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27 Dic 2017 / 11:07 am

Selección de Henry Alexander Gómez

Las listas son arbitrarias, más aún cuando las realizan los medios oficiales, mantienen una doble intención detrás de ellas y satisfacen el mercado cultural a razón de unas pocas editoriales (son siempre las mismas). Por eso, cuando finaliza cada año y las vemos anunciadas con bombos y platillos, encontramos en ellas algo de superficialidad. Parecen ignorar el grueso de lo que se publica en Colombia. Igual, la poesía siempre está por fuera de las mismas y no son las grandes editoriales las que la editan.

Publicamos una breve selección de poemas para recordar el año 2017. Son poemas que vieron la luz editorial por primera vez. Acá hay una pluralidad de voces que se enmarcan en generaciones distintas, con tonos y búsquedas particulares. Varios de los poemas pertenecen a libros premiados en el extranjero, tal es el caso de El movimiento de la tierra de Santiago Espinosa (Premio Internacional Jaime Sabines), Libro del origen de Víctor Rívera (Premio Editorial Praxis) o Los habitados de Piedad Bonnett (Premio Generación del 27). Otros ganaron reconocimientos en el país: Danny Yesid León con Canción para abrir una jaula (Premio Nacional UIS), Fadir Delgado con Lo que diga está lleno de polvo (Premio Distrital de Barranquilla). También está el caso de poetas de enorme trabajo, amplia trayectoria y que guardan un lugar en la historia de la poesía colombiana; este año publicaron libros inéditos (o en parte inéditos): Omar Ortiz con Lista de espera, Mery Yolanda Sánchez con El hombre que escupe mariposas y Álvaro Miranda con El libro blanco de los muertos. Por último, están Camila Charry y Mónica Suárez, quienes mantienen una gran labor con la escritura y fueron publicadas por dos importantes colecciones de poesía: Arde Babel en “Un libro por centavos” de la Universidad Externando de Colombia y Cinco Movimientos y medio en el espacio en la Editorial Babilonia. Si bien, es una selección de poemas (igualmente arbitraria), pertenecen a libros que valen la pena releerse -traducen el mundo desde la música-, la mayoría de ellos publicados por editoriales universitarias o independientes, al margen pero con pasos agigantados. Acá va la muestra:

 

 


Álvaro Miranda
El libro blanco de los muertos (Universidad Externando de Colombia)

 


EN ALGÚN SUEÑO una mujer vive sin haber llorado
–dijo Madre.
Esa mujer que cabalga como lo haría el viento
sobre la crin de un caballo muerto
tendrá que enloquecer de santidad
como lo hacen las monjas vírgenes que oran sin conocer
a su esposo santo.
En ese sueño los buitres saben de la tristeza de los seres
solitarios.
No hay nada más triste que una mujer
que no llora sobre el hombro de su marido ese que
marchó a la guerra deshecho por el viento.
Ante ello –Señor Juez– saqué mi revolver y disparé
contra el muerto de la soledad irredenta.

 

 

 

 

Omar Ortiz
Lista de espera (Domingo Atrasado)

 


SALA DE ESPERA

Alguna vez estas paredes fueron blancas.
Como la cofia de la enfermera negra
que acuna en sus brazos un centenar de historias miserables.
Sudan estas paredes las torrenciales lluvias,
abundan desportilladas celosías víctimas del olvido.
La araña se alimenta de la mala memoria de las moscas.
Al frente el reloj da su hora mentirosa.
No es ese el tiempo de los muertos que conversan
a través del silencioso cauce del río.
Tampoco el ir y venir de los mutilados lo señalan esas
pérfidas manecillas.
Ni mi tiempo que se confunde con los rostros de los camilleros.
Tal vez un minuto puede ser una próxima vida.
Una hilarante promesa que me ofrece el ansiolítico.
Ya se sabe,
los oídos de los ausentes ya no registran este tic-tac de pesadilla.

 

 

 

 

Piedad Bonnett
Los habitados (Visor Libros)

 


TERRESTRE

Soñé con un pájaro enloquecido
en una jaula del zoológico.
Desperté con la frente llena de sangre
llamando a mi madre,
pidiéndole, por dios, leche caliente de sus senos
para volver a ser niño.
Otros se despertaron y gimieron y suplicaron como yo
en las habitaciones vecinas.
Mis brazos y mi pecho estaban cubiertos de plumas
pero no había cielo hacia dónde volar.

 

 

 

 


Mery Yolanda Sánchez
El hombre que escupe mariposas (Biblioteca Libanense de Cultura)

 

SEPARACIONES

Piensas en los dedos de los cuerpos tibios, se entrelazan y te duelen de nuevo las garzas tristes. Oyes los cantos de las mujeres que se volvieron antiguas de tanto buscar. Ellas cruzan la plaza, con sus tetas en el suelo y las ganas apagadas en la caída del agua. Ya no lavan sus rostros para conservar el olor de sus hijos.

 

 

 

 


Camila Charry
Arde Babel (Universidad Externando de Colombia)

 

HUESO SUELTO

Es el hueso suelto
una palabra sin nombrar
y en su tuétano
habita Dios de ojos turbados.

Su voluntad es equivalente a la de todo: el deseo.
Y aunque padece las ansias de la carne
más fiero que cualquier mortal,
se retuerce sobre los que aman.

Nada lo conmueve,
quizá la piel brillante
de las jóvenes que tiemblan bajo el temporal
o la incrédula mirada de los que mueren en la guerra,
no los niños, ni los perros
no las madres desgarradas de dolor,
no.

Por eso dicen los que saben:
mejor cantarle a la tiniebla en la montaña
al cardo en el camino
al sol que enciende el hocico de las hienas.

Nada lo complace más
que los hombres hincados
por desear la pulpa abierta,
la víscera rasgada de los otros.

Y cuando todos imploran se hincha;
es el hueso que se llama como él.

Nada hay que más le alegre
que en los templos los hombres
incapaces de humana soledad,
de dolor humano en lo humano.

 

 

 

 

 

Mónica Lucía Suárez
Cinco movimientos y medio en el espacio (Editorial Babilonia)

 

PRIMER MOVIMIENTO:
LA MIRADA HACIA LA ESQUINA DE LA PUERTA

El sonido que trae el viento al mover la puerta
se escurre lentamente por el torso.
No solo lleva consigo las voces cansadas de la ciudad,
sino el crujir extraño del tiempo.
Nace la pregunta:
¿la puerta sirve
para entrar
o
para salir?
Cuando la mirada se recuesta en ella,
el cuerpo siente el vaivén del movimiento.
Espera entonces que su vértigo suave
dé una respuesta.
La puerta se vuelve
como un umbral
que incita a los ojos
para ser sus guardas.
Está dentro y fuera del cuarto
como un péndulo lento
pegado a la puerta,
confundido,
en la ambivalencia que trae
el irse
o
devolverse.

 

  

 

 


Víctor Rivera
Libro del origen (Editorial Praxis)

 


VII

Orfebre del tiempo:
sin conocer la escritura,
hablas a los campos
como el labriego con el trigo
augurando la siega promisoria.

Traduces del animal los silencios,
el silencio de la tumba de tus antepasados,
y escribes una caligrafía en rudimentos que te sobrevivan:

Tú y los fermentos,
tú y el aluvión fecundado por el páramo del tiempo,
tú y el limo en que las huellas ya son algas,
esteros de sal,
barrancos de cobre.

Sin saber lo que inicias,
apuestas a buscar las cosas con cautela,
el ave que liba en las granadas
y su nombre
en el sagrado color de su plumaje.

 

 

 

 


Fadir Delgado Acosta
Lo que diga está lleno de polvo (El Ángel Editor)

 


LO QUE DIGA ESTÁ LLENO DE POLVO

Debajo de la lengua tengo palabras heridas en combate
Hospitales con sus gasas ahogando la herida
Debajo de mi lengua tengo una legión de escombros
Me he partido los labios por quitar esos restos de piedras pegados a los dientes
Lo que diga está lleno de polvo
De ciudades en ruinas
Lo que diga tiembla como punto de luz en el agua
será siempre un grito encalambrado
Siempre el domingo apuntándome con su escopeta
Siempre los perros abriendo la tierra para mostrarme sus huesos
Siempre la palabra que se escucha como la explosión de un tiro
Esa misma palabra que cava su tumba dentro de mi boca.

 

 

 

 


Santiago Espinosa
El movimiento de la tierra (Valparaíso Ediciones)


DESPUÉS DEL DOLOR

A Natalia

Ahora que escribo estas
oraciones para otra persona
—de niño hablaba solo
y ese saberse en otro-cuarto
era el poema que hablaba—
quisiera devolverme hasta
el principio donde los rostros
dormían. Lavar la mirada.

Sé de las sombras indecisas
en los techos de tu infancia.
Nuestro amor a la música
por razones tan distintas.
Sé de tu vértigo a los muros
cuando el padre se marchó
sin avisar. Cuando volvió,
ya muerto y era la lluvia
que cifraba tu forma de
desnudarte entre las cosas.

Yo para entonces escuchaba
el lado esquivo del estruendo,
tú el silencio que precede
a los disparos. Conozco
del miedo cuando cierras
los ojos hacia otra oscuridad.

Ahora que escribo estas
oraciones para otra persona
—en otras personas—, entro
y salgo de ti mirándome
como extraño: es el presente
de la luz. Rostros se despiden
en nosotros para volver a vivir,
y en cada silencio crece un árbol
sobre el agua de los muertos.

 

 

 

 


Danny Yesid León
Canción para abrir una jaula (Universidad Industrial de Santander)

 


ALGUNOS pájaros
van al cielo a morir
Vuelan alto
cierran sus alas
y caen de picada
Antes de tocar tierra
sus cuerpos
se desvanecen
Por eso nunca
vemos los esqueletos
ni el plumaje
pudriéndose al sol
Porque han quedado
para siempre
sepultados
en el viento.

 

 


Fundación La Raíz Invertida
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