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2017-09-05 00:50:46

Óscar Hernández: El vecino golpea a nuestra puerta

(Medellín, 1925 - 2017)

 

Por Santiago Espinosa

Hay poetas que inventan mundos autónomos, encuentran en la escritura un médium que les permite acceder a dominios clandestinos. Otros, como Óscar Hernández, más que inventar el mundo nos ayudan a desnudarlo. A despojarlo, incluso de las palabras mismas. Como el que purifica el verbo cotidiano contraponiendo otro verbo cotidiano, mucho más solidario, que hiere o nos reúne por su vocación de verdad y no por lo que encubre. Escribe este poeta antioqueño hacia mediados de los cincuentas:

 

“…Haré un poema como un árbol,

para todos los hombres;

para que entrar en él sea

como entrar en la casa.

Haré un poema que salga por la calle

con su camisa blanca

y con sus pasos

para que se confunda en la mañana

con la voz del lechero…”

 

Este poema se ha salido de sus marcos para entrar en la calle de la vida. Habla como nosotros y come con nosotros. Se vuelca a las ciudades con sus casas y sus árboles de barrio, sus pequeñas cosas. Pero en la sencillez de estas palabras también vibra el destino de todos los hombres.

Puede que estos poemas transeúntes, con sus olores a trabajador y sus camisas blancas, marquen la entrada de la poesía colombiana en lo que se venía vislumbrando en los años veinte con la poesía de Luis Vidales: una ciudad en la particularidad de sus oficios. La vuelta de lo poético a los asuntos y trajines del día a día y que años después replicaría Rogelio Echevarria con su libro El transeúnte, Mario Rivero -con menos nostalgias que Echavarría-, en sus Poemas Urbanos.

Aquí no hay artilugios ni tiempo para simulaciones. La calidez de estos versos nos convoca frente a lo más cercano, en torno a la hoguera de los ritos cotidianos, como si el vecino se saliera de sus libretos para tocar a nuestra puerta, decirnos sus verdades al oído:

 

“…un poema que vaya  por las tardes

como un trabajador,

con sus claras palabras,

con sus manchas de aceite,

con sus zapatos gruesos.

Que sea fácil de llevar en el alma

como es fácil de llevar en el alma

una bolsa de sal o una naranja…”

 

Ángel Rama, cuando habla de la ciudad latinoamericana y su relación con la cultura, describe una brecha muy marcada entre una “ciudad letrada y otra iletrada”, cuyo rastro divisorio caracterizó a nuestras urbes hasta bien entrado el siglo XX. Estaban las clases altas, letradas, conocedoras de la gramática latina y los modales parisinos. Clases dominantes –conservadoras o liberales-, que en el máximo símbolo de la inequidad mandaban traer pianos de cola desde los puertos de Europa. “A lomo de indio”, remontados por las feroces cuchillas de los Andes en travesías de semanas, llegaban hasta ciudades como Bogotá o Medellín para abreviar los aguaceros. Con frecuencia morían los porteadores en la mitad de los caminos, aplastados bajo el estruendo bruckneriano de los infatigables pianos.

Del otro lado estaba una gran masa de clases populares, prácticamente analfabetas, sobreviviendo en las plazas de mercado a pesar de las guerras civiles, las pestes. Recorriendo las calles donde en las noches, a falta de un sistema de alcantarillado, bajaban las aguas negras a cielo abierto. Algunos usaron alpargatas hasta mediados del siglo XX. La mayoría pasó la era Republicana totalmente descalza. La relación de estas clases con las letras se limitaba en muchos casos a las misas que se oficiaban en latín.

Podría decirse que la misma desigualdad económica, que ha definido a América Latina desde siempre, se reflejaba aún con mayor intensidad que hoy en el acceso a la cultura. Quizás sea por esto que la clase letrada, más que en ninguna otra región del planeta, estuvo asociada al poder político, los poetas y los gramáticos, los cronistas o los músicos, con frecuencia eran los mismos parlamentarios que hacían las leyes, los jueces o los embajadores, los presidentes de la República. Este vínculo entre escritura y poder político determinó, para bien o para mal, la manera en que se vio la ciudad en la literatura del siglo XIX, señala Rama en su ensayo y deja su impronta hasta las revoluciones literarias del XX.

Al leer los poemas de Las contadas palabras, publicados en 1958, queda la sospecha de que con Oscar Hernández se le da un último portazo a esa ciudad letrada, o al menos en lo que respecta a la poesía, que se ha abierto una fisura para que una ciudad del común, con sus nombres y sus gestos propios, hable con dignidad en las geografías del poema: el género predilecto del poder letrado. La frescura que late en estos versos es una verdad vieja y penetrante, y que fue encubierta durante varias décadas bajo un modelo de sociedad jerárquico, adverso a reconocer lo popular por fuera de un discurso costumbrista o aleccionador.

Decía el político liberal Jorge Eliécer Gaitán en su famosa frase, pronunciada algunos años antes de que lo asesinaran dando lugar al “Bogotazo”: “en Colombia hay dos países: el país político que piensa en sus empleos, en su mecánica y en su poder, y el país nacional que piensa en su trabajo, en su salud, en su cultura, desatendidos por el país político”. Contrario al poder político, con su literatura “fundacional” y sus cálculos civilizadores, es el “país nacional” el que habla en la voz de Hernández. Las palabras de un poeta que es letrado, marcado por las lecturas y las reflexiones de su tiempo, qué duda cabe, de César Vallejo a Paul Eluard, para hablar de sus referencias más explicitas. Pero antes que nada el poeta de estos versos es un ciudadano común y corriente, el hombre que escribe mientras trabaja o deambula.

 

Hernández fue locutor, linotipista, autor de libretos para radio y cantante de salón. “Inflador de cables”, futbolista. Dicen que no le iba mal cuando oficiaba de boxeador en los cuadriláteros de Medellín. Todos estos forcejeos le dan a esta poesía una vida en la vida, la sabiduría de quien conoce las ciudades desde sus entresijos. Mujeres que amasan el pan, oyen el despertar de los cubiertos en un lunes cualquiera. Burócratas o empleados de periódicos. Amantes que se encuentran en los cinemas, incumplen promesas, beben y escuchan tangos en la noche de cualquier barrio. La palabra de Hernández sería la cristalización de estos afanes. Una celebración emotiva de la vida cotidiana. Por eso es que dice Oscar Collazos sobre esta poesía: “para Oscar hablar de literatura sólo se podía hacer si se hablaba de la vida, ese ambicioso sustantivo que no agota nunca su significado”.

En su libro Mataron a Gaitán, el historiador Herbert Braun sostiene que el mayor mérito político de Jorge Eliecer Gaitán, por encima de cualquier otro, fue el de haber resquebrajado en su discurso las diferencias entre lo público y lo privado. Mostrar que el alumbrado público y las bolsas de leche, la higiene y el panadero de la esquina, eran asuntos tan importantes para el lenguaje político como las leyes civiles o las políticas monetarias. Creo que podría decirse lo mismo de Hernández pero en los planos de lo poético. En sus poemas hay un regreso de la poesía a la particularidad de la vida, incluso a lo más trivial de esa vida, como ocurre en ese poema en el que Hernández logra hacer de la gripa materia de su mejor poesía: “Alguien dice como si viera salir el sol:/ es la gripa, y sigue el mecanismo del hogar/entre las ollas, las escalas,/ la espuma, la electricidad/ y el aroma de las cazuelas...”.

Esta mirada de lo particular se expresa de manera magistral en lo más celebrado de Hernández, "Simón Metálico". Un poema a la estatua del Libertador que llena de musgo y gastada por el orín, abandonada a su suerte como las que hay en tantas plazas latinoamericanas, recobra en estas palabras su dura cotidianidad: “¿Y quién no ha hablado de Bolívar?/ ¿Y quién no ha dicho que libertó muchas naciones?  ¿Quién no conoce en los museos su vieja espada/ o la chaqueta de la guerra que se quedó detrás de un vidrio?/ Todo eso ya está dicho, yo miro el mineral./ Bolívar y sus pantalones de bronce…”.

Existe en la poesía colombiana otro poema muy famoso a una estatua de Bolívar. Lo escribió Miguel Antonio Caro, presidente de la republica, gramático y poeta que tradujo La Eneida en la que Borges consideraba su versión más cuidada. El mismo personaje que redactó La Constitución de 1886, la carta magna que rigió el país hasta 1990. Caro es, sin mayores discusiones, la imagen por excelencia del “letrado” colombiano. Escribe Caro en su poema a la estatua: “Bolívar, no fascina/ a tu escultor la Musa que te adora…Te vio, sí adolescente,/ ya en el silencio de la gran ruina/que Roma encierra, apacentar tu mente…”.

El contraste de estos poemas es el de dos países. El de Caro sería la perspectiva de la historia oficial, escrita por quien tiene el poder de tomar las decisiones. El de Hernández la mirada del ciudadano de a pie, tratando de sobrevivir junto a los otros y como puede. Caro escribió este poema en un intento por validar a América desde los códigos clásicos y usa la estatua de Bolívar como un punto de quiebre para expresar su programa conservador. En Hernández aparece la escritura de una promesa rota, testigo silencioso del tiempo y las ciudades. El primero le canta a la gloria, falsea al personaje con un lenguaje ampuloso y mimético, el segundo desacraliza la estatua, devuelve al héroe su usurpada humanidad:

 

 “…Pobre padre Bolívar, castigado en el bronce.

De aquí no sales más, le dijo el fundidor,

y vació sobre el barro metales derretidos…

 

…Simón Bolívar de sable enmohecido,

libertador de fraguas y cinceles.

En esta América, tuya por tu brazo,

se va a morir tuberculoso el bronce”.

 

Hablando de “Simón Metálico”, la infancia en el barrio o de un burócrata. Cantándole a la amada o a la luz eléctrica. A lo largo de los tópicos que trata Hernández en sus más de nueve libros existe una compleja y detallada historiografía, o al menos se podría rastrear. Un cambio en lo observado y en el que observa que junto con los poemas de “La sombra inalcanzable”, de Héctor Rojas Herazo, comienzan a sugerir desde los años cincuenta la presencia de otro país, urbano y honesto, otros lenguajes y discursos sobre la vida, vislumbrados ya no en los centros del poder sino en los intersticios de la calle y el café, la casa y los parques. Todos esos “espacios públicos” de los que hablaba Habermas, y que serían la alternativa para un “mundo de la vida” en este “mundo capitalista”, cada vez más controlado por el poder en la producción como en los medios masivos, que distorsiona las libertades en el trabajo y controla el pensamiento en los tiempos libres.

Sin folklorismos ni exageraciones, Hernández recupera una poesía del habla cotidiana, fresca y espontánea, en un país que con frecuencia se avergüenza de la manera en que habla cuando está escribiendo. Como prueba de este complejo aparecería la escasez de dramaturgos colombianos. Escribe Hernández en su poema “La voz del hombre”, una declaración de su credos: “No puedo decir más,/ nunca he entendido las raras abstracciones de los hombres,/ a pesar de ser hombre/ y decir como todos cotidianas palabras,/ cotidianas y blancas, porque siempre he querido/ que sean blancas las voces de los hombres”.

Estos poemas nos hablan con franqueza, como Oscar Hernández, pero tras ellos se escucha la voz de una sociedad diversa, contada desde adentro con el arrojo de los tangos. Y hablar de este género musical es importante aquí no sólo por un tono, por una manera de decir de la que este antioqueño es heredero confeso: “el tango es mi enfermedad”, dijo recientemente en una entrevista. Gardel murió en Medellín cuando Hernández era un niño, desatando en la Capital de Antioquia una fascinación que todavía continúa. Él fue uno de los que creció con la leyenda de esta música, como si la ciudad hubiera sido fundada el día del deceso.

Aquellas canciones de arrabales y de concert halls, que juntan al obrero y al erudito, al porteño y al exiliado, son el mejor ejemplo para explicar el carácter social de esta poesía: la manera en que trabaja los materiales de la cultura. Porque Oscar Hernández es un poeta de lo popular, una combinación que entre la academización de las letras y el envilecimiento de los medios masivos será cada vez más escasa. Un hijo atento de los cincuentas latinoamericanos, aquella década de encuentros de la que quizás no se haya dicho lo suficiente.

Si estos años fueron una década de oro para las letras y la plástica, respecto a lo popular el carácter luminoso de estos años es todavía más sorprendente, el gran ejemplo es la música: Pérez Prado y Benny Moré, la Sonora Matancera y Roberto Goyeneche. Ocurren los primeros conatos del bossa-nova, los porros de Lucho Bermúdez en Colombia. Simón Díaz canta sus sones de vaquería, Alejo Durán sus vallenatos románticos, para no hablar de lo que estaba ocurriendo con el jazz en los Estados Unidos.

Una revolución era lo que estallaba desde adentro del sonido. Al fondo de los traganíqueles y en cada pista donde el trabajo permitiera bailar. En estos sonidos ocurría la irrupción de un sentimiento americano, por oposición a unos poderes cada vez más maniatados por las grandes potencias, una manera de salvar en las canciones el campo y los pueblos, los barrios, en medio de una modernización brutal que todo lo quería convertir en Babilonia unánime. Canciones que hablaban de una sensualidad desenfada y vital, de personas que soportaban en la música las dictaduras y la violencia, la discriminación de razas y de clases. Desde las resonancias de este mundo escribe Hernández sus asuntos. La fuerza de estas palabras era la de un continente que emergía a la superficie. 

***

Las Contadas palabras (1958), título del mejor de sus libros, le vendría bien al carácter de toda esta poesía. Aquella expresión no nos remite necesariamente a un lenguaje de contención verbal o economías lingüísticas. El carácter “necesario” de esta poesía va por la vía radicalmente opuesta. “Contadas palabras” sería una vuelta de lo poético a los materiales primarios de la conversación, a esas “contadas palabras” cuya riqueza es la sencillez, el uso, y que por eso mismo nos convocan en nuestro afán de comunicarnos. Hernández hablaría desde un sentido vital. Su lenguaje sería “necesario” no sólo porque cada palabra ocupe el sitio que le corresponde en el poema, es necesario porque pretende hablar con las palabras que los hombres realmente “necesitan”. Escribe Hernández en el poema que le da título al libro: “nosotros no entendemos más que cuatro palabras,/ la última es arroz./ Hay que escribir para los hombres/ para el ladrón y para el santo./ Los hombres del mundo dicen sencillamente:/ hombre, caballo/ alambre, arroz”.

Aquí hay una noción del lenguaje como tejido social. Los versos de estos poemas, más que por una manifestación de la belleza, ocurren como un acto de solidaridad a través de las palabras. Veo esta actitud en los poemas de Hernández. Solidaridad por el vecino que abre la ventana. Por la muchacha que pasa a nuestro lado mientras “Alguien llora, alguien no puede reír/ porque es muy tarde,/ nace una flor de estrecha vida roja/ y alguien pregunta si acabó el invierno”. Solidaridad ante “…la muerte de un tal Baltasar”, y que “…a pesar de tu muerte, la tierra crece como una gran esmeralda”. Solidaridad, al fin, con todo hombre que sea humillado u ofendido: “Tiene que existir el desdichado,/ así como el que besa alegre,/ el que se muere siempre, a toda hora…”.

Bajo una sociedad que anda de espaldas a sus víctimas, que mira como se olvidan sus realidades con singular eficacia,  Hernández es quien nos dice en "Se prohíbe la entrada de los muertos": “No escupa sobre el suelo”./ “No fume”. “Haga silencio”, que están cortándole las manos a un hombre/en el salón vecino… “No pase”, este trayecto está vedado/para todos aquellos que respiran…” Un poema que purifica la violencia con un lenguaje igualmente violento, responde con la creación del verbo frente a su misma capacidad de destrucción. Hernández volvería a demostrarnos con estos versos que el lenguaje cotidiano, gastado en la conversación de todos los días, se nos presenta tras una cuidadosa alquimia como la más poderosa de todas las armas. Concluye  Santiago Mutis en el prólogo a Hoy besarás y habrá un buen tiempo (2009), uno de los últimos libros de Hernández: “Oscar no habla solo, para sí mismo, sino que habla a nosotros, con solidaridad, por el horror y el amor que aún nos esperan…”

Richard Rorty, en su famoso libro que precisamente se titula así, Contingencia, ironía y solidaridad, advertía que en la complejidad de las teorías, entre tantas disertaciones sobre “el giro lingüístico” y las cuestiones de la semiótica, con frecuencia olvidamos el papel de ese lenguaje en nuestras relaciones como especie. Puede que el lenguaje no sea otra cosa que un “desarrollo evolutivo”, dice Rorty, una herramienta de la que se valieron los hombres para sobrevivir como manada. Si las tortugas encontraron caparazones, el caimán su fabuloso juego de dientes, el hombre desarrolló la capacidad de preguntar y conversar, la curiosidad de escuchar y de aprender sobre los otros como la mejor herramienta para no perecer.

La poesía, si le hacemos caso a Rorty, sería el delicado ejercicio de renovar esa curiosidad primigenia. Y hay que seguirla escribiendo para que nos recuerde, una y otra vez, los brocados que sostienen nuestra aventura como especie, el asombro frente a los otros y frente a una naturaleza. Las amalgamas de una alianza que se esconde en los muros o mercados de cualquier aldea, aún a pesar de los conflictos.

Aquella solidaridad también hace que Hernández, cuando habla de los oficios, desmonte una noción utilitaria para mostrarnos lo humano a través de las manos, su relación ancestral con los materiales. Es el caso de "Luis cuando las guerras" o de "Un día de la semana", del que cito estos versos: “Hoy es viernes/ y el panadero de la esquina/ amasó todo el día/ su pan de melancolía,/ su negra harina”… Este poeta vuelve a decirnos que hay un trasfondo de herencias que en nosotros se realizan. Que en nuestra andadura por la tierra, solos o acompañados, somos y estamos por la huella de los otros. O como lo escribe en alguna de sus estrofas:

 

“…la voz del hombre siempre estará prendida

al eco de las otras.

Estas palabras son las mismas,

las mismas que dijera un condenado a muerte,

o las solas palabras que diría el hombre que da trigo

al pico de los pájaros…”

Hay en estos poemas el rastro de un amor difuminado en los pimientos, las calles y los sombreros. Todo lo que nos rodea sería una excusa apropiada para la llegada del poema. Esta actitud sobrevive en lo no realizado tanto como en lo que efectivamente vemos, en los deseos insatisfechos o en los hijos no tenidos. Escribe el poeta en "Germinal negro": “Ya estará el hijo con su rencor formado/ debajo de la primera tabla de esta cama/ ya tendrá sus amores y sus dudas…”. 

Como en Cesar Vallejo o Walt Whitman, Alberto Caeiro, lo poético le restituye a la comunicación lazos alternativos. Lo interesante de Hernández es que pareciera que este “amor humano” naciera tanto en la felicidad como en el sufrimiento, simplemente en el júbilo de ver y respirar junto a las cosas. Escribe Hernández en su poema "Viva y santa alegría": “…En cada esquina veíamos algo que amar,/ a quién decirle: buenos días/…¿De dónde vendría la alegría? Pues de dónde ha de ser, de los lugares,/ de muchos sitios/, de los bares/ repletos de gentes que se miran/ y se aman por un rato…”.

Sin perder las armas del sarcasmo o la acidez del que señala, estos poemas nos devuelven la “alegría” frente a las cosas más comunes. Los objetos y las tecnologías de la ciudad, los árboles y las flores que atestiguaron los recuerdos. La sola presencia de los otros como un milagro inesperado, aguardando a la vuelta de la esquina con los zapatos sucios.

Hasta las palabras redescubren su pieles, mirándose de vuelta. Se muestran con un asombro nuevo bajo los ojos de un poeta que en el fondo, a pesar de su sencillez, las ama y las cultiva con secreto rigor. Basta una palabra simple, dicha por el obrero o el cantante, pero el poeta sabe que su sonido tiene memorias profundas, que todo vocablo es el resultado de una lucha en el tiempo, de vidas y otras vidas que pasaron por él, como si fuera una vasija de sentidos encontrados.

 

***

 

Casi tan revolucionaria como Las contadas palabras es la visión que ofrece Hernández con sus Poemas de la casa, de 1966. El poeta se concentra ahora en los ámbitos de lo doméstico, y la casa, las toallas, la luz eléctrica, se llenan de ángeles alrededor, como si de un microcosmos se tratara. Poemas como "Hombre en el cielo" o "La Casa", en plena época del Realismo mágico y sus casas maravillosas, ofrecen un contrapunto necesario de precisión y misterio. Encuentran lo mágico en la rutina y lo fantástico en lo trivial, mostrándonos a la casa como una minuciosa arqueología de lo humano, a sus objetos como prolongación de los cuerpos que en ella habitan, también de sus fantasmas.

Hernández toma lo cotidiano y lo “desfamiliariza”, logrando, con intención o sin ella, que seamos conscientes de lo mucho que nos definen nuestros objetos, lo ciegos que nos hemos vuelto para ver lo que más vemos. Si en Las contadas palabras se hacía propio lo público, derribando las fronteras impuestas por barrotes o paredes, en Poemas de la casa las barreras se derriban por el camino contrario: se hace una historia compartida a través de los adminículos, de la sociedad a través de sus cuartos solos. La palabra, reconociéndose en lo doméstico como antes en lo urbano, es la que nos recordaría el asombroso acontecimiento de nuestra propia privacidad, sus utensilios y rutinas, aquellos refugios donde se esconden las memorias: “La casa sola no está muerta,/ está viva en sus ruidos,/ en sus escaparates hondos/ en aquellos objetos que despiertan/ sólo con ver al hombre que se marcha”.

Desde Poemas del hombre, publicado en 1950, Oscar Hernández viene hablando desde los “sin nombre”, a contrapelo de los exitosos y los poderosos, los sanos o los emprendedores. Y se ha mantenido con la misma firmeza para condenar o celebrar, resistiendo en su escritura sin quejarse ni pedir nada a cambio. Escribe el Hernández que denuncia en Hoy besarás y habrá un buen tiempo (2009):“…por todo esto estamos aquí los poetas los leprosos/ los desposeídos y los desencantados/ por eso hemos venido/ los locos y los infectados/ para eso hemos venido/ estamos aquí para decir las amargas palabras/ las de la otra cara de la moneda/ donde los mentirosos leen felicidad…”. Y aquí el Hernández que celebra en otro poema de este mismo libro: “todo es felicidad/ algunos la niegan o desconocen/ porque intentan navegar en la filosofía/ que a su vez puede ser felicidad/ si la cubrimos con la fragante posta del caballo”.

Ahora que sus palabras se están editando en las ediciones que se merecen, que a sus 90 años se le ha vuelto a valorar como el poeta que es, la honestidad de estos libros llega como un desconocido que golpea a nuestra puerta, y que es el país. Nos dice Hernández en “La patria en la puerta”:

 

“Golpean la puerta

como para que no se oiga,

con aquel sonido que tiene

la pobreza que va de sitio a sitio…

Unos segundos más y la patria,

esa patria andrajosa,

está sentada en el pasillo

con sus tamales a un lado

y un plato lleno de alegría y de humo”.

 

Palabras de "alegría" y de "humo" que no sólo reescriben los libros de historia, de los poetas y de la poesía colombiana en general. Vienen desde el pasado como este niño antiguo, trayéndonos lo cercano una vez más.

 

Santiago Espinosa (Bogotá, 1985). Poeta y ensayista. Profesor de la Universidad de los Andes y del Gimnasio Moderno, donde coordina la Escuela de Maestros. Poemas y ensayos suyos han aparecido en diferentes muestras de su país y del exterior. Escribe habitualmente para la Opera de Colombia y para varios medios, y ha sido traducido al italiano, al árabe, al griego y al inglés. En 2015 Valparaíso ediciones publicó en España Escribir en la niebla, compilación de ensayos sobre 14 poetas colombianos. Su libro El movimiento de la tierra ganó el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2016. Recientemente fue publicada en México su antología Luz distinta.

 


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