En canciones sagradas de su boca
la entonación del mundo

 

 

 


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