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2017-12-07 11:57:09

 

La poesía de Marco Antonio Murillo (Mérida, Yucatán, 1986) es puerto de visitación a la poesía amorosa de vena griega y los cantos marinos más sentidos. Resulta sugerente pensar que el Caribe mexicano ha brindado a la voz del poeta una conciencia de liminalidad, yendo y viniendo de la nostalgia de los puertos antiguos al arrojo excitante e incierto de hacerse al mar.

De la inmersión constante en el desplazamiento renovador que sugieren las costas, resultan poemas como visillos de sus paisajes interiores; mirada renovada de las cosas que, habiéndose adentrado en el vaho porteño, son devueltas por manos del poeta venteadas de visiones.

La exaltación de la naturaleza, propia de los territorios limítrofes, dota a la voz de Marco Antonio Murillo de un sentimiento de insularidad que se distiende en una imaginación abarcadora, para cantar el amor y los oficios todos de la tierra.

Hamlet Ayala

 

 

 

 

 


FRAGILIDAD DE LA ISLA

Los sopladores de vidrio de la isla Murano tienen una
                              tristeza azul en las llagas
funden, tallan, dan forma a la arena
la vuelven una mujer como una gota abierta
o una barca que pesa menos que el aire de sus pulmones.
Saben que el fuego no presiente una vida profunda
duele y arden los huesos en transparencias.

El fuego, cuando toca la piel, no forma islas
sino un mar que repliega sus agujas en la raíz de la lengua.

Esta labor de pulir la tristeza contra un mineral
de enfriar el fuego hasta encontrar la paciencia del agua
es una magia que los vidrieros aprenden en el brillo y la
                              escama mineral de algunos peces.

Los hombres que trabajan el vidrio son los verdaderos
                                                    ladrones del fuego;
tarde adivinan su acertijo.

Los reflejos que dejan los cristales son un azul más vasto
                                           que el cerco de las llamas:

                            el fuego es una lenta máquina que consume
                            y evoca su propia dicha
                            el hombre es una mano
                            el fuego su lenguaje
                            el cristal habla a través del aire
                            duerme
                            un sueño de hielo
                            aquel que trabaja el fuego debe amar el fuego
                            y al vidrio como a una mujer.

El fuego hunde en la bruma lo que soñamos.

Por la noche los vidrieros se reúnen junto a los hornos
                                               del taller
ante una lámpara de aceite planean su exilio
y mueren bajo un puente o al salir de casa.
Todo lo que una vez ardió es arrojado al agua que puede
quebrar el rojo vivo de los cristales.
La muerte entre llamas la muerte a orillas de un mar que no
                                                          se apaga
es la menos solitaria de las muertes.

Los sopladores de vidrio de Murano tienen una tristeza azul
                                        en la llaga de las manos
alguno trabaja descuidadamente los cristales
y es la única venganza de aquellos que odian
y preguntan la amorosa orfebrería que se cumple en el fuego.
Otro más los trabaja y los pule como si fueran sílabas
los peces le enseñaron otra forma del mismo secreto:

sólo el poema permite imaginar cómo es salir de una isla.

 

 

 

 


TRABAJOS DEL EBANISTA
(Fragmentos)

Y el interior sagrado, la penumbra
que surcan los oficios polvorientos,
la madera del hombre, la nocturna
madera de mi cuerpo cuando duermo.

Eliseo Diego

1

Bahía es la noche
en las herramientas del ebanista
bahía saber que una muchacha descansa
en la madera y sus aguas
transcurren en la nariz como una lenta asfixia.

Una bahía se forma
cuando el ebanista presiente a la muchacha
y la sueña
                       toda la noche
de ojos entintados
su pecho abierto
a las ondulaciones del aguardiente
y unas alas de palo, asidas
al mismo mar que la arrebata
y devuelve
                       toda la noche.

Al despertar, el ebanista
sólo recuerda el aroma del agua sobre la madera
la música
de los que convierten un aliso y un álamo en una misma alma.

−La madera engendra melodías, sólo ella puede albergar el dolor de las cosas.

Le había dicho su maestro que era ebanista
de barcos, como él
tallador de mascarones
                       y eternas fidelidades.

−Qué alta la marea de la noche y de las noches que le seguirán, qué bello soñar con una sal que pertenece a la memoria.

Desvelado
sin armas, amanece
el ebanista en su taller
                       solo
sostenido por las últimas imágenes de la noche
y los primeros trabajos del día.

−Hay qué dejar nuestra piel en la piel de la madera, hacer que se extienda como una bahía y toque la orilla de sus límites.

Mar adentro, con la precisión de la navaja
y la ternura de una lija, comienza a acariciar
las promesas de un cuerpo.

 

 

2

El oficio del ebanista no es fuego
a pesar de que sus manos ardan
como una forja

tampoco agua

su oficio es aire, pertenece
a la vigilia de las imágenes:

¿Cómo tallar la juventud, la ahogada
belleza de la novia del guardavidas

hacerla proa del poema

poner en la punta del barco las formas
de su espíritu?

Una mujer, decía el maestro
debe ser un ángel
esta pasión
debe cumplirse bajo sus alas:

                             −No talles la imagen sola

                             háblale al oído

                             dile que esta sutil lejanía
                             entre dos cuerpos

                             esta luz
                             de enfrentar la vida y las manos
                             en los anillos de la madera

                             serán testimonio de haber amado.

 



4

Cuando el hombre astilla la mano
en el cuerpo de la mujer
una espina de dolor palpita en la casa

y apenas logra despertar el agua
de un espíritu
que habita un mar petrificado.

El dolor del cuerpo que siente
podría volverse un remo
una vela en la tarde, una campana
en la tormenta:

                         −Cuando una muchacha se dobla bajo la tempestad
                         y hecha pedazos
                         se hunde en el agua
                         su espíritu
                         como una lámpara
                         serena
                         el mar, devuelve el aliento a los ahogados.

 

 

 

 



BELLEZA DE LAS HILANDERAS

La luz que toca la bahía, no es el alba de ultramar, es una lámpara opaca que poco a poco va adaptando sus hilos a los dedos de las mujeres. Porque las mujeres pasarán las primeras horas del día tejiendo algo más delicado que la quietud del agua, la leve tutela de los aires. Sobre la arena el terciopelo aún duerme y la aguja y las carpas de lino y algodón… Todo lo que descansa a orillas del mar es cabellera en crecimiento. “Este país demasiado pequeño, estas velas muy anchas”, piensa quien no ha visto otro mar abierto que el vuelo del albatros. Toda muchacha que urde y se pincha los dedos, toda mujer que al fin extiende su velamen como un mar a orillas de otro mar, no ha de seguir el llamado de Ulises.

Qué importan las cartas de navegación o los comercios del retorno, cuando lo que tientan los dedos se parece a la timidez del horizonte.

 

 

 

 



MÚSICA CALLADA

1

De fierro y de madera
              una mujer
                             está sola
en la música
que va dejando el viento
avanza
                             escucha
                             cómo se deshace la voz en la espuma
                             cómo pasa
por sus ojos el canto de otros peces
que no son del mar.

En la música del oleaje el agua corre la tinta
de su mirada
y le abre los párpados al alba.

Mis hijos y yo
escuchamos la buenaventura:


                              −En medio de la tempestad, en medio
                              de un mar
                              de cuerdas desbocadas
                              tocar el aire
                              es aceptar los tormentos del poema.

 



3

Lentamente viento
y velas se separan
en un ritual casi imperceptible

de piel
                   de quietud
y
duermevela.

Una mujer desnuda
ante el abismo del atardecer

no ilumina
las cartas de amor
del cartógrafo
                           no sigue
la música de sus acordes

la música
era la verdad del viaje.

 

 

 

 


ALFABETO DE PÁJAROS
(Fragmentos)

(Terredad) Nombrar la condición tan extraña del hombre en la tierra, de saberse aquí entre dos nadas, la que nos precede y la que nos sigue.

Rafael Cadenas

 

Los niños juegan con pájaros
los sacan de sus jaulas
amarran a sus patas hilos invisibles
y los devuelven al viento.

Entre risas
la felicidad es una imagen
donde el cielo coincide con la tierra
y sólo existe el mirar.
Entre risas
los pájaros buscan
cumplir su misión de semilla migratoria
pero no saben que el círculo
trazado de plumas y enigmas
no escapa a la mirada de los niños.

En secreto
cada pájaro es una casa entregada al aire
un deseo por levantarse más allá
de este juego de dibujar nubes
con hilos y alas en el calor de junio.

Por la noche cada pájaro vuelve a su jaula
y cada hilo de la vida es devuelto
cautelosamente
a la madre
para que lo zurza
en la camisa que vestiremos mañana.

Si el hilo se rompiera
perderían para siempre
su ritual de ocarina de cielo y de tierra.

Si pasara, en ese instante
en que el vínculo se rompiera
y quedara solo el vuelo, la mirada perdida
y por fin no existiera la distancia

en ese instante
serían un poco más felices:

 

escucha el canto entre los dos umbrales: uno ávido de aves lejanas, extiendes la mano y su alfabeto es inasible; otro, más cercano al sueño de tus pies está lleno de pesadas aves, sus plumas han encontrado en la tierra un pequeño rincón de pereza. Yo prefiero imaginar la quietud de estas al vuelo de aquellas otras. Su canto es el sonido de las cosas que hunden sus alas en la tierra. El canto del cuerpo apenas toca el aire, aletea, y dibuja contra la arena la pesadez de las sombras o la levedad de la luz:

 

la terredad de un pájaro es su canto. No: su canto es el sonido, la parte invisible de nuestra terredad. Cuando pienso en un ave, pienso en una balanza entre la bravura del aire y lo mansedumbre maternal de la arcilla. Los pájaros sueñan con el tiempo, con la duración que transcurre y con la que se queda. Reúnen en sus alas el reloj de sol y la vela marítima:

 


pájaros de bolsillo. No los que surcan las Antillas en continua migración o reman años-ala más allá de las nubes, nubarrones como islas recién descubiertas, sino pájaros de papel, recortados con tijera, pegados a la piedra pómez en bandada o en fila. Son versos, vastas líneas sobre el alfabeto terrestre; se doblan se extienden musicalmente como un acordeón. Pájaros, no las grandes aves corredoras de pesadas plumas averiadas, sino el zorzal que se arranca de las pinzas del aire, pequeño cuerpo por la brisa disecado, puesto a girar sobre el cuadrante de una brújula de bolsillo:


pájaros. Los he visto extender las alas anchurosas. Los he visto ampliarse más que el canto del gallo que despierta al pueblo, o las aves migratorias, ligeros pilotos que miran en cada ciudad iluminada la guía de sus propias constelaciones. Pájaros. Abren sus alas y son más anchas y pesan más que mi canto.

     

 

 

 


DISCURSO SOBRE LAS BALLENAS

Destrozada a golpes por los colores de la tormenta
un pedazo de madera de junio emerge
y extiende sobre el aire húmedo sus islas volcánicas
no quema este ancho mar, no quema la espuma que brota de
                                               la espalda, busca
sin embargo el silbo el canto el olfato el atisbo y
                                               luego el incendio
bajo las aguas: así es su amor
como cuando niños descubrimos lo poderosos que son los
                                               sonidos del mar
amor que pesa
en la nota que dejó hace días un ahogado y que ahora
                                                               vuelve
a su extraño país monocorde, amor
la muchacha del muelle, preñada
la boca de historias y cuentos sobre enormes peces y
                                               mandrágoras
fue ella quien amó a todos extensamente
en el lento flotar de diferentes luces y profundidades
fue ella quien habló de las ballenas
manchas de petróleo que se hunden y ensanchan
las vocales del abismo
en el océano, tierras sumergidas en una sola mirada
una ballena, dijo mientras
se vestía, una ballena es todo el Mar
de los Sargazos, nadie sabe dónde habitan o qué lentitud
gobierna el pesado canto que extiende el oído sobre la
                                                superficie
para quien la divisa, la ballena es una casa
en medio del camino entre dos mares, la tierra y la
                                   lengua no son hogar
nido de pájaro en el mástil
es este oficio de hundirnos en el olor de la marea; ahora
que no escucho más, que no sueño los brazos de esa mujer de boca extensa
sé que no existen las ballenas
sé que esto que miro es sólo una enorme tabla del
                                   naufragio que es junio
pero sé que ella existe
y sus muelles y su cuerpo
y su costa preñada en la que anclábamos por sus
                                   historias
las ballenas no son casas en mitad del mar, ella sí:
arpones, pedazos de un coral madreperla
mascarones de proa, madera de raras canoas, collares,
                                                              oscuras
riquezas habían en su voz y sus labios como un húmedo y
                                               abierto almacén.

 

 

 

 



ACERCA DE LA SANTIDAD EN ALGUNAS PLANTAS


Espinadísimas plantas; orquídeas de tortuoso o pronunciado cuello; terribles árboles que al frutar dan la pulpa del cielo o del infierno. Esa flora otoñal, recuerda que al crecer la naturaleza también se tortura. La piel se pela como un tierno durazno, la cabeza de un nabo se corta y al caer finge un sonido de hojarasca sobre el zacate. Pedacería de extremidades como en un mercado de verduras o una fábrica de figuras florales. En la entrada de uno de esos sitios, Drummond de Andrade escribió: Las plantas sufren como sufrimos nosotros. / ¿Por qué no habrían de sufrir, / si esa es la llave de la unidad del mundo? // La flor sufre, tocada / por una mano inconsciente. / Hay una queja ahogada en su docilidad.

 


………….

Enriqueta Alonso de Buxeda, botánica de Porfirio Díaz, publicó en 1905 un libro de difícil catalogación, “Los frágiles hijos de la mandrágora”. Empastado en cuero de color ocre y con herbolarios relieves en el canto de las hojas, el volumen estudia la relación de la flora con algunos mitos. La sección más lograda es la tercera, donde se examinan formas y características de plantas y se comparan con los óleos del martirio: la fragilidad de un santo antes de morir es la misma que la de una planta ante las diarias labores de la siega. ¿Acaso una mano cercenada no se parece al bulbo de una dalia por abrirse, y el cuerpo estirado sobre la rueca al tronco espinoso de un árbol cirio?

 

 

………….

Viveros, invernaderos: el sol entra por las pantallas de vidrio y el ventilador turbo disemina el amarillo buril de su temperatura por las verdes líneas del recinto. El anturio o lengua de fuego se convierte en la pira de bronce donde ardió san Policarpo. El corazón herido, enredado en un robusto roble, es el redondo suplicio de santa Catalina de Alejandría. La orquídea itálica da el cuerpo desnudo de san Sebastián a punto de ser asaetado contra un tronco. Del opaco asfódelo brota el rictus de san Antonio en el exilio.

 


………….

También existen plantas llamadas cefalóforas: la dracula simia y la semilla boca de dragón; de cráneos intactos y mandíbulas abiertas, pronunciadas, como queriendo decir un salmo que nadie escucha. Cefalóforo, filosa palabra cuya raíz parte del griego kephalḗ (cabeza) y phoros (portar). San Genesio de Arlés, luego de ser decapitado al pie de una frondosa morera, tomó su propia cabeza por las barbas y la arrojó a las oscuras aguas del Ródano. Buxeda abona a una comunión con el mito de Orfeo. La cabeza y la lira del héroe mitológico fueron lanzadas al Ebro. Entre corrientes, desbordamientos y ciclos calendáricos, la cabeza sigue afinando el tono de su sufrimiento.

 


………….

Martirio: negro muro abunganvilliado de espinas. ¿Gritar en la cúspide de ese muro es como reverdecer? ¿Se puede sufrir silenciosamente adentro del cuerpo roto? En otoño, troncos y tallos crecen sinuosamente, se tumoran, se ramifican, sufren la siega del clima, la soportan. Quizá plantas y santos no sólo compartan las tórridas formas del suplicio, también la luz que llega después. Me refiero a la luz limpia de la divina gracia; la misma luz no usada que alienta la fotosíntesis.

 

 

 

 

 



ARTE BOTÁNICA


En la mitología griega los Campos Asfódelos es uno de los tres sitios a donde van las almas de la gente al morir. El lugar adquiere su nombre por las flores que allí crecen y que eran la comida favorita de los muertos. A su vez los asfódelos se vinculan con el olvido, gracias al Río Leteo, corriente de agua en la que los muertos bebían para olvidar su paso sobre la tierra.


En el jardín de su casa,
William Carlos Williams se ocupó de la poesía
y pensó en el crecimiento y cuidado de algunas flores.
Las procuró diariamente con agua y abono
y ya hinchadas de cierta luz, las vio
y leyó en la enciclopedia que no eran especiales,
                                                  se llamaban asfódelos:
planta raramente
aromática, herbácea
de raíces tuberosas,
de tallo erecto y lampiño
y hojas basales.
Flores que no sirven para cantar,
como sí la rosa o el lirio, flores
para cuando se vaya la primavera.
Después de un paro cardíaco,
Williams recordó las flores de ese jardín.
Entonces, le escribió a su mujer:
                                      Del asfódelo
yo vengo, querida
                               a cantarte.

Quiso decirle
que es justo que en nuestros jardines personales,
también los muertos participen de las labores botánicas de la poesía:
en su quietud de seca orquídea,
en su nada que hacer sombrío,
los muertos cosechan pequeños bulbos ovalados,
falsos frutos que no se pueden comer…
                                                        por ahora.

Mientras anochecía en el jardín,
recordó Williams,
una tras otra las flores iban perdiendo el sol,
se multiplicaban en una leche oscura,
y en sus raíces se guardaba
el tiempo detenido de los muertos
y en el tallo el olvido de los vivos.

Tal vez el cansado florecer de un jardín
sea la única forma en que los muertos pueden hablarnos.
Los oímos
                                     en el crujir de ramas,


en el viento que dobla
                                        y mueve
las delgadísimas hojas
como una estación en tránsito.

Estoy seguro que Williams,
mientras le escribía a su mujer,
pensaba que las líneas de cultivo
en el jardín, irregulares, se parecían
a la duración de algunos versos suyos:
Cuando hablo
de flores
                                 es para recordar
que en un tiempo
                                            fuimos jóvenes.

Le debemos tanto a nuestros muertos,
el gusto por algunas especies de plantas
que inútilmente crecen en nuestro jardín,
y la pena de extrañar la vida
cuando estamos enfermos.

 

 

 

 

 

 

Marco Antonio Murillo (Mérida, Yucatán, 1986). MFA en Creative Writing por la Universidad de Texas en El Paso. Premio Nacional de Poesía Rosario Castellanos, en 2009. Premio Estatal de la Juventud 2014 en artes. Ensayos suyos aparecen en los libros: En la orilla del silencio, ensayos sobre Ali Chumacero (FETA, 2012), Museo de esperpentos y ensayos en prosa bárbara de Josué Mirlo (Verso Destierro, 2015). Es Autor de los poemarios Muerte de Catulo (La Catarsis Literaria, 2011; Rojo Siena, 2013) y La luz que no se cumple (Artepoética Press, 2014). Coautor de la antología Casi una isla: Nueve poetas yucatecos nacidos en la década de los ochenta (SEDECULTA, 2015). Actualmente es becario de la Fundación para las Letras Mexicanas y miembro del consejo editorial de la Revista Pliego 16.

 

 

 

 


Fundación La Raíz Invertida
Derechos Reservados Fundación La Raíz Invertida 2015

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