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2016-04-22 16:52:33

 

Hoy 22 de abril, a 400 años de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, presentamos Visión poética de Don Quijote, texto que fue ponencia del poeta colombiano Jaime García Maffla en el Segundo Coloquio Cervantino Internacional realizado en 1988 en la Universidad de Guanajuato, México. Recordemos que García Maffla fue el autor del prólogo y las notas introductorias de la primera edición colombiana del Quijote, publicada por Panamericana Editorial en 1997.

 

Además, para aumentar la celebración de esta fecha, el autor quiere compartirnos “Día”, uno de sus más recientes poemas, aún inédito.

 

 

DÍA

 

Hora primera

Abierta en las hojas

Blancas,

Tras los vuelos de pájaros del duelo...

 

Hora así

Que saluda al cielo

Y con el día abraza la nostalgia 

De ser y estar habitando el instante.

 

Hora que otra vez

Da a ver 

Nuestros senderos,

Por otra transparencia,

Así las alas 

O las palabras o las miradas o las manos abiertas.

 

Hora que vuelve

A oír las palabras que en la noche

En amor de abandono,

Decían entre el sueño el ideal, la agonía y la espera.

 

Hora 

Que pasa

Entre nuestro pasar

O nuestro ir que es también dejar

Y ser dejados.

Hierba que deberíamos poder oír crecer... 

 

Para Alejandro Cortés González

 

 

 

 

VISIÓN POÉTICA DE DON QUIJOTE

 Por Jaime García Maffla

 

 

“Más versado en desdichas que en versos”, es lo que sentenció el cura de la desconocida aldea de don Quijote, cuando en la librería de éste dieron sus manos con un volumen compuesto y firmado por Miguel de Cervantes, a quien, por lo demás, afirmó conocer en persona. Se ocupaba en el repaso y juicio de los libros y escritos cuya lectura hizo que su anciano y débil vecino enloqueciera. Lo que en claro queda es que don Quijote ha leído a Cervantes, que éste, en consecuencia, ayudó a su desvío; y algo más, que don Quijote, al contrario de Cervantes, es más versado en versos que en desdichas.


 

La librería o biblioteca, o, aún mejor, aquel jardín de las delicias, desapareció, consumida no por el fuego de amadores, en aquel mismo día, mientras su dueño reposaba o soñaba, en un aposento contiguo. El suceso, sin embargo, carece de relieve, es decir que tal desaparición física no importa, pues don Quijote lleva la letra impresa en su corazón y en sus ojos, en su mirada. Verá otra vez libros al final de sus días, en Barcelona, y dirá que los ama, pues son seres auténticos, con los cuales se habla o a los cuales se escucha. Lo que él mismo quiere y ha buscado es ser héroe no de una historia sino de un libro. Y lo es o lo será. Libro que no se sabe de dónde proviene pues fue hallado al azar o como consecuencia del azar en algo como un mercado. El libro dejará atrás a los Anales de la Mancha.

 

Es el libro sagrado que viene de la pluma de un sabio oriental, y delante de él caben las precisiones o preguntas: ¿lo compuso su autor al dictado y fue sólo un oyente, o fue un quimerista y mentiroso, sólo un fabulador? La cuestión implica la diferencia entre El Quijote como libro y don Quijote como ser, de quien además y en lo que obliga a la relación, la aventura es muy breve, apenas unos meses en la conciencia y ánimo de un hombre que está ya en el umbral de la vejez. No es, por supuesto, el tiempo de los relojes el que cuenta sino la duración, la intensidad, que dura todavía… No mide el tiempo, ni su curso ni su paso, sino como una forma de perfección o de confianza (vale decir “entrega”), asiste sólo a lo presente, aunque ese presente viva de lo evocado.

 

Y ascenderá él en su viaje no hasta algún cielo sino únicamente hasta las letras; pero sucede que con ellas se forman las palabras, que llevan a los libros la figura de las cosas. Es el lenguaje: don Quijote viene de él pues está hecho de su materia, transitará por él e irá hacia él, como objeto precioso que hace lo encantado, tiene las llaves del milagro o hace parte de alguna zona de la vasta región de las maravillas, de la cual don Quijote es un contemplador tanto como un hacedor. Son el lenguaje y la vida, aunque primero ésta que aquél.

 

En el pórtico de la aventura o de la vida de don Quijote de la Mancha están, pues, las palabras; son ellas las que abrirán su senda y finalmente habrán de darle su abrigo y acogida. Son, en fin, la armadura real que lo protege. Luego de la malaventura o episodio del caballero de la Blanca Luna se multiplicarán, por el contrario, las significaciones del silencio. Vuelan y se han posado las palabras que se dicen y se oyen; están las voces que vienen de lo alto o nacen de lo profundo con su poder consolatorio y de iluminación, aun los ecos engañosos como en la noche del cortejo que trae a Dulcinea. Palabras evocadas o soñadas, cuando en ellas se ha depositado la acción suprema del espíritu y está en ellas la suprema visión. También por ellas dará como las olas, contra el acantilado de los otros.

 

El alma de don Quijote se orienta hacia el misterio. Enloquece. ¿Pero es locura la locura? Pues en su caso enloquecer es haber oído el llamado, asentido a las voces de los ecos y es haber escuchado, de entre todas las voces, una sola, la suya, que le muestra, enseña o señala hacia la fábula que hay dentro de su alma. Cuando enloquece este aprendiz de sí mismo, transfigurará todo a su contacto y es quien al roce, no de su mano –que deshace y tuerce– sino de su voz, hará de este mundo otro. La travesía es interior y es peregrinación o romería hacia el santuario de su corazón. Están, sí, las palabras como hadas madrinas, y en seguida vendrán las acciones, vendrá el despliegue de un pensamiento o de una convicción que se confunden con lo ideal, con lo cordial y las figuras de la fantasía, siendo que es el lenguaje fuente privilegiada de la revelación. Se vuelve hacia nosotros, y el agua en sus manos muestra la transparencia de otras regiones del ser y por lo tanto de las cosas que somos.

 

La estampa y faz de don Quijote delatan que hay algo interior y algo exterior, pero también que por ellas dejan de estar como contrarios lo real y lo irreal, lo verdadero y lo falso, lo que es y lo que no es o lo que está y lo que no está. En la quietud pasan más cosas que en el movimiento, en el sueño más que en la peripecia física, así como en el despoblado hay más seres que en los lugares habitados. Por esto mismo, las figuras convencionales e inventadas de caballero y escudero irán juntándose hasta el calco. Don Quijote y Sancho no se enfrentarán como venidos de puntos que se oponen sino confluirán hasta el amor o la armonía, como confluirán el espíritu y la vida, que al comenzar eran cosa distinta. Bajo el calificativo de locura hace don Quijote del espíritu la vida y del deseo la realidad. Aunque son obvios su fracaso y su pérdida o su falta ante los ojos de quienes no saben lo que en él ocurre.

 

¿Es la historia o la imagen de un alma? ¿Qué peregrinación o viaje es éste? Ciertas palabras o sentimientos como «tristeza» la presiden, ciertos actos, como el de sobreponerse e ignorar. Los diálogos cambian apenas cartas de una baraja cuando el interlocutor hace parte de este mundo; los lugares son sólo estaciones, figuraciones de la imaginación, puntos en el mapa infinito de la emoción, pero sin valor propio. Se ha suspendido, igualmente el contraste entre movilidad e inmovilidad, como entre lo celeste y lo terrestre, así como entre lo efímero y lo eterno, las circunstancias y los pensamientos, en nombre de un único valor que es vivir.

 

Lo que ha dado inicio al palpitar profundo del corazón de don Quijote es el conocimiento de los sucesos de un pasado tan lejano como maravilloso, en el cual él sabe leer y cuyas leyes u ordenanzas traerá a su presente; una de ellas, el principio de espiritualización de las cosas del mundo, en la cual el lenguaje tiene el efecto de llamar al prodigio, pues con sus palabras don Quijote convoca lo celeste y fantástico. En este sentido se abandona al poder de sus propias palabras, se oye hablar y al oír se habla, no para oírse sino para oírlas. También se nombra y llama a sí mismo, como sus cosas han de recibir nombres y engendrar palabras. Y trae el pasado o lo pasado hasta su hoy, con la carga de simbolización que ello implica. Será también la elevación que hace de quienes lo rodean, como las mozas del partido, la sacralización de sus propios objetos y de la menor de sus acciones, siendo así la de mayor valor aquélla que se cumple o hace en secreto. Llega hasta él la imaginería y la mitología de una edad cancelada, ida no como algo que en sana ley se deja atrás, sino como algo perdido y cuya pérdida redunda en daño de las cosas presentes. Sólo que delante de tal pérdida hace de su propia existencia un ritual, que es conjuro. Son su visión poética, su andar y su vagar y su orientarse, su actuar y su versión de las cosas que pasan. Hay dos imágenes: una el caballero de la Triste Figura, y la otra, el caballero de los Leones.

 

Pero, en cuanto caballero, ¿a quién se enfrenta don Quijote si no es a sí mismo; a quién o a qué vence si no es a su sino; a quién rescata si no es a su alma; qué entuertos deshace sino los que él mismo ha hecho? Su voz le habla de las voces y permanecerá invariablemente a ellas atento o fiel, en la ventura que finalmente enseña el libro como algo que no existe, entre el ideal, el amor y el ensueño, trilogía condensada en una acción; la espectral vela de las armas.

 

Palpita el corazón de don Quijote delante de la ausencia: una ausencia, lo ausente, los ausentes. . . Él recuerda y evoca, vive en una actitud profundamente lírica, casi crepuscular y el estado de su ánimo es la melancolía, con el efecto de hacer que sus actos estén nimbados por el heroísmo de quien es incapaz de toda acción. Han sido las palabras la región transparente no sólo del hallazgo sino de la invención y la visión; actuará en nombre de la ausencia, de la huida de las cosas que ama y no están ya, pero que son en la medida en que no están y porque fueron y estuvieron un día sobre la tierra. La ausencia es lo presente y así alentará él en su fe y en su nombre, inconmovible e inquebrantable. Nada desvía su mirada interior, nadie lo saca de su centro, nada lo inclina.

 

Pero lo ausente no es lo que está en otro lugar sino lo que es otra cosa, como el mismo Cide Hamete, no lo que está en otro tiempo sino lo que es de otro modo, no lo que no está sino lo que está de manera distinta a las cosas que son aquí y ahora. Es el intrincado sistema de sus citas y recuerdos y la inalcanzable arquitectura de sus sentencias. Son las imágenes que llegan hasta él y llegarán a ser lo que él es o él lo que ellas son (imágenes, seres y situaciones). Hay, en efecto, para él otros puntos del tiempo y del espacio, pero en el don de su mirada se da la simultaneidad. También estarán el viaje fantástico como desplazamiento imaginario y cierto, como cuando cabalga en Clavileño.

 

Es don Quijote de la Mancha el protagonista de la emoción de encarnar una vida más alta, preservada en el mundo por la leyenda y conducida a través de sus sendas por la mano misericordiosa de la esperanza. Habría en él algo en apariencia no entendible o que no encuadra con la acción y es: la decisión. ¿Tomó alguna vez don Quijote decisiones o la figura es más bien el acaso que tiene un nombre, Rocinante? ¿Quién lo mueve hacia lo por venir?

 

La ausencia es como el tapiz de hojas de otoño que cubre la senda por la que transita don Quijote. Está en el inicio y en el final de su tránsito por el mundo, que tiene como norte o la evocación o lo evocado, la ensoñación y la quimera, por ejemplo, en el oscuro paso (en el libro) de la primera a la segunda parte o (en la vida) de la segunda a la tercera salida. Inútiles son las referencias. Baste decir que ausencia no equivale a olvido, sino al contrario, a presencia profunda y más real. Y es lo ausente aquello que realmente actúa, es el hilo de Ariadna, es lo que determina toda acción y, en consecuencia, la concepción de la vida como elevación y como unión. Ve él cuanto no está, siendo que es lo sólo que hay y rige los destinos y pasos de los hombres.

 

Pero de manera más intensa, existe con lo ausente aquello que estando al lado no es visible. Para don Quijote, lo invisible rodea a lo visible como lo intangible a lo táctil, lo desconocido a lo que se puede conocer. Son los seres, las acciones y esencias que dan forma interior a los sucesos, caso el de los encantadores o la fortuna. Él mismo hace parte de eso invisible que hace parte de cuanto ha de suceder o hace que suceda de ésta u otra manera. Él mismo es parte de la fatalidad; actúa, por ejemplo, tras la tercera salida de su casa, la historia suya que anda por ahí, en estampa, refiriendo sus primeras empresas. Sobre las últimas, actúa lo secreto y actúan los pensamientos, que invariablemente, sin salir del sujeto, se traducen en hechos o tienen un efecto, aunque en él no se da la dimensión de la experiencia, esto es, que no escarmienta ni saca lecciones de su propio contrario pasado.

 

Y está el designio de un orden más alto o está sólo ese orden; está a solas el designio o el designio de estar a solas, idealmente sobre alguna peña. Hay seres que le quitan y ponen las cosas delante de los ojos, que se las mudan y trastocan hasta hacerle daño (sólo que no le vencen). Está el bosque de signos que él descifra para explicar cuanto le ocurre, así como es su propio ser alguien que le protege, independientemente de la voluntad o en apariencia contrario al querer, como cuando se encuentra con los duques. Las palabras mismas tienen el poder de invocar fuerzas secretas o enigmáticas, sólo que en ningún caso se trata de algo sobrenatural sino de lazos o relaciones mágicas.

 

Está abierto don Quijote a todos los caminos y formas de la vida, que contempla como a un cielo abierto y múltiple, cargado de sentidos. Viaja, creando tanto como esperando a cada paso el prodigio, que viene de la vida cotidiana, aunque él saca a esa vida de sus quicios y le suceden cosas sólo a él reservadas, en el enriquecimiento al unísono del mundo y de sí mismo. Su vida transcurriría sin fin, dándose tanto en la indeterminación como en la gratuidad, casi como un contemplador puro, sin designio, salvo (en una ocasión Sancho le pregunta por qué no se hace santo) en que él mismo ha declarado de resucitar la antigua Orden de Caballería, cosa que en el orden real no sucede ni puede suceder; proteger a los débiles siendo él el más débil, buscar las aventuras en un lugar y tiempo y entre gentes a las que nada ocurre nunca. Su acto inicial y esencial es la entrega, el ofrecimiento de sí mismo, con el desprendimiento que implica de las cosas. Lo que él llama aventuras es el riesgo, y el desamparo es su profesión de fe (salvo en los trágicos pasajes en casa de los duques) y su vida transcurre al aire libre.

 

Y no es su vida, ni ésta u otra vida, sino la vida, el valor de ser y estar vivo sobre la tierra y al lado de los otros, pues el otro ocupa lugar primero en el sistema de su pensamiento. Es don Quijote y lo será siempre uno de los enviados, y aquí otra pregunta: ¿tiene más existencia el libro, El Quijote, que don Quijote por fuera del libro? Su orden es la de la ilusión y el sacrificio. Está el firmamento del aire que respira, como está él frente al firmamento, pues hay una dimensión que excede a don Quijote, pero a la cual él sigue y obedece. En primer término confía. Obedece en la entrega siendo un visionario, así como en el amor su libertad es la de estar preso en otro. Son en su corazón el capítulo del retablo y, naturalmente, la creación de Dulcinea. Las palabras ponen a don Quijote en relación con lo invisible, que le mira a su vez, y lo acepta como aquello que no le es dable hacer visible; vive en la fantasía de don Quijote la leyenda, viven las vidas legendarias, como Lanzarote del Lago; episodios envueltos por la maravilla y por las nieblas de la imaginación. Es su universo. Pero ninguno de cuantos lo rodean conoce la leyenda o tiene con ella la relación que tiene don Quijote, de tal manera que gran parte de su ideario y de sus palabras son cifrados. Éste es el calificativo «loco entreverado», y por ello no interesa el balance que pesa los momentos de locura y cordura.

 

Obviamente, de las figuras de la leyenda aquella privilegiada es la del «Caballero Andante», los caballeros medievales y la caballería andantesca con toda su parafernalia física, mental y aún cordial, figura que hará de don Quijote en su época o medio o tierra o sociedad algo como un esperpento, alguien que no debería ser ni estar, y cuya presencia no es posible comprender ni aceptar.

 

Al final, será esa presencia tolerada porque su nombre está en estampa. Aparte de ello, la acción de la leyenda saca a la vida cotidiana de sus quicios al remitirla a leyes y explicaciones que vienen de otra ordenación del mundo. Su actuación es de nuevo espiritual, pero hay que hacer una salvedad, y es que don Quijote no vive dentro de la leyenda sino gracias a ella, esto es, que no desrealiza al mundo sino lo espiritualiza, le cambia la figura en busca de una verdad más profunda o eterna. Transforma el mundo, pero no deja de verlo; su transfiguración no es evasión, como la creación no es huida y la separación no es partida, como al despeñarse por lo que es su alma convierte en falsos los criterios de verdad y mentira.

 

La leyenda es al mismo tiempo alimento y guía, como una carta de navegación, y lo invisible no es lo inexistente, sino al contrario, lo que posee una más profunda existencia. Está, asimismo, el tema de la apariencia de las cosas, lo que parece ser y no son, lo que muestran sin ser y la manera como engañan o vive en el engaño aquel que se atiene sólo a lo aparente. Y don Quijote mismo sería algo aparente, si se quiere, sólo que mira del otro lado del espejo y no para resucitar la Orden de Caballería, sino para, sobre sus cenizas, hacer la poesía moderna.

 

Lo propio sucede, en su caso, a las palabras, que expresan cosas que sólo aquel que las pronuncia sabe y sólo él se entiende, salvado Dios, queriendo, pues, decir para los otros cosa distinta de la que quien las pronunció dijo. Son sus palabras, y el reino de lo imaginado y lo pensado entra en juego con el de la verdad material y concreta, y el de ésta con el de lo real y lo irreal abstractos. Cae también aquí el tema del amor y el del ser amado, si es preciso que esté o no delante de los ojos para ser verdadero y tener ser. Para don Quijote aquello que no está es con más certeza que aquello que está ahí delante y por esta razón la carta nunca remitida es la única que auténticamente llega a su destino. De la leyenda le vienen, tras la actuación de lo ausente y del lenguaje, dos principios: el heroísmo y el ascetismo, desde los cuales juzgará a su época para ir tanto a lo ideal como a la invocación de una Edad de Oro. Por otra parte, la leyenda enriquece la experiencia llevándola a lo simbólico y cargándola de significados y sentidos ocultos, de relaciones secretas e individuales que apuntan a un término: lo mágico.

 

En su aventura, lo mágico se enfrenta al azar que viene de las cosas, y es dable decir que entre el azar y lo mágico se enmarca el viaje físico, como entre la desdicha y el prodigio, entre gentes justamente ajenas al milagro y a los encantamientos que están puestos por él y su visión. Don Quijote ve lo que otros no ven, oye lo que los demás no oirán y sabe de lo que los demás nunca sabrán. Pero parte esencial de su lección es enseñar a ver y entresacar lo esencial de lo circunstancial, llevar las cosas a una dimensión poética que pueda superar la de la circunstancia.

 

Parte de la fuerza interior de don Quijote está en su fe en lo mágico, en el poder de conjuro que poseen las palabras, y junto con lo heroico, en el desprendimiento que define el acto y la consagración de amor. Profesa en la religión del dios Amor y está en la tradición del amado en la amada convertido. . . Cree en el acto puro de amar, en gratuidad, por su poder de elevar a quien ama y porque su ley no se coteja con el mundo sino con el espíritu. Es la clase de amor que tiene como fin hacer al amador y de éste al creador de lo amado, que existe así sea visible sólo dentro de su alma, donde, en libertad, puede, no hacerla suya sino al fin ser suyo. Perdió él ya la capacidad de enamorar, pues los cuerpos son los primeros que se aman, pero no la de enamorarse.

 

Don Quijote conversa con seres fabulosos, sabe que es oído por ellos, comprendido en su afán y en su visión. ¿Por qué no se hizo santo? Por la Providencia, pues no todos están señalados para las mismas cosas y hay que ser fiel a la señal que se lleva. Pero si bien está el lenguaje, no está verdaderamente el diálogo con las personas que lo cercan; ni él las entiende ni ellas le entienden, a partir del instante en que el lenguaje deja de ser moneda de cambio, y así alecciona al hijo del caballero del Verde Gabán. Así, luego de la fabulación, está el amor que es piedra de toque de toda espiritualización, hacia lo cual está volcado el ánimo de don Quijote, y hacia una forma de amor que más que dicha es duelo, presidido por la ausencia; y por el duelo hace del amor una virtud y una conquista, como por la ausencia un ascetismo. No es tanto la idea sino el ejercicio del amor, y si ha sido creado por él, la fidelidad a tal amor es ser fiel a sí mismo, si la fe en lo amado es la fe en quien ama.

 

Ideal, sí, pero en este caso un ideal sin término de trascendencia, porque tampoco es dable un grado tal de ascensión o de unción con algo que se sabe no existe en el mundo. Es lo que él mismo es, en nombre de todos cuantos desean o buscan ser, y estaría allí el sentido de la palabra «quijotes». Antes de nacer don Quijote, su vida, a la manera islámica tenía que estar escrita: todo es cantable e ignorable, imprevisible y conocido. Lucha contra lo que no es él, y a fin de cuentas nada es él ni nadie es como él; también la lucha es contra sus fantasmas, y con la adversidad que tiene el sentido de la diferencia. En realidad, los sucesos de la historia no existen sino como los movimientos de unos comediantes sobre un escenario de cartón piedra. Van, vienen, le hieren, golpean y le vencen ficticiamente o sólo en apariencia y burla, en duda o engaño, aunque, naturalmente habría de llegar el instante cenital de la historia en el cual exclama: «yo ya no puedo más».

 

La peripecia o sucesión de casos a los que le es dado asistir o protagonizar se compone más de sombras que de luces, de claroscuros, de desapariciones, ecos y sones de batanes, ensoñaciones o alucinaciones, gentes a las que apenas mira o distingue si mira, apenas oye o habla, de olvidos más que de memorias, recintos abigarrados y dilatados espacios vacíos, aguas y bosques en los cuales escucha la voz de Garcilaso, instantes sin coherencia que ponen de relieve dos cosas: el absurdo y lo incomprensible. La construcción del libro podría ser infinita, tanto histórica como mentalmente. En cuanto a esto último, de parte del mismo don Quijote la construcción sería infinita. Y habría que comenzar por el final, por la derrota a manos del caballero de la Blanca Luna, después de ella, cuando su amigo fiel dice: «ténganse todos, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo».

 

La leyenda da figura final a los objetos interiores de don Quijote, a los seres o existencias que como pares suyos determinan el norte de su acción. Por la leyenda y la fuerza encantatoria del lenguaje vino la transfiguración que antes que alejarlo de la vida le hizo penetrar sus zonas o capas más profundas. Por la leyenda viene algo mayor, definible como la conversión de don Quijote, quien de pronto se hace otro, esto es, un hombre entregado al enaltecimiento y dignificación de la realidad humana y del mismo ser humano, de su pensamiento y su acción, dando el valor final a esta última. Don Quijote sacraliza la vida cotidiana, y aquí nos preguntamos si es la suya una vida ejemplar, porque Sancho se bajará de su cabalgadura, como ante un milagro, delante del Caballero que dice sólo cumplir sinceramente las virtudes cristianas. Don Quijote, en cambio, se imagina a sí mismo, y su trayectoria es mental, aun como encarnación de la virtud.

 

Trae la leyenda hasta sí mismo e incorpora el prodigio a sus actos, para penetrarla tanto como para reconocerse, reflejarse en su cristal, crearse y sostenerse. Por este camino, todo acabará confluyendo o derivando en el descenso a la cueva de Montesinos, instante único -acaso el realmente cimal de la obra toda- y más cargado de misterios en todas direcciones. El descenso, a más de ser peregrinación a la gruta de su propio ser, es el instante interior por excelencia. Ve allí a aquellos por los cuales ha sido un día contemplado y signado; está por fin, y en contraste con lo que sucede en el mundo, en comunicación viva con ellos; entrada real en el reino de la leyenda, que renació en él, como el cumplimiento de una profecía, de un anuncio o una cita.

 

La cueva es el lugar del encuentro, de la visión y la revelación. El secreto, lo han guardado y mostrado los libros; las palabras las relaciones mágicas que hay entre las cosas, el secreto de esos seres ausentes e ideales, hermoseados por la lejanía y perfeccionados por la virtud. Uno de ellos es el mismo don Quijote; quien en la cueva se encuentra con las maravillas de su propia alma en sueños. La leyenda es amiga; hace que la experiencia del mundo se vuelva comprensible, una experiencia que para nuestro héroe resulta la mayor de las veces contraria. De este signo adverso habría un puñado de imágenes que nos devuelven la suya entre los otros, haciendo coincidir elevación y caída en el paso sin transición de las zonas más bajas de la existencia a la sublimidad: una, cuando es enjaulado: el escarnio; otra, al caer delante de los duques: el ridículo; otra, mientras escucha el golpe de los batanes: el menosprecio; otra, con el brazo atado al otro lado de un muro: la burla; otra más, si se quiere, cuando después de que los ejércitos se han vuelto rebaños y han partido, se asoma Sancho a la boca de su señor para contar, todavía bajo el efecto del bálsamo de Fierabrás, cuántos dientes le quedan: el asco. Y en medio de tales afrentas, el espíritu que se sostiene y eleva, que se contempla y convence de sí.

 

No obstante, la desdicha hará parte sustancial de la dicha en don Quijote, no por padecerla sino por superarla, porque es puente desde el cual miran sus ojos hacia la otra orilla o simplemente hacia lo otro. Es el sistema –éste de la elevación y la caída– que guiará siempre su historia, si ha hecho su peculiar transformación. Comprende y acepta el signo contrario que adquiere para los espíritus de selección la vida o el trato con las cosas, pero lo cambia, pues no es don Quijote de aquellos que «dejan que la vida les viva», sino de los que «imponen a la vida dirección y sentido». Están su fe y su locura que lo harán vidente, y de la mano de las dos desciende a las profundidades sin fin de la cueva.

 

Habría que tomar de atrás hacia adelante esta historia que, significativamente, no tiene tres salidas sino tres caídas. Cuando por tercera vez sale, su nombre no sólo vuela en alas de la fama sino que es motivo de poetización, ya está él mismo en la leyenda que habrá de venir, ya el sabio Cide Hamete cumplió con su tarea. Entonces se aquieta, se recoge dentro de sí casi hasta desaparecer, sabiendo que verdadera y real ha sido su comunicación con el encantamiento, que otro oficio no tuvo sino el de iniciarlo y explicar lo inexplicable, autorizar el paso de los límites del natural entendimiento, como en la alquimia, el conjuro o el embrujo. Tuvo la razón de su ser principio en lo mágico, y su fe y querencia, también mágicos, están dentro y fuera, antes y después de la historia, para la cual, por cierto, no existe la muerte, sino ésta y otras formas de esta vida o todas las vidas imaginables y posibles, en las cuales las palabras son revelación del espíritu y quintaesencia de la experiencia humana. Y hacen ellas de tal manera su legado, que él mismo se ve en el imperativo de dirimir la querella entre las armas y las letras, sólo que es allí el gran engañado pues otra arma no tiene que la voz; gracia y desgracia de las palabras que unen a través del tiempo a todos cuantos algún día las pronunciaron. Cada episodio es una metáfora de lo soñable, cuando lo protagoniza don Quijote, y el engañado es el que da en el blanco, así como a aquel a quien mienten es quien toca una verdad.

 

En cuanto hombre, ha descubierto don Quijote el territorio de su libertad interior, en el consentimiento a la misión que los cielos le han deparado, y se entrega, contemplando al mundo desde el alcázar de su fabulación. No se ignora y es consciente de que sus actos implican el quebranto del orden cotidiano: sale a escondidas y se aleja hasta un sitio donde ya no lo puedan encontrar; se hace el amador perfecto y el perfecto solitario; en un instante puede serlo todo y abandonarlo todo, puede hablar o callar. Hay pasajes en los cuales se trazan los hilos de la comunicación entre don Quijote y Cervantes como en los soliloquios o en el que un poeta llamara «diálogo con las cosas», en compañía de los objetos siendo el gran despojado. El sistema del pensamiento es sentimental, y navega en las vivencias tanto de lo real como de lo fantástico; la razón es de la sinrazón, lo que desvaloriza al intelecto. Es, en fin, un vidente que, en distancia de las cosas presentes crea lo pasado y deja atrás lo por venir.

 

 

 

***

 

 

JAIME GARCÍA MAFFLA

 

Poeta, filósofo y ensayista colombiano, nacido en Cali en 1944. Realizó estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de los Andes y un Máster en Literatura en la Pontificia Universidad Javeriana. En su obra se traslucen influencias de la tradición hispánica y del existencialismo. Ha sido catalogado junto a otros destacados poetas, como perteneciente  al grupo de la Generación Sin Nombre. Considerado un experto en la obra de Cervantes, es el autor del prólogo y las notas de la primera edición colombiana del Quijote, y uno de los poetas más relevantes de Colombia y Latinoamérica.

Fue cofundador de la revista de poesía Golpe de Dados, que apareció en 1972, junto con Mario Rivero, Giovanni Quessep y Fernando Charry Lara. En 1997 recibió el Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia. Ha sido coordinador de talleres de la Casa de Poesía Silva y profesor de posgrados en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana y del Instituto Caro y Cuervo, en Bogotá.

Actualmente, desarrolla su seminario privado Vida y Poesía y lleva el blog http://vocesdelvigia.blogspot.com/

 

 

Obra poética

 

Morir lleva un nombre corriente (1969)

Guirnalda entre despojos (1976)

En el solar de las gracias (1978)

La caza (1984)

Las voces del vigía (1986)

Poemas escritos a lápiz en un viejo cuaderno (1997)

Vive si puedes (1997)

Al dictado (1999)

Caballero en la Orden de la Desesperanza (2001)

Antología mínima del doncel (2001)

Caballero en la Orden de la Desesperanza (2001)

Poemas del no-decir (2011)

Buques en la Rada - Lais (2014)

De las señales (2014)

 

 

Obra ensayística

 

Del sentimiento trágico de la vida (1974)

En otoño deberían caer todas las hojas de los libros (1987)

En la huella de Miguel de Unamuno (1985)

Visión poética de don Quijote (1988)

Fernando Charry Lara (1989)

Estoraques de Eduardo Cote Lamus (1994)

¿Qué es la poesía? (2001)

Hacia la sacritud del lenguaje: Stephane Mallarmé (2001)

  


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