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2017-08-15 10:24:13


En versión de la traductora Virginia López Recio compartimos tres poemas (dos son inéditos) de Jaris Vlavianós (Χάρης Βλαβιανός), una de las voces más conocidas de la poesía griega actual. Nació en Roma en 1957. Estudió Economía y Filosofía en la Universidad de Bristol y Ciencias Politicas e Historia en la Universidad de Oxford. Ha publicado 10 libros de poemas y 3 de relatos. Ha traducido obras de grandes poetas americanos y europeos como Walt Whitman, Εzra Pound, John Ashbery, William Blake, Zbigniew Herbert y Fernando Pessoa. Dirige la revista Poética. Su poemario Vacaciones en la realidad fue galardonado con el Premio de la Revista Diavazο (2010).

 

 

 


SIMPLES MATEMÁTICAS

El año pasado celebramos juntos nuestro cumpleaños.
La tarta estaba decorada con cien velas.
Eso no volverá a ocurrir.
La suma de nuestras edades
Subirá cada año dos números.
En doce meses tedremos ciento dos,
en los doce siguientes, ciento cuatro y así sucesivamente.

Si muero a la edad a la que murió mi padre,
aún tengo por delante veinte años de vida.
Si muero a la edad a la que murió mi madre,
apenas dieciséis.
Mi madre murió un 2 de octubre,
el día que mi hermana cumplía los cuarenta y uno.
Mi abuelo un 18 de junio,
el día que yo cumplía los diecinueve.
Mi hermana, cuando se enteró de la noticia,
se encontraba en un centro de desintoxicación a 95 kms al NO de Roma.
Yo volaba a 30.000 pies sobre el Atlántico
y me preguntaba qué ocurriría si el avión
se estrellaba de repente en sus oscuras aguas.

Mi amigo John murió hace tres años.
Si viviera, yo no sería aquél que vio ayer
la continuación de Madagascar abrazado a su hermana.
Vicky se fue en siete meses
de un violento cáncer en el cerebro.
Tenía apenas cincuenta y un años y su hijo quince.
La última vez que la vi en “La Salud”
me miró con aquella mirada aterrorizada
que decía: “Coño, voy a morir, no me mintáis”.

En 1989 empecé a enseñar en “El Colegio”.
El año que viene habré cubierto
las cuatro séptimas partes del recorrido –
en dieciséis semestres me veré obligado a despedirme
para siempre de estudiantes y de compañeros.
No volveré a entrar nunca en un anfiteatro,
ni será necesario que analice durante horas
la división tripartita del alma
o los imperativos categóricos de Kant.

Mi hijo nació cuando tenía treinta y un años,
en una clínica de Oxford,
a 12 millas de la ciudad,
dos meses antes de defender mi tesis doctoral.
Mi hija seis años más tarde, en Atenas,
a 14 kilómetros de nuestra casa.
Mi hijo necesitó quince horas
para salir de la barriga de su madre.
Mi hija doce mitutos.
En el nacimiento de mi hijo
estuve en el quirófano cuatro horas
y sostenía la mano de mi mujer.
En el nacimiento de mi hija,
miraba el reloj en la antesala
y esperaba con angustia
oír mi nombre por el megáfono.

Leo un libro
que tiene cincuenta y siete años más que yo,
y se refiere a un poeta que murió
ciento dos años antes de que yo naciera.
El ordenador en el que escribo
tiene nueve años,
mi móvil dos,
el cuaderno en el que hago anotaciones
tres semanas.

La primera vez que bebí Campari tenía trece.
La primera vez (y última) que fumé catorce.
La primera vez que hice el amor quince.
Se llamaba Estela y trabajaba en nuestra casa.
Era dos años mayor que yo y muy “experta”.

Cada día pienso en la muerte.
Antes no pensaba en ella.
Pienso en ella desde que murieron mis padres.
Pienso en ella desde que llevo traje
para ir normalmente a funerales, no a bodas.

Hago continuamente sumas y restas.
Si alguien muere, miro inmediatamente
para ver cuándo nació,
para comprobar si le dio tiempo de disfrutar
de lo poco que le fue dado.
Pienso que si tengo suerte
(¿acaso no es todo cuestión de suerte?)
puedo llegar a esa edad
a la que tal vez ya me habré aburrido de la vida.
Tal vez porque en ese momento quién sabe
si sonreiré con complacencia
o temblaré de miedo.

Sin embargo, si muero mañana,
pasado mañana,
la próxima semana,
el mes que viene, no me dará tiempo
de darle a ella los besos que le debo,
de decirle a él cuánto lo quise,
de decirle a ella cuánto me hirió,
no me dará tiempo
de pedirles perdón,
de explicar los motivos,
de estrechar su cara en mi pecho,
no me dará tiempo
de verificar los números,
los actos,
el resultado.

No me dará tiempo.

 

 

 

 

PURGATORIO

Men che dramma
Di sangue mʾè rimaso, che no tremi;
Dante, Purgatorio, XXX

¿Por qué te fuiste?
Porque quería vivir mis últimos años en Roma,
allí donde por poco tiempo fui feliz.
¿Por qué te fuiste?
Porque me habían ahogado las deudas y me asusté.
¿Por qué las dejaste llegar hasta tal punto?
No tengo yo la culpa. Lo tenía todo. Ella se complicó.
¿Por qué las dejaste llegar hasta tal punto?
Porque no la quise jamás como a un hijo mío.
¿Con quién dormías?
Dormía siempre sola.
¿Con quién dormías?
Con quien condescendía a mirarme.
¿Por qué me dijiste mentiras?
No te diría jamás mentiras.
¿Por qué me dijiste mentiras?
Porque la verdad dice las mentiras más convincentes
y yo creo en la verdad.
¿Estás cansada?
Sí, estoy muy cansada.
Quiero tumbarme y cerrar los ojos.
Quieres cerrar los ojos.
Sí. Quiero cerrar los ojos.

 

 

 

 


CAVO PARADISO


A mi hijo

Ha llegado el momento de que te vayas, ha amanecido ya,
además la noche discurrió indiferente ―
las chicas solas han venido
y solas han vuelto a sus habitaciones
aunque perdieran tres horas en el espejo
para decidir si se pintarían las uñas de rosa o de verde.
Bueno el americano dj, no digo
pero también ese duradero remixing poco después
era de alguna manera predecible y a veces cansado.
Tu padre preferiría esta noche
(hay también luna llena)
oír naturalmente a Lou Reed y a Tom Waits
pero tú justamente exclamarás:
«¡pero si él pertenece a otra época!»
Así ocurre siempre.
Y Ginsberg cuando visitó a Pound en Venecia
le puso a escuchar a Los Beatles y le preguntó si le gustaban,
y el viejo Ezra movió ligeramente la cabeza,
susurrando «prefiero a Vivaldi».
Pero no tiene importancia
si ese paraíso concreto se demostró ficticio.
ya que mañana habrá otros y otros, aún más brillantes
con piscinas más grandes y cuerpos más bronceados
que de modo voluptuoso se menean a su alrededor.
En otro lugar se encuentra el sentido de las cosas:
La mañana en que se despertó y te vio dormir tranquilo en tu cama
se sintió profundamente aliviado y llegó y te besó en la mejilla.
Después hizo café, encendió el ordenador, entró en youtube
y puso Is this Love.
Sí a youtube, y sí, Bob Marley!

 

 

 

 

 


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