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2017-08-08 11:41:32

 

Cuando leo la poesía de Iván Méndez González, pienso en un trabajo escultórico. Me recuerda, en cierta forma, a las Strandbeest de Theo Jansen. Me explico: a partir de complejos algoritmos genéticos, Jansen elabora estructuras plásticas gigantes con propiedades cinéticas cuyo desarrollo incluye una minuciosa investigación de supervivencia a las condiciones del medio, así como exactísimos e ingeniosos sistemas de articulaciones (lo que les permite caminar) y que tienen por objeto vivir por sí mismas al ser liberadas en las playas de Holanda; estructuras sólidas y ligeras como el exoesqueleto de un insecto. Así mismo, la obra del poeta canario trabaja sobre las posibilidades de articulación del lenguaje y su movimiento. A partir de estructuras sintácticas paralelas que comparten el sujeto o el complemento indirecto (caso dativo) Iván Méndez genera una sensación de aprehensión simultánea de fenómenos en el tiempo: “es un tajo preciso y breve el aire pasa tibiamente”, “no entra el sol enmudece las hojas punzan”, “el enigma de mármol un amago de cuerpo pone sitio (inútilmente) a las siluetas” “puso su frente sobre la rigidez de la mano un hombre contemplando la inquietud va |” procedimiento posible en gran medida debido a que sus versos siguen su propio sistema ortotipográfico; los signos de puntuación son escasos, lo mismo que las mayúsculas. El poeta se apoya en corchetes y líneas verticales, así como en la inversión del verbo auxiliar en el gerundio, procedimientos que permiten modelar el verso desde diferentes ángulos: “ellos gritando van que no existe consuelo ni jardines”, “alas desplegando van silencios”. En fin, la imagen completa, el poema, que nos brinda es poliédrica. Los motivos de su obra exploran las posibilidades de desvelar el mundo a partir del lenguaje y, como Jansen con sus Strandbeest, Iván Méndez libera sus creaturas sobre la hoja con la esperanza que el viento propicio del lector atento los ponga en movimiento.

Itzel Patricia Ortega

 


Selección del poemario

La estrategia de las hormigas

 

 

 

[tocar el susurro de las aves]

se pierden los ojos en el recuerdo, ya no cantan los canarios. aseguran que los hombres de lunares les cortaron sus picos —la luna los recuerda, me dicen—. ven, acércate al borde y le dibujaremos, como tú sabes, los picos: un canto en potencia se adivina en su plumaje. sujétalos con fuerza —me dices— no vayan a escaparse, les curaremos su cabeza mientras deshacen nuestras manos, las dejarán en carne viva, de la sangre un fulgor. me acercas la página, y me enseñas a tocar el susurro de las aves que siempre prevalece en tu cuerpo. Ahora dirigimos la mirada hacia arriba, la rueda rompe su simetría, y la luz no abarca la estructura completa de la mesa | la clausura. (ves los objetos tendidos y todo pendiente del sol —¿podrías tocar un solo vértice de la calima?).

 

 

 


[lentitud]

la sangre —escamas de la luz— pone su cerco al ruido su volumen anuncia la lisura
ilegítima donde se olvidan los vértices de la ansiedad | el borde del paisaje atraviesa los ojos
se muestra la carne quebrada puedes medir el peso del vacío una caricia que permite
saber que palpas el viento desmembrado más cerca de las fuentes inhóspitas
la sonrisa de la pantera | la levadura imaginaria | del astro,
brillando por completo al tuétano de la conciencia
es la invasión del pensamiento (improbable ya toda forma) desde lejos la rabia se despierta |
una cetrera lentitud nace del ojo

 

 

 

 

[arañas]

junto a los enebros se escucha la intimidad de las arañas
un olvido que abreva la mácula pues todas las lápidas chillan
aquel severo juicio sin palabras pesa sobre los cuerpos de las mujeres
ya maldecidas porque sacrifican la inhóspita constancia de la sangre
mientras ellos gritando van que no existe consuelo ni jardines poblados de caléndulas
(¿la muda conciencia de vientres?)
latido parece rúbrica (¿se gastará con cada día? – llora para que limpies los ojos, porque las arañas invaden los instintos vacíos) es una geografía que no promete ninguna tierra,
donde los cuerpos se concentran antes de ser excluidos de ella
(desaloja la tela) un rayar de astillas rojizas sedienta de mar la arena.
una punción sitiar de piel reptante (esgrafiado que impregna el ojo
es el mar asolado, es la grava de un labio) los pájaros vigilan el silencio.

y como si se tratara de una enfermedad de la piel (ser consciente es volverse más lento, volver a la lentitud de las formas)
el movimiento lento de las arañas (ya recuerdan) despaciadas como un escorzo un deshecho espacio que nunca fue, ni podrá

 

 

 

 

[notación en un libro de sintaxis]

pasar a través del cuerpo lamiendo los huesos con la conjugación respirada, lo impenetrable
de la hoja, el envés de lo no visto calcifica la rúbrica como sombra en pared, el pájaro nunca
siente el peso de la nube sobre el ala
— el lugar de la mirada —
(antes del sintagma nace ya rota la respiración)
la contemplaba: es extraña, vasta como una perspectiva (y es tan amplio el límite) ―

sólo la pulsación
herida
ese pulsor incógnito: es ya incertidumbre ― exilio ― ruido.
ahí sentir está inscrito: lo entrañado. el ave vuela y todo allí asienta su templanza sin vuelo. una grieta es imagen ― promesa, el pálpito errante, la caricia cruza la luz y te susurra la pupila dilatada: sombra que escinde, cánula de agua que se dispersa cuando tu cuerpo atraviesa la lluvia

 

 

 

 


[óxido]1

la orina puede detener el tiempo torcer la sombra (ver o besar | oxidar las hojas del libro)
irrisión de las manos persuade los ojos | cuando la lluvia se separa de su máscara ya se advierte el verdadero olor de la tierra se atisba su presencia besando los vestigios luminosos de la estación
húmeda en la lengua tomada por el aroma de la flor apenas la lombriz esparce su cuerpo la luz ya se abre paso entre las hojas
esperar mientras tanto la austeridad del gesto es un movimiento continuo que acecha a los objetos
(un espacio recién nacido)
sol animal que rompe la mirada erizado de signos por el plano del horizonte hace ruido sin sombra y conjura las cosas respirando
el pulsor susurra su gesto terso | liminal | inconcluso
una araña que vibra (en el cuerpo del hombre) como la espina sobre la hoja incierta dela
puerta que no puede cerrarse


1 reminiscencia de una ira remota, llena la memoria de óxido no puede evitar el riesgo de partirse en dos. el recuerdo se asemeja a la mugre acumulada en la uña del dedo índice después de una tarde imitando letras que no cierran su legibilidad, sino que se entierra bajo toneladas de barro. todo es borroso cuando se busca el detalle.

 

 

 

 

[arquero]

el espacio traslúcido está pulsado por la cuerda
omitida de un arco
una flecha | una palabra | la forma para un cuerpo
la pultrusión guardó en lo íntimo la naturaleza de su parábola
en la orilla de la diana oscilan la esperanza y la marea
los alientos se alzan cuando el aire se abre —en el surco aislado de su vuelo—
se dispersa el límite inexacto del color rojo
la piel de la manzana quiere dar forma al aire

 

 

 

 


[geometría]

¿ves la mariposa acumulada como polvo? son los ojos de la mujer vacía un momento antes la ve pasar el hombre atraviesa por el bosque es igual a la nieve en el río se lava las manos agua y viento traen la muerte por la corriente bajan cadáveres luz y alas desplegando van silencios ve su imagen volar la mariposa
tres círculos que se deslizan bajo una flecha cuya punta se hermana (ya será fuga) con la lengua
a su lado el rectángulo deforma | la noche en perspectiva rodea al animal y al mito
(sucede siempre como una rotura)
anotas la destreza de la cifra —escritura espacial de los proscritos— mojas el dedo
disciplinado todavía en esta sangre geometría | espesa

se escucha desde lejos un lenguaje de moscas: deviene necesariamente una experiencia extrema en los protocolos de la violencia (las alas, el polvo, el ruido)

 

 

 

 

[lección del suelo]

contemplas desde esa madera cruzada que paraliza el tiempo y la sangre
imposibilidad de toda certidumbre corporal
(nadie puede reconocerte con esa caligrafía de la palabra amor dibujada en la frente)
las heridas: ante ti su espejo y su templo
la intimación de la piedra en el lugar donde hiberna la disonancia

(plastifica la deformidad del (cuerpo con el) vuelo del pelícano) escuchas el tacto de las hormigas

 

 

 

 

Iván Méndez González (Islas Canarias, España). Poeta, crítico literario y traductor de poesía de expresión alemana. Licenciado en Filología Hispánica con Premio Extraordinario Fin de Carrera. Estancia de Investigación de Postgrado en la Freie Universität de Berlín. Maestro en Literatura Española e Hispanoamericana (2012- 2013) por la Universidad de Salamanca y candidato a Doctor en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana Ciudad de México. Concluyó durante 2016 una estancia de investigación en el Instituto de Investigaciones Filológicas (UNAM). Ha impartido docencia en instituciones universitarias de Perú, España y México. Ha publicado su obra creativa y académica en revistas como Ínsula, Revista de Occidente, Anuario del Instituto de Estudios Canarios, Quimera. Revista de Literatura, La Otra, El Coloquio de los Perros o Cuadrivio. Sostiene un blog de traducciones:
http://delimitedsilence.blogspot.mx/.

 

 

Itzel Patricia Ortega (Ciudad de México, 1992). Licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa. Ha colaborado en diversas publicaciones, tanto impresas como digitales; actualmente, en el proyecto de investigación internacional: Romancero, Cancionero e Imprenta (Universitat d’Alacant/ UAM-I). Cofundadora de la compañía de experimentación literaria y escénica La estructura del silencio.
*Itzel.patricia.ortega.h@gmail.com

 

 

 


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