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2016-12-09 14:00:54

Publicamos, por primera vez en digital, el poema “Nocturno de los marineros” de la poeta bogotana Emlia Ayarza (1919 - 1966). Un texto que nos muestra las muchas formas de violencia en que vive, desde siempre, la sociedad colombiana y latinoamericana. También, porque el no reconocer el trabajo de nuestra mujer en Latinoamérica es, al igual, una forma de violencia. 

 

 

NOCTURNO DE LOS MARINEROS

Al negro sacrificado por la violencia
y enterrado vivo en las playas de Tolú

Definitivamente Juan Antonio
te cosieron la muerte a tus espaldas
como un vil retazo.
Tú ibas por la playa y eras negro
y tu piel de cangrejo embetunado
le ponía un ardiente negativo al mar.

Ibas a tu casa
con la mano crispada en un billete
cuyos bordes derramaban pan
y cuyo fondo era tu lengua en los zaguanes
o tu aliento en la memoria de los latigazos.

Ibas a tu casa
con el hambre de guardia en el gaznate
y la tarde escondida entre tu pelo
con toda la dificultad de su esfumino.
Ibas negro, inmensamente mentiroso en tu belleza,
con tus palmas rosadas
y tus dientes de lento cocodrilo humano
que le abrían horizontes de nieve a tu sonrisa.
Ibas dispuesto a fornicar,
a no pensar en las orejas de tu madre ─argollas colgantes─
o a tenderte en el suelo con tu hijo menor
y mostrarle las manos del aire en el espacio
sosteniendo el corazón del colibrí.

Ibas solamente a bañarte los pies o las axilas,
a poner un tabaco entre tus labios
que escribiera frases de sueño con el humo.

Ibas desprevenido
con tus llagas como rosas sobre el hombro
y las tinieblas de tu raza
desbordando el rostro por las tibias ventanas de tus poros.
Ibas de bronce, con un retazo de luna en el bolsillo
y la tinta de tus pies dando a la playa
el último compás de tu estatura.

Venías desprevenido ─como los colegiales─
sin saber que la arena contaría mañana
la historia de tu sangre a los moluscos.

Lo único blanco que tenías ─tu mente─
estaba en el bosque de Ruth, donde el delirio
había instalado su incendio permanente,
o apenas se enroscaba en la certeza
de que era el cuerpo del mar muy bien azul
como era azul la cara de los cielos.
Ibas pensando en que eras negro
o simplemente un hombre con sal entre la patria,
un poco de brea en la memoria
y el amor en la pauta de su camisa a rayas.
Y pensante en ti como un sudor, como un callo,
como un sueño dormido entre un farol,
como un barco que lleva un puerto entre los ojos
o un velero cuyo vientre trae
su blanco embarazo de cerveza.
¿No es cierto que tu sueño era un árbol, Juan Antonio?
¿Que tu sueño era mirarte en los espejos redondos de tu negra,
e hilar de noche su cuerpo en un ovillo
y lograr un muchacho con tu nombre?
Sí. Era tener una casa ─lenta de tablas como peces muertos─
donde una calle cualquiera entregara a diario su mensaje gris.

Era tener una casa con jarros y con velas
para tatuar la quietud de tus vigilias
en el pecho caliente de alcohol.

Tú no pensabas en coger la muerte
como una flor en el tallo de un niño.
Tú no querías castrar a tu vecino.
Tú no querías que el fuego en el techo de nadie
pusiera un retoque amarillo entre tus ojos.
Tú no querías acostarte absorto
con el nombre de Dios entre la lengua
y amanecer con el sabor de un crimen en la boca.
Tú no podías segar la risa de la tierra
para que el mar llorara sus lágrimas de vela.

Tus hombros de proa
tu pelo de red
tus ojos de batráceo,
no eran las noches sin párpado de los contrabandistas
ni la lujuria verde de los asesinatos.
Eran los pueblos con su plazuela de viajes.
Eran los claros del día del uno hasta diciembre.
Eran la viuda en cada puerto de los marineros,
─aquella que cuenta sus brújulas de ausencia
con un cierto candor melancólico de aguja.

Tu cuello de cilindro
tu risa de cal
la abrupta geografía de tus brazos
la sangre carmelita de tu abuelo,
no eran la barbarie agazapada
bajo el oscuro manto de tu piel.

Eran quizás la tristeza de un viejo capitán
cuyas manos con nudos marineros
construían en tus ojos de grumete absorte
botes de vela en miniatura.

Te dieron muerte a medias.
Te sembraron un gusano en las arterias
cuando aún era tu sangre un lento río.
Y se sirvió en la playa tu banquete negro
cuando del pico de los gallinazos
salió la semilla de tu corazón.

Cadáver fluvial. Hombre de sombra.
Un desigual silencio de llanura
guardará tu estertor bajo la tierra.
Y no olvides una cosa, Juan Antonio:
Tu color se cometió desde la muerte
¡la noche en que sólo fueron blancas las estrellas!

 

 

Emilia Ayarza de Herrera (Bogotá, 1919 - Los Ángeles, California, 1966). Doctora en filosofía y letras por la Universidad de los Andes, fue colaboradora de la revista Mito. Viajó por Estados Unidos, Canadá, Europa, África, Centro y Suramérica. Los últimos diez años de su vida residió en México, donde ganó un premio por su cuento “Juan Mediocre se suena la nariz” (1962). Dejó una novela inédita: Hay un árbol contra el viento.

Obras: Poemas (1940); Sólo el canto (1942); La sombra del camino (1950); Voces al mundo (1955); Carta al amado preguntando por Colombia (1958); El universo es la patria (1962); Diario de una mosca —prosa— (1964); Ambrosio Maíz, campesino de América (1963) y Testamento (1987).


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