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13 Dic 2017 / 16:40 pm

 

Basilio Rodríguez en el reino de las odaliscas

 Por Álvaro Miranda

Era la una de la tarde y se charlaba mucho y a lo seco, sin ninguna copa o plato al frente. Estábamos acomodados en una de las salas académicas donde los libros imperan en su alrededor en solemnidad silenciosa. El lugar no era otro que la Biblioteca de la Universidad Externado de Colombia, en compañía de los poetas Miguel Méndez y Clara Arango. El evento: Cierre del Taller de Poesía del segundo semestre. Invitados al acto, el poeta Basilio Rodríguez Cañada, quien, para ese viernes 27 de octubre de 2017, se hallaba de nuevo de visita en Colombia y junto a él, dos novelistas, el español José Luis López Amigo y el colombiano Roberto Gil de Mares. El público era un entusiasmado grupo de estudiantes de derecho, poesía y teatro.

Terminado al evento académico subimos al restaurante del claustro y recordé, la vez que Pablo Neruda y Miguel Ángel Asturias se sentaron frente a una copa de vino para planear su libro Comiendo en Hungría. Era el año de 1966 cuando los dos escritores, el chileno y el guatemalteco, gozaban a manteles de la buena comida de Budapest. Estaban en “Alabárdos” el restaurante de arcadas góticas, cuando la primera idea de un buen merendar para todos los habitantes de la tierra salió de sus pensamientos para quedar flotando en el aire y extenderse después, con olor a hierbas finas, por las paredes y ventanas medievales del recinto.

Acá, desde el claustro, Bogotá era la panorámica. La ciudad se extendía bajo el vaho de lluvias y respiraba fatigada entre cortantes rayos de luz que se entrecruzaban entre las nubes. Era tarde para la llamada hora del almuerzo. Estaban a punto de cerrar el restaurante. Los meseros habían levantado ya platos y cubiertos de otros comensales. Sin embargo, todos, como los autores de Comiendo en Hungría, repetíamos en silencio en nuestra mente: “Somos golosos venidos de allá lejos, de tierras calientes que siguen ardiendo y tierras frías que viven con la nieve”.

En verdad, el estado de los poetas malditos muertos de hambre ha sido superado, según teoría de José Luis Díaz Granados. Estamos en la nueva era de los poetas gordos. Rodríguez Cañada en su poema “Café Bilingua”, lo confirma de este modo: “Al final, Evgueni tendría  razón/ al afirmar/ que nos había correspondido/ un tiempo excelente”. 

 

Pero, sobre todo, en cualquier café, ya sea en París o en Budapest, lo visite Baudelaire o Neruda, en ese lugar, según Rodríguez, “En ese garito de poetas/ trasnochadores, de bohemios/ modernos y atractivas camareras, / es posible reinventar el mundo”.

Rodríguez Cañada  fundador y presidente del PEN Club Español adscrito al PEN Club Internacional; presidente del Grupo Editorial Sial Pigmalión, presentador del programa de televisión "Tiempo de tertulia", presidente de la Asociación Española de Africanistas, es también en la bendición poética, un sultán. Éste título literario lo ha ganado por fuera de lo territorial, su sultanato es de palabra y cada palabra está puesta para reivindica el mundo de otomanos, almohades, mamelucos, selyúcidas, almorávides y ayyubíes.

Su reino ha sido creado en sus viajes a África, en su trabajo y entrega a la Asociación Española de Africanistas. Su vivir ha permitido que su espacio poético haya tenido una configuración diferente, que sus fronteras de creación sean móviles, que sus dominios cambien de paisaje según la conveniencia de lo que quiera decir.

En este contexto cabe al lector preguntarse: ¿Cómo es posible que alguien nacido en el muy católico ayuntamiento de Navalville de Pela, Badajoz, Extremadura, en la frontera con Portugal, haya llenado de odaliscas, es decir de doncellas a semejanza de las que lloraban de amor con una moaxaja de un poeta árabe en Granada o Sevilla?  Traer al presente toda historia a través de la poesía como lo hace Basilio Rodríguez,  no es más que un nuevo renacer del encantamiento olvidado que reestablece lo que el imperio otomano regaló en físico y cultura a España.

Rodríguez Cañada revive en su libro, La fuente de jade (1996-1997), los fantasmas leídos en Mahoma, Omar Khayam y Sait Faik Abasıyanık y que a través de bailarinas, esclavas, eunucos, odaliscas, toman voz a través del verso:

 

La bailarina danzará esta noche

Cubierta con un velo de tristeza

Y un recuerdo perdido en la memoria.

 

Se trata de una voz nacida por fuera de la influencia directa de la cultura árabe en España, de alguien que como ya dijimos, había nacido cerca de la frontera con Portugal. En esa distancia se han evaporado de la memoria, esas doncellas o señoritas, cuya definición, para monógamos  de la cultura cristiana, no es otra cosa que una aprendiz o asistente de las concubinas  y esposas del sultán.

Basilio Rodríguez las trae a sus páginas y a cada una de ellas la suelta más allá de las mujeres malditas o feas de Las flores del mal de Baudelaire, es decir, presenta a las suyas en su dignidad y sensualidad amorosa, como si se tratara de una pintura realizada por Dominique Ingres. Se les ve desnudas sobre sofás y almohadones de seda.

Lo invisible de la poesía de Basilio Rodríguez se torna visible. Su palabra hace giros para mostrar el cuerpo de mujer que se halla en los paisajes porque que es ella misma un paisaje. Lo erótico se torna piel y volumen, se vuelve imágenes de mujer que es preciso descifrar para entender los cambios que ofrecen las metáforas: “Oculta en fina seda se alza/ una fina fuente de jade/ que nunca deja de manar”.

El espacio poético que Basilio Rodríguez ocupa para su escritura se liga geográficamente al Mediterráneo. En ese lugar el tiempo pasó con más fuerza y ahí precisó su memoria de vida y de lecturas con poetas de todas partes. El glosario de su poesía está lleno de palabras que indican la procedencia del  Mediterráneo africano y árabe: Adarga, adufe, alquibla, baldaquino, derbuka, gumía, hammán… y muchas palabras más que conforman un amplio glosario.

La poesía de Rodríguez Cañada rescata ese cantar de los primeros años de la lírica española y que con el pasar del tiempo, con el desarrollo de la lengua, quedó en el olvido, en ese vacío donde el cantar no se repite ni en señas. En su escritura están esas jarchas o versos romances que se colgaban al final de poemas de mayor extensión escritos por poetas venidos del oriente a esa España en formación. Este es sin duda, uno de los valores creativos del poeta Basilio Rodríguez. Ha traído al presente de España, el pasado de  contexto amplio y universal de lo que fuera en el ayer esa mixtura de las lenguas y de culturas. Por ello, la poesía del poeta de Navalvillar de Pelas se extiende por las brisas de Marruecos, por los aires del Sáhara,  del Cairo, de Estambul o de Beirut. Se escuchan aún los cascos de los caballos de ese Cid que sigue de campeador, así como ese ritmo de:

 

Los palmerales sobre las dunas,

Música bereber,

Los olores del deseo,

Chumberas con higos maduros

Y las gotas de luz brillando

Sobre la piel desnuda…

¿Quieres que te cuente

Otra historia de amor?

 

Su poesía hace giros para que ascienda esa virtud de la levedad en el decir, ese no peso que se logra cuando se le sabe dar tratamiento a la nimiedad cotidiana. Su escritura mantiene un hilo invisible donde engarza poemas, uno detrás de otro, con amarres que los identifican como suyos dentro de su original construcción.

Las palabras son las que definen  la poesía en cada poeta. La siguiente muestra ayuda a definir su mundo: luna del Sáhara, luna de la seda, luna y adufes, limonero, acequias, jazmines, odaliscas, rosales, flor del melocotonero, candil, alfanjes…   

Es interesante ver como en esa extensión que hace del territorio, la América Nuestra hace presencia en su poema “Los hijos del maíz”. No había otro producto de la tierra para nombrar con precisión un continente que con el uso de la palabra maíz, ese fruto que habla de todo un pasado precolombino, y que resume:

 

los pétreos rostros de mejores tiempos,

las garras de aladas serpientes de fuego

que nos abrasan las verdes entrañas.

Aztecas, quichés y cakchiqueles,

tarascos, mayas y muiscas,

míticos pueblos de épicas leyendas,

adoradores de deidades guerreras,

herederos de imperios y tesoros

extinguidos, testigos mudos

de cataclismos exterminadores.

Sí, he conocido una tierra

indígena y mestiza,

que perece en lenta agonía

bajo el temblor del trueno y del rayo,

sometida al poder de nuevos reyes,

cansada de buscar su razón de ser.

 

*Pintura de la entrada: "La gran odalisca", Dominique Ingres (1814) 


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