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2017-04-09 11:19:34

 

Selección de Henry Alexander Gómez

Cada época en la historia del rock and roll tiene sus matices. El rock duro de los años setenta fue marcado también por el glamour y el virtuosismo de la imagen; el crear toda una estética en la vestimenta y los accesorios a la hora de tocar dieron origen a lo que hoy conocemos como glam rock. Artistas como David Bowie o Gary Glitter, y agrupaciones como Sweet, Slade, New York Dolls, Kiss, y muchas otras, se caracterizaron por hacer en el escenario una metamorfosis de la música y el cuerpo. Los artistas adoptaron no sólo un papel ajeno, sino una identidad propia que podía ser femenina, animal o espacial (space rock).

Este esplendor se expandió hasta los años ochenta y bandas como W.A.S.P., Ratt, Vinnie Vincent Invasion, Poison, Twisted Sister, Nitro y otros cientos, fundamentaron el imaginario del rock pesado.

A este género pertenecen las agrupaciones Mötley Crüe y Warrant que hoy son recordadas a través de dos poemas de Alejandro Cortés González (Bogotá, 1977), un autor que hace parte de esa casa donde la música y la literatura arden en el mismo plato. Cabe recordar su novela Notas de inframundo (Premio Nacional Universidad Central), primera obra en Colombia que habla sobre el metal, y el paso del autor de Sustancias que nos sobreviven en la ya legendaria agrupación bogotana de dark metal Eternal Lamen.

 

 


Alejandro Cortés González

 

 


I SAW RED

Eran las cinco y treinta. La tarde se amarró a los rieles para esperar el tren y se desvaneció en ráfagas sepia de sangre crepuscular. El del servicio forense vio el sol de los venados reflejado en el vodka y en los antidepresivos, pero no vio al niño rubio que huía en él. Sin que nadie lo viera, al abrirse los elíxires y cerrarse las tardes, el niño rubio se colgó la guitarra a la espalda, cruzó el parque de lápidas y dejó que el tren perforara los nudos de todas las gargantas.

Son las cinco y treinta de otra tarde, lejos de Woodlands Hills. En la estación de mi pueblo, riego vodka sobre los maderos enterrados bajo los rieles. El tren que ya no pasa, anuncia la tempestad de los crepúsculos y grita la ausencia de las gargantas. Por aquí también anda ese sol rojo con su último fugado.

En memoria de Jani Lane (1964 – 2011)

 

 


HOME SWEET HOME

Los sábados durante mi último año de colegio, recorría discotiendas en busca de música de Mötley Crüe. En un almacén del barrio Galerías encontré en acetato Dr. Feelgood, su álbum más reciente. Anduve las calles del centro, desde la diecinueve hasta la veinticuatro, y conseguí Girls, girls, girls también en acetato, Too fast for love y Shout at the devil en CD, y por encargo, después de dos meses de trámites de importación, Theater of pain en casete. Tan pronto lo tuve en mis manos lo metí al walkman. La quinta canción del lado A era mi favorita: Home sweet home. Me notó tan feliz el vendedor, que me regaló dos afiches de la banda. Mi papá los vio pegados en la pared de mi cuarto. Vio los acetatos. Los cedés. No entendió lo del maquillaje glam. No le gustó eso de gastarse la plata de las onces en música, como si la ausencia de música no dejara más vacíos que el hambre. Lo rompió todo, hasta la tarjeta del almacén de Galerías. Pasé el resto de sábados del bachillerato lavando las paredes de SU apartamento, escuchando en mi walkman el único casete sobreviviente y aprendiendo que Home sweet home, es una canción de despedida.

 

 

 

 


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