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2017-02-08 11:01:25

 

Presentamos el trabajo del joven poeta Nicolás Peña Posada (Bogotá, 1991) en el 2014 publicó el poemario Ciudad de perros y palomas. En la actualidad dirige la página cultural Águilas y moscas, espacio en el cual escribe periódicamente poesía y narrativa.

 


Poemas de Las bestias que soy

 

 

*
Aquí nadie llega y estoy solo
en el fondo de algo que desconozco
y hay rocas en la piel
y hay un lagarto que se parece a mí
y se camufla entre las membranas de las hojas
entre las escamas de las sombras
que están quietas tibias y quietas
y no juegan a nada y no hablan con nadie
y parecen hombres oscuros con sus fusiles
cuidando la tierra que se alarga entre lianas
y pasa una serpiente pasa como un instinto
como un reflejo como una señal que no se deja leer
como un delgado tren cargado de días cargado de pocos huesos
cargado de algún roedor que soy yo y que se descompone
y la serpiente muda de piel y muda de vida y muda de palabras
y ágil así como estaba ya no está ya es otra ya se fue
y apenas quedan resquicios de su color pasado de su olor ausente
y aquí no hay nadie y aquí nadie llega y estoy solo

con el montón de tierra donde de nuevo duermo
con el montón de bestias que de nuevo soy.

 


*
Quedaron sepultados los gritos del parque
                                    bajo las piedras porosas
formando el lenguaje oscuro de los insectos.

Quedaron las oraciones de las ancianas
selladas en los labios de los árboles
que miraban estupefactos
el baile de la muerte sobre el vientre rojo del aire.

Quedó el color dorado de los niños
que corrían por las calles empedradas
pegado en forma de costra
a la piel de las viejas casas del barrio
donde el tiempo era una puntilla doblada a punto de caerse.

La madre y el hijo son ahora
una estatua oxidada de silencio
que recorre en las noches la plaza
vigilando el sueño de las palomas en los techos
y el canto ahogado de las campanas en los charcos.

El viejo que vendía aguacates
se convirtió en una estrella que ya no brilla
caída sobre el barro como un rayo desterrado del cielo.

El militar que parada en una esquina
sumaba con los dedos los días
que le faltaban para ver a su novia
ahora es un cuerpo desbordado de agua
que abraza las raíces sueltas de la mañana.

Mi corazón
mi corazón rueda por los zaguanes
como una libra de carne
cortada sin piedad por la mitad.

Nadie sabe desde hace cuánto
que no se escuchan las risas de las calles
colarse por los vacíos de la ventana
para inundar los rincones sombríos de los cuartos
donde se masturban dos jóvenes entre suspiros entrecortados.

Nadie sabe desde hace cuánto
que la voz del vendedor de periódicos
y el silbido de su bicicleta en las horas naranjas
no despiertan a los trasnochados que roncan
y huelen a anís y a mujeres de otras tierras.

Solo y por casualidad
pasa un pájaro por todas estas ruinas
habitada por los rostros de la niebla
ve los árboles mutilados
el pasto juagado de rojo
como si se hubieran reventado
todas las moras de los arbustos
todos los corazones de las flores
ve la tierra tapada de cuerpos y despojos
y se va para no volver

como todos los muertos del día
que han perdido un lugar en el cielo
porque Dios ya no es capaz de mirarlos a los ojos.

 

 

*
Se escucha el río
suenan las piedras en su interior
que hablan lenguas insondables.
Imagino que los peces descansan
                            y que al lado
─detrás de los alambres─
una vaca cargada de leche
espera al siguiente día
la mano que exprimirá su alma blanca.
Supongo que a esto llaman noche:
un mar que cuelga en el aire
un lobo que me llama desde el vientre
un enemigo que se camufla
detrás de un collar con la foto de su madre
                             y un amuleto de brujería.
Alguno de los dos morirá
y nadie podrá enterrarnos.
Para eso estamos hechos ─pienso─
aunque me gustaría sentarme un rato
a lanzar piedras en el río
meter los pies en el agua
y que el frío trepe
como un renacuajo por los huesos.
Sentarme y esperar a que el destino
esta noche se haga el desentendido
el de la vista gorda ─como dicen─
y olvide por un instante
que los hombres nacimos para matarnos.

 


*
Eran las tres de la mañana.
En Manglar la hora de los muertos
eran todas las horas.
Mi madre dormía sola
─como siempre─
en el cuarto de paredes negras
comidas por el gorgojo
y los cantos del bosque mutilado
que entraban sin pedir permiso.
Mi padre debía ser por esa época
el corazón negro de un girasol
o quizá la rama de un árbol
sostenida por las raíces
viejas de la guerra.
Un perro comenzó a ladrar
y ya se sabía
que íbamos a ser nosotros
los que tendríamos que escondernos
y pedirle a Dios que nos cuidara.
Pero ya estaba la historia del pueblo
trazada en una cartografía de espinas
lejos de su alcance
lejos de su omnipresencia
lejos de su bondad y su mirada de halcón.
Y fue así como decidí cubrirme
detrás de las manos
detrás de los ojos de pescado
detrás de la piel de tierra sombría
como si todavía estuviera jugando
con mis hermanos a las escondidas
mientras esperaba el 1,2,3
y de seguido mi nombre pronunciado
como un largo día de lluvia.

 

 


Poemas de Antes de las palabras

 

 

 

1

coser y coser
día tras día
la misma herida
que no para de sangrar

 

 

9

estar seguro de que no hay nada más en la vida
que este tren en el filo de la montaña

 

 


10

escuchar el llamado del agua
el recital de las olas en su huida

enroscarse
volverse concha

regresar al naufragio
donde nacimos

 

 

23

a veces uno espera la mañana
para poder asirse de nuevo a la luz

sin saber que en ella
también vibran los labios oscuros de Dios

 

 


24

una vela que se extiende en el olvido

mi nombre junto al canto del fusilamiento

 

 

26

comienza a dañarse la carne
un olor a días pasados invade la casa


se encuentra uno mismo en la herida

y jura que la vida se hace inhabitable
y que descomponerse es el único camino del hombre

 

 

 

33

lo mismo que desaparecer
no ser visto:

rayo fundido
pájaro sin canto

lo mismo que irse
deshacerse en agua
huir del rostro:

verso de plumas
amor en fuga

poema que se levanta y cacarea en la nada

 

 


34

rehusar
migrar del nombre

abandonar la cartografía
de lo que hemos construido con despojos

 

 

 

40

ironía del poeta:

tratar de encontrar a dios
en el grito invisible de la guerra

 


Nicolás Peña Posada (Bogotá, 1991) Egresado de la Universidad de los Andes en la doble titulación de literatura y artes plásticas. Realizó el diplomado en escrituras creativas en el Instituto Caro y Cuervo. Como proyecto de grado creó y publicó el poemario titulado Ciudad de perros y palomas. Asimismo, ha publicado poemas en diversas revistas y periódicos de Colombia, como también en la revista mexicana La otra. Ha participado en varios recitales y, actualmente, dirige la página cultural Águilas y moscas, espacio en el cual escribe periódicamente poesía y narrativa.

 

 


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