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2017-07-13 18:38:32

 

Por Juan Manuel Roca*

 

Si alguna vivienda del barrio de La Candelaria está llena de “murmullos y de músicas de alas”, aunque se imponga en estos tiempos que corren parodiar el célebre “Nocturno” de Silva para decir una noche, una noche toda llena de chanchullos y de música de balas, es la casa señalada con el número 13, de la calle 14 con carrera 3ra. Allí ronda un fantasma. Hay quienes estando en la biblioteca y queriendo pasar la página de un libro, sienten que alguna fuerza a sus espaldas lo hace por él y abre el volumen en un capítulo que ya ha leído. Algunos sabemos que es la naturaleza arisca del fantasma lector, que quiere volver sobre algunos asuntos pasados, ya leídos. Y no hay nada que hacer. Nada.

Después de mucho tiempo he logrado ser su médium, entrevistarlo cuando la biblioteca se queda solitaria y oírle hablar de varias generaciones de poetas colombianos que ha conocido en persona o a través de sus libros y biografías. ¿Cómo lo convencí de que se dejara entrevistar? Acudí a un hecho fraudulento, lo confieso, aprendido a lo mejor en el periodismo de Barba-Jacob: le dije que quería oír sus historias para la revista La ouija ilustrada, y a regañadientes aceptó.

Por él supe que la casa de José Asunción Silva data de la Colonia, que fue levantada en la segunda década del XVIII, y que desde entonces él vive allí. Alguna vez, me dice, fue un almacén de zapatos que se presumían de gran calidad, cosa que no creo cuando oigo que al fantasma le suena el calzado como si tuviera dos grillos en los pies. Fue también ya en el siglo XX un inquilinato de bohemios y estudiantes. Allí murió incinerado el poeta antioqueño Alberto Gil [1] , un poeta de cierto reconocimiento que en su ebriedad se durmió fumando. En ella vivió otro memorable habitante, nuestro notable Aurelio Arturo, en una época en que esta casona no era una “morada al sur”, sino una humilde pensión al centro. Se dice que bajo su techo, que no era propiamente de una barriada del sur sino del centro bogotano, el poeta nariñense leyó, hizo notas y tradujo algunos poetas anglosajones.  Y sobre todo, en la habitación de la casa que hoy es oficina, se suicidó el poeta José Asunción Silva a la temprana edad de 31 años. (1865-1896). Pocos días antes había visitado a su médico Juan Evangelista Manrique, quien cuenta en “La Revista de América”, París 1914, que con un lápiz dermográfico se hizo dibujar “la punta del corazón” en su piel. En ese lugar alojó la bala de su revólver Smith & Wesson. La noche anterior a su suicidio, celebró en casa una última cena, en un rasgo romántico y quizá de herencia simbolista, con algunos amigos que lo recordaron jovial y cálido y tranquilo durante la reunión. En esa casa, supongo que debió escribir la que sería su novela póstuma “De sobremesa”, una novela singular y animista, publicada tras treinta años de escrita, siguiendo el imperativo nacional de que todo nos llega tarde, hasta la gloria.

El fantasma me cuenta que una noche enlunada vio, sobrevolando el piano, o el teclado del piano, las manos de Elvira, la hermana del poeta, como si fueran dos gaviotas.

Hay que recordar que sólo un año después de alojar a la familia Silva, la casa vio morir al padre de José Asunción, don Ricardo Silva, y un lustro después a Elvira, con solo veinte años de edad. Don Ricardo Silva fue un escritor de acentos costumbristas y miembro del grupo conocido y exclusivo de “El mosaico”, era un señorón burgués, negociante, con fama de refinado y culto, que amaba los libros, como lo haría su hijo.

Cuenta el fantasmón que el poeta por excelencia del mar, el samario Gregorio Castañeda Aragón, (vale mucho la pena volver sobre sus poemas en prosa), también vivió entre sus muros. Dice que allí se veló, en tiempos más recientes y por petición de María Mercedes Carranza, al poeta Luis Vidales. Un puñado de amigos, de camaradas comunistas (a mi interlocutor le gusta mucho eso del Manifiesto Comunista que dice que “un fantasma recorre el mundo”), y varios poetas desafinados entonaron La internacional, tan mal cantada, me dice, que parecían confundir la tonada revolucionaria con la que se canta a regañadientes en los cumpleaños.

Agrega que cuando el restaurador mexicano Rodolfo Vallín raspó las capas de pintura de la casa restaurada en 1986, tras noventa años de muerto el poeta, nadie descubrió su presencia. Como mientras martillaban no lo dejaban leer, ni recorrer la casa a su antojo sin tropezarse con palustres, brochas y tarros de pintura, se iba a la casa del fantasma de la casaca verde, en la calle 10, una casa que dicen fue propiedad de los hermanos Cuervo, gramáticos y cerveceros que murieron en París. El aparecido me describió a un amigo suyo, también fantasma, que habita, lo jura, en casa de los Cuervo, a quien describe como lo hace doña Elisa Mújica: “Casaca verde sobre pantalón ajustado corto, ajustado, medias de seda con hebillas y peluca empolvada,”, lo que significa que era un aristócrata (Elisa Mújica, “Las casas que hablan”, Guía histórica de la Candelaria. Corporación La Candelaria, 1994).

Le pedí que no me hablara de los poetas de la Colonia que transitaron La Candelaria, porque la que más me interesaba, la madre Josefa, había vivido en Tunja. Y que se ahorrara, por favor —hay que recordar que hay que tener muy buenas maneras con un fantasma de alcurnia— las historias de la llamada generación del centenario, que mi proyecto era hacer unos retratos de grupo a partir de los Nuevos, de los años veinte para acá.

Me dijo que sí, pero que antes me quería recomendar a un poeta vecino de La Candelaria, Rafael Pombo, otro vecino del Barrio y que no dejara de leer su descreída “Hora de tinieblas” o su “Noche de Diciembre”. Por supuesto que le hice caso. Y se lo agradezco, aunque ya no haya vuelto a visitarlo en la Casa de Silva, pues supongo que hasta él se mudó de vivienda.

Tuvimos el fantasma y yo civilizadas discusiones, le objeté algunas de sus apreciaciones pero acepté de buena gana otras. Por ejemplo, me convenció de que el poeta Eduardo Castillo, hacia 1930 y bajo la influencia del simbolismo francés y el influjo de la heroína, produjo espléndidos versos como este: “El dolor es el alma de las cosas,/ y más si son efímeras y bellas”.

Pues bien, con la ayuda del fantasma lector pude realizar muchos bocetos para mi libro “Galería de espejos” (Una mirada a la poesía colombiana).

Y bien, si hablamos de esta casa hay que mencionar una y más veces a María Mercedes Carranza, la empecinada que ideó, fundó y dirigió este centro de poesía continental antes de entrar, no ella sino la casa misma en el olvido de muchos poetas.

Resulta extraño que antes de cerrar la puerta al mundo, como lo hizo  nuestro primer poeta moderno, María Mercedes escribiera en la misma habitación del autor del “Nocturno” algunos de sus dolorosos versos de “El canto de las moscas”.

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[1] Alberto Gil (Medellín, 1912 - 1953), autor de ensayos sobre Barba-Jacob y José Asunción Silva, publicó un solo libro, Universo, en 1945.

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*Juan Manuel Roca 

Medellín, 1946. Poeta, narrador y periodista colombiano. Ha publicado: Silabario del camino: poesía reunida 1973- 2014 (2016), Manténgase lejos de los tibios (2017), Cantar de lejanía (2013), Biblia de pobres (2009), Señal de cuervos (1979), entre otros.

Ha obtenido, entre otros, los siguientes reconocimientos: Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia (1979); Premio Mejor Comentarista de Libros Cámara del Libro 1992; Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar 1993; Premio Nacional de Poesía Ministerio de Cultura 2004; Premio José Lezama Lima por reconocimiento a su obra, Casa de América, La Habana en 2007; Premio Poetas del Mundo Latino Víctor Sandoval, México, 2007; Premio Casa de América de Poesía Americana, Madrid en 2009; Premio Ciudad de Zacatecas, México en 2009; Congo de Oro en el Carnaval de las Artes de Barranquilla en 2014. Sus poemas están traducidos al inglés, francés, ruso, japonés, griego, rumano, portugués, italiano y alemán.

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