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2016-03-02 10:25:50

Nelson Romero Guzmán: Tejedor de la musicalidad

Por Oscar López Alvarado 

 

…”Escribo para un animal que sé que no me lee, pero si no lo hago, puede acabar devorándome...
La escritura se me transforma según la voracidad de sus apetitos, convirtiéndome en el dictado de sus deseos”.

“Esta mañana morí dentro de un diccionario.
Es una experiencia exquisita morir dentro de
Las palabras”

Nelson Romero Guzmán

 

La palabra crea al hombre, figura su universalidad al eco de las huellas; silencio cautivo que resuena en lo íntimo de su pecho; acontecimiento creativo de un mundo alejado de delimitancias y jerarquías; un murmullo que salta de hoja en hoja para posarse en la boca del ser, murmullo que luego se metamorfosea en lenguaje, acariciando el aliento esculpido por un cantar centellante, desde un interior invisible pero profundo–puro, advirtiendo el alimento eterno, un puñado de musicalidad convertido en poesía.

 

Abramos paso y que los libros se despojen de su tinta. La pluma de Nelson Romero ha llegado a catalizar con su verbo creador, surgiendo una luz, un lenguaje poético se ilumina al encontrarse con la naturalidad de las cosas, una dimensión donde la palabra vierte su esencia en un ser estético y no arbitrario comunicativo. Una semejanza viva, “La escritura como insecticida perfecto” que simboliza la dimensión creadora de un hombre constituido por un fuerza literaria, tanto de herencia como de propiedad, pues su voz es tan trascendental que al haber forjado un lenguaje propio comparte y habla desde la voz del otro en su misma boca; la pluma como semejanza, al revelar un inconsciente fabulador mediante la visión poética.

 

Sin duda alguna, al involucrarnos en la poesía de Nelson encontramos ambigüedad: la precisión metafórica enlazada con el acontecimiento cotidiano, recordándonos la reflexión verbal, un juego entre poesía filosófica que conlleva a caminar por amplios senderos donde el asombro es conciso e invita a vislumbrar con ojos luminosos un arte poética. “El albañil prendido de una silaba del techo ensaya palabras en el vacío”; Vierte una carga conceptual que se aleja de lo rígido, el carácter lo establece en una abreviación autentica. En palabras de Huidobro, “La poesía en su rol de convertir las probabilidades en certeza”, y en esa tentativa de acercamiento a la fuerza metafórica es donde ha erigido su palabra al entregar un aspecto sugestivo en el ámbito poético. Fuera de ello, el manejo de la forma es el caso especial de la hermenéutica, pues ésta muestra su desnudez al leerlo de manera transparente. Sin hermetismos se evoca la musicalidad, la danza y la expresión natural; cada entrega lo remite a posicionarse como un exponente significativo en la lírica contemporánea. Su relación pictórica al compás de una escritura tensionada en el saber hacer, llama a reconocerlo y revelarlo como un ser perteneciente a la poiesis: “Un albañil… que juega en la altura de los vocablos”.

 

Stèphane Mallarme comenta que “Evocar poco a poco un objeto para patentizar un estado del alma” y con Romero se hace manifiesta cada profundidad del espíritu para forjar un discurso coherente, la escritura más allá de ser una catarsis es una purga ante la ausencia. Un ejemplo claro es su poema La pradera:

 

“Es fría la pradera en mi mano. En las montañas la sombra la coarta. Es inestable, dice sí, dice no. No tiene derecho al sol, pero se ilumina con la palabra solía”.

 

Una purga donde el pensamiento instaura remembranza, una memoria que, compartiendo planos objetivos- subjetivos, convoca una interioridad al son de la lectura. Su metáfora, bajo el esplendor del silencio, hace oír “Canciones fantasmas de humillados”, o tan solo hace veraz que una tierra ya no florece en el centro de la mano.

 

Surgidos de la luz, La quinta del sordo, Obras de mampostería, su más reciente libro Música Lenta (ganador del premio de poesía por parte del Ministerio de Cultura), entre otros, plantean un lenguaje inherente, sin transformación. Su verbo aterriza en el hecho posible de la literatura. Abiertos todos los portales, en su poesía hay acceso tanto a lo concebible como a lo no imaginado dentro de lo cotidiano, pues aunque Vicente Huidobro dijo que “El valor del lenguaje de la poesía está en razón directa de su alejamiento del lenguaje que se habla”, se contrapone este comentario al mirar el arte de Nelson en el manejo temporal y característico de cada línea o poema, pues fabula dentro de una ilusión o acontecimiento. Su creación convierte lo netamente estéril en existencia propia, una huella que sin acceder a retórica estructural toca un habla metafórica, trazando su cultura y mirándola en la descripción de su palabra. Su poema “El puente de la variante” se expresa:

 

…”Gracias a esta trascendental construcción, el desamor, el infortunio, la pobreza y todos los males… por fin empezaron a desaparecer… Ay de los blandos, que vieron la puerta del infierno en mitad del vuelo y se devuelven con el pretexto de haber olvidado escribir la carta… Ay de los que caen, se levantan, se sacuden la arena del cuerpo y regresan a casa con malas noticias… Ay de los que juraron haber visto a Dios y se devolvieron a fundar un templo… Ay de los que ni viven ni se matan y el puente se les convierte en una obsesión… Todas las noches sueñan, se ven cayendo… Se despiertan en mitad de la caída agarrados a las barandas de sus camas"

 

Esa prosa irónica baña la poesía de una naturalidad tan fluida que se exploran posibilidades de acariciar un lenguaje logrado, dentro de afirmaciones perceptibles, sin esconder la resistencia de lo creado, los elementos resultan animados al retomar objetos concretos pero que se inventa de nuevo en la realidad del otro: Nelson como observador de la incertidumbre mediante la risa literaria.

 

Por otro lado, el asombro que nos entrega el poeta Tolimense en el enlace con sus coterráneos, es más un vínculo que sólo articulación simbólica. Ya lo hemos visto con Aurelio Arturo, y la bella semblanza al rememorar una comunión con la ausencia:

 

 

…”El tiempo en tu poesía son un don…
Me has dado la paciencia
El silencio para alumbrar un país
Que no se cansa en la oscuridad de barrer
Hojas muertas,
Nos enseñaste que sólo cuando se canta
La tierra es de nadie”.

 

Con Van Gogh el pliegue de su voz en “El hambre es de pinceles, de telas… Un apuntillo del cielo por donde logre escapar”; con un Goya que “Por bajar cubos llenos de azul/ y pintar muros terribles/ se cayó del cielo”; con un Lautrèamont que compartiendo una estética fundada en lo incesante “Vende niños y los envenena al entrar al templo”. Es esta forma, esta realidad transfigurada en el ámbito literario, que forja a Romero más allá de la articulación con la palabra, ni siendo una sombra llega a equipararse como una entidad donde elevado e invitado, hace posible la trascendencia del verbo metafórico. Por eso, no es en vano que el mismo Nelson Romero nos comente que: …”De vez en cuando con los poemas de otros, hago ataúdes para conservarlos los míos con vida”.

 

Fue Octavio Paz quien expreso que “El poema es un caracol en donde resuena la música del mundo” y convenimos que Música Lenta profiere todos y cada uno de los elementos de la realidad para armarlos análogamente al compás de una musicalidad, construyendo una resonancia en la pluma del poeta. El mundo llamado patria plantea la metáfora de la guerra, su poema “Música Negra”, en específico, fija su sonoridad:

 

“En el concierto negro, todos los instrumentos reflejan armaduras...
Con esa música se mata…
La rabia de un violoncelo
Golpea a un hombre en la cabeza para apagar sus acordes”.

 

 

El acto puramente de invención forja relación entre el poeta. ¿Es casualidad estos elementos artísticos conjugados a una realidad social? Indudablemente, por su voz se aprecia un camino consagrado a la batalla entre la palabra, a la utilización del hombre como partitura; fuerte es su vinculación con Francisco de Goya y fue Héctor Rojas Herazo el que comento que “Con Goya el pueblo se mira así mismo”; en esa existencia artística se refiere a que en la “Obra de Goya se danza y se taconea entre fusiles”. Por eso ante la confluencia de este espacio puramente revelador Nelson Romero crea un estadio donde actores del conflicto se arman musicalmente para una sinfonía con la muerte.

 

Asimismo, de acuerdo con Heidegger, citado por Lezama Lima, se menciona que “El hombre es un ser para la muerte y que todo poeta crea la resurrección”, se identifica la alegoría del ser ante la gravitación de la palabra en los poemas de Romero; esa muerte convertida en incertidumbre conduce a un elemento de plena obsesión en nuestro poeta: DIOS:

 

“Hay un hombre
Al que le llueven lágrimas de los testículos,
Está amarrado a otro hombre de espaldas…
Los dos hombres amarrados en el patio
Son los juguetes olvidados
De la infancia de Dios”.

 

Esa puerta, condicionando al origen de la palabra es un manto donde lo inconcluso ubica su estancia. Esa figura arquetípica en los poemas de Nelson no son más que un negro dentro del espacio de la sombra, es la que le alimenta las medidas temáticas de la ausencia, un ser con referencia al silencio que se tiende y desaparece ante el desprecio y la objetividad, ya sea en un lienzo o detrás de una puerta. Lo cierto es que en la evocación del poeta “En el negro habita Dios y él… Oye Música Lenta”. Apoyado en esas descargas, la secuencialidad de su lírica se remonta a una sola función: la invención del espacio de Dios. Ya en Música Lenta se dibuja: “En lo negro nunca ha podido verse así mismo, y eso lo convierte para nosotros en un ser invisible”; y en La quinta del sordo: “Dios tiene miedo a quedar atrapado en estos muros. Tanta oscuridad lo borraría”. Toda esa sustancia poética lo nombra como un habitante, un forjador de la palabra imaginada. Posicionando un mundo, entrega la esencia de la poesía por entre y sobre la naturaleza, una visión que para el lector trascendental hace valer la afirmación de José Lezama Lima en donde “Primero leer la poesía y en segundo leer en la poesía”.

 

Producto de toda esta aventura en la poesía de Nelson Romero, advenimos acontecimientos dentro de nuestra experiencia y la visión, otra mirada hacia el arte estético, capaces de transportarnos a través de esa puerta que es el vocablo, el mundo modificado figura su importancia en un valor total: la escritura como adicción, condena y convicción. Por ello, el prejuicio migra a otra posición al identificar que se vive con un demonio, que a la vez imponente se identifica en una misma naturalidad, “Los dedos se atornillan a las palabras”. Este “Pacto entre caballeros” conmociona y vitaliza un origen, la escritura a manera de asociación entre el mundo expresivo desde un adentro hacia un afuera.

 

“La eternidad está enamorada de las creaciones del tiempo” aseveró William Blake y no es de enmudecer que con Nelson Romero encontramos una viva voz poética representativa en este momento, su tradición, remontada desde la infancia en Ataco, posiciona un vestigio en su creación artística; siendo fruto bajo el ensueño de transporte en el tiempo, estaciones, locomotoras, contextos del Tolima le llevan al imaginario. “La estación ahora era un olor”, se trasforma la experiencia, huele a recuerdo, se resucita, se inmortaliza en la verbalización del poema, a veces lo incierto, a veces el sueño hecho hombre, a veces Colombia hecha una realidad. Todo esto y demás elementos que acumulan un amalgama de traslaciones se conectan en la palabra de Romero Guzmán. Se presenta entonces lo poético, la metáfora como grafía, se presenta Nelson con su puerta entre abierta, tejiendo las líneas de una musicalidad: un pasado le mira con congoja, un presente le abraza con orgullo y un eterno le sonríe con voz iluminada. Vibrando en esa llama auténtica, la labor no es el simple hecho de escribir un libro sino que, afirmando su carácter como poeta, recordar las palabras que en algún tiempo declaró Whitman: “La libertad no es solo tema, sino forma: el verso libre”.

 

Oscar López Alvarado

Estudiante de Licenciatura en lengua castellana

Universidad del Tolima - Ibagué.

 

 

 


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