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30 Jun 2020 / 09:43 am

 

Por Pedro Luis Barcia

 

 

A diferencia de lo que ocurre con otros artistas, que con el fluir del tiempo vemos su obra empequeñecida, en la de Marechal las leyes de la óptica parecen haberse invertido: a la distancia su obra se ha ido consolidando en la estimación crítica y posicionándose cada día con mejor situación en la estimativa. No hay espacio aquí para un balance de la amplia obra marechaliana, remitimos a los caudalosos cinco volúmenes de sus Obras completas, tres de los cuales hemos contribuido a organizar, incluso con abundante material desconocido que hemos rescatado de las siempre  esquivas y ricas páginas de las publicaciones periódicas. La tarea ha sido no de galvanización de cadáveres sino de rescate de náufragos.

Bastaría sólo con recordar títulos como Descenso y ascenso del alma por la belleza, en el terreno del ensayo; Antígona Vélez, en lo teatral; Adán Buenosayres, en lo narrativo y, en fin, la totalidad vitalísimna y original de su lírica.

Hoy, y en nombre de la Corporación, que me honra al concederme la palabra para esta evocación y homenaje, sólo me referiré a un aspecto de su producción creativa: la mitopoiesis.

En la obra de Marechal han convivido dos modos operativos en la raíz de su creación, coincidentes en sus efectos: universalizar lo nacional. El primero de dichos modos es lo que el mismo autor ha llamado «el aquerenciamiento criollo del mito». En un denso texto epistolar a Atilio Dell ’Oro Maini, que hemos rescatado del olvido, Marechal señala cómo nos afecta cierto «complejo de inferioridad» al enfrentarnos con el legado cultural occidental, y proclama: «Lo que debemos hacer es tomar posesión de nuestra heredad legítima y cultivarla con nuestros cuerpos y nuestras almas de americanos. James Joyce, un europeo, hizo de su Ulysses una paráfrasis modernísima de la Odisea de Homero. Un escritor americano, puesto en igual empresa, no debe recurrir a Joyce sino a Homero en persona. Tal hizo O’Neill el admirable dramaturgo norteamericano. En esa obra estamos algunos de nosotros». (...) «Somos herederos legítimos y directos. Alighieri, Cervantes y Shakespeare son tan míos como podrían serlo de un italiano, un español o un inglés. Aristóteles y Santo Tomás son tan míos como de Jacques Maritain».

Y, en efecto, se puso a la tarea de beber en las fuentes mismas, lo que engendró, en su obra, una asimilación, de los ancestrales mitos de Occidente, desde la realidad argentina.

Cabe recordar una alegoría marechaliana, muy pocas veces evocada, que encarna esta actitud de «aquerenciamiento criollo del mito». Me refiero al poema «El Viaje de la Primavera», de 1941. Las bien tajadas octavas reales -probadoras del cursado provechoso de los clásicos del renacimiento y el barroco por parte del argentino- presentan un arribo feliz al estuario de la nave de la Primavera, con su cornucopia de mitos en la abundosa bodega del navío. Traigamos algunos versos para suscitar el recuerdo. Ante la proximidad novedosa del barco, alza alterado «Su arisco pecho de león el Plata» (con lo cual rinde su «enclín» a Lugones)

 

 

 

«¡Mirad!, aproximándose a la quilla

   
 

levanta la cabeza el padre Río,

   
 

turbios los ojos de color de arcilla,

   
 

la piel de viento, el ánimo sombrío:

   
 

da riendas al furor, pero lo humilla

   
 

no bien estudia el porte del navío;

   
 

y con la mano ya juiciosa escarba

   
 

pejerreyes y flores en su barba.

   

 

 

¡Salud, exclama, y venga tu reinado,

   
 

profesora del mar, niña celeste!

   
 

Ya guitarras del Norte han despertado,

   
 

toros del Sur, viñedos del Oeste.

   
 

¡Bienvenida también a este costado

   
 

del mundo sea tu peinada hueste!

   
 

Que desembarque y haga su capricho

   
 

según las leyes del verdor. He dicho».

   

 


Y ante la acogida hospitalaria del navío milenario, que viene del Este, por parte del Río como mar, se abre la franqueza del estuario al desembarco de la mítica carga que la nave porta:

 

 

«Bajel de amor, entrega sin porfía

   
 

su cargamento de Mitología».

   

 


En un «Envío» final, el poeta insta a su pariente pampeano, José del Sur, que sea grato y obre como recipiendario de los huéspedes míticos:

 

 

«José del Sur, cuñado sin ribera,

   
 

tú que agrandas la patria en el sencillo

   
 

y áspero juego de la sementera,

   
 

o en el de arrear novillo tras novillo:

   
 

¡Ven al encuentro de la Primavera

   
 

(monta en el pangaré o en el tordillo)

   
 

y ofrece a la dorada comitiva

   
 

ya un cisne muerto, ya una rosa viva!».

   

 

Así, con el gesto criollo de la hospitalidad abierta de este País que tiene «del lado de venir puesta la llave», como dice el otro Leopoldo, el tocayo cordobés, se consuma la apertura al legado mítico que se expanderá por la pampa y se afincará en ella. Allí, los desastrados personajes de la casa de Tebas se encarnarán en una Antígona de percal y trenza, en un Creonte de poncho pampa y bota de potro. El mito genesíaco de Adán, se aclimata bien en Buenos Aires, y el mito literario del seductor irredimible, echará raíces en el Don Juan santafesino del siglo XVIII, y así parecidamente.

Los nombres de los personajes revelan su doble pero unitiva condición de lo local y lo humano general: Antígona Vélez, Severo Arcángelo, Adán Buenosayres.

La imagen de la nave de la Primavera concreta el desembarco del mito en tierra argentina -preludiado entre nosotros desde Tejeda, se sabe- y el poema resulta un texto fructuosamente metamítico.

Éste es el primer procedimiento operativo del autor para asociar las dos dimensiones de lo argentino y lo universal. El segundo es el inverso: lo que llamo mitopoiesis, es decir, la generación de mitos a partir de nuestra materia solariega, autóctona, argentina.

Todo gran poeta es o un rehacedor de mitos o un hacedor de mitos. Un mythmaker. El poeta, como un Midas del mito, mitifica lo que toca. La palabra poética misma es mitopoiética. Marechal la ejerció. Sólo me ocuparé de una de ellas: la mitopoiesis del Sur.

Las primeras menciones que del Sur aparecen en su lírica muestran que esa materia no está aún mitificada. Sólo es una región geográfica: Recordemos, de Días como flechas (l926):

 

 

«y era cordial tu sombra, como aquélla

   
 

de los aleros en el Sur,

   
 

cuando para las tardes trenzaban tus abuelas

   
 

el lazo flojo de las vidalitas».

   

 

 

(«Canción para una segadora», vv. 61-64)

               


o

 

 

«Yo te anuncio un retorno

   
 

pues he visto en el campo de las tardes, al Sur,

   
 

jinetes con estribos de plata que traían

   
 

cueros de nutria y plumas de girasol».

   

 

 

(«Poema del amor indio», vv. 45-48)

               

 

Aquí, el Sur es un punto de la geografía. Asociado al Sur bonaerense, en la región de Maipú, donde el poeta pasaba sus vacaciones infantiles, en contacto enriquecedor con la naturaleza: la tierra, los animales, las plantas y los hombres y sus faenas. Allí radica, está la raíz, de la mitificación futura. La tierra sureña se va asociando a experiencias esenciales del ser. Allí comienza a leer el libro de la naturaleza. En una gestación honda, trabaja la mitopoiesis de aquel ámbito del Sur, que va ampliando y profundizando sus acepciones: es el sur geográfico de la provincia de Buenos Aires, es el ámbito de la pampa argentina, es la esencia del país, es la patria sentimental del poeta y, finalmente, es la Tierra del Hombre.

El Sur se ha transmutado en una suerte de vastísimo altar en el que se celebran liturgias y ritos elementales del mundo en los que el hombre opera como un sacerdote: lo son el boyero, el sembrador, el resero, el domador, por sobre todos.

El Sur se transforma en la sede temporal del hombre desterrado de su edén original, por un lado. Es la tierra fragosa en la que cumple con el mandato bíblico del ganar el pan con el sudor de su frente.

Pero, al tiempo, el Sur ya no es sólo un espacio, es un tiempo, es la casa de un tiempo. Primero es el ayer biográfico, una etapa de la vida del poeta que rescata en dos elegías de retorno a aquel pasado personal. Dos poemas nostálgicos: «Elegía del Sur» y «Segunda elegía del Sur». Los dos poemas son balances sentimentales -y en la acepción alta y noble del vocablo- comparables, servata distantia, con «La vuelta al hogar» de Olegario V. Andrade, para acentuar más cabalmente la diferencia del tratamiento en los dos poetas. En Marechal, el Sur es el ámbito de la inocencia original, de la ingenuidad, hoy perdidas en el hombre adulto; la capacidad de deslumbramiento frente al espectáculo cotidiano del mundo natural; el descubrimiento  azorado de las leyes elementales que rigen los ciclos de las estaciones y el rodar de noches y días, y la gestación de animales y plantas; el hombre, creatura de pie entre el cielo y tierra. El Sur es, en este nuevo sesgo de la mitopoiesis marechaliana, el Paraíso del Hombre, la Edad de Oro personal, la infancia.

Las elegías del Sur con poemas del nóstos, del retorno del hombre en el espacio y en el tiempo, a un «allá» y un «entonces» que, en el contraste con el hoy y el aquí generan lo que Marechal llama «el doble rostro de la Melancolía»: uno vuelto al pasado, por lo que se ha perdido, y otro, al futuro, por lo que ya parece no alcanzarse. Las elegías del Sur instalan la conciencia del tiempo y su conciencia: «Fugit irreparabile tempus».

Este firme ethymon entrañable y existencial del poeta generará todo un libro; llamado inicialmente Cinco poemas australes (1937) y más tarde, Poemas australes. Éste es un poemario, no un mero libro de poemas. Como se sabe, hay libros de poemas que sólo tienen unidad de encuadernación. El de Marechal exhibe una unidad honda, como que viene del recuerdo, raíz de toda lírica noble: el rescate de lo resguardado en el corazón, en lo que Dante llamara «la segreta camera dil cuore».

Esta breve haz de textos tiene sólida coherencia. Más allá del recuerdo, hay una visión del mundo que les da sustrato y de ella nacen y se alimentan. El poemario se expresa con elementalidad sabia: buey, árbol, mujer, muerte, hombre, trabajo, cielo, tierra. Con esos elementos construye una dimensión, un espacio mítico, donde hasta la misma Muerte no es vista trágicamente porque la mujer muerta es como una espiga para otra Segadora y va «En el mismo carro de llevar las espigas / maduras de diciembre».

 

 

«Yo recuerdo una edad prometida de júbilo:

   
 

ha dejado en mí lengua un entrañable

   
 

sabor de paraíso».

   

 

 

(«Gravitación de cielo»)

               

 


Una visión bíblica, del Génesis, promueve lo cotidiano a lo trascendente:

 

 

«Tremendo en su nobleza el buey se humilla

   
 

delante del innoble boyero,

   
 

y su nobleza se llama

   
 

nobleza del sexto día».

   

 

 

(«El buey»)

               

 


El poemario austral describe un cosmos, con sus ritmos, sus jerarquías, su orden y sus ciclos. El hombre, el pequeño mundo del hombre, en medio del macrocosmos, reafirma su realeza, su primacía en el orden de la Creación. El sembrador, el boyero y el domador cumplen con sus faenas pero responden, quizá sin saberlo con plenitud, a un mandato superior: «Enseñoread la tierra».

En el antologizado poema «A un domador de caballos», Marechal concreta su mitopoiesis de manera ejemplar. El hombre sobre la bestia es una imagen del sometimiento de lo creado a Adán, es la redención de las realidades terrenas. El gesto del domador es adámico, que asocia, a un tiempo, dos dimensiones: lo penitencial, es decir el padecimiento, el trabajo, el sufrimiento para domeñar la realidad, y lo sacerdotal, la consagración como una ofrenda, del potro amansado. La doma, en manos de Marechal, se torna en una liturgia, un rito sacrifical y oferente a la vez. Al concluir su obra, se vislumbra el origen divino bajo lo cetrino de la frente del criollo, como   en asociación de lo genesíaco y lo hesiódico de las edades metálicas del hombre:

 

 

«lo hemos visto

   
 

regresar al silencio,

   
 

como a un vino precioso,

   
 

oscuro y humillado

   
 

pero visible todavía el oro

   
 

de una realeza antigua que no sabe

   
 

morir sobre su frente».

   

 

 


De esta manera, Marechal asocia un mito hebraico y otro griego, en una mitopoiesis cristiana del domador de caballos.

En el Capítulo II de El banquete de Severo Arcángelo (1966), el narrador visita en un hospital a Celedonio Barral -una vez más el nombre, en la etimología, asocia dimensiones extremas: «golondrina de barro», la altura del aire y la tierra -confiesa-, como Marechal ficcionalizado:

«Celedonio Barral era el protagonista de mis versos "A un domador de caballos" (...)», y el poeta comienza a hacer una paráfrasis de su poema, cuando escucha a sus espaldas una voz, proveniente de la cama contigua, que le dice: «Usted es hombre de llanura y ha inventado una leyenda. (...) Usted ha inventado una leyenda literaria contra la desolación de su llanura. Y me parece bien, ya que no estuvo en sus medios hacer otra cosa. Pero hay hombres en esta tierra que han ido más allá: construyeron una leyenda sólida con entes humanos y ladrillos, una mitología de carne y   Cochinchina y que el poema tenga un sabor inconfesable a carbonada» (Martín Fierro, BA, n.º 34, 5 de octubre de 1926, p. 258).

Marechal dirá, en una de sus conferencias más trascendentes, titulada, precisamente, «La poesía lírica, lo autóctono y lo foráneo en su contenido esencial», de 1949:

 

«Hay en el arte una tensión invencible hacia lo universal, un impulso que lo induce a trascender fronteras, por altura, a ubicarse en un plano superior donde todas las voces del mundo se reconocen, se identifican y se unen en lo que llamaríamos "un gran acorde universal". Y yo diría que un pueblo no logra la plenitud de su expresión, si no se consigue trascender a los otros e integrar con ellos el gran acorde a que acabo de referirme.

»Claro está que, para ello, son necesarios una gran afinación de oídos y un interés limpio de avaricias, que nos permitan captar en las voces foráneas aquellos elementos, que, justamente, en razón de su universalidad, pueden sernos comunes e interesarnos por ende. Y, a la recíproca, es necesario que nuestro arte, construido sobre la base de elementos autóctonos, logre sublimar dichos elementos hasta ubicarlos en el plano universal de las trascendencias (...).

»Resumiendo estas ideas, yo diría que el arte se logra íntegramente cuando, al mismo tiempo, y sin incurrir por ello en contradicción alguna, se ahonda en lo autóctono y trasciende a lo universal».

Precisamente, esto es lo que logró Marechal en sus Poemas australes y de particular manera, en «A un domador de caballos». De ello tuvo neta certificación que nos comunica en estas palabras:

 

«Hace poco tiempo, durante una corta residencia en España, comprobé que el más conocido y gustado de mis  poemas es el que yo dediqué "A un domador de caballos". Inspirado por la figura del domador pampeano, y construido con elementos puramente autóctonos, ese poema trasciende sin embargo, a lo universal, mediante la identificación de ese tipo humano con todos aquellos otros que, en distintas latitudes y pertenecientes a distintas razas, exaltan el gesto penitencial del trabajo, y reafirman, a la vez, el imperio que Dios concedió al hombre sobre toda creatura inferior, y sobre la cual el hombre debe imprimir constantemente su sello. Un poema de extensión universal. Sin embargo, el poeta español Gerardo Diego ha dicho que ese poema "sólo podría ser escrito por un argentino". Y, a mi entender, es el mayor elogio que he recibido en mi vida».

 

Gracias a la multivocidad del mito, el domador de caballos es, a un tiempo, Celedonio Barral, el oficio pampeano, un hombre, todos los hombres y, por qué no, el músico, el artista, el poeta. Por eso dice el texto:

 

 

«¡Buen domador el que armoniza y tañe

   
 

las cuatro cuerdas del caballo!

   
 

(Cuatro sonidos en guerra

   
 

forman el potro salvaje)

   
 

Y el que levanta manos de músico y las pone

   
 

sobre la caja de furor

   
 

puede mirar de frente a la Armonía

   
 

que ha nacido recién

   
 

y en pañales de llanto.

   
 

Porque domar un potro

   
 

es como templar una guitarra».

   

 

 

Charles Mauron, desde el título de su estimulante libro, nos habla De las metáforas obsesivas a los mitos personales.  En la mitopoiesis marechaliana se da un paso más allá: la promoción de un mito personal a mito general humano. Con este hacedor de mitos estamos endeudados los argentinos.

 

 

***

 

 

PEDRO LUIS BARCIA - Gualeguaychú, Entre Ríos, 28 de junio de 1939. Elegido para ocupar el sillón Juan Cruz Varela el 27 de abril de 2000. Tomó posesión el 10 de mayo de 2001 con el discurso titulado La inédita colección de poesías patrióticas. Le respondió, en nombre de la corporación, Ofelia Kovacci. Vicepresidente (2001-2004) y presidente (2004-2013). Doctor en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Doctor honoris causa por la Universidad Ricardo Palma de Perú y por las universidades nacionales de Tucumán, Salta y Concepción del Uruguay. Es profesor emérito de la Universidad Austral, profesor honorario de la Universidad de Montevideo e investigador principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Es autor de más de cincuenta títulos, entre los que destacan Escritos dispersos de Rubén Darío (1977); Prosas de Rafael Obligado (1976); La Plata vista por los viajeros (1882-1912) (1982); Shakespeare en la Argentina (1996); Rubén Darío, entre el tango y el lunfardo (1997); Ideario de Sarmiento (2014), y Pedro Henríquez Ureña y la Argentina (2015). Ha sido acreedor, entre otros, del Premio Internacional Cincuentenario, otorgado por la AAL, por su edición crítica con estudio preliminar y vocabulario de argentinismos de La Lira Argentina, editado por la corporación en 1982; el Premio Domingo Faustino Sarmiento, otorgado por el Congreso de la nación argentina; el Premio Enrique Larreta al Ensayo Crítico, otorgado por el Instituto del Idioma; el Premio Esteban Echeverría a la Crítica; el Premio a la Vocación Humanística (2002). Asimismo, ha recibido las Palmas Sanmartinianas del Instituto Nacional Sanmartiniano y el Laurel de Plata del Rotary Club de Buenos Aires.

 

Pintura: "Signos zodiacales impares", 1953, acuarela 45x58 - Xul Solar,  representa a los signos de Aries, Acuario, Geminis, Leo, Sagitario y Libra


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