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2017-03-15 14:07:18

Publicamos el prólogo que hace el crítico y poeta Santiago Espinosa del libro Llamo desde otro planeta del poeta italiano Alessio Brandolini (Roma, 1958)que reúne la poesía escrita entre el 2002 y 2014. El libro es publicado en Colombia por la editorial Gamar Ediciones.

 

Esperar lo infinito

 

En el estudio de Alessio Brandolini, a las afueras de la ciudad Roma, hay un retrato de Giacomo Leopardi que lo mira desde la altura, tan familiar entre los días de trabajo como inalcanzable para nosotros, tímidos habitantes del futuro. Es ciertamente un gesto de combate. Como si los realmente antiguos fuéramos nosotros y no el hombre del retrato. Como si hubiera que escribir sobre lo más oscuro de su sombra, prolongar ecos sobre lo incierto.

Joseph Brodsky, en su magnífico ensayo sobre Eugenio Montale, se inclina por el autor de Huesos de sepia como la piedra angular de la poesía contemporánea. ¿Por qué no Eliot o Pound, Mandelstam o Cesar Vallejo, Paul Valery, para decir sólo unos nombres? Porque ninguno de ellos tuvo una herencia tan aplastante ni en el ruso ni el inglés, el español o el francés. Ninguno de ellos, remata Brodsky, tuvo que deslizar su hazaña sobre una sombra tan prolongada. Todo el mundo sabe que el italiano es una lengua poética, si Dante hubiera escrito la Comedia en latín quizás los italianos hablarían en otro idioma. El siglo de oro español nace en muy buena medida con un cruce de músicas, del choque de las sonoridades castellanas con el metro italiano —“la forma del pensamiento”, decía Lope— como si un solo país fuera el lugar de la música. Incluso la palabra modernidad, se asociaba comúnmente con los ritmos de Petrarca y de Boccaccio.

No estoy tan seguro de la verdad de esta frase, lo cierto es que muchos italianos la han hecho cierta. Escuchar las voces de la calle y el vecino, del habla, lo que ha sacado del socavón de sus herencias a tantas tradiciones, no sería tan posible en Italia porque ese vecino seguramente hablaría en dialecto, o es un turista, un inmigrante, o está perdido en el resto del mundo llámese Nueva York o Buenos Aires. El italiano sigue teniendo ese estatuto de lingua franca y cosa pública de la que en su momento gozaba el latín. De ahí la vocación de vaguedad o de hermetismo de muchos de sus poetas, como el que quiere salvar un resquicio de belleza, difícil de masticar para el político o el publicista. Cuidar una región del pensamiento donde otros encuentros se vislumbren.

Y es una situación tan atractiva como paralizante, similar a la de estar frente a la plaza de San Pedro o de llegar hasta Venecia en barco. Como si el cielo no alcanzara para todos y costara decir nuevamente las cosas, el tiempo fuera más denso. Campana escuchaba las voces de la locura, con esto escapaba a la trampa de su lengua. Ungaretti recordaba la murmuración de los beduinos, buscaba una palabra precisa y naufraga. Pasolini recreaba ecos perdidos o que nunca existieron. Pavese traducía del inglés para encontrar una proximidad perdida. Saba, el más sencillo de todos, antes de hablar como los campesinos podría estar inventando una palabra pobre tras un largo proceso de destilación, un agua purificada de herencias. Ya Leopardi —en el retrato de Alessio y en realidad en el estudio de todos los poetas italianos—, miraba la inmensidad del infinito en el mejor de sus poemas, “sobrehumanos silencios”, decía, más allá “del último horizonte”, como él escribe desde los límites del idioma. Algo muy similar al Montale de los primeros libros, su huerto que nunca podrá ser el jardín del paraíso.

Decía al inicio que este retrato de Leopardi es un símbolo. Cualquier foto de un muerto abre caminos y los cierra, llama y repele. Pero por todo lo anterior aquí la relación es más intensa. Este combate —condena o seducción desenfrenada— también es la encarnación de un destino colectivo, una búsqueda muy personal pero que al interior de sus asuntos, en lo que mira o despide, busca continuar una tradición de belleza. Y Alessio escribe como al lado de este retrato. En los espacios donde el marco le da sombra sin alcanzar a ocultarlo. A veces quiere manar como el río que nos ignora, viajar a un tiempo que ya no es de las ciudades pero aún existe en la canción:

 

EL RÍO hace muy poco
para liberarnos del mal
desconocido
de la aridez cotidiana
del plomo rojo
que se nos cae encima
pero conserva en él
desde siempre la justa
tibieza necesaria.

 

Y se mueve, lee, traduce. Hace sus Mapas colombianos desde un exilio voluntario. A veces este poeta quiere habitar, hacer Poemas de la tierra. Salvar un espacio donde pueda respirar, como un agricultor que espera y corta en las orillas del milagro:

 

Me asomo a un sitio secreto
pero ancho para la mirada
para las manos de los demás
para los brazos de todos
para el rostro extenso
milenario del mundo.

 

Una de sus imágenes habla de muchos escarabajos que corren sobre el tronco de la infancia, y así siento que es la prosodia de muchos de estos versos. El pasado lo persigue a todas partes, un ruido anterior que se acumula en su ritmo, haciendo que sus versos se agolpen sobre el papel. Sabe en el fondo que después de cavar, separar frutos, siempre se regresa hacia el principio. Que en el momento en que la lengua es suya habla una herencia por su voz: 

 

Pero si excavas aquí
encuentras astillas de vidrio
luminosos fragmentos
de mosaicos romanos.

 

Los poemas de Alessio Brandolini, o al menos los que más me gustan, son un combate personal y lingüístico para encontrase: “En el campo comprendí varias/ cosas ¿o es la hierba salvaje quien me ha comprendido?”. Aun siendo consciente de las resonancias que las preceden, estas palabras se distancian, nos miran desde otro planeta para recuperar una huella interior en medio de las mudanzas y los giros. Una palabra lírica que vuelve a decir árbol o lobo, infancia, casa en ruinas, todo lo que que aún queda de misterio en sus andanzas por el mundo. 

 

Santiago Espinosa
Bogotá, septiembre de 2015

 


Fundación La Raíz Invertida
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