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2017-03-29 20:54:13

Por Norman Paba Zarante


Escucha cómo chirría el poema
lo mezclo
con la sangre y las piedras

Aprendo a gritar
a las rapaces
juntos sacudimos a la muerte

Anise Koltz

 

En Mery Yolanda Sánchez asistimos a nuestra propia autopsia, pausada, aséptica, dura; sus instrumentos son ese diamante perfecto hibrido de aullido y puñalada que implacablemente va cincelando sobre nosotros el fulgor inexacto de las desapariciones y los horrores. Palabra despojada de ornamentos, palabra que es pura víscera pero a la vez inteligencia y hondura para decir lo terrible, para enunciar el grito pero también el silencio.

El dolor, ciertamente, es incomunicable en su totalidad, lo que nos queda es el testimonio con su vigor exacerbado, el poema como relámpago perpetuo en la memoria. La Poesía, mecanismo tan válido para conocer nuestro pasado, como la Historia, es aquí el instrumento de una lucidez esencial, el vocero necesario de los muertos que callan en todas las lenguas.

Los personajes entre sus poemas deambulan perdidos, han dejado de sentir este mundo como su hogar. Arrojados a una violencia extrema de eficacia delirante, jamás expresarán un perdón real a los monstruos que los redujeron y reducen a esa mezcla salvaje de escombros y sollozos. La fiera tortura con sus herramientas de suplicio niega cualquier posibilidad de manifestación espiritual reduciéndolos a carne perfecta para los mecanismos destructivos de un mal radical. Todos están reventados, todos huyen enfermos de miedo irreversible, son una caravana en ruinas. Todos son un niño herido en su corazón de piedra tallada y robada.

 


DE PERFIL*


Te acercas al espejo y ves la cicatriz abierta como un ojo de perro sobre tu mejilla derecha, por ahí respiran los que te acompañaron, los que salieron en desbandada y te dejaron con la mitad de un adiós en la boca que ya no se quiso abrir. Te dejaron pedazos del vestido que llevaba una niña cuando la violaron tres hombres en la esquina de la alegría, allí donde alguien te dio tu primer beso. Das la vuelta y el espejo te enseña el lapo que quedó en la espalda cuando te colgaron de los pies para que vomitaras tu nacimiento. En adelante, tendrás que usar media máscara para salir a la calle. Tendrás que caminar despacio porque tu pierna derecha cojea y la respiración atropellada en tu cuello será una preocupación más. Ya no te volverán a hablar de la muerte, sabrás de ella por la luz en los ojos quietos de tus amigos. No volverás a contar los silencios porque el dolor te partirá una vez más. Se reirán de ti los que ven medio cuerpo en tu puerta y la justicia te volverá a expulsar porque tu bandera es la camisa manchada que cuelgas en tu ventana. No regresarás al espejo, porque te indica la ruina de tus dieciséis años con el mal y en tu frente las predicciones del hombre que cruza firme en un caballo.


*Poema de la antología Un día maíz publicada en el año 2010 por la Universidad Externado de Colombia en su colección Un libro por centavos.

 

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