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2017-02-28 09:52:41

Poemas colombianos escritos a poetas colombianos

 

Nota y selección de Santiago Erazo

Con su propensión a lo extensivo, la poesía colombiana le canta a todo lo que ve y le rodea, inclusive a su propio reflejo. En su búsqueda por dar cuenta de la emoción y la revelación que puede suscitar cada instante de la vida, el ejercicio poético se puede extender hasta en el legado estético que la poesía nos ha otorgado. Es por esto entendible encontrar poetas de nuestro país que le han rendido homenaje a otros poetas colombianos desde su misma empresa poética. Sea bien escritos bajo el influjo de su estilo, de sus preocupaciones y exploraciones temáticas, o desde el recuerdo fosilizado de la elegía, los poemas seleccionados a continuación son una muestra del afecto que aún la poesía colombiana le tiene a sus talismanes literarios.

 


Juan Manuel Roca


MONÓLOGO DE JOSÉ ASUNCIÓN SILVA

A Ricardo Cano Gaviria

La ciudad que me rodea
Y se duplica en los charcos de la lluvia
Tiene un ropaje de sombras.
El viento que viene del páramo de Cruz Verde
Con su negro levitón nocturno
Rasguña los vitrales de la casa,
Se cuela en los campanarios,
Golpea
Los aldabones de bronce de La Candelaria.

Ese viento, mi alma es ese viento.

Entre cercanos silencios
Resuenan las guerras del país
Mientras tintinea el quinqué
Con el que alumbro mis confusos libros
De comercio.

Ese viento, mi alma es ese viento.

Los corrillos de seres embozados
Murmuran a mi paso. Figuras fijas al paisaje,
Estatuas de nieve a la entrada de una iglesia,
Maniquíes
Apenas movidos por el frío cuchillo del
Páramo.

Ese viento, mi alma es ese viento.

¿Quién dibuja en mi blusa el mapa del corazón?
¿Quién traza un centro a la ruta de mi fiebre?
La hermana muerta atraviesa el patio:
Su voz ya pertenece
A las construcciones secretas del vacío.

Ese viento, mi alma es ese viento.

La aldea despereza su piel de adormidera,
Filtra una luz en los costados de la plaza
A una hora en que la ciudad parece viva.
Hablo de su lentitud, de su pasmosa fijeza:
Mientras concluye el gesto de un hombre
Que lleva de la mesa a la boca su pocillo,
Cruza la eternidad, el mundo cambia de
Estaciones,
Pasan las guerras, hay futuros en fuga
Y el hombre no termina el ademán
Que funde sus labios a la taza de café.
Todos parecen tocados del embrujo,
Acaso miren en su quietud
El pájaro invisible
Que les señala un oculto retratista.
Y de nuevo, el viento.

Ese viento, mi alma es ese viento.

Un disparo más, dirá el vecindario,
Un disparo más en las eternas guerras
Del olvido.
La vida, esa feroz bancarrota.

 

 


Gustavo Adolfo Garcés


ELEGÍA

¿No es el viento
José Manuel
el que juega
con el viento?

 

 

 

Nelson Romero Guzmán

 

HOMENAJE A LA MÚSICA DE ARTURO

Hoja, celeste invisible,
Ventana que en el aire relampaguea.

¿Dijiste país?,
País en el aire por ti cantado,
Yo diría, aún mejor que los pájaros
Y el viento de tu morada,

No dejo de oírte, tus voces secretas
Me bastan,
El espacio, el tiempo en tu poesía es un don,
A ninguna otra Colombia, esa del cuchillo
Atravesado
En la garganta,
La cantaste suave, muda,

La cosiste silenciosamente con tu música,
La anegada, la de ángeles carpados de harapos,

A ti te debo las canciones, el ritmo, la visión de la altura,
Mi ángel no podrá llevar mi pluma hasta tu cima,

Pero me has dado la paciencia
El silencio para alumbrar a un país
Que no se cansa en la oscuridad de barrer
Hojas muertas,

Nos enseñaste que solo cuando se canta
La tierra es de nadie.

 

 

 

Fernando Charry Lara

 

RIVERA VUELVE A BOGOTÁ

Acaso al final vino a saber que su destino
No era el de aquel abogado vagante por la ciudad
Y a caballo o canoa cuando rural más silencioso
Sino el de hombre soleado que sólo al juntar palabras
Poblaba de sueño y de seres sus días
Sin confusión ni fárrago a su encuentro
Como a la sombra creciente de las noches
Que por allá llenaban
Musarañas árboles rabiosas aguas
Ruidos que nunca se precisa de dónde
Y el calor en espesas olas que no cesan
Mas entonces

El trozo de papel el lápiz
Los lentos taciturnos ocios mudos
Sin la duda de para qué ni para quién se escribe
Sino la obstinación de un torrente verbal inundando
Llegando con historias que eran de carne y hueso
Mientras podía ansioso seguir su corazón
La llamarada oculta tras un frío ademán

No intenta escapar de su recuerdo la casa familiar
Un vasto cielo azul crepúsculos llameando
La niñez en calles que después no querrá pisar jamás

Los años de estudiante con avidez solitaria
Más turbios por la pobreza el desgano la ausencia
Sólo deslumbrados hacia el atardecer
Por un vuelo de muchachas que cruzan al lado
Su andar adentrándose con ardor soñoliento
Pero apenas furtivamente a veces
La presurosa intimidad sin que lo llague
Rozando lenta
La quemadura de un cuerpo
Tiene también la debilidad de más de un joven
La desazón inasible de vislumbrar
Cercano un paraíso de populoso esplendor
Aunque se transaría por una migaja de poder
Porque ensimismado le atrae la codicia
De que su aptitud no es la sabiduría
Sino la acción
Y es de veras inepto para la humanística en boga
De sus amigos poetas con muchas lecturas
Pero según sus obsesivos cálculos
Él puede sin embargo lo que algunos de ellos
Satisfechos hicieron por su mutilación
Asegurándose también un sitio en la política
Que da renombre y subsistencia sin penurias
Y como varonil e ingenuo
Después de infortunios primerizos
Guarda aún ilusiones de su provincia
Ignorando la lugareña soledumbre
Cree que allí sabrá imponerse a rivales
Alcanzar honores y auditorio que le escuche
Cuánto le enardece la deshonra
Que encuentra cada vez en toda parte
Y temerario se lanza a denunciar
Asegurando así la frustración de su esperanza
“Y el pesar de no ser lo que yo hubiera sido
La pérdida del reino que estaba para mí”
Los días tramposos gastándole van sueños y años
Si bien en recompensa
Le dejarán por fin libre de intrigas

Terca llovizna la mañana en que viaja
La desilusión corroe el rostro imperturbable
Pero seguro de sí mismo y sus creaciones
Tiempo después en tierra lejana
Apenas recordar la mueca
Con que engreídas bocas de la tertulia periodística
Hablaron de su folletín o relación de viajes
Condenándole en nombre de incuestionables principios
Como en todo caso son los suyos
E importa poco a él entonces
En riquezas también porfiadamente iluso
Lo que cuando menos sinfín llegue a decirse
En su elogio o desdén

Persistirá voraz el buitre de la melancolía
Un antiguo terror rondándole al acecho

Y será por diciembre el breve término
Cuando entrañables
Manos
Deban dar las monedas
Para que el joven cadáver que no dejan salir
Escape ya sin deudas del hospital neoyorkino
Hacia el barco que también sufragan
A falta de apoyo que no llega
De ese gobierno amigo de las letras
Tal es costumbre aquí decir
Y la tarde en que logran regresarlo
A la ciudad que amó
Bajo
La dulce montaña indescifrable
Un niño que no ha visto un muerto
Y lo ve en un salón entre voces y lámparas
Un niño que contempla turbado
Borrosas nubes
Eternamente solas por aquella frente
Es el extraño que ahora
Cuando han pasado tantos años
Trae efímeras al recuerdo estas cosas

 

 

 

Eduardo Cote Lamus

 

A JORGE GAITÁN DURÁN

Cómo pesa la luz en este otoño.
Todo lo borra, todo lo consume;
su mano es solamente hierro, yunta;
nos dice: aquí está el bien, aquí está el mal,
y no nos deja optar. Vas por caminos
acaso demasiado claros: la
luz de otoño es honda, ciega, pesa
en las hojas lo que un día en un muerto.
Remontando palabras has buscado
la presencia del hombre, la insistencia
en lo triste: medidas de tu asombro.
Me parece que no has hallado nada
y que las cosas te reclaman. Vuelves.
La luz se te ha dormido entre los huesos
y el viento acaudillando eriales vino
a morir entre tu sombra. Por cuantos
países fuiste te nació un recuerdo:
¡cuántos días gastaste para ver
el destino frustrado! Y te has caído
sobre tus pasos, solo. Tú regresas.
Devolverás los sueños inservibles
y de nuevo el calor, las viejas muertes
de los abuelos, las tumbas resecas,
el aliento de los contrabandistas
con bocas llenas de vainas y de oro
y el oculto lector de tus poemas,
no te comprenderán; para ellos, luz;
tienes la sombra muy oscura, amigo.
¿No imaginas el sol como un gran río
a fuego lento y que se nutre con
la ceniza de sus despojos, Jorge?

 

 


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