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2017-06-05 10:31:43

 

Publicamos una selección de poemas perteneciente al libro Las cosas que aprendí (Editorial Seshat, 2016) del poeta Zeuxis Vargas (Quetame, Cundinamarca, 1981). Escritor que viene adelantando una importante reflexión sobre la poesía contemporánea en Colombia.

Sobre sus trabajo Andrea Cote ha escrito: “La poesía de Zeuxis Vargas se acoge a una vertiente antigua que es de la poética del asombro. Su verso, de meditada entereza, atiende a un descubrimiento: que el poeta es el animal que avanza hacia la infancia. Leer a este autor es descubrir una voz que apuesta por las revelaciones”.

 

 

 

ESCRIBIR

Registrar el universo por el respaldo,
acumular todos los datos posibles
de la harija y la pátina,
preparar el informe
de las imágenes que nunca existieron
y pensar que se inventa.
Sortear la pena de no crear,
producir siluetas enteramente echadas a perder,
dejar que un texto muera sin lector inventado
y soñar que el viento puede descifrar el amor.
Dejar versos en la espalda de un muerto,
dejar caer una letra como si fuera una porcelana
y sentir en un cuerpo dormido
el calor de la ternura.
Vivir los días creciendo o casi consumiendo,
acumularlos para la fecha festiva de las márgenes
y oír que tienen nombre,
que se van llenando de fantasmas.
Construir un propósito al levantarse
para poder caminar seguro del suelo.
Sospechar que hace falta algo
para que sea completo el humano
que dejamos de acicalar en el baño.
Concentrar entre los ojos una promesa,
dar por sentada toda la experiencia
y saber que está vacío, todavía,
el gesto para sonreírle algún día a los recuerdos.
Escribir,
escribir hasta que comencemos
a aparecer entre las cosas.

 

 

 

LAS COSAS QUE APRENDÍ

Aprendí que siempre se muere solo
y que la agonía es la intimidad más reveladora.
Aprendí, que a veces, es mejor sólo desaparecer,
volverse un desconocido
para que todos puedan estar bien.
Aprendí que la libertad
sólo puede estar en la distancia
y que sentirse insatisfecho
es una condición feliz para poder encontrarse.
Aprendí que el nacimiento
siempre es un golpe de azar
que conlleva todas las entregas
y que la mejor forma
de ser responsable con la vida
es intentando ser uno mismo.
Aprendí que hay muchas cosas
que no valen absolutamente nada
y que muchas de ellas,
solo sirven para perder el camino,
pero por sobre todas las cosas,
aprendí que se debe luchar,
pero no hasta la muerte,
sino hasta el momento oportuno
para poder dejar una historia.
Aprendí que las mejores historias,
nunca terminan.

 

 

 

EL VIAJERO

Toda ruta
me deja siempre en la entrada de la infancia,
todo paisaje, en vano,
se columpia en el patio inofensivo,
en el solar donde pastan
los primeros rumores de la soledad,
y tal vez, también, algún día,
las últimas pretensiones del camino.
Viajo gastando, al instante,
el viento que se esfuma.
Sé de esos rincones
donde lo invisible se adhiere al color
y sangra.
Donde se expone, el silencio,
peligrosamente a la palidez o al simulacro,
y he comprobado que el presente
tiene una estela parecida
al ruido de la lluvia en la nostalgia.
Árboles al paso, ciénagas, meras nubes allá arriba,
esos han sido mis retratos del camino,
como palabras borradas,
como pintura empujada hacia el recuerdo.
El mundo que recorro
me ha enseñado a envejecer,
a contemplar con más serenidad las distancias,
las meras circunstancias.
Los transeúntes en sus calles,
los lugares de la rutina y los cansancios
han sido la provocación, muchas veces,
para enamorarme de la cotidianidad.
Poco a poco,
esa lista, de mercado y descansos en los parques,
se ha convertido
en el embalaje cabal y denunciante
para llenar de sentido, y con prudencia,
mi existencia.
En cuartos pequeños como un pensamiento
he amado como si fuera la última vez.
Siempre se puede desear,
recorrer un hemisferio
tras un olor dulce en la memoria,
y siempre hay noches
para delirar con toda la piel a la expectativa,
para lograr sonreírle a una pared
como si se avistara un crepúsculo.

 

 

 


ANSIAS DE HUIR

Escribir muy despacio
para tener conciencia
de la palabra que palpita.
Ser testigo de una hoja
convirtiéndose en hojarasca.
Admirar la trasparencia
que hace posible el color entre las cosas.
Resumir todos los versos
y dejar solo la palabra inevitable.
¿Por qué sufro?
hay tantos escombros y rostros en pánico,
tantos patios
donde siempre está el caracol y la dalia.
Solares con muros de adobe
y niños acuclillados buscando el silencio,
es un óleo
que jamás he logrado mirar desde el fondo;
como la mujer asomada a la ventana
o el acordeón presagiando la agonía.
Yo sufro
y es amable este dolor de no hallarme,
de buscarme o verme,
de reflejar la cara estupefacta,
enardecida y repleta de cansancio.
Me seduce el terror
que sale como enredadera de los ojos,
el mutismo con que reto el cristal
y la presencia misma que abisma.
Hay otro en mi pupila
un pozo,
una profunda salida que no logro.
Y estoy huyendo siempre.
Puentes colgantes que van de mi desolación
hasta la habitación de la infancia.
La fotografía de un niño sabiéndose recuerdo.
Un ojo asustado,
esa es la metáfora moderna.
Hablo de los años
cuando el hombre
encendía el fuego para contar historias.
Digo que todo es penumbra,
miedo a las sombras,
a los espectros
que nacen de la duda y la inocencia.
Lo mejor era estallar.
Besar el rostro de alguien
entregando la presencia de la fe
como algo natural que ocurre
entre dos estrellas
que pasan cada una hacia el olvido.
Yo me rompo,
me agrieto hasta ser pedazo de barro reseco
o pútrido desierto.
Pero a veces se posa en mi resequedad
una mariposa;
de esas terribles cosas hablo.
Días poéticos
como pestañas entornando el tiempo
y las ganas del cariño.
Quiero un detalle del pabellón de mi oreja,
tener mi espalda de frente
entre mis manos,
llegar a los lugares imprecisos
e imposibles de mi cuerpo;
ese territorio que me basta
para decir que no se conoce nada.
Y yo
que tengo una apariencia,
racimo de necesidades
como cascabeles colgando en una cuna vacía.
Quiero empacar mis pensamientos al vacío
y en este verso
escribir un espacio para decir que callo.
Hay relojes que no marcan nada
y otros
que insisten en ver algo
que le hace falta a alguien
para morir tranquilo.
Uno a veces marca vidas
como si se tratara de dejar testigos
de la desolación
y son seres que llevan el desplazamiento
palpable en la tristeza
y esperan a la entrada de los cafés
como si atisbaran una ausencia.
Es que todo, a veces,
pareciera resumirse
en aguardar las despedidas.

 

 

 

FUNDICIÓN DEL HOMBRE AL QUE LE NACIERON RECUERDOS

Hubo calles
que tenían la inclinación justa para agotarse,
para olvidar los pasos y ser viento.
Hubo labios
que aprendieron el suave sonido del silencio
y miradas
que supieron de la distancia precisa
para perderse hasta ser solo un abismo.
Hubo colores profundos
como otoños perdidos en el bosque.
Hubo un pueblo,
prendido con ternura a la montaña.
Pensándolo bien
era la infancia la que no tenía nombre.
La guerra
solía mugir en las noches sin saber por qué
y los días
tenían vacas mirando fijo el olor de la lluvia.
Los niños,
sólo éramos niños atravesándonos entre las balas.
Se conocía bien al campesino;
figura milenaria del barro bronceada por sol
y se saludaba con respeto
al brazo que empuñaba el azadón
o a la mano que era capaz de encender una fogata
como si fuera un regalo.
Esos ríos del tiempo se han vuelto turbios,
difíciles de atravesar,
tienen ese horizonte de lodo
que no se atrevió a sentirse bosque,
llevan la nostalgia entre sus remolinos,
arrastrándola como una puerta desvencijada
que se abrió a solares abandonados.
El tiempo
se estancó a cultivar flores de Nomeolvides
y la noche se entregó por completo
al aroma del Pomarrosa.
Aquí todo fue del sueño
y se venía al mundo para acariciar el tiempo.
A veces, un color trinaba entre los árboles
hasta despertar el sopor de las crisálidas
y se podía advertir entre el follaje,
ramas celando el nacimiento de las mariposas.
Vale decir todo esto,
desprender cada crepúsculo de la orilla del mundo
y ocasionar
una ronda de hormigas conjurando la lluvia.
Este hombre fue testigo
de un mundo que se anillaba a la soledad
pero que se dejaba vivir
como si Dios no lo conociera.
Hubo miradas atisbando entre los días
la señal de los juegos
y ojos escondidos en las noches
leyendo los telegramas de la metralla.
El solar de la guerra
solía rabiar en la oscuridad
como si envidiara un sueño.
Un lugar
donde el campo sembraba la paz como un tubérculo
fue el pequeño patio
que me tocó inventar entre los cocuyos.
Hay días
donde sale un niño
a señalarme la travesía del recuerdo.
Desde algún cielo
alguien contempla este llanto
como si se tratara de una cuna.

 

 

 

Zeuxis Vargas (Quetame, Cundinamarca, 1981) Licenciado en Psicología y Pedagogía de la Universidad Pedagógica Nacional de Colombia. Sus trabajos han sido publicados en varias revistas culturales tanto fuera como dentro del país. Algunas de esas publicaciones son las siguientes: Las cosas que aprendí (Editorial Seshat, 2016); Fabulistas de la intimidad (Revista Quimera de España,  2010); Raúl Gómez Jattin, La poesía como necesidad. Ensayo (Revista Rara-Avis de la Universidad Pedagógica Nacional, 2010); Diatriba contra Rilke (Portal Renata del Ministerio de Cultura, 2010). Participante del taller de poesía y cuento “Ciudad de Bogotá”. 2010.  Como gestor cultural se ha venido desempeñando con una ardua labor de difusión poética a través de dos eventos: El poeta tiene la palabra: programa que hasta la fecha ha reunido a más de 120 poetas llevándose a cabo en ciudades como Bogotá, Medellín y Cali y La voz del poeta: conversatorio con poetas alrededor de la poesía y su obra, programa que ya va por su versión 13. Como maestro se distingue por ser el creador del Taller de poesía Muyquyta (El valle de los alcázares). Actualmente se encuentra realizando difusión de su proyecto de taller de ediciones denominado Seshat con el que ha logrado la publicación de su poemario “Las cosas que aprendí” y del libro de escritura fragmentaria “libro de las cosas” del escritor Óscar Vargas.


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