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2017-01-03 15:28:59

 

Por Jenny Bernal*

 

Múltiples son los intentos por definir, por descifrar en un limitado grupo de palabras el enigma de la poesía. Desde la popular afirmación de Federico García Lorca: “todas las cosas tienen su misterio, y la poesía es el misterio que tienen todas las cosas”, o aquel generoso y laberíntico capítulo de “poesía y poema” en el Arco y la lira de Octavio Paz, hasta la definición de poesía de Eugenio Montejo como: “un melodioso ajedrez que jugamos con Dios en solitario”; quisiera sumarme a las tantas aproximaciones sobre la naturaleza de la poesía y pensar en la poesía como cuerpo, como otro cuerpo.

Antes debo precisar que no consideraré acá ese cuerpo que enfrentamos a diario en el espejo, ese al que le dejamos la tarea del camino, del frío, el calor, el hambre y el placer; tampoco, ese que ocasiona el delirio de los vanidosos, o que continúa estereotipos que se consumen en las billeteras de los gimnasios, se prolifera en selfies y en los anaqueles de polvo del tiempo. Pienso acá en otro cuerpo, el que es real a los ojos del origen y se soporta en la belleza del mundo. Hablo de la poesía, el cuerpo inasible que también vive al interior de cada uno de nosotros.

Creo como nunca, que la palabra hoy en día tiene el poder de ser todo y nada a la vez, así como la responsabilidad de no quedarse estática mientras afuera sucede la vida. Las nuevas tecnologías nos han hecho seres de escritura, destinamos por lo menos un 90% de nuestras palabras cotidianas a la momentánea e inútil memoria de lo efímero. Por su parte, la poesía batalla sola, con los años, con habitar un cuerpo que tenemos y silenciamos a diario entre el ruido del mundo. Es época de economía pero nos ahogamos en la abundancia de lenguajes extranjeros, en lenguajes que no vienen del silencio,  por eso la poesía, porque ya no bastan las repetidas y escasas combinaciones con las que contamos, como una vieja baraja de cartas a la que se le agotaron las maneras de decir “te quiero”, “tengo miedo”, “soy libre”.

Somos seres que se crean de lo que son capaces de nombrar, eso lo sabía Borges y su Golem, también lo intuían Blass Coll y César Vallejo y tantos otros mineros del lenguaje. Por esta razón, para leer un poema se debe primero descubrir el cuerpo, el otro cuerpo; allí es donde se escucha, y no importa si lo que leemos es de un autor importante o no, si contamos con un acervo cultural infinito o mínimo; allí donde un cuerpo que no se ve toca a otro que es intangible, sucede la poesía. Para leer un libro y para ver a un hombre se necesita un espejo, no que nos refleje, sino que nos atraviese.

 

* raizinvertida@gmail.com


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