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08 Feb 2016 / 20:54 pm

(Fotografía por Sergio Antonio Chiappe)

 

 

LA TRISTEZA DE DIOS 

Por Omar Ortiz

Una de las preguntas que plantea este poemario de Omar Garzón tiene que ver con si es cierto o no que Dios pueda derramar lágrimas como cualquier mortal. Si la divinidad llora, ¿lo hace por nosotros?, ¿por ella misma?, o simplemente como decía la abuela del poeta es un llanto que pretende consolar nuestras humanas congojas, nuestro vacío frente a la inexorable muerte. Son interrogantes que tan solo se pueden responder desde la poesía, porque contraría a la fría, veraz, objetiva estadística que nos cuantifica la barbarie, que nos numera de cuantas maneras podemos darle salida a la bestia que nos habita. La poesía, nos documenta la forma como entramos en la muerte, nos ilustra el mapa de nuestras calles sembrado de manos y de tripas. Basta leer Testimonio no documentado sobre Chengue. 

Por eso es importante la voz de los poetas, porque son ellos los testigos lúcidos de la sombras, de esa sombra esquiva ya que ni siquiera tu sombra te acompaña porque la dejaste atada a otra sombra que pasó desprevenida por el parque. Pero también son los privilegiados de la luz, de un efímero destello que se imprime en las huellas de un vaso vacío. Ese objeto que acompañó a Darío Betancourt Echeverry, natural de Restrepo, Valle, antes de ser desaparecido por los asesinos. Sí, la ausencia también puede acompañar desde un cortejo de luciérnagas.

Tal vez los poemas de Garzón no sean los de un poeta que pretenda contar con un público que busque en la poesía la tan maltrecha belleza o la perfección formal de los versos. Porque sus poemas están hechos desde una contenida furia que no puede hacer concesiones de porcelana frente a una realidad que violenta día tras día nuestra percepción hasta llevarnos a pensar que volar por un segundo o colgarte de las nubes por un instante son las únicas formas de abrirte paso entre la niebla. Pero sin duda es una voz con un contenido altamente poético que se aferra a la poesía para sobrevivir, como leemos en Lo que me salva es la noche lenta donde nace el verso, Aquí estoy de nuevo, aferrado a este árbol que nace entre raíces de cal; a este que detenta en cada hoja la pupila de mis ojos; a este que da nacimiento a mi canto entre vientos de la noche. Aquí estoy, con el rostro en las rodillas, pensando en otra ruta, buscando otra salida. (…) Alguien que da vida a un árbol, que acaricia cada uno de sus frutos y encuentra refugio al abrigo de su sombra, no puede colgarse de sus ramas.

Tenemos a mano un libro de poemas, no de versos, menos de canciones, un libro, que como el fuego puede alimentarnos o consumirnos. Los que se atrevan por sus páginas no serán nunca favorecidos de los dioses.

 

FLORES PARA UN OCASO
Omar Garzón Pinto


Poemas del camino en una noche larga

 

“No sé por qué guardo entre los pasos
La absurda esperanza de encontrarme”

Germán Villamizar


VENGO DEL SILENCIO de las hojas, de la ausencia de los ríos, del lugar olvidado por los hombres donde sólo habita la sombra de los árboles. Vengo de la estancia donde el zumbido de las ramas es nuestra memoria, nuestro ruego a la Luna. Vengo de la más profunda entraña de esa tierra que se traga los habitantes a su paso: No hay tiempo para llorar en el campo cuando la única arma es el arado.
Crecimos con las plantas y la higuera no da frutos. Nuestros nombres están escritos en los peñascos y nadie nos recuerda. La lluvia, que nos arrulló tantas veces, no da testimonio de nosotros, ni siquiera una gota de rocío se posa en nuestra huella. La única esperanza es arar, arar, arar una tierra que no nos merece.
Vengo del lugar donde las manos son el testimonio de la vida: Gramo a gramo las cosechas dieron forma a nuestra piel y las aves son la voz de los que partieron volando entre bramidos.
Recuerdo a la abuela diciéndome: “Esas son las lágrimas de Dios cuando caen al suelo”. Tengo pocos años y menos heridas que las que tenía papá cuando lo enterramos, pero sé muy bien que las lágrimas no son destellos de fuego entre cortinas de noches y cenizas y cuerpos al viento. Las lágrimas de Dios no pueden ser ese mismo vacío que son las nuestras.

Vengo del silencio de las hojas, de la ausencia de los ríos. No sé para donde voy. Antes de ir al cielo, mamá me dijo cuándo pasar el semáforo cuando estuviera solo, pero no recuerdo cómo hacerlo.

 

 


Poemas con cartografía del país imaginario

“Las montañas, los valles, los ríos y los mares
se llaman Cementerio. ¿Cómo orientarnos?, ¿Cómo?”

Flóbert Zapata

 


DÍA TRAS DÍA

Día tras día, el maestro deja vasos vacíos sobre la mesa.
Noche tras noche, velas desnudas caen sobre el marco de la ventana:
Tal vez no hay sombras, no hay caminos, no hay miradas;
tal vez sólo queda este eco que penetra nuestros huesos,
este que nos acompaña en el largo periplo
que nos lleva tras el más pequeño rastro,
tras el más sensible aullido,
tras el más amargo llanto.

Sus huellas y la mesa aún siguen allí,
y los vasos que se llenan con la ausencia del maestro.

A la memoria de Darío Betancourt Echeverry

 

DESPEDIDA EN TACUEYÓ

Después de lo de ayer, solo me resta renunciar a todo lo que fui y a lo que seré, porque de lo poco que ahora soy, lo único seguro es esta última palabra que pronuncio.
No se salvó ni una mosca sospechosa, ni siquiera Dios por reclamar, ni el diablo por tardío, ni el río por ruidoso. No se salvó ni un árbol infiltrado entre nosotros. Todos hicimos parte del fuego: como sombra retorcida o humo de la noche; como cerillo consumido o ceniza entre la brisa; como piedra sobre piedra o piedra entre la boca. Todos hicimos parte del fuego.
No fue la danza de la lluvia, tampoco un cortejo de luciérnagas. Sólo recuerdo un corazón entre unas manos y un gemido como abismo y un ojo en una estaca, o era un niño, aún no sé. Un grito, un macabro grito dado en vano: ni los pájaros vinieron, y un cuello en otro cuello, en otro cuello, en otro cuello enclavado en un madero. Un pulmón entre las hojas que estaban en el suelo como manto sobre tierra que cubría otro pulmón agonizante.
Mirar a todos los puntos cardinales y en cada dirección presenciar una versión diferente del infierno que se hacía más y más grande con el paso de las nubes. No hubo santo, ni ave María, ni oración, ni ruego que fuera la respuesta, la esperanza, la última palabra. No hubo confesión o lengua seca, o rostro en suelo que determinara la estocada final. Todos los dolores del mundo nacían en mis heridas y mi estómago era un bandada de aves de rapiña y mi cabeza un enjambre de gusanos.
El fuego, recuerdo muy bien el fuego: Fuego y mis brazos en el piso;
Fuego y mis piernas todavía en el árbol como fuego.

Fuego y mis palabras de ceniza solo quedan y mi cuerpo como puerto calcinado que nadie visitó.

 

 

 

RECIBIENDO A CRISTO EN LA MEJOR ESQUINA

Silencio adentro.
Silencio afuera:
Ni latido.
Ni suspiro.
Ni brisa.
Ni lluvia.
Ni voz.
Ni ola.
Ni palmada.
Ni tiempo.
Ni nadie.
Ni nada.
Nada se siente
cuando se tiene
un abismo entre las cejas.
Silencio adentro.
Silencio afuera.
Cristo recién resucitado
acaba de morir de nuevo.

 

 


RUTA ENTRE CAÑO SIBAO Y EL CANTO DE UN PÁJARO

1
Es muy triste caer sin más al lado de la cerca
cuando no se es fruto de algún árbol.

2
Es muy triste sentir la lluvia
cuando cada gota es un puñal que te desangra.

3
Es muy triste cuando un cielo rojo
entre tu espalda y el suelo es tu último lecho.

4
Es muy fácil ser desierto cuando se está boca arriba
viendo nubes y solo una mosca sobre el rostro te acompaña.

5
Alguna esperanza hay cuando nunca se llegó al destino
pero quedaron huellas que echarán raíces
y serán el canto de algún ave sobre un árbol.

 

 


AQUELARRE EN MACAYEPO

Hoy cayeron piedras del cielo.
Cayeron tantas veces que nuestros cuerpos tomaron forma de cantera:
A su choque con el suelo daban gritos de agonía.
Cayeron como truenos cortando hasta el aire en nuestras bocas.
Hoy cayeron piedras del cielo y las ramas deshojadas de los árboles cobraron vida.
A cada paso de su danza vespertina nos quebraban los brazos, las piernas, la voz
y el cuerpo en la montaña ya no era nuestro.
Los montes se alzaron imponentes para ser testigos de la fiesta de los hombres:
Ramas estacadas en los vientres, filos que salían de las venas, piedras en los ojos,
llantos sin destino… Todo en la vitrina de la muerte, todo en el lienzo de la tierra
                                                                                                    /ya salada, ya de cal.

Hoy cayeron piedras del cielo.
De su paso por aquí solo queda el rastro de unas sombras y los campos removidos
y las huellas de los niños y esta mano de algún anciano que partió sin ella.

 

TESTIMONIO NO DOCUMENTADO SOBRE CHENGUE

“Tratemos de entrar a la muerte
con los ojos abiertos”
Marguerite Yourcenar

Mi abuela decía que entrar a la muerte con los ojos abiertos era de valientes. Nosotros entramos con los ojos abiertos, sin piernas, con las manos sembradas en una calle desolada del pueblo y, en vez de tripas, piedras.
Todos los que partimos hoy en esta noche triste, entramos a la muerte como dioses, sin embargo nadie, absolutamente nadie, nos recordará, salvo –y con algo de suerte– uno que otro estudioso del tema y este cuchillo que nos atraviesa el cuello como castaña caliente que baja por la gargan…

 

 


OTOÑO EN SAN JOSÉ DE APARTADÓ

Algo había escuchado sobre el otoño, pero no sabía lo que era.
Que las hojas caen como muertas de los árboles;
Que caen secas, lentamente, dijo la profesora.
Esta noche no es como las otras.
Un viento fuerte se abre paso entre las ramas
arrancando brazos, tumbando hombres.
No sabía lo que era el otoño. Ahora lo comprendo,
ahora que veo como caen los míos sobre el césped,
ahora que yo mismo caigo como hoja muerta en el camino.

 

 

 

Yo no hablo de venganzas ni perdones,
el olvido es la única venganza y el único perdón.”

Jorge Luis Borges

ELLOS eligieron ser la grieta del violín,
la pluma que cae de un gorrión en pleno vuelo,
la sombra que vino de ninguna parte y a ninguna parte fue.
Cayeron aquellas moscas que se posaban sobre los cuerpos
creyendo que construían un imperio para siempre.

Yo elegí ser el verso que se pasea con la brisa,
ese que no dice sus nombres,
ese que no los entierra porque nunca supo de ellos
y hace polvo cada uno de sus pasos con un poema;
Yo elegí ser ese:
El que no describe ni siquiera el más pequeño de sus dedos,
el que con estas líneas los olvida.


A la memoria del poeta Julio Daniel Chaparro

 

 

Poemas con naturaleza muerta

 

“Cuando vislumbramos la muerte
ya somos la palabra muerte”

Hernán Vargascarreño


UNA NIÑA DE RAMALLAH

Estuvo con nosotros hasta que cayó el velo de la noche, hasta que sus pasos cesaron como lluvia inofensiva.
Poco supimos de ella: Que se detenía en las tardes a ver pasar el Sol y que corría tras las mariposas, casi volaba con ellas.
Algunos oyeron su grito, pero estaban muy ocupados levantando cercos, según ellos, para que no entraran los cerdos a sus casas.
Florecieron los jardines, los pájaros surcaron el cielo, las hojas cayeron secas sobre el prado. Aún nadie nos escucha y tal vez nadie lo haga en lo que resta de cosechas, pero queda la lluvia que seguirá humedeciendo esa huella en el camino; quedan las mariposas que recorrerán la misma ruta de la tarde y quedan los malditos cercos que nuca serán mayores que estos montes que darán testimonio de nosotros y los peñascos que gritarán siempre los nombres de los nuestros, los de aquellos que ahora son árbol de memoria.

 

 

SOLILOQUIO EN PALESTINA

Lo único que a veces salva al hombre del olvido es el llanto que lo colma. Lo único que a veces nos salva a los habitantes de este espejismos del desierto es una bala que de nuevo se nos siembra entre los ojos.
A veces creo que en este corto suspiro que es la vida, el acto principal de algunos de nosotros (tal vez los menos protagónicos, los menos primordiales, los menos hombres) es habitar en el silencio, hacernos uno con la sombra, estar donde nadie está, ver donde nadie ve, gritar donde nadie escucha, no estar.
Esa es nuestra encomienda: susurrar el nombre de nuestros muertos mientras caminamos sin que eso signifique que nuestro próximo puerto será otro Sol, sin que eso signifique que nuestro próximo puerto será otro paso.

 

 

 

Poemas con voces que trascienden en la noche

 


“Voy hacia la luz que me trasciende,
hacia la palabra trascendida sin buscarte
y allí estas oculto en tu agua”

Juan Pablo Roa

 

 

ANTE TODOS LOS TEMORES, un verso es suficiente. Ante todas las angustias, un poema basta.
Para sortear un problema o, por lo menos, para escapar por un momento, una línea es la salida.
Pero, ¿qué hacer, cómo pensar, a dónde ir cuando eso que has creído tu único refugio no es más que el reflejo de una nube sobre un charco?
Ya termina otro verso y aún naufrago en este cuerpo:
Las noches despejadas y las aceras solitarias y los parques en invierno y cada uno de mis pasos son inmunes a los poemas cuando son recuerdos, recuerdos como heridas secas sobre cada pliegue de tu piel.

 

 

SOLO PIDO UNA COSA antes de desafiar al viento, antes de dejar mi postura de tierra húmeda forjada, antes de hallarle la razón al padre que decía que el buen hijo vuelve casa y antes de constatar que al final todos somos buenos, sólo una cosa pido: Que se quemen mis fotos y mi pelo sin clemencia; que se borre la figura dejada por mis pasos en la gruta y en la niebla; que se rompan y se filtren en agua las líneas ajadas de mis manos; que se hagan barquitos de papel con las hojas que un día recogieron mi lamento; que se arrojen a un río turbulento mis versos hasta que se deshagan con las rocas y nadie los recuerde. Que no se repita mi nombre hasta que se vuelva rumor, susurro, obsidiana, alquimia, ola, nada.
Hasta que mi voz no sea el canto de un gorrión moribundo y mi sombra no nazca en un árbol en invierno: nadie repita mi nombre.
Sólo pido una cosa antes de sembrar mis labios con el conjuro de la noche: Que se borre el vestigio de mis horas y nadie me mencione a mí, el traicionero de mi madre que me arrojó a este mundo contra todas las voluntades.
Así, sólo así, despojándome en el camino donde se sientan las hojas secas habré conocido el dominio de la muerte.

 

 

 

Omar Garzón Pinto (Bogotá). Sus poemas han sido publicados en antologías, periódicos y revistas especializadas de España, Guinea Ecuatorial y varios países de Latinoamérica. Ha presentado su trabajo en diversos espacios y certámenes culturales, académicos y literarios de algunas ciudades de Colombia. Desde el 2008 trabaja como profesor de Historia y Literatura, principalmente, en algunas instituciones educativas de Bogotá y como promotor y difusor cultural de varios colectivos artísticos y fundaciones de la misma ciudad. Autor de los libros de poesía Faro desnudo, editado por la Liga Latinoamericana de Artistas (Bogotá, 2011), Flores para un ocaso, Liga Latinoamericana de Artistas (Bogotá, 2013) y Un poeta es un satélite en constante caída, Senderos Editores (Bogotá, 2015). Dirige el blog farodesnudo.blogspot.com

 


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