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2017-12-18 12:22:01

 

Publicamos una muestra del trabajo de la poeta peruana Julia Wong Kcomt (Chepén, 1965). Es una escritora Tusán, hija de migrantes chinos de primera generación. Ha realizado una importante labor como gestora cultural, organizando Festivales de Poesía en Buenos Aires, y en Chepén, durante los últimos 15 años. En su poesía encontramos un desbordamiento inusitado de la palabra, una poética que va desde la combustión interior a la conversación con el mundo: lo literario, lo social, e incluso, lo político.

 

 

 

De La desmineralización de los árboles (2014)

 

 

HABITACIÓN ACABADA

He aquí una llaga
Tan indecente como un lago que no acabará en el mar
El líquido de la vida transpira
He aquí una cicatriz voluptuosa
(Centrada en mí como el viejo negocio del amor)
Cada día vamos perdiendo hojas
El cuaderno de la vida parece también un lago

Ah, si conocieras la inmensa vitalidad que existe
Al dejar todo desordenado
En esa esquina los zapatos marrones
Mis vendas
El esparadrapo
El agua oxigenada
El espejo que habla como un hombre bueno

Estoy herida
Todo huele a bosque lejano
Taladrado
Río tráquea
Río humano de tímidos lamentos
Volcán tímido de la memoria
Lava vaginal que ha descendido por el silencio
Y busca la verdad en la nervadura de las hojas secas
La habitación, el espejo y yo: heridos.

 

 

 


ABANICOS

5 mm de sangre extraídos de la vena hinchada
En cada várice hay una renuncia
Yo, la plagiaria enmudecida, llevo cuenta de mis crímenes
La que gime urgente por la voz del hombre a caballo
(Aquí en el norte hay todavía hombres a caballo)
Su costado minucioso...
Me he quedado huérfana en la pista de baile
Allí rasgo mi enagua de papier mâché como en una limpia
                              con azufre
Yo la plagiaria se une al gremio de los buscadores de oro
Y los correcaminos.

Sóplame, viento de Lima
Sóplame por sobre todas las cabezas
Vientre mío... acordeón de recuerdos biliares
Crudo animal que picoteas mis heridas a punto de cicatrizar.
Todo lo fui doblando como ropa planchada
(Aquí en el norte los cuartos de planchar están separados
                               del resto de la casa)
Y en el delirio, la rosa se hizo cuervo y madre
Madre que no amamanta
TV encendida que sólo pasa comerciales
Madre que no reprende
Tumba
Así, sangrando, me abro centímetro a centímetro en
                                la ternura del verano.
Y me oxido
Constante
Libérrima.

 

 

 

 

LA SANACIÓN DE LOS ESPÍRITUS

Torcido corazón
Enfermedad extranjera de los postes circuncidados
Alabado sea el dios de los enfermos.
Yacemos sobre un colchón
Nuestros huesos se comen unos a otros
Mientras respiramos el sahumerio de eucalipto
Aún se reza para que nos elevemos
¿Dónde encuentro la luna dentro del tronco?
Mi omóplato destruido por el peso de los químicos
Setecientos lunares escondidos bajo un gladiolo
La tierra empieza a subir por mis pies
Y se cobra la venganza de los desposeídos
Yo, que lo tenía todo, entre cascarones verdes de coníferas
Entre caminos que nos llevaban a ese lago instalado
En el pico del cerro y en el pico del amor

El cuerpo destruido es una canción de barro
Cuerpo pueblo que quería bailar su propia comparsa
Y cantar sus propios poemas de arena
Este cuerpo que ya no lo es, para nadie, así se llame Lázaro
Una ballena gruesa y caliente varada en Chiclayo
Demasiadas manos esculpieron sus costillas
Demasiados ácidos biliares
Exprimido de todos sus costados
Le queda el himno a la casa
Porque quizá cuando vuelva a la casa enclenque (sin el jardín
                                  inglés)
Encuentre un hombre que haga sopa de arroz
Y domestique su seno otra vez...

Espíritu, resucita otra vez desde mi teta inerme
Dibuja la niebla del silicio y las cucharas de madera
Dibuja los niños en pleno zapateo, niños de agua y marinera.
Los santos de los negros, que son los santos del mundo
Porque todos somos ese negro que tapamos con
Nieve de hiel y nieve hilada en huso de hermana nube
Porque somos ese humus oscuro de la mano enojada
De un dios impuro como la estadística
Que nos ha dejado verborreicos, destruidos
Y sin la menor cabida para volver a plantar una semilla
Mamar de una teta agriada
Aspiración maternal de un planeta agonizante.

 

 

 

De Un vaso de leche fría para el rapsoda (2016)

 

 

 


EL OCASO DE LOS MISTIS

Perú también tiene volcanes.
Las mujeres que se sientan en la oscuridad a la orilla del precipicio
Han cambiado de horizonte muchas veces:
Los hombres ya no se interesan por ellas.
Hacen excesivas preguntas sobre la noche
Tendidas cerca al vacío que provoca una náusea constante.
Los hombres prefieren juegos más previsibles,
Donde la almohada albergue el peso del cráneo.
No pueden inventar una conjetura más para sobrevivir a la rutina.

Los volcanes peruanos ajustan su propulsión
Hasta el borde huracanado, un precipicio adusto:
Cualquier fotógrafo correría en dirección contraria.
Los nervios envueltos en hojas de plátano
(Como tamales que renuevan su propio condimento).

El eclipse contempla el ojo de los hombres,
Los empuja a la pregunta sobre la yuxtaposición de una verdad natural:
El toro se yergue
El cóndor cae por el precipicio
La luna roja habla de la soledad de una hormiga
El alma ruge como un león-volcán que no teme el vuelo
En medio de cuarentaitrés cadáveres sopla un viento nuevo
Y la radio sigue encendida como si alguien estuviera escuchando.

 

 

 


LOS DIARIOS DE TAIWÁN

Dime, padre: ¿tú escogiste o te hicieron escoger el lugar donde quemarías
                                  tus pies?
Me levanto cada mañana y veo la piel enrojecida de tus talones, ardiendo.
                                  ¿Por qué los quemas?
¿Por qué corre el agua hirviendo de esa extraña manera? La dejas caer
sobre ellos, hasta que sangra el pellejo.
Los chinos, la mayoría hombres viejos en el exilio, repetían hipnóticos:
                                  Kuomingtang.
Cual eco erotizado, yo no entendía nada.
El idioma me escupía en la cara.
No sabía la magnitud de pertenecer a un partido. Fotos de Chiang Kai
                                  Shek y de Sun Yat-Sen / estrellas de rock congeladas. No sabía la
                                  dimensión de sus heridas en diálogo con tus pies (¿quemarte los
                                  pies era una forma de devoción a los republicanos nacionalistas?).
¿Eran esas fotos un nuevo bosque? Una revolución pacífica, martirio.
                                  Patria. Dádiva de dioses mayores. Eso que no siento muy seguido,
                                  eso que escapa de mí como jabón. A veces aparece como humo,
                                  pero se va.
Levito cuando me dicen que pertenezco. Entonces pronuncio casa, tierra,
                                  reino equidistante a fideos liberados en un plato sin marca. ¿Y qué
                                  diríamos los que hemos vivido desplazados la mitad de nuestras
                                  vidas?
¿Qué diríamos los que nunca merecimos nada, los que una noche fuimos
                                  notificados a boca de jarro? Quizás encuentres un lago al final
                                  de la carretera.
Los más acérrimos patriotas dislocan sus ojos del infinito y los clavan en
                                  un mapa pintado con tizas viejas.
Entregan su dolor envuelto en un sudario planchado, dolor de pies o de
                                  lo que sea, y se sumergen en prácticas extrañas,
Se esconden en parajes apenas transitados y duermen para no pensar en
                                  políticas de discernimiento.
La magia como fórmula de escape a la sumisión, la canción familiar que
                                  disuade de salvarnos.
Los grupos enemigos llegan a la cumbre de la discordia. Los trazos
                                  vegetales discurren de forma opuesta a la nostalgia, hacia una
                                  mesa donde alguien saca un pedazo de pavo con tau-si de su
                                  plato y lo ofrece al que tiene hambre,
Como si una fuerza de antiguos caballos de cerámica, un ejército
                                  enterrado, hicieran que se derrumbaran los símbolos de unión
                                  y cayeran ante nuestro espanto.
Te quemabas los pies y nosotros arrancábamos guabas del Pacae esperando
                                  que alguien tradujera tus cartas recibidas de Taiwán y nos explicara
                                  por qué el polvo corteja a un hombre devoto hasta volverlo su
                                  propio e inolvidable verdugo.

 

 

 

 

PASTO QUEMADO

En la madrugada se arde de una manera distinta
Casi siempre el ganado se retira lento.
Cruje, como si la sequedad del suelo se interpusiera
En la noche, se hincha. Se inflama.

La luna no tiene precio aquí —dice—.
La mirada se extiende confesa sobre esa quietud caliente
Que aquí hubo fuego.
Es violenta la luna —dice—.
Cada paso es un lamento.

El desierto toma extensiones incalculables, el calor aumenta.
El sol aunque no alumbra, se ha apoderado de los pies,
El estómago rumia su pesadez alcalina.
No queda ni una palabra para las malas lenguas. Sólo arde.

Cruje buscando humedad en una ballena blanca que aparece en la noche,
Pero también es una ciudad marina que nunca tuvo patas ni cementerio.
Y ves a lo lejos a toda la gente quemándose,
Incendiando su propia flor de odio,
Y el oráculo aún caliente, como un rescoldo lárico,
Lleno de fe materna,
Huele a noche tibia y mentiras.

Mañana todo el firmamento estará dispuesto para una nueva vida.

 

 

 

De Oro muerto (2017)

 

 

 

  

EL POZO

Para Mario Bellatín, a veces con respeto,
a veces ternura, a veces miedo….

Desaparece ante las huellas del pájaro rojo
Ante sus ojos chuecos y casi asustados.

Las lianas disipadas/ los nudos calculados,
No hubo nada que no indicara su nacimiento.
Los barcos húmedos de silencio, se acercaban
voluptuosos a la orilla.

El pozo se escabulle y la hondura empuja a la intemperie,
cada nudo es atado con cordialidad pirata.

En la oscuridad, la razón es una mano caliente,
una que urge por inocencia fresca en la boca de un
desagüe.

La simpleza de las lianas hechas de sal esparcida
en la bruma.

La construcción de este vientre sigiloso,
dibujado en la primera cama caribeña,
llegaron sin manos y acuñaron una nueva especie.

Trataron de anudar los brazos que habían desaparecido
en la travesía, las nervaduras del omóplato se elevaron
hasta reventar en la cúpula, los desamparados se
sacudieron la eterna travesía de los músculos que no
volverían a conformar ninguna extremidad.

La desaparición de esa herramienta fue limpia.

Así Dios, que a su semejanza exigió se dibujara,
escribiera o enloqueciera, pero Orozco no tenía la diestra,
ni el húmero, por eso, la genealogía de los pájaros rojos
se plasmó en el techo, sobre los llantos apaciguados
de los huérfanos.

La libertad vino después.
Al voltear el pozo al revés, aparecía y desparecía,
hasta que descubrieron su magia y su rutina.

 

 

 


EL AMOR (B)IOLENTA

Un día Roberto Bolaño tomó un café
en el Varrio Xino de Guanatos ¡Juro que lo vi!
Casi me acerqué pero tuve miedo de sus ojos tristes
Y de su hígado enojado

¿Cómo no estar hirviendo de rabia en plena
efervescencia?

Bolaño caminaba meditabundo, enojado, adolorido.
Parecía que su iconoclasia no era tomada,
ni como verdad, ni como pasaporte.
Él quería cambiar el rumbo de los Andes
o los ojos agachados de los pobres del sur.

Con su bilis magra escribía novelitas de mafiosos
Cuatromundistas, pasquines, casi, que terminaban
en una elegía a los quemados en un holocausto.

Él, ya no diferenciaba qué no era propio,
y qué prestado en ese incendio…
Pero Roberto se metía en las venas de todos los humanos,
como si fuera la raíz cuadrada de una ecuación
que abría la puerta al cielo con la llave menos maestra
y más ensangrentada.

Un día, Roberto Bolaño comió una empanada argentina
de mi mano, como un perro cansado que se pone en dos
patas y murmura…

Mira, el sur no es el norte y no ser darle la vuelta.

Tampoco me puedo enjabonar porque todos los jabones
huelen para mí a sangre y cebo de hermano apretado
contra la pared, sabe a sexo de mujer pobre y a maestra
de escuela primaria sin sueldo fijo.

Lo peor de toda esta violencia, es que los que somos más
blancos creemos que podemos comernos el hígado de los más morenos.

Creemos que nuestra medida ocular nos da una especie
de pasaje al intelecto y despreciamos a los nacos
y los cholos que comen con los dedos en la salsa.

No saben usar el tenedor como herramienta para la superación espiritual.

Un día me encontré a Roberto Bolaño, caminando de
incógnito por una calle de Guanatos y le dije:

—Cógeme, tengo un coño dulce de mujer oriental —Y él, lamentablemente escupió un poco de lado y dijo:

No mujer, lucharé por tu liberación
Como por la de Esmeraldita, Xochilita, Lorenita, Angélica, Móniquilla, Marianela, Mayte , Xitlán… —y siguieron 2666 nombres, hasta que me quedé dormida deseando tener su cerebro
entre mis manos, pero no fue posible, ya corrían sus
lágrimas de duelo americano y vísceras por la avenida,
él caminaba tocándose el hígado.
Más tarde supe que Bolaño llegó a una esquina,
abrió su costado y se sacó el hígado.

Dijo en voz baja, mientras exponía su órgano enfermo a la luz:
Muere hígado, no he sabido de dulzuras.

Y el hígado:
¡Ay, como mi amor (b)iolento, Ay siguió muriendo!

 

 

 

 

 

Julia Wong Kcomt (Chepén, 1965) Es una escritora Tusán. Hija de migrantes chinos de primera generación. Es importante hacer hincapié en la identidad Tusán, porque han surgido muchos aspectos y perspectivas antropológicas de esta identidad.
Estudió derecho y Ciencias políticas pero prefirió la ficción literaria. Curso estudios de letras y humanidades en La PUC y también llevó diferentes materias en Universidades en Alemania y Macau. Es poeta, narradora, viajera y gestora cultural.
Ha organizado Festivales de Poesía en Buenos Aires Argentina y en Chepén, durante los últimos 15 años. Ha publicado varios textos de poesía, novelas, short stories y un par de ensayos.

 

 


Fundación La Raíz Invertida
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